Onofre Palencia Leví
− ¿Estás seguro que quieres
que mañana vaya a subir al monte?
−Sí, hija, por qué no habrías
de ir. Como todos los años, este no va a ser distinto.
−Pero papá, sabes que estás delicado
y justo el día de tu cumpleaños, no querría dejarte solo, además sería mejor no
llegar exhausta y tarde a tu celebración.
−No seas tonta, lo celebraremos
por la noche, no es un día que me guste especialmente y además nunca estoy solo.
Tu hermana lo tiene todo preparado.
Esa noche no pudo dormir bien,
cada poco giraba su cuerpo a ambos lados; primero probaba a dormirse del
costado izquierdo y luego del derecho para colocarse, finalmente, boca arriba
intentando concentrarse en la relajación, que tantas veces había practicado con
su profesora de yoga. En esos momentos, tan oscuros de la noche, le venían
miedos absurdos e imágenes negativas: el esfuerzo de la subida, el sol
incidiendo sobre su piel provocando quemazón, el latido acelerado de su
corazón, ahora que sabía tenía un soplo
cardíaco. Incluso le preocupaban los tenis
inadecuados que le molestarían en la punta de los dedos de los pies por el
descenso pronunciado, o incluso el atuendo deportivo prestado de su sobrina; el
suyo se había quedado preparado en el sofá de su casa a más de trescientos
quilómetros de distancia. Esta vez el ascenso lo haría con unos parientes, con
los que compartía tíos comunes, pero sin tener parentesco directo entre ellos.
Su padre había dejado de subir al monte hacía tiempo, aunque no le faltaban
ganas, −incluso ahora que estaba a punto de cumplir 93 años− y con su hermana
nunca habían contado, no le iban esos esfuerzos y mucho menos en verano. Su
sobrina esperaba un hijo y no era momento para acompañarles.
Se sobresaltó cuando sonó la
alarma de su móvil, a las 5:45, calculó que había dormido, tan solo, un par de
horas y en ese estado era difícil aguantar las 5 horas de subida y las otras
tantas de bajada. Estuvo a punto de mandar al grupo un mensaje diciéndoles que
se “rajaba”, que no iba. Tenía mucha
pereza, en ese momento, como para calzarse unos deportivos y enfrentarse a la
senda escarpada llena de piedras con raíces de urce secas −que ella llamaba
tuérganos− y rocas grandes engarzadas por un brezo púrpura fresco, y llegar
hasta el pico. Con ese poco espíritu de superación y esa actitud de no querer
ir, era mejor quedarse.
Escribió un mensaje al grupo
con una disculpa de ausencia:
−Tengo una jaqueca horrible,
no me siento capaz de subir. Lo siento, lo dejo para otra ocasión. Disculpar,
no tenéis problema, sabréis llegar sin mí.
Estaba claro que no era
verdad, pero no sabía que cosa mejor decir que un dolor para continuar en la
cama y reanudar el sueño. Antes de enviarlo, le llegaron unos cuantos mensajes
estimulantes de excitación y alegría por el ascenso. Su mensaje se quedó sin
enviar y acabó borrándolo, resignándose con cierta cara de circunstancia y
aceptando el reto de trepar y encaramarse al monte de los 2188 metros. Aunque
partieran de unos mil metros, en los inicios de la ladera, la pendiente se
hacía dura, a pesar de que para ella era suficientemente conocida. La subida la
llevaba haciendo intermitentemente desde su adolescencia, pero después de
tantas ascensiones, cada vez le pesaba más los recuerdos de los que no podían
subir con ella, y la fatiga de los años le hacía poner excusas para dejar de
hacerlo. De repente se acordó que su padre −la noche anterior− le dio un
papelito doblado en cuatro partes iguales, con el deseo que quería que dejará
ella por él, en el pequeño cilindro de acero que estaba colocado en la cumbre del
monte, al lado del monolito con la información de la latitud y la altitud,
medidas en el punto más alto donde un conjunto de piedras formaba la cima. Eso la
hizo levantarse de inmediato, no podía fallarle con su petición, no quería
defraudarle y que se sintiera decepcionado o desilusionado por su decisión de
no ir. Le llevó una media hora prepararse. Antes de irse, abrió la puerta del
cuarto de su padre, le dio un beso en la frente y le susurró que ya se
marchaba; cuando estaba a punto de cerrar la puerta, él le recordó:
−No te olvides de meter mi
último deseo cuando estés en la cumbre.
