jueves, 25 de junio de 2026

EL CUENTAHÍLOS DEL ORFEBRE

 


Una pieza clásica con diamantes en talla brillante

Ya tenía listo el vestido, los zapatos y el bolso que llevaría a la boda de su sobrina Ámbar. No le había costado mucho encontrar todo el atuendo, por Internet; esta vez se había decidido a no pisar ni una tienda del centro comercial ­– algo que le solía agobiar y estresar por no encontrar la talla más adecuada a las curvas de su cuerpo−. En cuanto abrió los tres paquetes −que el repartidor le dejó en el rellano de su puerta, sin esperar a que ella saliera a recibirle− se dio cuenta que le encantaba el color del vestido y que no podía quedar mejor combinado con los zapatos de tacón color crema y el bolso del mismo tono anacarado. Cuando se miró al espejo, se gustó mucho; dio un par de vueltas sobre sí misma, y volteando su cabeza y agarrando con los dedos su melena, se hizo una especie de moño, más o menos como se imaginaba que llevaría el pelo ese día; al verse le encantó como le quedaba por la espalda. El corte del vestido le sentaba bien, la hechura estaba diseñada a la perfección, como si la modista hubiera pensado en ella, haciendo que la forma y estructura final disimularan esos quilos de más que había puesto por todo su cuerpo, −gracias al proceso menopáusico que estaba experimentando−. Se encontraba en el momento álgido de ese estado y no sabía cómo dejar de comer, cómo hacerlo mejor o cómo reducir el ansia de ingerir azúcar a todas horas. Los sofocos la perturbaban, sentía inseguridades que antes no tenía y ese estado ansioso le hacía comer compulsivamente en exceso; su cerebro le jugaba malas pasadas y sólo le apetecía ingerir −principalmente− procesados y el resultado no se hizo esperar: se desdibujaron todas sus bonitas formas femeninas y un cúmulo de grasa se instaló en muchas partes de su cuerpo. Ese círculo vicioso desasosegante fue incontrolable y desde luego no le ayudó a mantenerse en forma.

Su hermana le había dicho que llegaría un momento que todo pasaría y volvería a recuperar su esbeltez, sin embargo, ella llevaba ya unos años con toda esa “transformación” que la había llevado a una talla 42 cuando la suya siempre había sido una 36. Mirándose de esa manera al espejo, dio una voz a su marido para que viniera a verla y le diera su opinión; él no pudo por menos que alabarla, le sacó varias fotografías y coincidió con ella en que su aspecto era estupendo con ese vestido y el color no le podía favorecer mejor; con sus palabras hizo que se sintiera muy bien consigo misma.

Es cierto que se anticipó al evento más de seis meses, pero se quedó con la tranquilidad de tener casi todo preparado y no con la preocupación de no encontrar nada hasta el último momento como le había ocurrido con la boda de su hijo, que mirando en tantas tiendas y teniendo tantas opciones, no llegó a decidirse hasta una semana antes de la fecha y al final, tuvo que comprar −por no gestionarlo bien− algo que no fue de su agrado: un vestido un tanto insulso, desabrido y aburrido de un satén gris perla, sin gracia ninguna y que en su opinión, no le quedaba muy bien.

Para decidir sobre qué prendedor o adorno llevaría en el pelo, tenía tiempo, y lo mismo pasaba con la bisutería. Ella no era de llevar joyas, era más de baratijas. En realidad, las pocas alhajas que tenía −se contaban con los dedos de una mano− habían sido de su madre, que un día, sin venir mucho a cuento, decidió repartirlas entre sus dos hijas, porque ya no quería tener en su casa cosas de valor por si se las robaban. El conjunto que le tocó a ella, fue muy escueto: unos bonitos pendientes de oro con perlas cultivadas, un anillo de platino −con diminutos brillantes− y una pulsera −sin contraste o señal alguna que le diera una pista sobre su valor− que a ella le encantaba por lo fina, delicada y elegante que le quedaba en su muñeca dándole igual si era buena o no. Cuando su marido quería regalarle alguna joya, ella le quitaba las intenciones porque no le hacía feliz tener ese tipo de objetos valiosos, y prefería tener piezas de poco valor – que él llamaba graciosamente, quincalla−; no era de apreciar las piedras preciosas engarzadas en minerales nobles, y si usaba alguno de ellos, elegía ponerse sortijas o pendientes de plata.

No hacía mucho que le había preguntado a su madre por esa pulsera “tan fina y preciosa” que le había dado, pero ésta sólo alcanzó a decirle que se la había regalado su padre, el día de la “pedida” y no tenía más referencias sobre ella. La demencia por su edad le hacía olvidar muchos recuerdos y aunque nunca había dejado de reconocer a sus seres más cercanos, ya no acertaba a saber si la pulsera la había estrenado ese día como regalo de su futuro marido o si por el contrario había pertenecido a una de las mujeres del entorno de él. Como en la boda de su hijo, también la llevaría en la boda de Ámbar. Esta vez se la pondría con más motivo por hacer presente a la abuela en la ceremonia de su tercera nieta, ya que le iba a resultar imposible acudir a la celebración. Desde que su madre se la regaló, se la había puesto en pocas ocasiones. La última vez que la usó, se la quitó casi de inmediato porque el cierre se le enganchó, varias veces, con el tejido del vestido y prefirió no correr riesgos de desgarro o rotura. Ahora estaba decidida a hacerle alguna reparación; en principio limarle ese cierre tan molesto, y quizá limpiarla o darle algo de luz al metal y a los cristales engarzados que el paso del tiempo había opacado.

Cuando entraron en la joyería, Nubia y su marido −y mientras esperaban su turno− fisgonearon los estantes repletos de pendientes, pulseras, gargantillas y anillos que lucían de una manera muy atrayente, quedándose absortos mirando desde los paneles acristalados con cierre de seguridad.

−Hola, ¿Qué tal?, quería saber si me podría limar el cierre de esta pulsera que se me engancha constantemente en los vestidos.

− ¡Qué tal? ...A ver. Sí, no hay problema. Es una pulsera preciosa.

−Sí, lo es. Era de mi madre. No sé de qué material es. A lo mejor no vale mucho. No sé si será de plata y las piedras, cristales; mi madre ya no se acuerda mucho de ella.

−Bueno, miramos ahora. A simple vista parece que tiene valor. Voy a buscar la lupa y vemos.

Mientras esperaban el regreso del joyero ambos continuaron mirando los objetos que había a la venta en las vitrinas opuestas al mostrador; a Nubia le encantaron unos pendientes de plata, por tener un diseño parecido al de la pulsera. La dependienta que estaba detrás del mostrador, salió de él y abriendo la cristalera, se los enseñó más de cerca.

− ¿Qué te parecen? Son bonitos ¿no? −dijo Nubia a su marido− y éste afirmando con la cabeza, le animó a que se los probara.

El orfebre puso la pulsera bajo el cuentahílos y les fue comentando lo que veía en ella; con cada calificativo, su euforia iba en aumento y sus palabras se transformaron en exaltación de lo que tenía bajo esa lupa tan especial y con entusiasmo y ardor exagerado hacía méritos para su reparación.

