viernes, 13 de marzo de 2026

LOS DOS SINÓNIMOS DE ESTUPRO




 El trayecto

A la memoria de Gino. Siempre leal, noble y fiel.

− ¡Hola hijo! ¡Qué bien que me has venido a buscar! Dudé en llamarte, pero como el servicio de autobuses es caótico aquí, y había quedado hoy con el veterinario para que me diera el tratamiento de Leo, por lo de su parálisis, ya sabes, las patas que no le funcionan bien y así aprovechaba también para ir a hacer algo de compra. Imaginé que podrías parar un ratito de trabajar para llevarme. Me dio mucha rabia ayer, cuando la pantalla del coche me señaló falta de líquido refrigerante. Llegué a casa por los pelos cuando ya era de noche. Esta mañana, temprano, llamé a la grúa para que me lo llevara al garaje a reparar. Fue la última cosa que deseaba que me pasara ayer domingo. Ya te había dicho que iba a pasar el día con Varda y se torció todo, casi desde el primer momento que llegué a su pueblo, una vez que aparqué el coche no muy lejos del bar donde había quedado con ella.

−No te preocupes Ma, estaba haciendo un descanso entre reuniones y no es nada venir a buscarte y llevarte a La Oliva son solo quince minutos de tu casa hasta allí y me puedo permitir escaquearme un rato. ¿Qué tal Leo? ¿Va mejor? Pero, ¿Por qué dices que se torció todo desde el primer momento? ¿Qué pasó entonces? Para un día que hace sol, no me digas que no disfrutaste del paseo del río o del camino del Secarral con ella. ¿No habréis discutido de política?, ¡qué sois muy amigas! pero cuando os ponéis a arreglar el país, sois totalmente contrarias y soléis montarla bien, ¡vaya dos!

−El perro cada vez va a peor, me da pena verlo así e intento mentalizarme de su final. El tratamiento le funciona a medias. ¡¿Qué más podemos pedir con casi quince años que tiene?! Bueno con Varda hace tiempo que no hablo de política, ya sé que de esos temas mejor no hablar con ella. Estoy hablando de algo mucho peor. Hace una hora me he tomado un Sumial para que se me pasara el tembleque en todo el cuerpo. Pasé un momento muy malo ayer yendo a su encuentro; fue ella quien me acompañó al cuartel de la Guardia civil. Solo recordarlo me entran nauseas de pensar que algo peor me pudo haber ocurrido. He temido por mi integridad. No he podido dormir recordándolo. Sé que te tendría que haber llamado ayer, pero te he visto tan estresado estos últimos días con los niños y el proyecto que tienes que presentar, que preferí dejarte descansar por la noche. La avería del coche y los cuidados de Leo me estresaron aún más al llegar a casa, pero aún en ese estado en el que estaba sobrepasada, me di cuenta que tenía que desdramatizar y separar cada cosa; así que traté de calmarme por mí misma y darle la importancia justa a todo, para poder contarte las cosas con tranquilidad.

−Me estás asustando Ma ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me has llamado ayer? ¿Cuántas cosas juntas? A ver lo de Leo es ley de vida, ya lo sabes; el coche se arregla, pero dime ¿qué pasó? ¿te caíste o qué? ¿Has ido a la guardia civil, por…?

−No sé cómo contártelo hijo, incluso me da hasta vergüenza; me es violento hablar de ello contigo. Ahora que han pasado casi 24 horas, estoy casi peor, incluso, más acobardada e irascible. Me parece irreal que me haya pasado a mí, con la edad que tengo. Estuve todo el día alterada y la situación me abrumó mucho al principio, aunque según fue pasando el día me sentí algo mejor. Creí que no podía regresar a casa, pero me hice fuerte y pude con ello. A Varda le pareció que lo estaba superando y me dejó marchar sola. Ya sabes qué soy una mujer convincente. No dejé de llorar en todo el trayecto de regreso, no sólo por la agresión sufrida y el mal rato y todas las explicaciones que tuve que dar en el atestado policial, sino por una mezcla de rabia y pudor.

−Bueno tranquila ¿quieres que regresemos a casa? y me lo cuentas despacio allí.

−No, no, sigue que tengo que hablar con el veterinario urgente que no veo bien a Leo.

−Ma, eso puede esperar, voy yo luego y ya me dice él a mí, lo que sea.

−No, de verdad, prefiero hacerlo yo y además quiero ir a la tienda. Me va a venir muy bien salir de casa; va a ser la única manera que tengo de normalizar mi vida ahora. Lo del coche ha sido un gran inconveniente. Esta mañana cuando se lo llevó la grúa, he pensado que podría ser una buena oportunidad para quedar contigo y contarte lo sucedido mientras me llevabas al veterinario. En realidad, te lo hubiera contado por teléfono, pero así, en persona creo va a ser mucho mejor.

−Vale, Vale. Jo Ma, siento que estés así, tan alterada; venga dime, me estás poniendo nervioso.

−Bueno, pero no reduzcas, sigue conduciendo. Mira, aparqué el coche en la entrada del pueblo; hacía un día precioso, eran sobre las diez de la mañana y el sol aún no calentaba mucho; había una claridad y una luz especialmente bonita y como había quedado con Varda a las once, decidí acercarme a la ermita porque desde allí se sacan unas fotos preciosas de la sierra que estaba “hasta los topes” de nieve. Así que subí por el camino del Secarral. Me pasaron un par de chicas corriendo y un grupo de ciclistas bajaba en la dirección contraria. Hice un par de fotos mezclando ramas de árboles, troncos, cielo azul y deportistas, de esas que me gustan a mí. Le saqué una a la ermita conmigo delante y después a los picos de la sierra que estaban imponentes incidiendo los rayos del sol en sus laderas y creando un efecto óptico muy atractivo para sacarle las fotos que quería. Estuve unos minutos viendo ese paisaje tan bello, me quedé inmóvil, mirando todo y pensando en lo privilegiada que era por todo lo que estaba viendo; incluso te diría que musité unas palabras como si estuviera rezando, dando gracias por ese día tan bonito.

−Perdona Ma. Me llama mi jefe, es que tenemos la entrega del proyecto para ya y estamos algo estresados ultimando todo.

−Sí, sí, no te preocupes, coge, no vaya a ser que tengas algún problema.

−Hola Manu, estoy llevando a mi madre que se le ha averiado el coche, pero tardo menos de veinte minutos en enviarte las últimas modificaciones. Vale, sí, vale. Como mucho en veinticinco minutos lo tienes todo en tu pantalla. Vale, vale. Chao.

− ¿Algún problema?

−No, nada, no te preocupes, estoy enseguida de nuevo delante del ordenador; faltan unas últimas modificaciones en uno de los planos, que ya las tengo preparadas, y sólo es enviárselas. Nada. Nada, sigue.

−Bueno, cuando continué el camino de bajada, dejando atrás la ermita y muy cerca de ella, había toda una mata de flores de manzanilla, me acerqué para fotografiarlas, llamaban la atención. Después de hacer la foto, escuché a un hombre hablar detrás de mí; estaba apoyado contra el muro de uno de los ábsides y dijo en voz alta unas palabras inteligibles. Supuse hablaba de las florecillas y girándome hacia él le dije que realmente eran preciosas. Fue ahí cuando me quedé paralizada al verlo. ¡Vaya me llama tu tía ahora!, será para lo de Pilates, había quedado que íbamos juntas con mi coche, pero no me apetece ir esta tarde en este estado y tampoco contarle, lo que me ha pasado, por ahora. Luego la llamo.

−Ma, cógele que se va a preocupar, que tú nunca rechazas sus llamadas y te va a volver a llamar en segundos. Dile cualquier cosa.

−Es que ahora no puedo hablar, se me va a notar en la voz que algo me pasa.

−Pues dile que la llamas más tarde y ya cuando puedas le cuentas.

−Hola Orel. Sí, se me cortó el teléfono. No me encuentro bien hoy para ir a Pilates, ¿quedamos el jueves? Sí, un poco de dolor de cabeza, ayer comí mucho con Varda y tampoco tengo el estómago bien. Sí, sí, lo pasé muy bien. Ah, por cierto, no tengo coche, que he tenido una avería y me está llevando David al veterinario. No, Leo no está muy bien. No. Sí, Vale. No te preocupes. Te llamo y si no lo tengo arreglado, me vienes a buscar. Vale, sí, quedamos. Un beso. Adiós.

−Sigue Ma, que con tanta interrupción me estoy poniendo aún peor y además esta carretera me pone enfermo con tanto bache. ¡Mira éste!, voy a esquivarlo no te asustes. Bueno ¿Qué pasó con el tío ese?

−Buff, me tiemblan las manos y se me está acelerando el corazón. Mira era un hombre alto, de edad más que madura, diría que unos 60 años, decía frases en alto como si estuviera bebido; llevaba un abrigo sin abrochar, una chaqueta de traje y un pantalón que los bajos no pasaban de los tobillos, se le veían los calcetines blancos y sus zapatos estaban manchados de barro. Lo peor es que su bragueta estaba abierta. En realidad, lo primero que vi fue su…

−Ma, no, no, no puede ser. Dime que no, porfa.

−Sí, sí. Lo que vi fue su pene, ¡era enorme!

−No llores Ma. Tranquila. Será hijo de puta ¡Cabrón! ¿Has ido a denunciarlo?

−No corras tanto, no te alteres que nos podemos salir de la carretera. Me quedé paralizada, con la mente en blanco y sin pestañear, creo que le dije algo como “¡guarro tápate!”, pero tampoco estoy segura de ello. Vino hacia mí y lo hizo tan rápido, que solo me dio tiempo a darme la vuelta y a andar rápido, pero sin darme tiempo a correr. Mi intención era llegar cuanto antes a las primeras casas y que alguien me ayudara. Grité pidiendo socorro. Nunca imaginé encontrarme a alguien así en el pueblo y menos aún en la ermita que siempre hay gente.