−Claro papá, aquí lo llevo
bien guardado en la mochila. Pero, por qué dices “tu último deseo”, si vas a vivir muchos años para seguir pidiendo
lo que quieras –Dijo con sorna.
−Bueno tú no te olvides, ¡vale
hija! Es importante para mí.
Cuando aún la campana del reloj de la escuela
no había dado las siete de la mañana, ella ya estaba fuera de las puertas
carretales, con el maletero abierto de su furgoneta, esperando las mochilas y
los palos o bastones del resto. Estaban a media hora de distancia por carretera,
del sendero del ascenso. Se hicieron la foto de grupo justo antes de ponerse a
andar. Este año se habían apuntado nueve a la expedición, lejos quedaban
aquellos años en los que su padre juntaba a un grupo de más de veinte. A veces deseaba que nadie quisiera subir y
así no hacer ella de guía. Pero la Sierra era como un imán que atraía siempre a
alguien a escalar hasta su pico más alto y sentir el esfuerzo como un reto de superación
con una gran sensación de libertad.
A esas horas de la mañana
todavía no hacía mucho color. Por eso el ascenso era llevadero. Cuando la
pendiente comenzaba a ser escarpada y el andar por las piedras se hacía difícil,
ella empezaba a sentir la fatiga en su pecho con la aceleración de los latidos
del corazón. Se paraba de vez en cuando, respiraba profundamente, echaba un
trago a la bebida isotónica que llevaba colgada a la espalda y chupaba por la
fina tubería la cantidad suficiente para recobrarse. Después sacaba alguna fotografía
al brezo, −que estaba espectacularmente verde y violeta, por la cantidad de
agua caída en la primavera−, a las jaras, los arándanos, o a la bellísima línea
del horizonte que, envuelta con la bruma, creaba una visión ilusoria mágica y después
hacía instantáneas del grupo, muchas de ellas eran autorretratos con todos, donde ella salía −con su sombrero de paja−
en primer plano.
No se le hicieron especialmente
difíciles las horas de subida; los músculos le respondieron bien y aunque, puntualmente,
le faltó un poco el aire en algún momento, se recobró sin problema, controlando
la respiración. Una vez pasada la exagerada pendiente del cortafuegos, sintió
la satisfacción de estar consiguiéndolo.
No llegó la primera a la
cúspide. Cuando lo hizo, ya había quien, estaba acabando el almuerzo y preparado
para comenzar el descenso. Ella, sin embargo, quería hacer sus rituales de
siempre: disfrutar de la vista desde ese punto tan alto de la sierra. Le
gustaba dar gracias a esa naturaleza tan salvaje por atraerla un año más hasta
ese paraje. Después aún tenía tiempo para sacar más fotografías del grupo, que,
con el fondo azul, casi celestial, parecían puntos en ese espacio situado entre
el cielo y las rocas, que formaban la peña del monte. Tomándose su tiempo,
abrió uno de los bolsillos interiores de la mochila y sacó una libreta pequeña
con un lápiz diminuto; no sabía muy bien qué escribir, hacía tiempo que había
dejado de desear cosas que nunca se cumplían, así que por inercia y acordándose
de su padre escribió:
− ¡Qué tenga buena salud por
muchos años!
No era una frase que la
cubriera de gloria, ni tampoco un deseo rotundo vital; era algo genérico,
parecía haberlo escrito más por no saber qué poner, que por una petición rogativa
importante. Su padre tenía buena salud y era el candidato perfecto para superar
la centena. Rasgó la hoja de la libreta, la dobló como lo había hecho él, en su
casa, y volvió a hurgar en el interior de la mochila para encontrar el papelito
que le había dado su padre. Abrió la tapa del cilindro de acero; allí había más
peticiones. Metió primero la suya y cuando iba a meter la de él, una curiosidad
extraña, le hizo deshacer los dobleces y ver lo que había escrito.
− ¡Qué hoy toque la cima como
mi hija!