−Bueno, o sea que la pulsera no es de plata con cristales engarzados, sino que puede ser de oro bañada en platino con gemas como diamantes o brillantes ¿no? −se entusiasmó Nubia.

−Le faltan varias piedras, ¿no veis aquí los huecos? −afirmó de manera vehemente−. Las puedo buscar, y las inserto sin problema. El engaste es mi especialidad, me llevará tiempo, pero es un trabajo que me encanta y te la puedo dejar como nueva para que le puedas dar una nueva vida. Esta pulsera se lo merece puede tener más de 100 años, a lo mejor es de una generación anterior a la de tu madre. Además, te quedaría impecable con la limpieza ultrasónica. Pensarlo, de verdad, es una joya valiosa.

−No sé, será muy caro sustituir las piedras y costará mucho las horas que emplees en ello ¿no? −dijo ella mirando a su marido−. Ya sabes que, a mí las joyas, no me interesan mucho, lo único porque parece que es una pulsera muy antigua y tiene un gran peso hereditario. ¿A ver si en vez de mi madre, era de mi abuela?

−Bueno si tú quieres, hacemos el esfuerzo, no hay problema −le dijo Emmanuel−, siempre tan complaciente con ella.

−Podemos hacer una cosa, −se apresuró a decir el joyero−. Me la dejas ahora y mañana te digo en cuánto te puede salir la reparación. Con más calma puedo corroborar con exactitud el material con el que está hecha, que, aunque ya te puedo decir, que el reverso es de oro blanco, por la cara visible puede tener un baño de platino, además te diría con exactitud el tipo de piedras engastadas que lleva. Me atrevo a decirte, con lo que estoy viendo, que se trata de “diamantes en talla brillante”. Te diría el número de ellos que le faltan y que estaría bien reponer. Luego ya decides.

−Vale, está bien ¡Madre mía diamantes! ¿qué quiere decir eso que has dicho de “en talla brillante”?

−Eso es que los diamantes están tallados con forma redondeada, diseñados matemáticamente para maximizar su refracción y el reflejo de la luz. –Les dijo el artesano buscando las palabras precisas para que lo entendieran.

En un sobre marrón de pequeño tamaño el hombre escribió: pulsera para revisar y anotó con rotulador azul el nombre y el número de teléfono de ella. Antes de guardarla, y despedirse de los clientes, llevando la joya a su taller −situado en la parte trasera de la tienda−, Nubia, aun sorprendida por el valor de la pulsera de su madre, se dirigió a él preguntándole: −Antes he visto estos pendientes −señalando los que estaban en la vitrina−, y no sé qué tal quedarían con la pulsera.

−Son perfectos. Como verás son de un diseño moderno con reminiscencias retro. Sí, le van muy bien. ¿Por qué no te los pruebas? −le animó el joyero.

La dependienta los volvió a sacar del expositor y se los preparó quitando las tuercas; ella se los puso; el joyero sacó la pulsera del sobre y dándosela a Nubia, ésta se la acercó a su oreja izquierda, −mientras se miraba al espejo de mesa−, y pudo comprobar que el estilo era parecido. Después la ayudante del “gemólogo” le propuso colocársela en su muñeca derecha sin cerrarla del todo, y ella y su marido opinaron sobre la sincronía de las dos piezas.

−Vale, me los llevo, −y mirando a Emmanuel, le hizo ver que eran un poco caros; él remangó un poco el puño de su camisa y acercando el reloj al terminal bancario, los pagó sin reparar el gasto. Al salir de la tienda besó a su mujer en la frente y ella le agradeció su felicidad por tenerlos.

Había sido una gran sorpresa para ambos, saber que lo que parecían piedras de cristal engarzadas en plata, podían ser gemas de considerable valor engastadas en una pieza de oro blanco bañado en platino y no sólo eso, sino que podría ser más de su abuela que de su madre. Es decir, más antigua de lo que creían.

Continuaron la calle e hicieron varios giros hasta llegar a una cafetería; se sentaron en la terraza porque la temperatura era muy agradable y aunque ya eran las 8 de la tarde, aún quedaba algo más de una hora de luz. Se sentían muy a gusto y su estado de ánimo se podría calificar como alegre y dichoso; y esa sensación había sido, simplemente, por la conversación con el platero y la compra inesperada de unos bonitos pendientes.

A primera hora de la mañana del día siguiente, −que era sábado−, y estando desayunando tranquilamente el matrimonio en el jardín de su casa; en el móvil de Nubia sonó la llamada de un número desconocido, dudó en cogerlo, pero al quinto tono deslizó su dedo hacia arriba tocando el icono verde de su terminal y contestó la llamada.

−Hola, sí, ¿Qué? No, no, yo no tengo nada, no tengo la pulsera puesta.  La dejé en la tienda, usted la cogió para guardarla en el sobre marrón, donde escribió mi nombre y el teléfono.

−Ayer por la noche, cuando la fui a sacar del sobre para hacerle el presupuesto y comprobar bien la calidad de los materiales y cuántas piedras habría que engarzar, vi que el sobre estaba vacío, así que pensé que la podría tener usted. −El joyero insistía nerviosamente que en el establecimiento no estaba.

-No. No sé cómo lo ha podido pensar, porque si fuera así, le hubiera llamado de inmediato. Yo no tengo nada. Me fui de allí sin ella; se lo digo, así de claro. ¡Qué no, qué no! La chica me la puso para ver cómo quedaba con los pendientes y después la apartó hacia un tapete de fieltro negro donde estaba el sobre marrón y usted, supongo, la guardó.

−No, ella dice que no, que no hizo eso; cree que quedó en su muñeca.

−Ya ¿y dónde está? No, ya le digo que no, porque ni llegó a enganchármela, así que, si me la hubiera llevado, se habría caído en la propia tienda antes de salir.

Emmanuel miraba a su mujer incrédulo, entendiendo lo que estaba ocurriendo, e instintivamente miró hacia el suelo, por si estuviera por allí. Al colgar Nubia −casi llorando− se levantó de la silla pensando que era imposible que pudiera estar la pulsera caída por algún rincón de su casa. Se vistieron de inmediato −aún estaban en pijama y sin ducharse− y salieron hacia la joyería haciendo el camino inverso del día anterior. Se pararon en la cafetería; allí nadie había encontrado ninguna pulsera. Continuaron con la cabeza gacha mirando hacia el suelo peinando una amplia zona en línea recta por si algo brillaba tanto que fuera el objeto perdido. A Nubia le entraron dudas sobre el joyero por su entusiasmo con la pulsera el día anterior, y pensó que a lo mejor era capaz de querérsela y decir que allí no estaba, pero Emmanuel le quitó esa idea de la cabeza.

− ¡A ver mujer! al fin y al cabo tampoco es una pieza con la que puedas hacerte rica.

− ¿Tú qué sabes? Habló de platino y diamantes y de talla de orfebrería antigua y clásica. No sé. No sé yo, hay mucho amigo de lo ajeno.

−No seas desconfiada. ¿Y si te quedó puesta y sin darte cuenta se cayó mientras íbamos hacia la terraza del Áureo?

−No, no lo creo, estoy convencida que la chica solo me la puso por encima, vimos cómo quedaba con los pendientes, y allí quedó la pulsera.

− ¿Segura?

