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Los acordes del enjambre
¡Dime
que estoy aquí contigo, dime, por favor, que sigo a tu lado, que estoy viva! No
quiero escuchar que no hay nada que hacer, que ya me he ido para siempre…
Este verano se me ocurrió
proponerme adelgazar firmemente, con rotundidad y aplomo ante cualquier
vicisitud o impedimento voluntario. Lo había intentado en muchas ocasiones,
sobre todo después de Navidad −que suele ser lo habitual−, tanto exceso de
comida y desmesura con el azúcar me hacían culpable por mi deficiente estado
saludable y al finalizar las fiestas, lo que más me motivaba era buscar una
dieta ideal que me diera las claves de cómo perder peso lo antes posible; aunque
tengo que reconocer que mi plan siempre ha sido un completo fracaso. Ya no me
quiero engañar más, lo cierto es que no me he puesto nunca en serio con ningún
régimen y mucho menos he tratado de ponerme en forma por mí misma para mejorar
mi físico. Esta actitud de tanta vagancia es la única razón que explica los
resultados tan pésimos en mi contra; sí que es cierto que alguna vez he perdido
unos cuantos kilos −qué en mi caso− han sido imperceptibles e insuficientes. No
tengo fuerza de voluntad para privarme tanto y de ahí mi total abandono a
cualquier estrategia alimenticia programada. En una ocasión pedí ayuda a un
endocrino, pero no tardé en desoír sus consejos porque eran demasiado drásticos.
En otra ocasión me dejé convencer por productos milagro, aunque lo único que
perdí fueron mis ahorros; los jarabes, granulados y pastillas sustituyendo la
comida no me hacían bien. Eso no era comer y yo siempre me he considerado una
profesional de la comida, una amante del “buen comer”, y toda esa
porquería entrando por mi boca me hacía vomitar. Así que también dejé ese
método absurdo de tragar. El resultado, de tan poca paciencia, ha sido un
exceso de peso con el que no me siento del todo mal, aunque en ciertas
ocasiones, tengo complejo de “gorda”.
No me molesta el calificativo, porque lo soy, pero últimamente más veces de las
deseadas, no me acepto bien y eso ha sido la clave −el punto de inflexión vital−
para mi cambio de parecer y de una vez por todas, perder peso. Hacer una
metamorfosis de mí misma y acabar siendo otra yo para los demás y quién sabe,
algo más esbelta e irreconocible.
Fue algo repentino, cuando
paseando con Israel por la orilla del agua, me dio vergüenza estar en bañador; esa
sensación de pudor fue algo nuevo para mí. Pocas veces me he sonrojado al
sentirme mirada en la playa. Me considero “una gordita entrañable” aunque
con muchos momentos de culpabilidad por dejarme llegar hasta este momento tan
crítico. Me he sentido tremendamente fuera de lugar y he intentado disimular lo
imposible; estoy segura que casi nadie de los que estaban a mi alrededor, me ha
mirado o se ha fijado en mí con la intención de sincerarse conmigo y decirme a
la cara lo mal que me sienta el sobrepeso, lo rechoncha y rolliza que estoy o
que les molesta que mi obesidad no entre en el bañador. Me he parado en seco, he mirado a Isra y me
he sincerado con él. Le dejé sólo, en el borde del agua, con la palabra en la
boca y me fui apresuradamente a coger el pareo que antes había dejado encima de
la toalla y de inmediato escondí mi cuerpo en el interior de la tela, que
apenas envolvía todo mi cuerpo. Regresé sofocada con Isra que, con asombro,
miraba lo que acababa de hacer y con un gesto de incredulidad, me pedía
explicaciones. En ese momento una sensación de falsa felicidad me estimuló en
exceso pensando en cómo empezar una rutina de ejercicios. Apasionadamente le
fui explicando cada uno de mis objetivos; no le dejé ni un resquicio a opinar y
acabó por reafirmar mis nuevas intenciones apoyándome en todo.
Lo primero que iba a hacer era apuntarme a crossfit
en el gimnasio. Cuando el recepcionista me vio, no puso buena cara y me hizo
ver que yo necesitaba otro tipo de ejercicio antes de empezar por el que estaba
preguntando. Me fui decepcionada, pero entendí lo que me quiso decir. Toda esa
grasa acumulada en mi cuerpo había que moldearla previamente, de una manera
diferente antes de empezar con todos esos ejercicios de fuerza, imagino que era
por si el corazón me “explotaba”. El muchacho −creo− tuvo miedo a
admitirme como alumna por si realmente ocurría algo indeseable. Isra me
tranquilizó cuando llegué a casa con todo mi enfado; en realidad, pensaba −como
yo− que ir al gimnasio no era para mí; me funcionaría unas cuantas semanas y
luego lo iba a abandonar, como he hecho siempre. Me recordó cada una de las
veces que lo había dejado. Fue entonces cuando me dijo:
− ¿Por qué no pruebas hacer
bicicleta?