Echó el papel en el bote y a
partir de ahí no dejó de obsesionarse, intentando descifrar que quería decir
con esa frase. Unos cumulonimbos cubrieron el sol y alguien dijo que se
avecinaba una tormenta. Ella interpretó, por su experiencia, que esas nubes −que
aún no eran negras− se irían hacia el norte, pronosticando que, una vez bajaran
por el sendero, volverían a sentir el calor del sol. A los veinte minutos
descargó una tormenta con gran aparato eléctrico y una granizada les sorprendió
sin poder guarecerse en ningún sitio. Agachados entre las piedras soportaban el
agua y el pedrisco, cada uno, como podía. Se sintió totalmente desacreditada
con su teoría de que allí no caería ni una gota de lluvia. Escuchó como su
móvil sonaba repetidamente; en ese estado tan crítico, no quiso abrir la
cremallera de su sudadera y ver quién la llamaba. Pasados unos minutos volvió a
sonar dos veces más y entendió que esas llamadas querían ser el aviso de algo
urgente.
−Hola dime, ¿qué pasa?
–Levantó la voz desafinando en la interjección. ¿Qué? No, no es verdad.
¡Repítemelo otra vez! No, no puede ser. Estaba bien por la mañana cuando entré
en su habitación. ¡No, no me puedo calmar! –Le chilló a su hermana y un rayo
interrumpió bruscamente la llamada.
La tormenta descargó durante
media hora y uno de los rayos había impactado muy cerca de los sobrinos de su
tía, uno de ellos había perdido el conocimiento y tenía abrasiones por la cara
y el cuello; al otro se le veían quemaduras en ambas piernas y en las manos; estaba
sangrando por una brecha profunda en mitad de la frente. El muchacho gritaba de
dolor y ella lo hacía también por la noticia que acababa de recibir.
Cuando aminoró su desconsuelo
y se dio cuenta de la tragedia de lo que estaba ocurriendo, abrió su aplicación
de Alert Cops y pinchó en Rescate,
compartió su ubicación y al instante un agente se puso en contacto con ella:
−Bu…nas …des .rel. ¿…al es
e…gen..a?
Hacía tiempo se había
registrado en ese servicio y aunque nunca le había hecho falta, lo tenía
actualizado por lo que le pudiera pasar.
−No le en…ti..do ..en, dice que …tá en el mon.. su pa… de 93 ..ños mu…to, ¿es así?
La conversación se
entrecortaba y ella volvía a repetir el suceso:
−Es…mos en el mo…te T…, her…gra… dos …cos y mi …dre ha
….erto.
−Dis…pe…me…no ….do. Su pa…que
….sa?
Se cortó la conexión y por
ambas partes trataron de volverse a llamar. Se oían cerca los truenos y los
relámpagos aún se veían con claridad; unos nubarrones amenazaban con seguir
lloviendo y con cada sacudida el grupo se sobresaltaba. Todos se habían puesto
en círculo protegiendo a los heridos, sin saber qué más hacer.
−Señora, ¿me oye mejor ahora?
−Sí, sí, mejor –respondió ella
nerviosamente a pesar de que perdía por momentos la comunicación.
Escuchó las instrucciones de
cómo manejar la situación, y qué hacer hasta llegar un equipo de rescate. Sin
poder ponerse a cubierto soportaron una lluvia torrencial y la conversación se volvió
a cortar, el móvil dejó de funcionar, justo cuando el agente le estaba preguntando
por el estado de su padre. Sin embargo, ella continuó hablando, como si le
escuchara y prosiguió explicándole que allí no estaba con ellos y no tenía idea
qué es lo que había sucedido con él, a pesar de haber recibido la noticia de su
fallecimiento. Volvió a sonar el teléfono y malamente oyó que le decían:
−Pongan a cubierto al anciano
–la señal se perdía y se recuperaba mientras ambos se hablaban a la vez. Ella
gritaba por el micrófono, como si al hacerlo, la entendieran mejor.
−No, aquí no está mi padre.
Dos chicos están muy heridos −y lo decía bien alto, vocalizando cada palabra;
lo hacía casi silabeando para que comprendieran bien de una vez; pero sólo oyó
el eco de su voz sin obtener respuesta.
− ¿Me oyen? Uno de los heridos
está inconsciente y el otro muy quemado. ¡Socorro, por favor! ¡Eh! ¿me oyen?