− ¡Hombre, yo creo que sí! Me haces dudar. Pero, de verdad, que no, que yo no salí de allí con ella en mi muñeca.

En la joyería hubo mucha tensión y tanto ella como el artesano elevaron el tono de sus palabras. Él había pasado muchas horas revisando las imágenes de las cámaras seguridad −antes de llamarla por teléfono−. En ellas se veían desde el momento en que Nubia y Emmanuel habían entrado a la joyería hasta que salían. El momento crítico estaba cuando la dependienta acercaba la pulsera a su muñeca; en ese momento se metía en medio su marido para comprobar lo bien que le quedaban a su mujer las dos piezas de orfebrería. En la grabación el joyero se llevaba el sobre marrón, pero no quedaba claro si había metido en él la pulsera o si por el contrario se lo llevaba vacío. Después la vendedora empaquetaba los pendientes −que Nubia se había quitado cuidadosamente de sus orejas− y cobraba con el datáfono −el importe de los mismos− a Emmanuel, que con un movimiento seco alargaba su brazo, acercando su reloj al terminal. En la última secuencia del vídeo la joven despedía al matrimonio sin que se viera si en la muñeca de Nubia estaba o no la esclava porque las mangas del chaquetón, le cubría la totalidad de sus brazos.

Al joyero le pesaba no haber invertido un poco más en un buen sistema de vigilancia. Como excusa se autoconvenció del poco tiempo que le quedaba para jubilarse. Sus cámaras estaban obsoletas y no hacían un buen visionado de todos los ángulos del establecimiento. Nubia era incapaz de hacer un ejercicio de reflexión parándose a pensar en si realmente había salido, el día anterior, con la pulsera del local. En el fragor de ese nerviosismo sin querer incriminarse ninguno de los dos, Emmanuel −acertadamente− los convenció para denunciar la pérdida de la “extraordinaria pulsera” −objeto de discusión− en la comisaría de policía. En el camino hacia ella, los tres fueron callados; los tres no dejaron de mirar al suelo, por si la luz y el reflejo de los diamantes llamara su atención y encontraran la joya tirada; pero no fue así.

−Venimos a denunciar la pérdida de una pulsera −se dirigió Nubia al agente que estaba en el mostrador de recepción.

Después de una larga espera, otro agente que se presentó como el subinspector de la comisaría, los hizo pasar a su despacho. Atropelladamente el joyero explicó lo que creía había pasado y Nubia hablando por encima de sus palabras se defendió de sus acusaciones, imputándole gravemente a él su falta de profesionalidad al no custodiar bien su pulsera. Ninguno de los dos tuvo paciencia y calma con el otro, y fue por todo ese jaleo que montaron que no escucharon al subinspector cuando dijo casi con solemnidad: −Hoy una mamá y su hija de 9 años…

Emmanuel hizo callar a Nubia, que estaba fuera de sí. El orfebre también se calmó y los tres quedaron en silencio.

−Gracias, como les decía, hoy a primera hora de la mañana una madre y su hija, trajeron una pulsera. La niña la encontró al atardecer de ayer en la terraza del bar Áureo, el que está en el centro. Al ver la pulsera junto al pie de una de las sombrillas, la cogió, se la puso y siguió jugando. Su madre nos dijo que se la vio cuando llegaron a casa y como se dio cuenta que podría ser de gran valor y pensando en el disgusto de quién la hubiera perdido, decidió entregarla esta mañana, en la comisaría por si alguien la reclamaba. Así que necesito que me la describan muy bien para saber si estamos hablando de la misma pulsera.

Nubia se sintió muy avergonzada porque al final la teoría del orfebre de que ella había salido del establecimiento con la pulsera era cierta. Lo que había ocurrido había sido que la dependienta después de acercar la pulsera a su muñeca, para que los clientes pudiesen comprobar la similitud de ambas piezas. Se olvidó de devolverla al joyero para que la guardara y éste tampoco la reclamó, pensando que ya la había guardado. Nubia concentrándose en cómo le quedaban los pendientes no se fijó en que la pulsera seguía en su muñeca y Emmanuel no se fijó en nada de lo que los tres anteriores hicieron. La causa del olvido de todos había sido una larga disertación sobre estilo, elegancia y personalidad a la hora de lucir objetos como el que acababan de descubrir. La suerte fue que se le cayera en la terraza del bar, cuando alargó su brazo derecho para coger la taza de café que había pedido y no hubiera sido por las calles por las que había pasado anteriormente con Emmanuel −en cualquier caso, no fue consciente de que se le deslizara cayendo al suelo y mucho menos escuchó el sonido de los materiales nobles y sus piedras chocando con el pavimento−  y el azar afortunado que la niña −que estaba muy aburrida con las amigas de su madre en una mesa cercana a ellos−, se levantara de la silla, se pusiera a jugar entre las mesas y la encontrara poniéndosela como si tal cosa. El ejemplo de la honradez ya había sido demostrado por su madre cuando decidió que debía ser entregada en la comisaría de policía.

−Lo siento, lo siento, lo siento ­­−dijo Nubia muy apesadumbrada al maestro orfebre repitiendo muchas veces su pesar. Estoy avergonzada por la que le he montado antes y encima sin motivo. Usted tenía razón. Discúlpeme, le pido perdón. Le confieso que he dudado de usted. Es que de pensar que la pulsera tenía poco valor, excepto el sentimental, a que se tratara de una joya de platino y oro con diamantes engarzados, se me fue la cabeza. −Con una sonrisa, un tanto sumisa y forzada se atrevió a preguntarle− ¿Todavía quiere repararla?­­


sábado, 23 de mayo de 2026

LA POETISA DE HAIKUS

 




La Luna roja, poema 77

Estaba teniendo algunos problemas de visión borrosa, además de una gran fatiga visual causada por mi última afición a ver podcast en la pantalla del móvil. Era tanto contenido lo que salía de mi dispositivo, que a veces llegaba a agobiarme elegir entre tanto producto digital. Acababa con dolor de cabeza, las imágenes se transformaban en objetos confusos y no era difícil llegar a ver doble.

Me había vuelto un poco “cansina” viendo tanto vídeo, pero es que eran tan interesantes y había tanto que aprender, que pasar de uno a otro, llegó a ser una obsesión. Cuando quedaba con alguien no hacía otra cosa que hablar de algo nuevo que había visto y toda esa formación adquirida −algo superficial−, a golpe de vista, se había vuelto en mi contra. Empecé a notar que, a mis amigos, les parecía un “rollo” estar conmigo; me insinuaban que ya no era tan divertida y espontánea como solía y es que, con esa sabiduría a mi alcance, parecía una “sabelotodo”, lo que se traducía en que me había convertido en una mujer difícil de soportar, cuando estábamos todos juntos –y esto hacía que ya no cayera bien a nadie− muy a mi pesar, huían de mí en cuanto me veían; siempre encontraban una excusa u ocupación para no quedar. Me fui aislando yo misma, por ese rechazo tan singular, hasta convertirme en una persona casi “antisocial”; no me importó en absoluto el calificativo porque me estaba divirtiendo tanto con toda esa vorágine de podcast continuos y encadenados, que me llevó a la convicción que lo mío era aprender de toda esa gente que aparecía en los vídeos enseñando lo que fuera: electricidad, fontanería, bricolaje, funcionamiento de artilugios y dispositivos, automoción, opiniones sobre cualquier tema, idiomas, noticias de alcance nacional e internacional y luego todo el universo culinario y la moda eran un caso, inmensamente, aparte. Me fue fácil engancharme escuchando en bucle, cientos de lecciones sobre gramática inglesa o cómo hablar inglés en el corto plazo de un mes, cosa que era inverosímil. Di tantos “me gusta” y acepté tantas suscripciones que tuve que quitar el sonido de las notificaciones que llegaban al teléfono porque eran muy molestas. Muchos días me costaba conciliar el sueño ya que dejaba para la noche los resúmenes de prensa y las opiniones periodísticas sobre noticias políticas y luego no me podía dormir con todo lo que estaba ocurriendo en el mundo. 