− ¡Hijo puta el cerdo ese!¡pedazo cabrón, hostia! ¡si lo cojo lo reviento!

−De repente sentí su aliento alcohólico a la altura de mi cuello; era corpulento y extendió sus brazos inmovilizando mis hombros y antebrazos. Traté de defenderme intentando moverme violentamente, pero era un tío con mucha fuerza. Lancé varias patadas de tacón hacia atrás contra sus piernas o contra lo que pillara, pero no conseguí darle en ningún sitio.

− ¡Hijo de puta! Cabrón, cabrón. Si te cojo, no lo cuentas tío. ¡Puto asco de tío!

−Cuidado hijo, que nos chocamos, por favor ten cuidado. Vete más despacio. No merece la pena alterarse y que nos matemos.

−Ma, aunque me he alterado, no te preocupes, es sólo que he esquivado un bache. ¿Cómo te ha podido pasar eso? ¡Cabronazo, hijo de la gran puta! Si te cojo yo, te la corto, te la retuerzo por el pescuezo ¡Cabrón!

−Tranquilo, que estoy aquí y ya me ves que te lo estoy explicando lo más pausado posible. Bueno a ver, es que me da vergüenza decirte lo que ocurrió después, hijo. No te enfades que ya lo he denunciado. Ese tío asqueroso restregó su miembro, contra mi abrigo, por la espalda. Chillé y cuando puso su mano sobre mi boca intenté morderle los dedos, pero apretó tanto que no pude ni arañarle. Con todas mis fuerzas traté de soltarme moviéndome bruscamente del cerco de sus brazos y lo conseguí echándome a correr, pero me volvió a alcanzar; esta vez estaba preparada para darle unos buenos manotazos y me defendí también, dándole patadas en las piernas.

−Buff ¡Madre mía! ¡Será hijo de puta ese cabrón!

−Él me volvió a enganchar apretándome hacia su cuerpo; esta vez se arrimó tanto por delante que tuve mucho miedo de sufrir una violación allí mismo. Alguien que subía por el camino me debió oír gritar y acudió en mi ayuda.

−Y ese mamón ¿qué hizo?, ¡hijo de puta! ¿qué hizo?

−Tanto él como yo estábamos forcejeando fuertemente y ninguno nos dimos cuenta que alguien venía hacia nosotros. En medio de esa lucha apareció un chico joven que intentó separarlo de mí. Ya éramos dos contra él y me sentí más fuerte para defenderme. El viejo le pegó un par de guantazos y el chico, le dio un empujón que lo tiró al suelo, al fin y al cabo, estaba borracho y el muchacho estaba en forma; era fornido y corpulento.

− ¿Y no lo dejó inconsciente al puto cabrón?

−No, que va, intentó levantarse para venir a por nosotros de nuevo. Pero llegaron ya, varias personas y entre todos lo inmovilizaron agarrándolo fuertemente. Su bragueta seguía abierta y un pene flácido daba cuenta del estado enajenado del anciano.

− ¡Hay que joderse con el cabrón! Supongo, fuiste a denunciarlo inmediatamente a la guardia civil.

−Una mujer extendió su brazo sobre mi hombro y me ayudó a recomponerme y tranquilizarme. Oí a otra hablar por teléfono con un agente y diez minutos después estaba conmigo una pareja de la guardia civil.

− ¿Y Varda?, ¿se enteró de algo? ¿Fue hasta allí?

−Con todo ese jaleo, quedé bloqueada, alguien me preguntó si llamaban a algún familiar. No quería que te llamaran a ti y que me escucharas en ese estado tan lamentable. Y dije que no. A Varda la localizaron en seguida; alguien que estaba allí sabía quién era yo.

−Hiciste denuncia ¿no? ¡puto cabrón! Se lo llevarían a Juniel, al calabozo ¿no?

−Sí, hice una denuncia, estuve varias horas en la comandancia prestando declaración. Acabé muy cansada de todo el proceso y tendré que ir al juzgado en su momento porque habrá juicio. Bueno era una persona que no estaba bien, posiblemente estaba alcoholizado.

−Ma, eso no le exime de tener un comportamiento civilizado, nadie anda con la “chorra” al aire queriendo violentar o violar a una mujer. No le exculpes a ese pedazo puto cabrón. Si lo cojo, lo destrozo.

−Bueno quizá era un pobre hombre, mal de la cabeza, con problemas de alcoholismo y abandono y yo fui algo circunstancial que apareció por allí.

−De eso nada Ma. Voy a hablar con Jero, que ahora está en el despacho de abogados LexSensu para que te defienda.

−Bueno no te preocupes, la denuncia seguirá su curso. Pero sí, habla con él que necesitaré un abogado.

−Esto hay que solucionarlo y que tenga su merecido ese puto hijo puta. Y claro después lo del coche ¿no? Hay que joderse. ¡Puto cabrón!

−Con todo ese jaleo, el día ya fue anómalo, Varda intentó distraerme y no hablamos mucho más del asunto después de salir del cuartel, aunque yo no dejaba de pensar en ello. Se prestó a venir conmigo de vuelta a casa y regresar al día siguiente en autobús, pero la convencí que no había por qué dar más importancia al suceso. En realidad, minimizando las cosas, se podría decir que un viejo borracho se abalanzó contra mí, restregando su miembro, no había pasado más allá de mi abrigo. Pensándolo bien, tengo que decirte que fue todo algo violento y no dejo de pensar en lo que pudo haber sido el incidente, no sé, violación o yo que sé, hasta un posible mal golpe y… asesinato. A lo mejor estoy exagerando ahora que ya pasó todo ¿qué te parece a ti? Estoy llena de contradicciones.

−Ha sido fuertísimo Ma. No exageras para nada. No te ha violado, pero lo pudo hacer o yo qué sé que hubiera hecho ese pedazo Cabrón. Y quién sabe si un mal golpe en la cabeza, como dices, no te hubiera dejado allí en el sitio. ¡Hijo puta! Bueno voy a hablar con Jero inmediatamente cuando te deje.

−Recuerda que tienes que enviarle algo a tu jefe. Creo que lo más doloroso de encajar no es lo que ocurrió en sí, sino el imaginar lo que no fue y pudo pasar. Ya sabes pensar, pensar y seguir pensando en ello. Lo del coche fue ya para rematar el día. Y si pienso en Leo, todo lo veo negativo y triste. Pero mira, el testigo de aviso de falta de refrigerante en la pantalla del salpicadero, me hizo dejar de llorar y estar alerta en la carretera hasta llegar a casa. En vez de ponerme más nerviosa, me ayudó a tranquilizarme atendiendo a otra cosa totalmente diferente. Y cuando llegué Leo parecía estar esperándome y al acariciarle, movió su cola, lo que no hacía desde hacía unos meses por su demencia. Dormí muy mal, es cierto. Pero ahora una vez te lo he contado ya me siento mucho mejor hijo. Sé que me vas a ayudar.

−Ma. Lo siento que hayas pasado por eso. ¡Pedazo Cabrón!, ¡hijo de puta! ¡Puto cerdo! Claro que te voy a ayudar y llegaremos hasta el final, hasta encerrar a ese hijo de mala madre.

−Bueno ya está. Deja de maldecir, que ya sabes que no me gusta David. Mira, ahí hay un sitio bueno para que aparques en doble fila y me pueda bajar.

−Sí, te dejo aquí que luego doy la vuelta por esa rotonda y llego al estudio enseguida. ¿Cuánto tardas? Que te llevo de vuelta a casa.

−No, no te preocupes, no sé cuánto tardaré en el veterinario, luego quiero ir a comprar al súper, unas cosas que me hacen falta y les digo que me lo lleven a casa. Quiero regresar andando que tardo una hora y cuarto por el atajo y me viene bien moverme e ir superando lo ocurrido.

−No mujer, que no me cuesta nada y es mucho andando.

−Que no, que no, que prefiero ir andando por el atajo y el paseo marítimo, de verdad, ni te preocupes. Nada. Voy yo, que quiero ir andando.

−Es un momento en coche y prefiero llevarte. Me quedo más tranquilo.

− Qué no, cariño, ¡qué no! Voy a mi aire y así se me va pasando el susto.  Nos vemos el sábado en casa. Ya tengo ganas de ver a los niños. Te quiero.

-Y yo. Bueno Ma entonces te llamo en un rato.

−Vale. Adiós hijo.

−Adiós Ma.