–insistió desesperadamente.
Le parecía irreal estar en esa
situación, tan solo hacía tres días que había disfrutado tanto en el concierto
de John Németh en el Café Central, que le resultaba difícil entender ese estado
tan lamentable en el que se encontraba ahora. Pensaba en su padre y a la vez
consolaba −con gran impotencia− a los dos heridos, que uno de ellos lloraba de
dolor. Le venían momentos de la audición del músico y las lágrimas inundaban
sus ojos juntándose con los golpes que recibía del aguacero que, aún, les
abatía sin tregua. Su móvil no daba señal de cobertura. Hizo varios intentos de
llamar a su hermana por si la suerte hiciera que ésta lo cogiera y a través de
ella organizar el rescate.
Oyeron el zumbido de unas
hélices que se aproximaban; entre los cúmulos, que se estaban alejando, pudieron
ver el helicóptero del 112, que, situándose en su vertical, soltaron la escalera
y de inmediato bajó un rescatista, que fue recibido, como si de esas nubes
surgiera una aparición y un milagro sobrenatural les viniera a salvar.
−Primero el anciano, −repitió
varias veces−. El anciano, el anciano, es al primero que subiremos. – dijo el
del rescate, sin haber hecho pie en la zona colapsada. Desde arriba otro
compañero, descendía con una camilla.
Ella señaló a los heridos, que
realmente eran la emergencia. Su padre no estaba allí. Ya no estaba en ninguna
parte. Fue entonces cuando pensó en todo lo sucedido relacionando lo que él
escribió, como deseo, en la nota que ella dejó en la cumbre y toda esa furia de
una tormenta que había aparecido por sorpresa. Se trataba de toda una confabulación
premonitoria natural entre la vida y la muerte; entre esa fina línea que te lleva
de un estado al otro –del sólido al gaseoso− y la lucha por permanecer y a la
vez dejarse ir.
−Eso es lo que ha hecho él. Claro,
ahora entiendo que estuviera tan insistente con que no me olvidara de su nota.
Él sabía que hoy se marcharía y de alguna manera compartiríamos ambos la misma
cima, el mismo día y a la misma hora. Pero pensándolo bien ¡vaya día ha
elegido! ¡¿quién se muere el mismo día de su cumpleaños?!
El
helicóptero se alejó y el resto del grupo comenzó el descenso, caminando en
silencio; estaban magullados por los rasguños de haberse rozado con las rocas; continuaron
el sendero cabizbajos, con un estado anímico desolador y el esfuerzo del
descenso fue mucho mayor. Cuando su móvil tuvo señal, comprobó que tenía más de
80 mensajes. Su hermana la había llamado más de veinte veces. Abrió la
aplicación de mensajes y del grupo del pueblo se encontró una retahíla
interminable de ellos con las iniciales: D. E. P. que
no dejaban duda alguna del fallecimiento de su padre. Cuando su hermana pudo
contactar, de nuevo, con ella, le explicó que se había ido sin sufrimiento.
−Pudo ser cualquier fallo
orgánico, fue una desconexión sin explicación, un dejarse ir sin molestar −una
marcha que describió como algo afable y feliz.
Esther miró a lo más alto del
Monte y allí, en la cumbre, le pareció ver la silueta de su padre. Una nube
desdibujó el pico, se hizo un remolino de cierzo seco y levantando su mano
hacia la cima, la movió suavemente como queriendo despedirse; después tocó sus
labios con varios dedos, y lanzó al aire unos besos, susurrando un simple:
–Adiós.
Con voz temblorosa, y a manera
de responso como si de un rezo conocido se tratara, pronunció solemnemente su
nombre.
−Onofre
− y más pausadamente repitió varias veces sus apellidos− Palencia, Leví,
Palencia, Leví –y volvió a decir−, Onofre –y ella misma contestó a su propia
oración− Palencia Leví.
Poniendo
un acento más protocolario con la intención de despedirse definitivamente de
él, vocalizó articulando, por última vez, su nombre completo:
−Onofre Palencia Leví.
Y ese fue su particular ritual
de exequias, tratando de entender la marcha de su padre, casualmente, el mismo día
de su cumpleaños.