Me llamó la atención el podcast de un escritor, llamado Tristán Maltés –era la primera vez que escuchaba su nombre−; hacía entrevistas escuetas a escritores, intelectuales y periodistas o simplemente habla sobre diferentes composiciones literarias. Se llamaba, 21minutoscon, −así escrito todo junto−. Me pareció muy original porque en ese tiempo era capaz de dar a conocer a su invitado y tener una charla amena y sugestiva. Siempre acababa sus vídeos con un consejo para los aficionados a la escritura; era su manera de animar “la creación literaria” entre su público y reclamaba borradores para compartirlos en su chat. Como compensación prometía leer lo que fuera bueno y breve. Después de varios episodios viéndolo, me hizo pensar que tal vez, podría enviarle algo de lo que yo escribía o quizás, debería escribir algo nuevo y retomar, más en serio, mi afición por la escritura. Pasión que había tenido hacía años, cuando estaba muy metida en el club de lectura de la biblioteca del barrio, y que acabé abandonándolo por no encajar con el grupo. Eso ocurrió en la época cuando cualquier cosa me inspiraba y no podía dejar de escribir relatos. Me gustaba hacerlo a mano, aunque no en folios blancos, sino en una libreta de anillas grande, − que aún la tengo guardada−. Por entonces me sentía con tanto talento, que incluso, me llegaba a comparar con los autores de los textos que preparábamos cada mes. Esto era excesivo porque yo solo era una simple aficionada.

Un día, casi al finalizar nuestras disertaciones literarias, “solté” en el grupo, que yo también escribía y me invitaron a leerles algo de lo escrito, en la siguiente reunión. Preparé el que consideraba mi mejor texto y se lo leí como si fuera una narración poética, haciendo más pausas de las necesarias, aportando un tono emocional que hacía que mi voz fuera un poco engolada y arrogante. Después de diez minutos de lectura, levanté la vista, como para que me dieran parabienes, pero se hizo un silencio incómodo, y no hubo aplausos ni beneplácitos. Entendí que la historia no les había gustado y que mi técnica empleada para atraer su atención tampoco. Alguien insinuó que debía mejorar mucho si quería destacar. Me molestó un poco su sinceridad, aunque me hizo más daño la frialdad de los demás y su disimulo, largándose cuanto antes sin dar ninguna opinión. Ese día, tomé dos decisiones cruciales: la primera salirme del club de lectura, −estaba avergonzada y me había sentido tremendamente ridícula con lo que les había leído− y la segunda, iba a ser mucho más tajante: dejar de escribir para siempre. Es cierto que esta última no la cumplí, porque a veces el deseo de hacerlo me sorprendía y tenía ganas de contar cosas, aunque fuera para mí misma. Las palabras fluían y aunque me creía que podía ser buena, al acabar la historia, me daba cuenta que lo escrito era una “porquería” y la mayoría de las veces acababa rasgando la hoja.

El último vídeo de Tristán Maltés, lo inició con el vocablo Haiku; lo pronunció de manera lenta, como dando a sus seguidores tiempo a pensar en la acepción. Explicó de manera sencilla esta forma poética tradicional japonesa de instantes efímeros, dedicada a la naturaleza. Expuso la austeridad de los poemas en tres versos de 5-7-5 sílabas sin rima. Cuyo objetivo era expresar la belleza de lo cotidiano y sutil. Era una poesía tan sencilla, pero a la vez con tanta fuerza, que de repente entré en una especie de trance de inspiración, cuando leyó el poema del poeta de “Haikus” más conocido del S.XVII, Matsuo Bashō y como el “viejo estanque, la rana y el ruido del agua” de su composición, me hicieron comprender que yo podía dedicarme a ese tipo de literatura con tanta facilidad, que ya me veía convertida en la poetisa de Haikus más conocida de occidente. Sin haber acabado los veintiún minutos de programa, yo ya me había activado tanto, que mi cerebro era toda una explosión de emociones listas para ser plasmadas en una hoja digital. Empecé a transcribir mis sentimientos en esos tres sencillos versos, como si fueran pequeñas secuencias de musicalidad minimalista, surgidas de lo más profundo de mi interior de manera espontánea, genuina e innata.

El primer poema me salió de forma inminente, escrito casi con los ojos cerrados:

En un arbusto 

se sube mi gato y

cae la lluvia.

Lo hice sin esfuerzo, sin presionar mi inspiración y entendiendo a la perfección el espíritu Haiku y como éste, era capaz de hacer muchos más, porque yo tenía creatividad de sobra para plasmar en 3 versos lo que quisiera, según sus reglas de estilo. Así una vez escrito el primero, me puse cómoda en “mi estudio”, al que yo llamaba “mi santuario” –que no era más que un pequeño rincón de mi apartamento, donde tenía una mesa de metro y medio, con una silla de oficina, unas cuantas fotos de mi familia y lo necesario para tele-trabajar−. Escribí Haikus durante horas; perdí la noción del tiempo, recreándome en la vida cotidiana de mi entorno, introduciendo animales e insectos de sobra conocidos; a la vez me imaginaba escenas naturales con referencias a los cuatro elementos esenciales: Tierra, Agua, Aire y Fuego como se hacía en los haikus más famosos japoneses. Mi estado era de excitación absoluta, en grado superlativo. La IA me había mostrado todo lo que necesitaba saber sobre el origen, estilo y composición métrica con ejemplos de poemas escritos por poetas de los siglos VIII, XVI, XVII y XIX y sin profundizar mucho más, escribí de un tirón mis piezas:

Viento cálido,

vuela la libélula

al atardecer.

Un poema me llevaba a escribir otro, encadenando ideas súbitas e inagotables. Estaba convencida de haber encontrado la esencia Haiku muy dentro de mí y en ese impulso creativo tan fuerte que estaba experimentando, me hacía verme como si fuera la mejor de mi generación en la escritura de estas estrofas orientales:

En la fuente gris

beben las tres mantis y

se ven las nubes.

Me sentía como si me hubiera fumado un porro, y tuviera tanta energía como para hacer un libro entero de Haikus; tecleé sin parar durante muchas horas; las yemas de mis dedos chocaban contra la mesa contando las sílabas de cada estrofa y era tal la euforia y la adrenalina que me vi con el deseo de acabar esa misma noche toda mi composición poética, cuyo resultado sería un gran libro de poemas.

Jaras del campo

Esencia de tomillo

Brezo púrpura.