En la mañana del lunes, de un inusual 29 de febrero, Carmela llamó por teléfono a su hijo David para que la llevara al veterinario, que estaba a siete quilómetros de su casa. Una avería en su coche, le impedía ir a la cita marcada con él, para ampliar el tratamiento de su perro Leo, que estaba casi en las últimas; se trataba de una cuestión de edad, difícil de resolver y cuyo desenlace se produciría tres días después por colapso multiorgánico. Carmela aún no estaba, lo suficientemente preparada, para afrontar esa ausencia. Ese episodio que iba a ser muy duro de encajar para ella, todavía no era su mayor problema o contratiempo. Esa mañana había pensado muchas maneras de contarle a su hijo David el intento de abuso o, mejor dicho, casi violación con agresividad, que había sufrido el día anterior, en el pueblo de su mejor amiga Varda. Después de pensar en varias alternativas, decidió que la mejor opción sería llamarlo por teléfono para que le viniera a buscar en coche, con el pretexto de que tenía que ir a por unos analgésicos para su perro y comprar algo que necesitaba, en la tienda. Sería un buen momento, en esos quince minutos de trayecto, para contárselo todo.

sábado, 21 de febrero de 2026

REPOSTEROS DE PROXIMIDAD


 

Una pareja silenciosa

 1                                         

No se encontraba bien, sentía que todo lo hacía mal, que cada decisión que tomaba para arreglar su matrimonio, más lo estropeaba y empeoraba la relación con Séfora. Cuanto más trabajaba para que todo fuera como antes, más se equivocaba agobiándola, intentando convencerla de lo que él creía era una mala decisión. No sabía cómo encajar esa determinación tan drástica que había tomado, por dejarlo, así tan de repente. Era muy cansado cada noche convencerla de que siguiera a su lado, pero ella no estaba bien con él y creía que ya no merecía la pena darse una última oportunidad para continuar. Se habían arreglado en ocasiones y aunque cada uno ponía de su parte, en cuanto pasaban unos meses, transitaban de la ilusión al desencanto y de ahí a las ganas, sobre todo por parte de ella de “largarse de una vez”. Demasiados gritos no calmaban su relación y por eso, ella tomó la determinación de hacerlo; no tenía miedo a enfrentarse sola a lo que viniera, se sentía empoderada y comprendió que era el momento de dejarlo. No había otra persona de la que estuviera enamorada, y quiso dejarle claro que no le dejaba por otro. Simplemente lo suyo ya no funcionaba. No sabía cómo había llegado a tanta aversión, quizá la razón estaba en que no se sentía atraída por él. Todo aquello que habían tenido, cuando hacía años se habían comprometido: la pasión, o el cariño, se había desvanecido. En ese ambiente tan hostil no había besos, ni afecto o estima y lo que era aún peor, habían dejado de amarse. Por todo ello, Séfora fue perdiendo el hábito de acercarse a él y él se dio cuenta que ya solo la quería para tenerla a su lado más como amiga que como esposa. Fue así como entraron en conflicto y llegó un día que ella ya no pudo más; se le enfrentó con gran discusión e incluso se atrevió a decirle que le había sido infiel –que, aunque había sido verdad− no lo era en ese momento y se lo dijo para que fuera más fácil la ruptura y que él dejara de negar lo evidente. Después de un tiempo le envío los papeles del divorcio y aunque le costó reconocer que la separación era ya un hecho, se convenció que lo mejor era firmarlos y dejar esa etapa con ella para siempre.

 2

A Séfora no le fue fácil rehacer su vida. Le Fueron llegando problemas de esos que no dejan dormir bien, esos que duelen por la escasez económica y los días pasan lentos deseando que llegue un nuevo mes para tener un poco de respiro.  Trabajó en diferentes bares, enlazando un contrato con otro hasta llegar a la extenuación y al agotamiento. No le agradaba lo que hacía, era infeliz y se odiaba por vivir de esa manera tan precaria. Cuando vio el anuncio −pegado en la cristalera− de la confitería −por la que todos los días pasaba− buscando a una persona para atender de cara al público, no se lo pensó dos veces, entró en el establecimiento y se presentó a la dueña para convencerla que ella tenía “la dulzura” y el don de gentes para ese negocio, del que no sabía nada, pero estaba dispuesta a aprenderlo todo. No se trataba de hacer repostería, se trataba de vender y eso ella estaba convencida que lo podía hacer muy bien.

La pastelería La Moderna era conocida por las Cilíndricas, unas tartaletas rellenas de crema de avellana, que eran la marca que distinguía su local del resto y sobre todo eran el orgullo de Doña Pepita, que era quién las había inventado. El establecimiento se había quedado obsoleto y la decoración junto con el mostrador era anticuado. Le quedaba medio año a la propietaria para jubilarse y había decidido con su hijo −que ahora era el repostero− que era el momento de contratar a alguien para ir reemplazándola. En un futuro, cuando ella ya no estuviera en la tienda, su hijo, podría hacer los cambios que quisiera para modernizar la confitería.

Enfrente de ésta, había otra, más grande, más bonita, totalmente renovada y cuya iluminación llamaba la atención; sabían cómo atraer al público vendiendo pasteles, pastas y tartas. Los dos empleados no daban abasto a atender a los clientes en días señalados.

Era sobradamente conocida la rivalidad entre los dueños de los dos establecimientos; a veces los empleados de ambas se contaminaban de esa mala relación. Ese malestar era provocado por la cercanía de los dos negocios y sobre todo por vanas envidias con respecto a la clientela.

3                                  

La última novia que había tenido Yoel, era una joven francesa, que haciendo el camino de Santiago, se paró delante del escaparate de la pastelería, observando fascinada unas bonitas cajas de madera. Antes de entrar a comprar una para su madre −que sabía le iba a encantar− se sintió atraía por la mirada del joven pelirrojo, de considerable estatura y delgadez extrema, de piel blanquecina cubierto por infinidad de pecas, que despachaba en el interior. Una vez dentro, comprobó su gran empatía, amabilidad y predisposición a hacerse entender y entenderla. Ella hablaba más con gestos que con palabras, sabía poco español y lo que podía decir era con tanto acento francés que no se le entendía bien. Había sido un amor a primera vista para ambos.  Ella se quedó en su piso el tiempo suficiente para conocerse, pero lo que pareció para toda la vida, no tardó más que cinco meses en saber que no estaban hechos el uno para el otro. Chocaban en muchas cosas, quizá la barrera más profunda fuera la cultural. Mientras ella disfrutaba con él, a solas, saboreando un buen vino, él disimulaba el desagrado del “caldo” haciéndose pasar por un alérgico a los taninos. Yoel era más de cervezas, ir de bar en bar y compartir esos momentos no sólo con ella, sino con su grupo de amigos. La mayoría de las veces se iba sola para casa decepcionada por no entender bien esa manera de relacionarse con tanto ruido y todos a la vez. No se adaptaba a las costumbres que él tenía. Además, proyectaba –erróneamente− una imagen de mujer reservada que guardaba exageradamente su intimidad; no le gustaba cotillear y las amigas de él la veían como una “rara” que se dirigía a ellas tratándolas de “usted”. Los horarios de las comidas eran algo inasumible; para ella, comer a las tres de la tarde o cenar más allá de las 10 de la noche, la enfermaba en el sentido literal. Un día se cansó de lo que ella llamaba “jaleo existencial” y como no estaba dispuesta a esos cambios tan drásticos, hizo la mochila y siguió su camino. A él le pesó no haber hecho algo más por ella, haber apostado por su relación cambiando algo de lo que le había resultado difícil, pero no salió corriendo impidiendo que se fuera, muy al contrario, se quedó en el sofá e incluso echó una cabezada para despejar el remordimiento. Cuando despertó se convenció que ella no era la mujer adecuada para él.

4                                         

Le era raro a Séfora añorar su antiguo trabajo de camarera. Se aburría en la confitería, sobre todo por las tardes, que estaba sola sin el repostero y su madre; apenas dos o tres personas durante cuatro horas, se acercaban a comprar alguna Cilíndrica o ensaimada –que también las hacían muy ricas− y solo los domingos por la mañana había algo más de movimiento. Los minutos se le hacían largos y costaba digerir la tarde con tan poco cliente. La mayoría de los días cogía de la trastienda una banqueta y colocándola detrás del mostrador se sentaba, aliviando la pesadez de sus piernas; no sabía muy bien qué hacer o a dónde mirar; desbloqueaba el móvil, pero después de un buen rato mirando TikTok o Instagram lo cerraba guardándolo en el bolsillo de su bata y tan solo miraba, de vez en cuando, los mensajes de WhatsApp que le quitaban un poco el aburrimiento. A veces apoyaba los codos en el cristal del mostrador y como si fuera a dormir, dejaba caer su barbilla apoyándola entre sus manos. Cerraba los ojos sin dormirse y era cuando los pensamientos más negativos del día le venían a la cabeza; sentía que perdía el tiempo estando ahí, sin hacer nada productivo, y aunque el sueldo no era malo, no estaba hecha para tanto reposo. Sólo deseaba que dieran las 8 de la tarde para poder echar la persiana e irse a su casa. En esa posición tan relajada tenía una buena vista de todo lo que ocurría en el otro establecimiento, que distaba del suyo, a escasos metros, separados por una estrecha calle peatonal. La envidia le corroía por dentro, por la actividad frenética que tenían allí dentro, que contrastaba con todo su hastío. La Moderna estaba muerta, −en su opinión− a punto de cerrar si no cambiaban mucho las cosas. Por eso le atraía mirar a “aquellos” trabajar tanto y ahí estaba él, el chico pelirrojo que tanto interaccionaba con los clientes. Efectivamente lo veía atractivo y “guapetón” e incluso fantaseaba, pensando que podía llegar a algo con él.

5

Polvorones, bizcochos de soletilla, hojaldres, tartas, pastelitos de crema, chocolatinas y pastas −muchas pastas− no paraban de empaquetarlas en La Dulcería Matok; lo hacían por la mañana y continuaban por la tarde. Era la quinta generación de reposteros askenazí, dedicados a la elaboración de dulces y su fama traspasaba los límites regionales vendiendo sus dulces en unas cajitas de madera, en las que sus bisabuelos comenzaron guardando los amarguillos de almendra sobre fina oblea y ahora no solo las utilizaban para los almendrados, sino que también lo hacían para meter una exquisita selección de finas pastas de mantequilla con sabor a canela. El envoltorio, junto con las deliciosas y refinadas “galletas”, que iban en su interior, era tan retro y añejo, que se convirtió en el reclamo no solo de residentes, sino que lo era también de foráneos y se vendía de una manera exagerada, siendo el producto que más ingresos proporcionaba a la familia confitera.

