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¡Cómo hacer todo mal!
Me quedó mejor de lo esperado la
empanada de atún que acababa de hacer; quizá, la masa un poco más cruda de lo
que debería estar y el relleno más abundante de lo necesario. Seguí la receta
manuscrita de mi abuela Lila, anotada en una cuartilla, y pegada con celofán en
una de las hojas de su recetario. El aspecto final de la mía, una vez horneada,
no era como las de ella, pero para ser la primera que hacía, no me había
quedado del todo mal o eso me parecía a mí. No sé por qué me arriesgué a
cocinar algo diferente a lo habitual. Al ojear el libro de mi abuela, que mi
madre me había regalado hacía unos días, me entraron ganas de volver a sentir
el placer de saborear las comidas que nos preparaba, a mis hermanos y a mí, los
días de fiesta.
Hoy era el día que Costanza
iba a traer a casa, por primera vez, a su novio para presentárnoslo y a mí se
me había ocurrido organizar una comida de bienvenida, algo fuera de lo común.
No entiendo cómo pude pensar que todo iba a salir bien −con la ansiedad y la
presión que yo misma me había impuesto− para que algo que nunca había intentado
hacer, pudiera ser un éxito y el muchacho me alabara por lo buena cocinera que
era −cuando realmente la cocina nunca había sido mi fuerte−. Releí el recetario
de Lila varias veces. Lo ojeé como si se tratara de un vestigio divino −con
mucho cuidado− para que sus hojas no se desprendieran del lomo y acabaran las
cuartillas sueltas; elegí las cinco recetas, que me parecieron menos
complicadas, para ponerlas en práctica. Si mi hija se hubiera sincerado con su
novio, le hubiera dicho de mí, que fuera de dos o tres platos −que tenía bien
entrenados− era pésima cocinera. Pero no me quiso dejar mal. Así que, paradójicamente,
quise atreverme a cocinar, preparando un menú con un cierto aire más moderno
−el libro de Lila no lo era, pero yo iba a darle a sus recetas un “toque” más
personal y hacer unos cambios en la composición del menú− para que el muchacho viera
que éramos una familia muy actual, y que ese primer momento de ligera tensión,
se convirtiera en algo relajado, informal y espontáneo −aunque realmente no lo
fuera−, sin que pareciera que yo quería darle mucha importancia al evento.
Convencí a Abraham que lo
mejor sería que comiéramos fuera, en el porche, al lado de la piscina, de
pie, −a la americana, sin sillas− no era necesario sentarnos; así anularíamos
barreras formales y demasiado emocionales y estereotipadas con lo que podríamos
relacionarnos más desenfadadamente y con eso estaríamos menos nerviosos a la
hora de observarnos y hablar los unos con los otros. Mi idea era que toda la
comida se pusiera en la mesa a la vez. Que no hubiera distinción alguna entre
primeros platos y segundos; incluso el postre podría estar ya en la mesa y cada
uno que fluyera tomando lo que quisiera, moviéndose de un lado al otro,
componiendo el plato a su gusto; esto era lo que yo llamaba “una boda”
−la idea de comer tipo fiesta− En un principio Abrah se mostró muy reticente; no le había gustado nada mi idea y me había
dicho que lo más seguro era que nadie comiera cómodamente; estaba convencido que todo iba a
salir mal y enfatizando mucho me dijo:
−No sabemos comer así, ¡¿estás
loca?! ¿de pie?, ¿con el plato en una mano y en la otra, ¿qué?,−gesticulando
con las palmas hacia arriba siguió cuestionándome− ¿el vaso de agua o la copa
de vino?, no somos americanos. No va a salir bien Jana. ¿Por qué no lo hacemos
como siempre? Sentados, como debe ser.
Pero accedió a lo que yo
quería −por agotamiento− porque cuando a mí se me mete una cosa en la cabeza,
no hay forma de cambiarla, soy muy “tozuda”. Tenía la certeza que esa manera
tan jovial y distendida de comer era lo que iba hacer que el día se convirtiera
en inolvidable y único para todos. Y así fue, aunque por otro motivo muy
diferente.
Me estudié punto por punto los
ingredientes necesarios de las recetas de la abuela; sabía cómo mezclarlos y yo
misma elegí dónde innovar cada uno de ellos. Con mis escasas habilidades
culinarias, no sé cómo no tuve claro, que el desenlace no iba a ser bueno.