Cuando escribí el poema 77 −que es mi número favorito− supe que sería el que diera título a mi libro; me salió de un tirón. No me hizo falta contar las sílabas, apliqué los vocablos adecuados a lo que quería expresar y me emocioné al sentir que estaba dando forma a todo un conjunto de poemas creados por mí. Pude ver ya las galeradas de lo escrito con el título:  La luna roja, con el subtítulo de: Colección de 103 poemas Haiku, escritos por la única poetisa Haiku occidental conocida, que no era otra que yo misma: Esther Lentel de Arauso. El número de ediciones que se haría del libro, me convertirían en la escritora de “Haikus” más famosa contemporánea y quién sabe si la historia no me pondría a la altura de Safo de Lesbos.

La luna roja,

aclara el camino

con luciérnagas.

Vi cómo se apagaban las luces de la calle y una tenue claridad comenzó a iluminar “mi santuario”; fue en ese preciso momento cuando acabé de escribir el poema 103 y por lo especial del momento consideré sería el último de mi libro.

Tapan sus alas,

las exóticas aves

con polen floral.

Según dejé de escribir, decidí que podía subir al chat de Tristán Maltés alguno de los poemas; él siempre animaba a su público a remitirle escritos, prometiendo respuesta. Seguro le iban a encantar y me propondría alguna editorial para publicar mi primer libro de “Haikus”, hecho en una noche. No quise enviarle el 77 que era el que daba título a mi poemario, por si le parecía demasiado bueno y me quisiera arrebatar la idea de escribir él, este tipo de composiciones; así que escogí un reducidísimo grupo de tres poemas: el 25, con lo que me sentí inefable y divina sabiendo que no sólo él los leería, sino que sus seguidores también admirarían la belleza de cada uno de ellos. Elegí también el 43 por la delicadeza de los elementos naturales y el 99 por lo sensorial en la variedad de componentes dentro de una misma idea:

Haiku 25

Fuego sonoro

mariposas quemadas

aire insano.

Haiku 43

Agua clara y

tierra fertilizada

alma serena.

Haiku 99

Charco de agua

reflejo de sapos y

textura táctil.

Yo esperaba una contestación inminente, un sorprenderse con la nueva escritora anónima que había surgido en su chat o una asombrosa felicitación por la originalidad de mis estrofas, pero pasaron los días y en las conversaciones de ese chat sólo había comentarios descalificadores y faltones entorno a mi persona y mi “humilde” contribución a la literatura. A mí solo me importaba la opinión del escritor −que era el entendido− y por más que la esperé, no conseguí que se dirigiera a mí, ni en público ni en privado, para alabarme o criticarme. Mis poemas no habían generado ningún comentario por su parte. Días después volví a tener el impulso de enviarle otro grupo de tres poemas, para darle la oportunidad de valorarlos de nuevo; finalmente no me atreví a pulsar sobre la tecla de envío por si mi contribución era algo molesta, y por tanto sin interés para él. No quise desanimarme y decidí enviar una selección de unos 53 poemas a varias editoriales especializadas en poesía. Estaba convencida que con todo el talento que había puesto al escribirlos y como yo era la única escritora de “Haikus” en esta parte del mundo, sería de gran valor para su publicación. Además, ya estaba escribiendo más poemas para un segundo libro, por si el éxito me llegaba con el primero y por lo menos la fama no me cogiera en blanco de inspiración para una segunda entrega. A mi correo electrónico no llegó nunca ninguna comunicación de editorial alguna.

En otoño, la misma biblioteca de mi antiguo club de lectura, organizó unas jornadas de cultura japonesa con un cartel de eventos muy interesante que no sólo abarcaba lo audiovisual con proyecciones de películas de Akira Kurosawa, Hirokazu Kore-eda y Hayao Miyazaki, sino también había un ciclo de conferencias con diferentes temas referidos a su cultura, y como epílogo del ciclo, el escritor Tristán Maltés daría una conferencia coloquio sobre la poesía japonesa centrada en la creación Haiku.

A la conferencia llevé su último libro publicado, El marco vacío, para que me lo firmara al acabar el acto; era la excusa perfecta para darle yo, el mío, La luna roja –versión auto-publicada−. En la primera página, le escribí una dedicatoria y no sé por qué al finalizar le puse mi teléfono, quizá tenía la esperanza que me llamara para hablar de ello.

Era un hombre que hacía las disertaciones muy amenas. Ésta había sido tan interesante como las de su podcast, y esa manera de comunicar era la clave del éxito, admirado por sus seguidores, de los que yo también formaba parte. En el coloquio fui de las pocas personas que me atreví a hablar sobre los escritores Haiku y le llamó la atención mi gran interés y conocimiento sobre esa manera de escribir tan sencilla, bella y representativa.

Cuando me devolvió su libro firmado y dedicado, yo aproveché para ponerle en su mano el mío. Leyó el título y mi nombre. La gestualidad de su cara fue mutando pasando de la sorpresa, al recibir mi poemario, al desconcierto −aceptando el regalo de mala gana− por comprender quién era yo. La tonalidad de sus mejillas mutó a un color rojizo y aprecié un sudor estresante en su frente. Nerviosamente me agradeció el libro y disimulando su malestar se mezcló con los organizadores del evento, “pasando” totalmente de mí. Obviamente no se esperaba la intromisión y su reacción fue un poco la esperada por mí –asombro, pasmo y cierto estupor−.

Días después me sonó el teléfono móvil, era un número desconocido y me pareció que podía ser cualquier vendedor, así que dejé que sonara todos los tonos hasta quedar en silencio. Quince minutos después volvió a llamar el mismo número y volví a dejar que sonara sin cogerlo. Una tercera vez sonando el mismo número, ya me pareció que podía ser algo importante y la llamada debía ser atendida.

−Hola ¿eres Esther Lentel?

− Sí, ¿Quién me llama?

−Soy Tristán, Tristán Maltés ¿Te vendría bien quedar un día y hablamos?...

 

 

 


domingo, 19 de abril de 2026

SÍNTESIS MOLECULAR

 