 6

Había días que Yoel llegaba agotado a su casa. No era común que en ese tipo de negocio fueras atendido por un chico. Entró sustituyendo al que repartía los encargos, que había cogido una baja por enfermedad y a él le pareció que era una buena oportunidad sacarse un dinero mientras acaba sus estudios. Su simpatía, le llevó pronto al mostrador del establecimiento. Los Matok vieron que era un buen vendedor, amable, educado y su empatía, hacía de él, un empleado muy apreciado y valioso en la relación con el cliente. Llevaba trabajando con ellos, casi 10 años, era el único de su familia que no había estudiado un grado universitario, pero había sido el primero de sus hermanos en encontrar trabajo antes de acabar la FP de Hostelería. Solía cerrar él la tienda diariamente. Desde hacía un mes coincidía, haciendo el mismo gesto con la persiana −a las 8 de la tarde−  con Séfora. Los dos, espalda contra espalda, tan solo separados por una calle, alzaban su brazo y agarrando la persiana metálica, la impulsaban hacia el suelo hasta anclarla al candado estático que cerraba herméticamente la puerta. A veces Ella solía vigilarle por el rabillo del ojo; le intrigaba hacia dónde iba y esperaba unos segundos en la puerta, para verlo marchar. Varios días fue él quien esperó en la verja a que ella se fuera y dándose la vuelta la miró por la misma razón que ella lo solía hacer también. Hubo uno en el que se interpusieron, cortándose el paso y no supieron qué hacer; él, bajando la mirada, le cedió su lado derecho disculpándose y ella, se lo cedió también, excusándose con las mismas palabras que había dicho él. Absurdamente se quedaron uno enfrente del otro y una sonrisa por parte de ambos deshizo el fortuito encontronazo.

7                                  

Fue así como Séfora y Yoel coincidieron, después de haber tenido ambos, malas experiencias, de matrimonio ella y de pareja él. Un día quedaron para tomar una cerveza y ese día les llevó a quedar otros muchos más. Parecían los Romeo y Julieta entre las familias reposteras, escondiendo su relación; incluso se negaron uno al otro en varias ocasiones por si eso les hacía perder el trabajo. Eran la moderación entendida en el más amplio sentido de la palabra donde el cariño se sustentaba en el respeto, la mesura y la sagacidad para mantener su amor escondido de la rivalidad entre los de La Moderna y los de la Matok. Séfora, que tenía un carácter más fuerte, estando cansada de fingir diariamente que no se conocían, se plantó en la confitería de su novio y dando un pequeño manotazo en el mostrador le dijo a Yoel delante de los que estaban allí:

−Acabo de dejar el trabajo. ¡A la mierda con todo!, estoy harta de seguir fingiendo. Te quiero y no podemos seguir así ¡Qué lo sepan estos también y si te echan, pues te echaron, ya veremos luego que hacemos!

A Yoel no le echaron; los confiteros no iban a encontrar a alguien tan bueno como él que les llevara el negocio. Así que, siguió como todos los días abriendo y cerrando la confitería. La gallardía de ella continuó proponiéndole matrimonio y un año después estaban cortando la tarta que Los Matok habían hecho especialmente para ellos.

8

En esta nueva alianza, Séfora, se prometió que no volvería a caer en una relación difícil de soportar; lucharía por mantenerla y sería ella la que llevaría las “riendas” de ambos. Por el contrario, Yoel, se propuso quererla con todas sus fuerzas para que nunca se fuera de su lado. Por eso se fue dejando hacer, estaba cómodo sin protestar, aceptando todas las normas que ella iba creando entre ambos. Con los años más que marido, parecía su asistente, una especie de complemento de ella, una sombra de Séfora, yendo unos pasos siempre por detrás. Simplemente la admiraba. Era raro verle tan sumiso, estar en un segundo plano y que ella hiciera o deshiciera en todo momento. Curiosamente, a él no le importaba adoptar esa posición en su relación; se encontraba bien, la quería y era querido, no necesitaba nada más. Cuando su mejor amigo le dijo, despectivamente, que más que marido, era como si fuera una pareja “silenciosa” de su mujer; se sorprendió por el término que lo había calificado. Le gustó el adjetivo que lo definía, no le pareció mal y lo hizo suyo. Comprendió que realmente era eso: no quería ni imponer, ni mandar; con que le dejara estar queriéndola, como lo hacía, a su lado, le bastaba. Quizá pesó mucho, esta vez, hacer todo lo posible por no volver a cometer errores, como en relaciones pasadas. En cuanto a Séfora, su comportamiento fue algo más exagerado; desde el primer momento que lo conoció, estableció un vínculo de autoridad amable desde el apego, la estima y el amor. Lo que pretendía era no volver a caer en una relación destructiva como la que había tenido.  

9                           

Un día a Séfora, Los Matok, le propusieron ser la encargada de la confitería −por su arrojo, valor e intrepidez tomando decisiones− Yoel seguía siendo ese vendedor excepcional, amable y atento.

Y ella no dijo que no.

domingo, 11 de enero de 2026

RITUAL SUBLIME


 A la memoria de P. R. C. y J.R.F.

Unos instantes privilegiados

Siento como eco frío y seco mis pisadas crujiendo por encima de la grava, que cubre como manto silencioso las raíces de los cipreses solitarios. Avanzo lentamente por el camino angosto. Al fondo tu sudario blanco, reposando encima del mármol de una nueva tumba, acompañado por las cenizas de tu padre. La emoción se transforma en lágrimas de excitación al saber que tú estás ahí. Un ahogo de vacío y a la vez de plenitud no me deja respirar bien y cuando consigo sujetar la ansiedad del momento, me doy cuenta que comienzan unos instantes privilegiados de estar contigo, de estar con vosotros; de despedirte como siempre quise, de ser consciente de un acto solemne, en comunión con tus restos, con parte de lo que ha quedado de ti y sentir que realmente estás a mi lado. Hago un ejercicio de recapitular todos estos años pasados; esa herida cicatrizada trágica que sigue doliendo con cada estado melancólico que rebrota, de vez en cuando, con el paso de las estaciones. Esa brisa fría de invierno emblanquece, aún más, el paño cándido que envuelve tus huesos y pido cogerte, sentir el peso de tu muerte, palpar cada forma de tus restos, imaginando el estado de la materia tal como te encuentras ahí mismo. Conecto con el tímido desprendimiento de tu energía, pasando mi mano por cada forma que sobresale del lino. Tu peso es ligero después de tantos años transformándote en estos vestigios, que ahora siento entre mis brazos. Bajo esa tela liviana que nos separa, te acaricio y cada arista o borde imperfecto de tu cuerpo, me lleva a un recuerdo contigo. Mis sentimientos parpadean a otro ritmo más lento, fijo la vista en el vacío de la tarde y cuando el gemido doloroso y punzante va a aparecer, quito la interjección AY de mi lamento, para seguir adelante, para seguirte en el recuerdo. Es el momento de dejaros reposar en el suelo gélido del interior de un insólito túmulo y yo misma ayudo a empujar el alabastro que os volverá a cubrir y tiro la tierra negra que no tiré, y cubro el mausoleo con pétalos de rosa roja, de margarita blanca y de magnolia púrpura. Vuestro nombre, está ya cincelado en un inédito reposo, y sobre él coloco varias piedras moldeadas por la corriente del agua de río, queriendo recuperar las ausencias.  Esa eternidad de vuestra alma se mezcla con todos mis recuerdos y es entonces cuando lo espiritual y lo terrenal se une, creando una singular forma; un original ente, entre lo etéreo y secular, que nos une para siempre. Os despido con un poema fúnebre, una lectura pausada con el verso que os describe; un ritual sublime para acompañar esta particular despedida y cuando acabo la lectura, me voy alejando de vuestra fosa, escuchando el sonido de los guijarros bajo mis pies. Es entonces cuando una sensación de emocionada felicidad me lleva al llanto y con esas lágrimas sello la ceremonia en honor a vuestra memoria.

lunes, 15 de diciembre de 2025

UN OVILLO DE IDA Y VUELTA

 


La teoría quebrada de Simón

Lo nuestro era algo diferente. Estábamos unidos por un empeño inusitado de querer estar juntos, aun siendo muy diferentes y costándonos encajar uno con el otro, manteníamos una relación aceptable. Nos conocimos en el Carpe Diem, una taberna de la zona universitaria de estilo irlandés que abría hasta la madrugada. Nuestras miradas coincidieron por casualidad; ambos sentimos esa potente atracción de enrollarnos ­−si hubiéramos podido− allí mismo. Acercándome a él, y sin dejar de perder el contacto ocular, rompí la barrera de su privacidad y le besé apasionadamente y él se dejó hacer abriendo su boca y encajando la mía como si no fuera la primera vez que lo hiciéramos. El sabor a Guinness de su lengua me resultó más que agradable –erótica y sensual− y despertó mi deseo de estar con él, de amarlo en ese instante, aunque no nos conociéramos de nada. Fue él quien rasgó el silencio de ese momento tan particular, no me acuerdo bien qué me dijo; habló muy rápido y la risa nerviosa le ayudó a procesar mi atrevimiento. Por esconder mi gallardía pedí la misma cerveza que estaba tomando él. Con exagerado amaneramiento siguió hablando atropelladamente mientras yo, callado, me quedaba anclado en sus preciosos ojos azules, pensando en la osadía de mi impulso. Avergonzado me preguntaba cómo había hecho eso. Yo era un tío reservado, demasiado receloso mostrando mis sentimientos. Estaba acostumbrado a disimular públicamente mis preferencias sexuales. Durante años oculté mi homosexualidad y aunque eso no fue fácil de conseguir, cuando decidí que ya era hora de anunciarlo, a más de uno le sorprendió. En el instituto llegué a tener una novia para engañarme y deseé con todas mis fuerzas que me gustara; que con ella se demostrara que yo estaba equivocado. Incluso, mi madre se ilusionó con la relación, a pesar que ambos éramos demasiado jóvenes para vislumbrar el futuro que ella quería para mí. Quise darme la oportunidad de saber exactamente cuáles eran mis inclinaciones sexuales y me di cuenta desde el primer momento, que, aunque era preciosa, no me atraía nada de su cuerpo. Cuando nos besábamos, lo hacía pésimamente, me ruborizaba lo poco que sentía yo en ese beso. No era capaz de acariciarla como debía, y cuando nos agarrábamos de la mano por la calle, me subía un ardor enfermizo hacia la garganta y la soltaba inmediatamente para aminorar los daños provocados por la ansiedad del engaño; mi comportamiento resultaba incómodo para ambos. No sabía darle la ternura que ella se merecía y por supuesto no había excitación por mi parte cuando ella me acariciaba. Fingía malamente todo el rato. Luchando contra todos mis síntomas funcionales por el estrés de estar con ella; una y otra vez intentaba amarla para convencerme que lo mío podía cambiar con el tiempo y mi vida se ordenara como la de la gran mayoría de mis amigos; pero sobre todo mi tenacidad en conseguirlo ­-en esos momentos- radicaba en hacer lo que mis padres consideraban valores buenos; el más importante de ellos: la familia, crear un núcleo familiar “normal” de hombre/mujer con hijos; una sucesión en toda regla, a su manera –perfecta−, y yo quería practicar por encima de todo sus enseñanzas.