Me negué en rotundo a esa idea
de salir cada mañana pedaleando por las carreteras rurales de nuestra zona. No
me veía con tanto peso montada en una bicicleta; era algo peligroso para mí. Isra
se rio y puntualizó para aclararme en lo que estaba pensando.
− ¡No mujer!, bicicleta
estática, sin salir a ningún lado, sin peligro alguno, sin sufrir las
inclemencias del tiempo. La puedes poner en la habitación de los chicos,
ahora que ya no están con nosotros.
Me quedé pensando un rato, si
eso podía ser bueno para mí. Isra me enseñó en su teléfono una que no tenía
mala pinta, parecía un poco grande –un armatoste−, no me convencía del todo,
pero, claro, tenía que ser algo así para soportar toda mi corpulencia; con la
gracia del que no tiene problemas de obesidad, me dijo:
−En dos días la tienes en
casa.
Entre los dos la montamos, y
fue así como una vez colocada en la habitación, me subí a ella para conseguir
bajar de peso. Mes y medio después de ese primer día en el que casi no fui
capaz de mover con cierto ritmo los pedales y que las palpitaciones parecían
salirse de mi corazón, me fui acostumbrando y mi rutina diaria se convirtió en
un no parar, sí que iba perdiendo peso y eso me gustaba, me hacía un poco más
feliz, a pesar de que seguía siendo “regordeta”. Un día el volante de inercia y
los pedales no se sincronizaron bien y un ruido molesto hizo que tuviera que
devolverla al vendedor; días después me mandó otra que era el mismo modelo y al
poco tiempo volvió a fallar, por lo mismo que la anterior y hubo que devolverla
también. Sentí con cierta decepción que quizá ese tipo de bicicletas no
estuvieran preparadas para soportar esos movimientos tan extravagantes de mis
pesadas piernas. Con pena y un poco de rabia le dije a Isra que abandonaba.
Pero él insistentemente me animó.
−Espera mujer, no te venzas
tan pronto. Ahora que has conseguido perder peso; ya verás como encontramos una
mejor. Vamos a mirar al centro comercial, en el Olimpia Sport Center, seguro
que nos aconsejan cuál es la mejor opción para ti. Encontramos en la tienda una
bicicleta de fibra de carbono, muy adecuada para lo que necesitaba; me gustaba
de ella que fuera plegable, y la idea de ponerla en el porche me estimuló tanto
que no sólo la utilizaba por las mañanas, sino que volvía a montarme en ella un
poco antes de oscurecer. Es un gusto respirar aire puro mientras se va quemando
grasa. Casi consigo hacer cuarenta minutos de esfuerzo intenso y cada día me
siento más ligera, aunque de talla sólo he reducido una, −sé que es poco− pero
estoy en ello de bajar más.
Algo ha sucedido esta mañana en
el camelio que tenemos en medio del jardín; he visto primero un gran revuelo de
insectos entorno al árbol; ha sido algo sorprendente por extraño, una especie
de nebulosa textil se ha colgado entre dos ramas altas y han formado una
especie de nido circular como un puño de grande y lo que parecía una plaga de
voladoras, ha seguido envolviéndose, haciendo una pelota de un tamaño
considerable. He dejado de pedalear y sin bajarme de la bicicleta he observado
lo que realmente estaba pasando. Esos enormes bichos volando histéricamente,
estaban haciendo un nido para su reina. Con estupor pronuncie su nombre
gritando demasiado alterada, como si quisiera avisar a alguien del peligro de
su presencia, pero en realidad era para quitarme el miedo a que vinieran a por
mí y me picaran. Tenía tan cerca esas avispas velutinas, que podía ver con
claridad las partes de su cuerpo. Con esos ojos negros, con esas alas
membranosas y con ese abdomen tan vistoso de franjas negras y amarillas, me
entró un escalofrío y no sé por qué supe que no tardarían en venir a por mí.