Los enlaces covalentes del Grand Teton   

Salí de la tienda de campaña, ya no podía soportar más lo incómodo de las piedras clavándose contra mi espalda; era insoportable el dolor de cadera por la dureza del terreno. Dormir sin colchoneta, directamente pegada al suelo, tan solo separada por un saco de entretiempo, había sido un error. La noche se me hizo muy larga, casi no dormí nada y en cuanto la oscuridad dio paso a algo de luz, me levanté y me fui. Los otros cuatro parecían estar cómodos; dormían sin molestarles la incomodidad del lugar y más de uno se hacía oír con sus ronquidos. Abrí la doble cremallera y haciendo el menor ruido posible, para no despertar al resto, salí hacia el pantalán que conectaba directamente con el muelle flotante; se trataba de una gran superficie de madera vieja soportada por pilotes directamente amarrados al fondo del lago. Me senté primero colgando las piernas y dejando que el agua fría cubriera mis pies; después plegándolas en posición de loto, admiré lo que tenía delante. Esa enormidad terrenal, ese volumen natural, esa magnitud iluminada por el sol; cobraba un valor espiritual de irrealidad, belleza y tonelaje rocoso, difícil de apreciar, por otra lente que no fuera la natural de mi retina. Era un espectáculo que tenía a gran distancia métrica, pero, sin embargo, lo veía tan cerca, que casi podía sentir toda su fuerza y naturaleza irrumpir en ese paisaje mágico, cayendo sobre mí. Emocionalmente estaba abducida por la luminosidad, la silueta de su pico más alto, por las rocas nevadas de la ladera y el reflejo de sus irregularidades proyectadas en el lago, como si fuera otra estribación simétrica complementaria y adornada por una vegetación salvaje en colores verdes, amarillos y ocres. En ese estado de éxtasis profundo, veneré ese paisaje tan limpio y claro. Entonces musitando frases como si se tratara de un rezo inventado, me atreví primero a dar gracias y después mis deseos se convirtieron en suplicas y ruegos para alcanzar el fin último de todo mi esfuerzo. Una y varias veces repetí demandas como si pensara que la montaña no me hubiera oído lo suficiente e incluso llegué a escuchar mi eco con las dos palabras que cerraban el círculo de mi petición − ¡Por favor, por favor! − y sí, unas lágrimas cayeron por mis mejillas asimilando toda esa emoción espontánea de contemplar tanta belleza innata y yo sin saber que todo eso estaba ahí para mí sola, esa mañana al amanecer. Y volví a repetir mi letanía como una retahíla de deseos. Ese paisaje en su conjunto era mi Dios en ese momento y prometí honrar al Grand Teton, egoístamente para siempre, si se cumplía mi deseo de…

Cuando salieron de la clínica a él le fue difícil consolarla, una tercera vez sin resultados era demasiado para seguir adelante y ambos se sentían tristes y sobre todo decepcionados de tanto esfuerzo mantenido en el tiempo para no tener resultados. Raquel no dejaba de llorar, las lágrimas le salían solas, eran una mezcla de cansancio, frustración y desencanto de un tratamiento, que no había conseguido el objetivo de gestar a su primer hijo. Días después cuando el ánimo de ambos se estaba estabilizando e intentaban normalizar su vida diaria dentro de esa falta de algo que los estaba consumiendo; él le sugirió si podían considerar el consejo último que habían escuchado −antes de salir de la Unidad de fertilidad− tan desesperados y renegando de la manera como se habían desarrollado las cosas. Ella levantó su dedo índice y haciendo un movimiento de negación aseveró que ya no quería someterse a ninguna prueba más, por cuarta vez; le era suficiente con lo vivido. Llorando, reconoció que estaba cansada de la estimulación ovárica, la punción folicular, todas las revisiones ginecológicas, la ingesta de fármacos, o las hormonas inyectables. Le hizo ver su cansancio y el no querer volver a pasar por situaciones tan incómodas como el meterle constantemente líquidos, o preparados al ovario. Odiaba la silla de obstetricia con esos estribos tan incómodos sujetando sus piernas y que la tensaban tanto que tenía que hacer grandes esfuerzos de concentración para poderse relajar con tanta observación y tratamiento. Raquel le dijo un no tan rotundo a Isaías, que él se prometió no volver a sacar el tema por si la convencía y las probabilidades de fracaso se cumplieran de nuevo. Ella deseaba tanto un hijo como él, pero desde que se habían puesto en manos del equipo de reproducción asistida del Ivinson Memorial Hospital −hacía unos cuatro años− tuvieron momentos de sentimientos encontrados y éstos iban cambiando según avanzaba el ciclo ginecológico pautado; por eso a veces estaban ilusionados y esperanzados; en esos momentos se sentían felices pensando ya en ver a su hijo entre sus brazos, pero con cada mala noticia peligraba su estabilidad y caían en una bajada emocional insoportable; y les ocurría a los dos por igual; se entristecían y ese descenso anímico y mental era el que no quería experimentar de nuevo ella. Con el último fracaso en la implantación ovárica −aunque lo vivió como una derrota− empezó a aceptar su propia naturaleza de no poder engendrar ese hijo tan deseado y él aceptó su decisión de abandonar cualquier nuevo experimento o tratamiento que su ginecóloga le pusiera delante, por muy esperanzador que fuera. Ambos comprendieron que esa ausencia era algo con lo que debían convivir y cuanto antes lo admitieran, iba a ser mejor para su relación de pareja. Por eso cuando Raquel recibió la llamada de la Drª. Peret proponiéndole como candidata para formar parte de un estudio novedoso con nuevos fármacos y diferentes procedimientos, para los casos más resistentes a la gestación, ella, escuchó pacientemente su propuesta y aunque dijo que se lo pensaría, ambas supieron que no se sometería a ninguna prueba más. Por entonces, Raquel e Isaías formaban parte del equipo multidisciplinar que trabajaba sobre la “Síntesis y modificación de moléculas basadas en enlaces covalentes” en el ENZI Building, departamento de química de la UW en Laramie. Ella estaba con una beca Fulbright y él con otra no menos importante de la Fundación Curie. Cuando agotaron el periodo de subvención y finalizaron el proyecto que les había traído a esta universidad, el jefe de departamento de química nuclear les propuso a ambos, continuar, ofreciéndoles una nueva línea de investigación en la “Síntesis y diseño de materiales a escala atómica y molecular”. Fue así como la UW los contrató como jóvenes químicos investigadores para una nueva disciplina basada en procesos de nanotecnología que estaba comenzando a desarrollarse en ese momento. Fue también por esa época cuando descubrieron que por más que lo intentaban, ella no se quedaba embarazada y aprovechando las buenas condiciones de su seguro médico, se pusieron en manos de la Drª. Peret y su equipo multidisciplinar de reproducción asistida.

Había llegado desde Madrid, una profesora, al departamento, para colaborar, durante mes y medio con nosotros en el laboratorio; más bien se trataba de poner en común la manera de trabajar y la resolución de datos de nuestro equipo con el suyo y aprender lo novedoso que podía aportar cada investigación. Muchos viernes quedábamos en casa con el jefe de departamento y algunos becarios y cuando ella vino, acudió también; éramos buenos anfitriones, y se nos daba bien serlo. Hacer unas tortillas de patata, unas croquetas, picotear un poco de jamón ibérico, mezclado con carne seca del desierto americano y una buena ensalada era la manera más fácil de poder relacionarnos entorno a una mesa y hablar de otras cosas diferentes a lo habitual de cada día en el laboratorio. Un buen vino y unas cervezas convertían esos pequeños momentos en algo único y diferente. Fue una de esas noches cuando planificamos el viaje a Yellowstone, hacía dos años que un incendio había acabado casi con la reserva natural y ahora lo estaban promocionando de manera exagerada con el eslogan de “Un nuevo comienzo”; me gustaba ese reclamo publicitario, era casi hecho para mí, yo también estaba en ello; en afianzarme como una nueva persona , sin obsesionarme por no ser madre; por tanto, darme una nueva oportunidad y comenzar sin angustias o decepciones y por extensión estaba incluido Isaías que igual que yo, había renunciado a ser padre. Nuestro problema no estaba muy claro, nos lo habían explicado en varias ocasiones y cuanto más lo hacían, menos lo entendíamos. Llegamos a la conclusión que se trataba de un conjunto de circunstancias autoinmunes que, al parecer, yo desarrollaba en mi cuerpo cuando mis óvulos y sus espermatozoides se juntaban y esa unión era un cataclismo difícil de prosperar en un embrión, aunque nunca dijeron que fuera algo “imposible” sin tratamiento alguno, pero claro, lo mejor era someterse a todo lo que me sometí y que tampoco llegó a nada; bueno llevó a comprender que en nuestra pareja, no había nada que hacer para que las cosas salieran bien en ese tema.