Nunca se les pasó por la cabeza la idea de una familia diferente a la que ellos consideraban habitual o corriente. Tenían un concepto muy rígido de esa normalidad, que para mí era algo totalmente diferente a lo se imaginaban que yo pudiera alcanzar. Me consideraba un espécimen raro porque cuanto más quería estar con Amalia, más me alejaba de su lado. Me bloqueaba cuando nos tocábamos y no sabía cómo disimular las ganas de desaparecer. Trataba de abstraerme, pensando en otras cosas que me agradaran, pero no obtenía ninguna imagen que me hiciera atractivo el deseo de poseerla. No quería hacerle daño, tampoco sabía explicarle bien lo que me pasaba. Me preocupaba mucho cómo se lo iba a tomar. Tenía miedo al insulto, a la decepción de dejar la relación, al vacío que me hicieran por dejarla y a que me señalaran culpabilizándome por esa libido desbordante que mostraba en otra dirección a la convencional. Tenía que decirle que no sentía ninguna emoción cuando sus manos acariciaban mi espalda o cuando sentía sus labios rozándome la cara y menos aun cuando yo intentaba desnudar torpemente sus hombros o pasaba toscamente una mano por su pelo lacio, pero no me atreví.

Le dije a mi madre si podía ir a un psicólogo, incluso le propuse que podría pagármelo con las propinas ahorradas; sólo quería que me ayudara a buscar uno. Tenía necesidad de contar toda esa vorágine de sentimientos que me parecía anómalos sufrir. Estaba convencido que un terapeuta me ayudaría a aclararme y a tomar decisiones correctas.

−¿Qué te pasa?, ¿Lo has dejado con Amalia?

Según pronunció su nombre, negué con la cabeza varias veces y poniendo cara de incredulidad hice esfuerzos por disimular que eso era lo que realmente quería hacer; era lo que buscaba saber hacer bien.

­−Bueno entonces, ¿Qué es, abstenía primaveral? Por eso no te preocupes, todos estamos algo melancólicos en estas fechas. A mí me pasa lo mismo, pero para eso no necesitas ningún psicólogo. Mírame a mí, la de problemas que tengo y todo lo que he pasado y aquí estoy. La adolescencia es un periodo difícil hijo, todos hemos pasado por ello y mal que bien todos salimos de él. Ni te preocupes.

Siguió monologando para sí convenciéndose que ya me había curado ella con sus consejos, sin saber qué era lo que realmente me pasaba. Mi padre que era camionero, cuando venía cada dos fines de semana a casa, no quería que le molestáramos con nuestros problemas diarios, ya tenía bastantes con los suyos, nos decía con firmeza, y con lo nervioso que se ponía con mis hermanas pequeñas, que eran bastante revoltosas, preferí no comentarle nada, tampoco hubiera sabido cómo hacerlo y probablemente, según hubiera abierto la boca, me hubiera dicho que le dejara en paz ver la tele, que hacía tiempo no estaba tirado en el sofá.

Para no seguir fingiendo más con Ami, una tarde de viernes, quedé a las ocho en la pizzería de siempre y mientras sonreía con el primer mordisco de su napolitana -con voz temblorosa y entre lágrimas- le dije, como pude, que lo nuestro no funcionaba. Era todo por mi culpa y ella entendió −en ese momento− muchas de las cosas que yo hacía mal en nuestra relación. Fue la primera que me escuchó y, sorprendiéndome, comprendió de qué iba lo mío. Salí del restaurante menos tenso de como había entrado, pero más intranquilo por lo que me depararía el futuro; mi vida sentimental no iba a ser fácil.

Él era todo lo contrario de lo que yo era, por eso esta historia no va sólo de mí, o mis dificultades hasta que lo conocí, sino que va de nosotros dos y cómo llegamos a mantener una relación estable en el tiempo y cómo la perdimos en cuestión de un abrir y cerrar de ojos.

Volviendo al principio, yo era tan reservado y estaba tan atento a falsear mi forma de comportarme ante los demás que conseguía proyectar una imagen de lo más varonil, con la que era poco probable que se sospechara de mi homosexualidad. Era agotador disimular todo el día para que nadie pudiera decirme que era afeminado o un tipo excesivamente afectado y señalarme despectivamente como gay o lo que era peor describirme como un “maricón”. Aprendí a controlar mis impulsos y mis ganas de expresar, que había otras maneras diferentes a las habituales de querer. Me encerré en mí mismo, y enfermé del mal del disimulo, el fingimiento y la mentira. Yo no sufrí humillaciones o vejaciones por ser de otra manera. No había daño o trauma por ello. Por todo esto él era mi antítesis; disfrutaba con su amaneramiento, y su exagerada manera de expresarse con el cuerpo; era tan histriónico que su puesta en escena lo ayudaba a ser el líder de cualquier fiesta, −se sentía bien y era feliz por como era−. Su familia lo sabía, sus amigos lo sabían y esa transparencia, esa manera tan sincera de entenderse, también lo expuso demasiado y fue el desahogo de muchos canallas. En una ocasión la paliza fue tan grande que estuvo varios días en la UCI. La lesión psicológica fue fuerte y la conmoción le produjo daño y tristeza. Se volvió algo más cauto y siguió combatiendo todas las malas zancadillas con las que diariamente se encontraba por su sexualidad. Nadie le pudo arrebatar ese modo tan particular de expresarse. Por lo que siguió siendo él mismo y así lo conocí yo.

El ir a la universidad me liberó de ataduras, salí de mi encierro y me fue fácil enrollarme con tíos como yo. Cuando lo vi en el pub entendí lo que Amalia, sentía por mí, cuando me besaba y acariciaba; pensando en ella, corrí hacia él y le besé apasionadamente. Me enamoré ese día de él, salimos de allí abrazados. Nuestra relación no fue fácil; chocábamos en la forma de entender nuestro entorno: él tan extrovertido y abierto; tan comunicativo, y desmesurado en sus impulsos de amor y cariño que yo, a su lado, parecía mucho más reservado, huidizo y retraído de lo que realmente era. Ese celo y excesiva timidez me hacían parecer demasiado rígido cuando intentaba mostrar el afecto tan grande que sentía por él. Con el tiempo cada uno fue nivelando su carácter, y conseguimos que nuestra relación fuera más madura y estable.

Una tarde me insistió que teníamos que ir al centro a ver a una amiga de su infancia que estaba unos días en Madrid por trabajo. Me sentía perezoso y reacio a ir con él, no me apetecía salir en absoluto de casa, coger el coche y sufrir el atasco de entrada a la ciudad, era viernes y si lo podía evitar mucho mejor, pero su insistencia, tan pesadamente convincente, me hizo cambiar de opinión. El atasco lo puso felizmente nervioso, y a mí excesivamente impaciente y malhumorado; la cola avanzaba muy lentamente y cuanto más me impacientaba yo, más expectante y contento se ponía él. En la recta, antes de pasar por debajo del puente peatonal, hizo un gesto de sorpresa y mirando, primero, hacia el puente y después hacia mí, consiguió que mi vista se centrara en el cartel de más de dos metros, que se suspendía de la barandilla, amarrado por unas cuerdas y que decía:

“¡TE QUIERO TANTO! ¡ERES MI VIDA! ¿TE QUIERES CASAR CONMIGO, MON?”

No había ninguna amiga a la que ver, no había necesidad de ir al centro, y mucho menos de pasar por tanto embotellamiento; sólo era necesario salir de casa para ver el cartel y esperar mi respuesta al mensaje. Nos casamos un sábado de verano. Su familia vino al completo a la ceremonia; de la mía, mis dos hermanas aparecieron tímidamente por la tarde en la fiesta.

Nuestra pareja fue sólida y firme, se basaba, en el respeto y en la fuerza de ver en el otro una delicada admiración y devoción de sorpresa diaria. Mentiría si dijera que todo fue bien, que no discutíamos o que en la relación no había nada irritante que nos hiciera enfadarnos por algo.