Estaba lamentando haberme echado la crema solar con un ligero aroma a azahar,
seguro que ese olor era un buen reclamo para atacarme. Me costó desprender mis
pies de las ataduras de los pedales, quise correr, pero me moví torpemente y
encima tropecé con la manguera de riego; me pegué un buen porrazo contra el
suelo, aunque no sentí dolor; comprobé que la manguera estaba conectada al
grifo y solo tenía que abrir la llave para rociarlas, y con la presión del agua
se ahogarían; pero de inmediato pensé que no era una buena idea, porque podían
venir algunas hacia mí. Entré cojeando al salón y llamé varias veces a Isra,
que no respondió. Lo escuché cantar en la ducha y supuse que por muchas voces
que le diera no me iba a oír. Cuando vi el aerosol anti insectos encima de la
estantería, tuve la brillante idea de cogerlo e ir a por ellas, atacándolas como
si fuera un fusil de asalto. No sé de dónde saqué tanto coraje, quizá pensé que
mi presencia, con lo voluminosa que yo era, las iba a asustar y mi arma era lo
suficientemente poderosa para exterminarlas de una pasada. Me asomé sigilosamente
al porche, avancé lentamente como si fuera un felino a punto de atacar y cuando
las tenía enfrente de mí y a tan solo escasos metros por encima de mi cabeza,
agité el bote y casi a la vez apreté fuertemente con el dedo índice el pulsador,
para activar la válvula del aerosol y haciendo círculos alrededor del nido las pulvericé
con el insecticida para eliminarlas de una forma rápida y total. Sentí el
fuerte olor florar del líquido, impactando contra el nido y contra todas las
que lo estaban defendiendo; me dio nauseas respirar ese olor y creí que a ellas
también les afectaría, cayendo muertas en segundos. Pero lejos de ocurrir eso,
no me pareció ver ninguna en el suelo. Más bien se sintieron tan sorprendidas y
amenazadas, que alarmándose −por lo que yo acababa de hacer− toda la colonia
vino directamente hacia mí. Tenían mucho donde picar y donde clavar su aguijón.
Hice ademán de darme la vuelta y largarme rápidamente, pero no di más que dos
pasos y ya noté sus picotazos en el cuello, por los brazos y en las piernas. El
dolor fue tan intenso y agudo que todos esos alfileres clavados en mi piel me
dejaron cao, sentí como partes de mi cuerpo se doblaban de dolor como un dobladillo
recién hilvanado. Me escuché chillar y fui consciente de desplomarme impactando
contra el césped.
No vi esa claridad extrema al
final del túnel, que dicen te ayuda a marchar, ni tampoco experimenté ver mi
vida pasar en segundos por mi retina. No sentí una paz profunda, y mucho menos
vi a ninguno de mis antepasados a mi lado ayudándome a llegar al más allá.
Lejos de todo eso que sería un buen indicador de que los aguijonazos y
mordiscos me hubieran matado, consideré que aún estaba viva. Fue entonces,
cuando me vi tirada en la hierba con cientos de avispas revoloteando
desafiantes. La reina velutina se abrió hueco entre las obreras −y situándose a
unos 20 centímetros de mi cara, exactamente en el punto de intersección donde
mi vista la veía con nitidez− movió sus alas con intención de dar un gran giro para
clavarme su enorme aguijón repetidamente y después rematar la faena mordiéndome
con su gran mandíbula, e inoculándome el veneno, con la única intención de
provocar el síncope y el desmayo definitivo antes de matarme. Fue en ese
preciso momento cuando absurdamente tuve el valor de preguntarle, queriendo establecer
un diálogo con ella y fui consciente de que había algo irracional en mis
preguntas y sobreactué ilógicamente para defenderme con el único propósito de
retrasar mi destino y si la protagonista del cuento de Perrault había hablado
con un lobo, yo podría hacer lo mismo con la reina del enjambre:
− ¡Qué
ojos más grandes tienes!
− ¡Qué
alas más grandes tienes!
− ¡Qué
antenas más grandes tienes!
− ¡Qué
boca más grande tienes!
Si ella me hubiera contestado,
la respuesta claramente habría sido:
−Es para comerte mejor.
En ese momento escuché una
música casi celestial, unos tonos envolventes de violines acompañados por
instrumentos de percusión. En seguida esa melodía se convirtió en ruido
ensordecedor producido por el aleteo de todas las avispas y dirigido por su
reina, que marcaba los acordes de una canción repetitiva. Cada armónico escenificaba
una a una esas “agujas” penetrando en mi cuerpo y mis heridas pasaron del dolor
más absoluto a la sensación indolora de no sentir nada. Entendí que entraba en un
éxtasis previo al sueño final y era placentero dejarme llevar por su música.
Un chorro de agua a presión me
trajo de vuelta a la consciencia; oí la voz de Isra, que a la vez que me
liberaba del enjambre, trababa de agitar fuertemente mi torso para que volviera
en sí. Mi supervivencia estaba en juego y era cuestión de segundos recuperarme
o perderme por la cantidad de picaduras que tenía por todo el cuerpo. Ligeramente
incorporada me aferré al cuello de Isra y casi con cierta incredulidad le dije:
− ¡Dime que estoy aquí
contigo, dime, por favor, que sigo a tu lado, que estoy viva! No quiero
escuchar que no hay nada que hacer, que ya me he ido para siempre…