Me había quedado satisfecha
con la empanada, y sentí que todo iba a ir bien; mi autoestima se crecía por
momentos hasta que me di cuenta que el resto de platos iba de mal en peor y era
difícil poderlos llevar a cabo. Empecé a sudar enfermizamente, cuando la salsa
de las mollejas no se ligaba como debía por más vueltas que daba, con la
cuchara de madera, a aquel caldo rojizo donde ya flotaban las vísceras; el
punto de ebullición no conseguía espesarlo haciendo una salsa como la que yo
recordaba. Con frustración y rabia tiré el líquido por el fregadero y decidí
volver a empezar de nuevo uniendo ingredientes y rehogándolos, intenté mejorar
el adobo hasta conseguir la textura deseada. Tan solo conseguí un sabor
insípido y de pésima presentación. Cuando intenté cortar el pulpo me di cuenta
que aún estaba duro; lo volví a meter en la olla para que continuara
cociéndose, pero aquello ya estaba correoso e incomestible. Los riñones al
ajillo tenían un olor sospechoso, posiblemente no los había limpiado bien, así
que los refreí de nuevo, hasta casi quemar la salsa para borrar cualquier olor
que pudiera recordar, qué parte del animal era. Un poco a la desesperada me focalicé
en hacer bien el postre y todas las decisiones que tomé para que la tarta
saliera bien, fueron igualmente desastrosas −¡mira que era fácil la receta de
la tarta!−. En este momento y muy apesadumbrada recordé cuando Abraham −el día
anterior− me había dicho que podíamos comprar pasteles para el postre; casi le
increpé, enfadándome mucho por no confiar en mí, que ya le había dicho y
recalcado firmemente, que iba a hacer la tarta de queso y galleta de Lila.
Ahora, con mucho remordimiento, pensaba que tenía razón y debía haberle dejado encargar
lo que quisiera en la confitería. Sus palabras sonaban en mi cabeza martilleándome:
−Pero mujer, si nunca la has
hecho. Ya vas a tener mucho agobio cocinando todo lo demás ¡Oye que hacer
postres sin tener mucha idea, es difícil eh!, yo sólo quiero ayudar y que no
trabajes.
Y tuvo razón, las galletas no
se unieron, en una masa compacta, con la mantequilla y la mezcla del queso, la
nata y el azúcar hervido no empató bien con las migajas de galleta, dando como
resultado una papilla dulzona que más parecía un revuelto que un postre.
Sólo la empana parecía haberse
salvado de aquel desastre gastronómico. Me puse a llorar angustiosamente
mirando hacia el reloj de pared de la cocina, y comprobando lo tarde que era. Cogí
el libro de Lila, lo besé varias veces suplicándole que me traspasara su
sabiduría y que por lo menos, aunque solo fuera por una vez, convirtiera aquella
catástrofe culinaria en una comida suculenta para agradar a Costanza y su novio,
los demás ya me conocían. Por mucha plegaria que hiciera, mi abuela no me iba a
sacar de esa situación tan difícil y comprometida. Derrotada y decepcionada conmigo misma, me
senté en el suelo de la cocina; quería esconderme o mejor aún, desaparecer, que
nadie me viera o me encontrara en medio de aquel caos. Me faltaba el aire, sentía
mucha presión en el pecho como para pensar en una alternativa. Me eché a llorar
y no fui capaz de encontrar consuelo para dejar de hacerlo.
Fue Abraham −como en otras
ocasiones− quien me sacó de mi torpeza. Cogió su teléfono móvil e hizo un par
de llamadas. Eufórico me dijo:
−Ya está, ¡venga mujer, no es
para tanto! No llores que todo tiene solución. En media hora estoy listo
para ir a buscar el pedido; “los niños” vienen conmigo, así que tú,
tenlo todo preparado para cuando lleguemos. Comeremos de raciones como querías,
en el porche y también de pie y sin sillas como me dijiste.
Me fui recuperando viendo que
las cosas empezaban a encarrilarse; podía volver al punto inicial, a tenerlo
todo controlado tal como yo lo había pensado. Recobrando el ánimo, preparé dos
fuentes de ensalada y me apresuré a poner la mesa en el cobertizo con los
platos, los vasos, los cubiertos y las servilletas; todo apilado en un extremo,
dejando mucho espacio libre para colocar lo que Abrah hubiera encargado en el
restaurante El Ambrosio y en la confitería Cardalda, a veinte minutos en coche
de nuestra casa. Cuando coloqué lo preparado en el centro de la mesa, por fin
empecé a respirar y ya me sentía mucho mejor; mi actitud era más positiva.