Montamos un centro de estilismo y creación textil. Él puso todo su talento en la elaboración de patronaje y diseños y yo di lo mejor de lo aprendido en la facultad para la administración de la empresa. Fue un éxito comercial. Empezamos a estar juntos todo el día, y aunque teníamos claro, que cada uno tenía su parcela de trabajo, había veces que las discusiones se metían excesivamente en nuestra cama, −en nuestra parcela hogareña−, o nuestros besos y las ganas de enrollarnos se colaban en el despacho.

Tomé la determinación de cortar con toda esa confusión; era demasiado frenética para que en cualquier momento saltara por los aires nuestra pasión y se rompiera por agotamiento la relación. Me inventé una teoría que nos ayudaría a mantener nuestro comportamiento más personal, emotivo, erótico y sensual en casa y más ejecutivo, neutro, frío y aséptico en el trabajo. Le expliqué la teoría del ovillo.

Le gustó mucho mi propuesta que pusimos en práctica inmediatamente. Así, cada vez que nos montábamos en el coche para ir a la oficina cogíamos un hilo de lana imaginario y lo íbamos enrollando poco a poco. Con cada vuelta íbamos sobrehilando y escondiendo el acto apasionado de amor de la noche anterior, después quedaba oculta la excitación de los cuerpos desnudos dando varias veces la vuelta a la madeja. Esa bola grande de fibra, iba enrollando nuestros susurros eróticos y con la siguiente vuelta se agazapaban las caricias, los abrazos, los tocamientos. Varias vueltas encubrían nuestros besos, el contacto de nuestra lengua y, los lametazos en el lóbulo de la oreja, se escoraban hacia el interior del ovillo. Esa ternura quedaba totalmente sellada y la lana se teñía de un blanco roto, despojado y carente de emoción. Nuestros sentimientos se camuflaban, convirtiéndonos en unos simples compañeros de trabajo.

Al finalizar el día, según nos íbamos alejando del estudio, recuperábamos lentamente el afecto; el cariño volvía a nuestra expresión; las ganas de estar juntos se hacían patentes y tirábamos con delicadeza de la hebra del ovillo y entonces aparecían los besos entre los poros de la piel; las caricias se amontonaban al tacto de nuestra tez, y con cada vuelta volvían las palabras de amor, nuestros cuerpos quedaban desnudos  y todo ese exceso de deseo nos volvía a excitar; cuando la madeja se hacía un simple hilo, éste se teñía de un intenso rojo  que dejaba al desnudo toda nuestra pasión. Llevábamos tiempo enrollando y desenrollando el ovillo y todo parecía funcionar bien.

Una mañana de otoño, Tony me dijo, que no quería hacer y deshacer más la madeja. Me dejó por un QA, que yo había contratado unos meses antes. El muchacho era más joven, más simpático, mucho más guapo, sin manías o rigideces y por supuesto, con menos arrugas de las que tenía yo. Me vendió sus acciones, dejó la empresa y me dejó a mí también. De la noche a la mañana, me quedé solo con su recuerdo, y ese golpe bajo me resquebrajó profundamente. Cuando años después se dio cuenta de su error y quiso retomar nuestra relación ya no encontramos la lana para volver a hacer y deshacer una nueva madeja; no había ovillo que amontonara todo el hilo enrollado que nos pudiera rescatar de su infidelidad. Ya no quedaba ni un puñado de amor en esa maraña de fibras que estuvieron unidas durante largo tiempo. Mi teoría del ovillo de ida y vuelta, hacía tiempo que se había quebrado, y le hice ver que era imposible volver a ponerla de nuevo en práctica.   

martes, 25 de noviembre de 2025

CORRIENTE ALTERNA

 


De la negación a la aquiescencia

Estaba allí, en el paraninfo, delante de una multitud de gente que le había venido a escuchar, era la última conferencia de la temporada. Había hecho una gira por distintas universidades, y ya necesitaba descansar, prepararse para hablar de otra manera, de algo que sabía definir bien. Aunque estaba cansado de sus positivas palabras, de su propia historia de superación, incluso de la teatralización humorística que hacía de sí mismo; hoy estaba especialmente emocionado, le daba hasta pena finalizar ese ciclo de charlas que le había entretenido más de nueve meses. No es que fuera venerado como un artista llenando estadios, pero tenía la suficiente fama como para que hubiera gente que se quedara sin poder entrar en el Salón de actos para escucharle. Le era fácil dar una opinión inmediata, en la radio o la televisión, sobre como vencer miedos o valorar la autoestima sin dramatismos depresivos, y eso le había hecho muy popular y querido por un amplio grupo de gente con diferente nivel cultural.

Siempre comenzaba la disertación definiendo la palabra “resiliencia”, le gustaba hacerlo con las palabras adecuadas, usando las acepciones del diccionario María Moliner y como si de una práctica se tratara, les hablaba en primera persona enseñando su propia experiencia. Era en ese momento cuando sentía el silencio del público que esperaba conocer a través de una actitud más amable, algo tan serio como hablar sobre la pérdida, la falta de algo o la explicación sin tabúes de carencias rutinarias valiosas como la normalidad de que nada ocurra.

Intensificando el clima para captar su atención, continuaba enlazando definiciones de otros conceptos que le iban a ayudar en la argumentación de lo que quería expresar −a ese público tan entregado− que esperaba que les aclarase, como él había llegado a ese momento de soportarse en una felicidad relativamente llevadera, con invalidez parcial y pérdida del sentido auditivo.

Así que, conectando con el inicio de sus palabras, y para relajar la seriedad del discurso exponía lo que significaba su sordera, y se llevaba la mano izquierda, colocándola –como si fuera un amplificador− justo detrás de la oreja y ayudándose con expresiones no verbales, hacía que los que le habían venido a ver se rieran por los gestos de su cara; después les explicaba que se podía vivir −sin estar conectado al cien por cien− agudizando otros sentidos. Levantándose del asiento mostraba graciosamente su invalidez sin que le produjera trastorno o perturbación alguna. Esa manera de enseñar las taras físicas de su cuerpo sin ningún complejo era lo que realmente gustaba a los asistentes.

Lo suyo no eran charlas TED, aunque usaba mucho de ese formato; hablaba sobre la idea única de avanzar y continuar viviendo; como disfrutar de la vida con defectos inesperados, explicándolo de una manera concisa y fácil de seguir. No había victimismo ni elocuentes teorías sobre la autoestima. No usaba ni diapositivas, ni papeles. Le salía hablar sobre sí mismo de una manera espontánea usando un lenguaje cargado de humor inteligente; Su locuacidad era ser persuasivo, porque el objetivo, no era otro que crear de manera original, una conexión emocional utilizando la empatía y el ingenio. Buscaba establecer una alianza sensitiva entre los que le escuchaban y él.

Exponía abiertamente su veteranía, no había soluciones novedosas y no era el primero que hablaba de ello; la vida y la literatura estaban llenas de personajes con múltiples taras, que, haciendo cosas cotidianas, podían alcanzar una felicidad momentánea plena. Quizá era su manera de expresar esa cotidianeidad de la satisfacción como algo constructivo en un contexto positivo y de aceptación de las circunstancias, a las que cada individuo se enfrenta diariamente −que, en su caso, habían sido dramáticas y graves−. Los críticos decían de él que conectaba con el espectador haciéndose cercano, y ese tono tranquilo y sencillo en la expresión, había hecho que fuera un excelente comunicador, por lo que era de los más reclamados y aclamados del momento.

La facultad donde él había estudiado Historia, fue el lugar que eligió para dar esa última conferencia. Le había invitado un antiguo compañero, que ahora era el decano. Se sentía cómodo en ese salón tan regio al que él había asistido −como público− hacía muchos años. Comenzó su discurso algo más nervioso que otras ocasiones, las emociones que sentía eran diferentes; recordaba momentos de su juventud estudiando allí y ello le llevó a recordar otros episodios destacados de su vida como si fueran flases intermitentes y mientras pronunciaba su charla, que sabía bien cómo guiar, y que tan buenos resultado le daba con la audiencia, pensó con tristeza −por primera vez desde hacía tiempo− en el momento que desencadenó su imprudencia y todos los acontecimientos que después le llevaron a su situación actual −que él consideraba aceptable para seguir viviendo−. Nada le había sido fácil, sin embargo, se podría decir, que había tenido suerte por cómo encajar el golpe y su situación vital había cambiado para mejor−después de unos largos años perdido en un cúmulo de padecimientos−, convirtiéndose en una especie de gurú de la positividad física. Así que paralelamente a su disertación, y como reflexionando internamente −superponiendo todos esos retales de vivencias− tuvo recuerdos muy vívidos de lo mal que lo había pasado. Su mente y su discurso se alinearon y por primera vez describió con desgarró −en un tono muy diferente a lo que él acostumbraba−, el enfado de su imprudencia; luego les explicó cómo llegó el dolor cargado de ira y rabia. El miedo y la tristeza le hundieron en una depresión inmensa de la que salió él mismo propiciando un duelo sobre lo ocurrido y a partir de ahí surgió un nuevo comienzo, una actitud de evolución, una manera de seguir adelante, que no era otra cosa que el aprendizaje a vivir con ello.

Ésta vez su alegato fue algo más sobrio; se dirigió al público de manera solemne y recia, y de repente se oyó a sí mismo teorizando vagamente sobre algunas ideas inconexas:

−La experiencia de los años me ha demostrado que no hay un día igual a otro –No decía nada nuevo y prosiguió en un tono más grave−. Algunos parecen aburridos y no hay manera de que avancen, otros parecen trepidantes, aventureros, excitantes o simplemente divertidos y estos se pasan sin que te des cuenta. Los días de las malas noticias te dejan marcado y aquellos en los que las negligencias te asaltan, revertir la situación es bastante difícil.