Ese eslogan del “Nuevo comienzo” nos animó a visitar el parque nacional de Yellowstone; para mí lo mejor del viaje fue, sin dudarlo, el sentir la vibración del Grand Teton y como caí en un trance que me llevó a comunicar con lo más profundo de mi interior, a través de su magnitud y todos los soliloquios que le dediqué, sin obtener respuesta alguna. Lo mío fue una verborrea demasiado emocional en la que acabé gritándole:

− “¡Dime por qué yo no, por qué no puedo como otras!” −y le seguí suplicando − “¡Por favor haz que me quede embarazada!” “¡por favor, por favor!” Yo misma me sorprendí de mi actitud tan rogativa, quizá me emocionó su belleza; vi un ente superior enfrente de mí y me lancé a pedirle algo que creía haber superado. Así que teniéndole delante y estando en la soledad de ese inmenso paraje, repetí para mis adentros las dos palabras con las que sabía esa colosal estribación me iba a entender.

− ¡Por favor, por favor, por favor!

 Me pitaron los oídos y lo interpreté como una señal positiva, una marca de esperanza y unas ganas eufóricas de conseguirlo e incluso me convencí que podía ser así, sin más, y sin ningún tratamiento. Ese momento tan espiritual se rompió cuando oí que me llamaban para regresar hacia la tienda de campaña y seguir el viaje hacia Yellowstone. Y cuando los vi a ellos ya montados en la furgoneta, pensé que me había conmovido demasiado, estando sola, viendo lo espectacular de los bordes de esa sierra, con el lago tan en calma, y los colores del bosque que se extendía como un valle, al final de las laderas del Grand Teton.

Fue un viaje excepcional; realmente disfrutaron de cuatro días por los dos parques Nacionales de los que el estado de Wyoming estaba orgulloso. Las anécdotas de ese viaje estuvieron presentes a lo largo de su vida y Raquel rememoraría en muchísimas ocasiones aquel momento tan místico, aunque no fuera capaz de describir bien a Isaías, lo que sintió en su particular santuario natural. Ambos continuaron su día a día en el laboratorio. Se compraron una casa no muy lejos de la UW; se acostumbraron a la manera de vivir de la ciudad y crearon un saludable grupo de amigos y conocidos. Pasaban horas en el laboratorio; Isaías investigando sobre las nuevas estructuras y dispositivos de control de la materia a nivel de átomos y Raquel apoyando sus logros con el diseño y modelado molecular computacional. Varios artículos en la revista Nature firmados con su jefe, el doctor Phillips Steynman, les había impulsado primero a él y meses después a ella, a ser los perfectos candidatos a impartir asignaturas del programa de Postgrado en Física y Nanotecnología.

Después de nuestro viaje, pensé que algo extraordinario ocurriría en mi cuerpo pasados unos 28 días, y deseaba con ganas que sucediera lo que por otro lado era difícil de suceder; después de varios días la regla tiño con decepción la ilusión que había puesto yo en mi peculiar plegaria al Grand Teton, y aunque tenía el temor de que pudiera venirme, me fastidió romper el hechizo de mi creencia. Con escepticismo esperé varios meses a que las señales de mi cuerpo experimentaran algún cambio, por ejemplo: un dolor pélvico, una hinchazón mamaría o unos vómitos matutinos. Pero eso no ocurrió. Ese estado de espera con el tiempo, dejó de ser un problema, convirtiéndose en algo cotidiano, aunque en ocasiones me obsesionaba con la idea de no ver la casa llena de niños, quizá había visto demasiadas películas idealizando las familias numerosas. Por esa razón nos planteamos adoptar, pero nunca dimos los pasos suficientes para ello. Hablábamos de la adopción, como una especie de consolación, era el último recurso, la última carta a jugar o el último tren que nos quedaba por coger. Lo malo era que sólo nos lo planteábamos cuando nos enterábamos que alguien de nuestro entorno estaba embarazada y una cierta envidia nos removía por dentro. Yo lo pasaba peor que Isaías, solía aislarme del grupo y hasta llegaba a ser una persona asocial y desagradable y esto empezó a interferir en nuestra relación.

Años después de aquel viaje tan sorprendente por los parques Nacionales de Wyoming, Isaías y Raquel se separaron. El “no embarazo” lo contaminó todo, casi hasta convertirse, no sólo en obsesión, sino en algo que rozaba la enfermedad mental −sobre todo de ella− por no tener ese hijo tan deseado y fue tal el daño que le hizo, que no sólo se llevó por delante su matrimonio, sino que peligró su carrera profesional en la UW; varias bajas laborales estuvieron a punto de rescindir su contrato como investigadora. Él hizo mucho esfuerzo por cuidarla, por buscar alternativas gratificantes en la pareja, pero no encontró la manera de seguir adelante con ella. Se podría decir que llegaron a aborrecerse; estaban tan cansados uno del otro que ya hacían por no verse y coincidir lo menos posible en el apartamento: él hacía horas extras en el laboratorio inmerso en computaciones infinitas y ella se ofreció, a dar más horas lectivas de las que le correspondía; fue así como cayó en un estado de depresión y tuvo que dejarlo todo. Con esa manera de estar, les era muy difícil convivir a diario; compartir, por la noche, la cama les causaba estímulos negativos y cada uno se acurrucaba hacia el lado contrario para no tocarse; hacía tiempo que no hacían el amor. Llegó un momento que les costaba hasta hablarse, y cuando se comunicaban lo hacían de manera relacional para reprocharse siempre algo. Fue así como la pareja agotó todos los lazos de unión y ya no vieron la manera de seguir adelante juntos. Después de firmar los papeles del divorcio, Isaías hizo una estancia en la universidad de Oslo, en principio era por seis meses, pero la investigación le llevó a permanecer allí casi dos años.  En realidad, lo que quería era huir de Laramie por un tiempo, poner tierra de por medio y experimentar otra manera de entender las cosas, otra manera de vivir. A Raquel le costó recuperarse de su ausencia, aun sabiendo que su relación era insalvable, en el fondo se sentía culpable por cómo habían terminado y se odiaba por la forma tan drástica en la que se había precipitado toda su vida juntos. No dejaba de pensar que ella había sido la causante de tanto deseo y aunque no había formado una familia como ella había imaginado, un dolor punzante en su interior le recordaba, a menudo, que había forzado demasiado por conseguirlo y le llevó tiempo dejar de sentirse mal por haber destrozado su pareja. Raquel regresó a España, lo hizo por el tiempo suficiente, para recobrar un estado emocional más equilibrado y poder volver a sus clases totalmente recuperada. Cuando Isaías regresó a Laramie, no lo hizo solo, se había enamorado de una joven noruega que nada tenía que ver con el mundo académico. Se conocieron en una cafetería, era una amiga de uno de los compañeros de laboratorio y desde entonces no se habían separado. Tres meses antes de su vuelta, ella le dijo que estaba embarazada y en pleno vuelo por el ártico supo que tendría una niña. En el viaje de vuelta de Raquel −a su apartamento de Laramie− entró al avión con el estómago revuelto y una vez que éste se puso en marcha, su indigestión fue tan exagerada, que se sintió morir. Al llegar al aeropuerto la estaba esperando una ambulancia.