Se levantó un viento sur −un
poco fuerte de más− que hizo que el mantel estampado en tonos naranjas, −que
había comprado dos días antes para estrenarlo en esta ocasión− se fuera hacia
el lado de la vajilla. Recompuse la mesa de nuevo, asegurando el mantel con
unas pinzas de la ropa; pretendía quitarlas en cuanto se sirviera “la comida”,
para no llamar la atención con ese apaño. Las ramas del sauco se tambalearon
haciendo que muchas de sus hojas se cayeran por el suelo del porche, encima de la
mesa, en el borde de la piscina y sobre todo quedaran flotando, cubriendo su
agua de color turquesa. Me apresuré a poner la depuradora y después activé el limpiafondos
para que el novio de Costanza pudiera ver que el agua estaba totalmente limpia,
−no había cosa que más me molestara que una piscina descuidada−. Comprobé que aún
tenía tiempo de barrer las hojas que estaban por el suelo, antes de que
llegaran todos. Con tanto viento me resultó difícil recogerlas con la escoba;
así que después de varios intentos fallidos de barrerlas hacia el recogedor,
pensé que sería buena idea utilizar la aspiradora industrial −que tan buenos
resultados me daba con la limpieza de la casa− para succionarlas rápidamente y
que no quedara ninguna por allí.
Ya sólo me quedaba
por recoger las hojas que se habían acumulado en torno al borde de la piscina,
estuve a punto de dejarlas en el suelo, porque le daban un cierto aire rústico
y más natural. El conglomerado de follaje hacía de ese rincón, un lugar idílico
y muy agradable, como los que salían en las fotografías de las revistas de
decoración. Pero aun teniendo esa zona tan encantadora visualmente, no fui
capaz de soportar las hojas dando vueltas de un lado a otro, o haciendo
remolinos y anquilosándose en los laterales de la piscina. Lo que ya no podía
tolerar, de ninguna manera, era que se cayeran al agua −eso me ponía mala−.
Esa manía mía de mantener todo excesivamente limpio, me impulsó a recoger de
inmediato la broza acumulada por allí; la depuradora y el limpiafondos ya
estaban haciendo su trabajo, faltaba que yo hiciera el mío con la aspiradora.
El cable y la manguera del
aparato eran lo suficientemente largos para limpiar casi todo el perímetro de
la piscina −era alemana, fuerte y robusta, y tenía el doble de cable que las de
otras marcas que había tenido antes−. No iba a necesitar ningún alargador.
Apreté el botón de contacto y deslicé el cepillo por el pavimento, que succionó
con facilidad las hojas. El cable y la manquera flexible quedaron tirantes al
intentar aspirar las que estaban en la esquina, al fondo. Seguí tirando y
forzando un poco más, para poder llegar mejor a ellas. El cable se tensó más de
lo debido y como consecuencia, se salió la clavija del enchufe, cortando
automáticamente la corriente del aparato. Lo normal hubiera sido dejarlo ya, recoger
la máquina y ponerme a hacer otra cosa. Pero no, no lo hice; no estaba a gusto
conmigo misma dejando toda esa hojarasca a la vista −¿Qué iba a decir de
nosotros el novio de Costanza?− Yo necesitaba que todo quedara impecable y esa
obsesión por la perfección no acabó bien.
Volví a enchufar la clavija de
la aspiradora. Sin pensarlo mucho cambié de estrategia para “acabar” de
una vez por todas con la maleza y ponerme con lo que realmente estaba, que no
era otra cosa que, reorganizar la mesa con lo necesario para comer y sobre todo
la limpieza de todos los cacharros sucios acumulados en la cocina. Me moví con la
máquina hacia el lado opuesto a como lo había hecho antes y aunque de ese lado,
estaba la hamaca donde Costanza solía tomar el sol, parecía más fácil acceder a
donde se encontraban las hojas. El cable se tensó de nuevo y yo aún lo forcé
más. Estirando de la manguera y sujetando el tubo metálico, apoyé el cepillo en
la superficie más alejada, para aspirar los restos que quedaban. Esta vez la
aspiradora siguió funcionando y yo por fin había cumplido con mi objetivo de
recoger todas las hojas. Caminando hacia atrás continué aspirando −limpiando lo
ya limpio− sin darme cuenta que podía tropezar con la hamaca.