Levantándose de nuevo de la silla, se dirigió −con sus muletas− hacia las primeras filas de la sala, y continuó:

−Con todo esto nada podía hacerme pensar que mi vida cambiaría en menos de un segundo y saltara la raya que está entre la normalidad y el caos. El mayor problema es que cuando esto ocurre y así fue en mi caso –dijo con pesar y quebrándosele un poco la voz− te llevas por delante no solo tu manera de vivir si no que lo haces también con la de los que te rodean; quedas condicionado tú y lo peor de todo es que ellos también.

Hizo un silencio, para controlar sus ganas de llorar, no quería caer en dramatismos innecesarios, y que su público se emocionara con él. Tragando saliva, para hacer que sus palabras fluyeran mejor, continuó:

− ¿Por qué esa mañana de sábado decidí cortar el césped, cuando siempre lo hacía mi mujer?, es una incógnita a la que no encuentro una explicación clara. La hierba no estaba demasiado alta y tan sólo tres semanas antes, ella lo había rasurado como acostumbraba. Incluso antes de hacerlo había reconocido lo bello que estaba el jardín; el color verde lo hacía saldable sobre todo en las partes donde los rayos del sol incidían, mezclándose con el agua de rocío. Quizá hubo dos detonantes que precipitaron mi impulso de cortar la hierba –En ese momento aminoró el ritmo del discurso y haciendo otra parada, se dio unos segundos, sin decir nada, para llamar la atención del público y conectarlo con su historia−. El más potente fue que quise liberar a mi mujer del agobio que tenía por el cúmulo de ciertas tareas domésticas que le gustaba hacer, debido a la carga de trabajo extra que tenía en el juzgado y una de ésas era cortar el césped. Curiosamente le abstraía de su mundo laboral y le relajaba esas horas organizando el jardín; esta vez no veía el momento de hacerlo; estaba preocupada por la altura que podría tener la hierba con tanta lluvia, y el aspecto tan caótico que iban tomando las plantas sin sus cuidados. Sinceramente creo que le producía una especie de TOC, y no soportaba el libre albedrío de la naturaleza en ese pequeño espacio que bordeaba nuestra casa. El segundo motivo fue algo banal, había escuchado en la radio, la predicción del tiempo y las lluvias no darían tregua durante un par de semanas haciendo proliferar no solo el crecimiento de la simiente sino de los hierbajos que podrían salir también y como sabía que esto la incomodaba compulsivamente, pensé que haciéndolo yo, se alegraría por relevarle en esa tarea, y le quitaría un gran peso de encima por no poderlo hacer ella. Entré en el alpendre para colocarme las botas, me puse los guantes, cogí las tijeras de podar y por último saqué la máquina eléctrica cortacésped, además de la bobina de treinta metros de cable, que mi mujer sabía manejar perfectamente en línea recta, de arriba abajo y de un lado al otro. Ésta era la cuarta máquina que teníamos; se nos habían estropeado dos y una tercera dejó de funcionar a los dos años y medio de comprarla sin motivo alguno. Cuando la llevó a arreglar el profesional puso mala cara y le convenció de que comprara otra mejor. Ella nunca tuvo problema con el manejo del cable. Con respecto a mí, la cosa fue diferente y, con esa máquina y ese cable empezó un nuevo capítulo de mi vida que me ha llevado a estar hoy delante de ustedes –haciendo un nuevo silencio y dándose un tiempo para retomar la charla, regresó, con las muletas, hacia la mesa y cogiendo la botella de agua, bebió un buen trago, refrescando la garganta. El silencio en la sala era conmovedor; decidió quedarse en el estrado y continuo allí el discurso.

−Volvamos al momento mismo de empezar a cortar la hierba.

Puso al público en situación, describiendo como extendió el cable todo lo largo del jardín, lo enchufó primero a la prolongación situada en la parte lateral de la máquina y la parte opuesta, a la corriente eléctrica que le proporcionaba un enchufe. Marcó la altura de corte y apretó el botón de arranque; agarró la varilla de doble encendido y comprobó que las cuchillas cortaban la hierba según iba empujando la cortadora. Fue consciente de lo difícil de manejar tantos metros de manguera con corriente y decidió para acortar un poco la extensión del cable, agarrarlo en varias vueltas con una mano y pasar dos tramos más, como si fuera un collar por el cuello cayendo sobre su pecho. Después de tantos años del suceso sigue sin encontrar una explicación a por qué hizo eso tan absurdo de envolverse el cable y como justificación se consolaba convenciéndose que era una manera de controlarlo mejor. Les fue sincero, cuando les dijo que no se dio cuenta en qué momento el cable se metió en medio de las dos ruedas y se lo llevó por delante rasgándolo con las cuchillas. Sólo recordaba el fuerte chispazo y el gran latigazo de corriente, que le provocó el cable pelado, recorriendo su cuerpo y provocándole una sensación lacerante que le dejó temblando, sintiendo como los músculos de su pierna izquierda se contrajeron súbitamente y una sensación dolorosa le hizo perder el conocimiento, paralizando una parte de su cuerpo. Cómo a partir de esa imprudencia había perdido el sentido auditivo, fue una mala suerte de haber quedado tumbado en la tierra mojada con el cable en contacto bordeando su cuello y soportando una corriente, unos segundos más, hasta que el sistema neutralizó la carga, desconectando el automático general de la casa. Esas décimas de más soportando tensión, tirado ya en el suelo mojado, le bloquearon los nervios de la pierna izquierda y dañaron su sentido auditivo. Estuvo demasiado tiempo sin volver en sí, sin que nadie lo socorriera y esa soledad accidental le provocó una desconexión cerebral que desembocó en amputación parcial de una de sus extremidades y le privó de audición en uno de sus oídos.

Le gustaba terminar sus charlas con la palabra que mejor le definía, la que marcaba su punto de inflexión, la que era su amuleto para seguir adelante, esa que le daba fuerzas para enseñar a sus seguidores cómo hacer cuando el desconcierto no permite ver con claridad y el caos lo inunda todo. Y sólo dijo:

−Superación.

Al mencionarla el auditorio se puso en pie aplaudiéndolo emocionadamente. Isaac se inclinó varias veces agradeciendo su atención, después puso una mano en el corazón y comenzó a enumerar ordenadamente los vocablos que describían lo que él había sentido hasta llegar a ese momento; se trataba de emociones que iban de la negación a la aquiescencia.

Ira. Rabia. Miedo. Tristeza. Duelo. Enfrentamiento. Aceptación –y las iba soltando con cada inclinación de torso, aunque con el ruido de los aplausos, nadie percibiera lo que le había costado vencer cada una de esas etapas, hasta llegar a esa última tan aclamada, que no era otra que –Superación−.


lunes, 27 de octubre de 2025

BLONDAS DE SEDA

 


                    


 

Una mantilla con peineta y una cinta de organza

Era difícil reconocer su estado de ánimo, podía ser bueno con un cierto toque melancólico o malo con una ligera sensación positiva. Sin embargo, su cara, en ese momento, expresaba un gesto más bien alegre, y lo mismo se podía ver en el brillo de sus ojos, ligeramente empapados por la emoción. Por otro lado, algunas arrugas de su cara empañaban “metafóricamente” la noticia que acababa de recibir, no porque fuera mala, que era todo lo contrario, sino porque no pudo obviar que sus pensamientos se extrapolasen a aquella época tan amarga de su vida, que en un principio fue radiante y que a los pocos días se convirtió en una pesadilla insoportable. Su mente la llevó a revivir pésimos momentos y un suspiro de lamento le hizo sentir la culpabilidad que llevaba marcada como tinta tatuada, durante demasiados años, a pesar de toda la ayuda psicológica que tuvo para eliminar esa idea tan errónea que se instaló en ella de no valer nada.

Estaba sentada en el sofá de la sala, mirando vagamente a través de la ventana, aún seguía con el teléfono en la mano recapacitando sobre un compendio de cosas inconexas. Hacía una media hora, su sobrino le había llamado para decirle que no hiciera planes a mediados de julio, porque por fin ya tenían la fecha. Un par de meses antes Elías le había comunicado que se casaba y en aquel momento, la sorpresa, le había hecho muy feliz, sin hacer ninguna comparación con lo que ella había vivido y con lo que significó la unión con el desgraciado de su marido. En esa ocasión, Elías y ella se abrazaron e inconscientemente, balanceando sus cuerpos, y moviéndose, como si se tratara de una danza tribal o de un ritual de iniciación, ella le susurró al oído todo su cariño y nerviosamente emocionada, maldijo con júbilo a su hermana y a su cuñado por el abandono de su hijo. Ella lo había criado con los suyos como uno más. En muchas ocasiones, se dio cuenta que lo protegía demasiado, quizá fuera por la pena que sentía por su soledad parental. Empatizaba con su dolor e indefensión, sobre todo cuando sentía los golpes psicológicos que muchos días le propinaba su marido −sin querer reconocerlo, ella era totalmente dependiente y sumisa de él−. Ambos, tía y sobrino, eran excesivamente vulnerables y sobre todo los dos eran el producto de un abandono.

Hoy, cuando Elías la llamó por teléfono le confirmó dos cosas importantes:

-TíaMá –que era como la llamaba cariñosamente. Ya tenemos fecha, bloquea en tu agenda el 19 de julio, −se lo dijo con ironía dando por hecho que ella no tenía ninguna cosa que hacer más importante, que esa, ese día. –Después añadió: Tú serás la madrina, no tengo más madre que tú. Te quiero.

Ella se emocionó y sin llegar a sollozar dijo con un hilo de voz contenido:

-Yo también te quiero Elías.

Unos segundos después se repuso y recuperando el tono de su voz, trató de mantener una conversación animada no sólo porque ya era real el acontecimiento al tener una fecha concreta, sino también porque ella se sentía inmensamente gratificada al darle él la categoría tan importante de considerarla una madre.

-Ahora ya puedes sacar la mantilla de tu boda. Siempre has dicho que cuando fueras madrina de alguno de tus hijos te vestirías con peineta y mantilla. Así que ya puedes desempolvarla –Le dijo graciosamente.

Volvió en sí, aún sentada con el móvil en la mano, giró su cabeza buscando en el aparador el portarretratos retro con la foto de ella misma, la tarde de su boda. Era una imagen que había seleccionado a conciencia porque era la única en la que aparecía casi sola. Su figura era nítida frente a la de su marido que estaba entrecortada y totalmente borrosa, incluso ella recortó la imagen de él un poco más, para que no se le viera mucho y así centrar el foco en su persona. El fotógrafo la descartó para el álbum nupcial y ella, en aquella ocasión, la guardó en un sobre con otras defectuosas porque le había gustado la expresión que tenía en su cara, y se veía muy favorecida con el vestido, el velo largo y la cola. Estaba de perfil, agarrada del brazo derecho de su marido, que se encontraba unos centímetros por delante de ella. La imagen la mostraba con un vestido blanco de encaje y una mantilla española, de un blanco impoluto, que hacía de velo cayendo sobre el vestido y la cola. Una peineta nacarada, adornada con siete perlas, estaba prendida en uno de los extremos de la mantilla y se enganchaba – ayudada con horquillas y un par de pasadores diminutos− al bonito moño que la peluquera, esa mañana, había peinado −engarzando diferentes mechones de pelo− un poco más arriba de la nuca y de ahí salía ese especial y original tocado de blonda de más de dos metros, haciendo una alfombra de flores de seda bordadas sobre el suelo.

Cogió el marco y se miró; le gustó verse con el vestido de satén bordado y el velo de fino encaje; le vinieron muchos recuerdos bonitos de aquel día y de repente se echó a llorar. No solo era por todas las discusiones, enfados, gritos y maltrato que había aguantado, o por las secuelas psicológicas de la indefensión ante la brutalidad de un hombre con el que había sellado su unión, sino porque ya no tenía ese vestido de tul y satén, ya no existía esa blonda de encaje −que había comprado en una tienda de la calle Sierpes de Sevilla− ni siquiera tenía ya el álbum de su boda. De aquel día le quedaban muy pocas cosas; una de ellas era esa fotografía y recordando las pérdidas, entró en un estado demasiado triste y angustioso. Ese malestar le provocó un brote alérgico; una especie de roncha de múltiples granos le subió por los brazos y se fue extendiendo por el cuello como si fueran fluorescencias de una pared que se desparrama sin control. Ese picor intenso pareció ahogarla; sintió como que se quedaba sin respiración; pero de una manera natural, comenzó a inspirar y a expirar acompasadamente −como le habían enseñado en las clases de relajación− y con ello consiguió tranquilizarse y bajar las pulsaciones cardíacas. Hacía unos años se había apuntado, −en el Centro de la Mujer−, a unas clases, que, nunca supo bien de qué se trataban exactamente; eran una mezcla de yoga, meditación y relajación con charla de autoayuda. A la quinta clase decidió abandonarlas porque no se veía conociéndose a sí misma a través del interior de su cuerpo mientras estaba en la posición de loto. Lo de relajarse respirando lo había aprendido rápidamente y le servía de mucho, sobre todo en la oscuridad de la noche cuando la angustia no le dejaba dormir, pero lo de meditar para saber más del comportamiento de sus órganos internos como algo curativo, le pareció absurdo, sintió vergüenza de sí misma y sin dar ninguna explicación dejó las clases.

Cuando estuvo más tranquila, sin miedo a desvanecerse, consiguió recordar con nitidez el día que su marido los abandonó. Esa mañana, estaba muy enfadado y nervioso, cogió una maleta y la llenó impulsivamente de cosas personales. Mientras la cerraba daba voces insultándola y humillándola; ella se mantenía condescendiente y equidistante, intentado quitar importancia a su desprecio que acababa siempre en un sentimiento de culpabilidad. Se quedó fuera de sí cuando le dijo que no le volvería a ver nunca más. Y efectivamente cuando él cerró la puerta con un estruendoso portazo, ella ya no lo volvió a ver más. Al llegar los niños del colegio, aún quedaban las huellas de dolor en su cara; titubeante y conmocionada todavía, les contó lo sucedido con su padre y su tío; para su sorpresa, ellos sintieron alivio por su marcha.

Unos meses después supo que se había ido con “una” a Alemania y ese día una especie de amargura y disgusto, aflicción y pesar, pena y complacencia, junto con un resquemor de ira furiosa, se amalgamaron en su cabeza como un torbellino de reacciones. Estando sola en casa, buscó en los estantes de la parte superior del armario, la caja de cartón blanca y dorada donde guardaba su vestido de novia, envuelto cuidadosamente con papel de seda blanco y lo mismo su mantilla de bonitas blondas. La puso sobre la cama, la abrió, y rasgando los envoltorios, cogió de malas maneras las dos prendas que aún tenían impregnado el olor del perfume qué él le había regalado la noche anterior a su boda. La pequeña peineta del tocado se cayó al suelo y ella soltando toda la rabia que llevaba dentro, la pisó; las perlas rodaron por el suelo y la peineta se partió en varios trozos. Buscó en la cocina una bolsa grande, arrebujó el vestido y la mantilla, y todo ese amasijo lo metió con desprecio en ella; recogió del suelo los pedazos de la peineta, algunas perlas y los introdujo dentro de la bolsa también; después se quitó la alianza y la escondió entre los pliegues de las telas. Buscó el álbum de fotos de su boda y aplastándolo contra los tejidos, cerró con un par de nudos las asas del plástico, y abriendo el cubo de basura la tiró con la exasperación del que se quiere desprender de un gran dolor. La bolsa era demasiado grande para entrar en el pequeño contenedor; quedó más de la mitad por fuera y ella empujó el plástico hasta comprimir el bulto quitando todo el aire. Parecía realizar una ceremonia de liberación y desunión de una manera poco elegante. Deseaba romper con lo que le había hecho daño, sin contemplaciones y de un modo radical. Ese enojo colérico de insatisfacción extrema le hizo regresar a la cocina, buscar unas tijeras, y coger la bolsa; desatando los nudos del plástico echó la ropa encima de la cama con enfado y empezó a hacer jirones las telas: comenzó por el vestido y después destrozó la mantilla. Dramáticamente fue cortando en línea recta el satén, el tul floral, el encaje de seda, y con una furia inusitada en ella, devastó las blondas de la mantilla. Se le atascaban los filos de las tijeras al abarcar las telas tan agitadamente; una hora después, las seguía usando violentamente como si lo hiciera con una cizalla y de tanto abrir y cerrar los dedos presionando el tejido sintió no sólo el dolor físico de su esfuerzo, sino que comprendió el daño emocional que había sufrido. Le llevo tiempo trasformar el vestido y la mantilla de blondas en harapos y cuando lo consiguió, todo ese furor, ira y enfado se transformó en una extraña calma, con una insoportable quietud y serenidad. Metió todos los trozos de tela junto con los pedazos de peineta y el álbum en la caja blanca y dorada; la cerró con cinta adhesiva grande y la llevó al contenedor de basura que estaba a unos 100 metros de su casa. Cuando regresó recogió los restos de fibras y un par de perlas que estaban tiradas por el suelo de la habitación; entre las hebras de los hilos que se habían desprendido al cortar las prendas, vio algo que brillaba, era su alianza. La cogió y envolviéndola en un trozo de papel de seda, la guardó en el fondo de uno de los cajones de la cómoda, para no olvidarse del día en que él se la había puesto y soñó que sería feliz por “siempre jamás”. Después, haciendo una bola con todo, la arrojó a la papelera y entrechocando sus manos, quiso escenificar la ruptura con el hombre que había amado.

El vestido que llevó a la boda de Elías, nada tenía que ver con aquel, que en su día había destrozado, y que sólo estaba ya en el recuerdo de una fotografía. Éste era de seda de damasco, de un precioso color magenta con mangas francesas anudado en la cintura por una elegante cinta de organza, en un tono más suave que caía ligeramente sobre el largo del vestido cubriendo sus zapatos. Llevaba puesta una mantilla color marfil −de bonitas blondas de seda− apoyada sobre una peineta de carey −de 17 centímetros− entremetida en el moño y sujetada por un broche de plata salpicado con pequeños rubíes. La mantilla española le cubría elegantemente la espalda llegándole los extremos hasta la parte trasera de sus rodillas. Cogida del brazo de Elías, entraron solemnemente por el pasillo que dejaban las sillas de invitados hasta llegar al arco de flores que hacía de altar. La mantilla se movía con ligereza como una melena ondeada por el viento. A su paso todos se levantaron mirándolos y ella se sintió contenta, eufórica y muy satisfecha de estar ahí con su sobrino.

−TíaMá, estás guapísima. –Le dijo él en voz baja ¡Qué bien te queda la mantilla de tu boda!

− ¡Sí, me queda tan bien como aquel día! Esta vez por lo menos no la arrastro, la siento más ligera −Le dijo ella en tono sarcástico. Posiblemente él no entendió de qué le estaba hablando y menos aún se dio cuenta de la diferencia entre una y otra.

Nunca quiso contarle a sus hijos y a su sobrino que había tirado a la basura toda su ropa de boda cuando su marido la abandonó y la dejó por otra. Era ya algo olvidado, no había porque dramatizar ese momento tan sobrecogedor, impulsivo y vehemente lleno de cólera y exasperación, porque muchos años después, sintió que todo el desgarro de aquellas telas tan bonitas le había servido como algo curativo, cicatrizante y renovador.