Trastabillé con la tumbona y
perdiendo el equilibrio me caí de espaldas quedando justo en el borde mismo de
la piscina; sentí un dolor agudo en la espalda y torpemente, traté de
levantarme agarrándome −erróneamente− a la manguera de la aspiradora para no caer
hacia el interior de la piscina. Con ese movimiento tan raro que hice, caímos a
la piscina yo, la manguera, el cable y la aspiradora, que seguía funcionando.
La máquina creó tal campo eléctrico
que su corriente atravesó mi cuerpo, recibiendo una descarga tan potente que me
dejó al borde del paro cardíaco; en ese segundo y medio de caída fui consciente
de lo que me estaba pasando y me vino a la cabeza Lila, quizá había sido por
ojear tanto su libro de recetas. Y de repente la vi; era una imagen un tanto
borrosa; estaba levitando entre el aire y el agua. Repetía en voz alta una
frase, como si estuviera fuera de sí:
−Yo estoy listo y ¿tú?, Yo
estoy listo ¿tú? Yo… y ¿tú? …listo, listo y ¿tú?...
No entendía por qué se refería
a ella misma en género masculino. ¿Qué era lo que quería decirme? Su voz la escuchaba
inmensa y profunda como la de un hombre; realmente no era la suya. No dejaba de
repetir:
−Yo estoy listo y ¿tú?
Listo, Listo, Yo estoy listo y ¿tú?
Entonces me di cuenta que esa voz
de timbre gutural y tono grave era la de Abraham, que repetía la frase como si
fuera un autómata.
−¿Qué es lo que estaba pasando
para que Lila me hablara como si fuera mi marido?
Eso no era normal. Me
concentré en el semblante de esa cara parlanchina y definitivamente comprobé
que era la de ella; movía demasiado rápido los labios y el eco de sus palabras
eran las de Abraham, que parecía recoger el testigo de su voz hasta que, con
tanto ruido, conseguía silenciarse en unos susurros lejanos.
Yo, en ese momento, no estaba
para descifrar acertijos. “Estar listo” – a lo mejor mi marido se
refería a cuando fue a buscar el pedido. Efectivamente me había dicho que: −en
media hora lo estaría− o si era ella la que estaba “lista”, sería
muy extraña su afirmación, porque hacía años que lo había estado− y, claro, que
ambos me preguntaran a mí, si yo lo estaba, −mi respuesta era rotundamente no−.
Así que para zanjar lo enigmático de las palabras de esa presencia, solté un no,
en general, y que entendieran lo que quisiera cada uno. Pensándolo bien tan
solo estaba lista para ponerme a comer con mi familia y conocer al novio de
Costanza. Pero supongo que eso no era a lo que se referían.
La aspiradora y yo convergimos
en el mismo punto del agua, entramos por el mismo túnel directos hacia el
fondo. Sentí el calambrazo por todo el cuerpo, suspiré dándome cuenta que todo
había acabado para mí y nadie estaba allí para ayudarme. Mi vida se vino a
negro y dejé de sentir cualquier estímulo vital.
Abraham escuchó saltar el
diferencial del cuadro eléctrico de la piscina, la corriente se cortó y supo
que algo no iba bien. En el agua estábamos flotando la aspiradora y yo enredadas
en la manguera y el cable. Mi cuerpo no tenía señales de quemaduras por
contacto eléctrico, pero el color de mi piel indicaba que algo internamente no
iba bien. Abraham me sacó del agua y comprobó que aún tenía pulso. Los de la
ambulancia me llevaron lo más rápido que pudieron al hospital por si había
alguna posibilidad de que sobreviviera al calambrazo. En esa oscuridad
imprecisa del coma natural, donde el silencio es obligado a habitar en un limbo
terrenal, saque fuerzas para despertarme. Cuando abrí los ojos, estaba rodeada
de mi familia. A un lado Abraham y los chicos y al otro lado, Costanza y su
novio. Al verlos les grité:
−No, no ¡Yo no! ¡Yo no! No
estoy listo. No estoy lista, estoy todavía aquí, no me he ido. ¡No!