Sabía que en algún momento me iba a encontrar con Isaías, a pesar que yo había cambiado de laboratorio y estaba en otro edificio de la UW, pero era fácil que sucediera en la cafetería del campus, así que tarde o temprano íbamos a coincidir. Alguien me había dicho que acababa de tener una niña y lejos de estar celosa, me sentía plenamente feliz. Tras mi accidentado vuelo de regreso, en el hospital me hicieron todo tipo de pruebas, una de ellas fue la más concluyente sobre el resto y no dejaba duda de cuál era mi estado físico en este preciso momento. Esa evidencia tan irrefutable me llevó de nuevo a la Drª. Peret; fue ella la que con las pruebas en la mano me confirmó que mi dolencia y malestar en el pasaje tenían una explicación muy evidente y la razón de tanto vómito no había sido otra que estar en los inicios de un embarazo.

Raquel intuyó cuando había ocurrido, y sobre todo supo bien con quien; había sido una tarde de tormenta después de muchas horas en la caseta de la feria. No recordaba quién se lo había presentado, llevaba un gran número de manzanilla con hierbabuena en el cuerpo y no tenía claro muchas cosas de las ocurridas allí. Unas miradas, unos pases por bulerías, unas sensuales sevillanas, unos acordes de guitarra y el deseo de amarse fue intenso por ambas partes. Con los primeros truenos, él la invitó a su casa. Escuchando la lluvia torrencial sintieron como sus cuerpos se deshacían en deseo, −puro placer, casi un acto salvaje− no hubo nada premeditado en su unión y esa espontaneidad convirtió el acto en algo muy especial. De madrugada, sigilosamente, ella salió de su casa sin despedirse. Nunca tuvo la intención de volver a contactar con él y el artista tampoco dio ninguna señal de querer tener nada con ella.

Allí estaba Isaías con un grupo de profesores, al fondo a la izquierda, en la última mesa de la cafetería del campus. Lo vi desde la barra, cuando el camarero me preguntó qué quería tomar; nerviosamente pedí varias consumiciones, quizá fue para hacerle creer que no estaba sola o tal vez fue para contrarrestar la noticia que acababa de recibir. Y lo normal hubiera sido saludarlo, no había por qué no hacerlo, hacía tiempo que no nos veíamos y nuestros problemas ya estaban superados, pero hice como que no lo veía, es posible que el hiciera lo mismo también. Unos veinte minutos antes, acababa de recibir un mensaje de la Drª. Peret con una frase escueta, un poco misteriosa e inquietante: − ¡llámame!!!!!!!− lo había escrito con muchas admiraciones y aunque me asusté al leerlo, no parecía un mensaje amenazador. La amniocentesis indicaba que todo estaba normal; la sorpresa, en los resultados finales, era otra cosa muy llamativa y totalmente inesperada. Por eso cuando escuché lo que me decía a través del teléfono, me quedé atónita. Fue entonces cuando pensé que no sólo lo había conseguido, sino que lo había hecho por partida doble. Fue Isaías el que vino a saludarme; en ese primer momento, sobreactuamos, sin saber muy bien qué hacer o qué decirnos; nos reímos nerviosamente y la comunicación fue un poco rara. Yo quería decirle lo qué me pasaba, quería que participara de mi alegría y supongo que él también quería decirme lo que ya le había pasado. Fue así, con frases escuetas, como nos enteramos de la vida del otro; Isaías me dijo:

−Sabes que he tenido una niña ¿no?, es preciosa se llama Anikka.

Y entonces yo, acordándome de aquel amanecer tan especial con todas mis súplicas al Grand Teton, le dije muy emocionada y entre susurros:

− ¡Me acabo de enterar que voy a ser madre de gemelos! 

viernes, 13 de marzo de 2026

LOS DOS SINÓNIMOS DE ESTUPRO




 El trayecto

A la memoria de Gino. Siempre leal, noble y fiel.

− ¡Hola hijo! ¡Qué bien que me has venido a buscar! Dudé en llamarte, pero como el servicio de autobuses es caótico aquí, y había quedado hoy con el veterinario para que me diera el tratamiento de Leo, por lo de su parálisis, ya sabes, las patas que no le funcionan bien y así aprovechaba también para ir a hacer algo de compra. Imaginé que podrías parar un ratito de trabajar para llevarme. Me dio mucha rabia ayer, cuando la pantalla del coche me señaló falta de líquido refrigerante. Llegué a casa por los pelos cuando ya era de noche. Esta mañana, temprano, llamé a la grúa para que me lo llevara al garaje a reparar. Fue la última cosa que deseaba que me pasara ayer domingo. Ya te había dicho que iba a pasar el día con Varda y se torció todo, casi desde el primer momento que llegué a su pueblo, una vez que aparqué el coche no muy lejos del bar donde había quedado con ella.

−No te preocupes Ma, estaba haciendo un descanso entre reuniones y no es nada venir a buscarte y llevarte a La Oliva son solo quince minutos de tu casa hasta allí y me puedo permitir escaquearme un rato. ¿Qué tal Leo? ¿Va mejor? Pero, ¿Por qué dices que se torció todo desde el primer momento? ¿Qué pasó entonces? Para un día que hace sol, no me digas que no disfrutaste del paseo del río o del camino del Secarral con ella. ¿No habréis discutido de política?, ¡qué sois muy amigas! pero cuando os ponéis a arreglar el país, sois totalmente contrarias y soléis montarla bien, ¡vaya dos!

−El perro cada vez va a peor, me da pena verlo así e intento mentalizarme de su final. El tratamiento le funciona a medias. ¡¿Qué más podemos pedir con casi quince años que tiene?! Bueno con Varda hace tiempo que no hablo de política, ya sé que de esos temas mejor no hablar con ella. Estoy hablando de algo mucho peor. Hace una hora me he tomado un Sumial para que se me pasara el tembleque en todo el cuerpo. Pasé un momento muy malo ayer yendo a su encuentro; fue ella quien me acompañó al cuartel de la Guardia civil. Solo recordarlo me entran nauseas de pensar que algo peor me pudo haber ocurrido. He temido por mi integridad. No he podido dormir recordándolo. Sé que te tendría que haber llamado ayer, pero te he visto tan estresado estos últimos días con los niños y el proyecto que tienes que presentar, que preferí dejarte descansar por la noche. La avería del coche y los cuidados de Leo me estresaron aún más al llegar a casa, pero aún en ese estado en el que estaba sobrepasada, me di cuenta que tenía que desdramatizar y separar cada cosa; así que traté de calmarme por mí misma y darle la importancia justa a todo, para poder contarte las cosas con tranquilidad.

−Me estás asustando Ma ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me has llamado ayer? ¿Cuántas cosas juntas? A ver lo de Leo es ley de vida, ya lo sabes; el coche se arregla, pero dime ¿qué pasó? ¿te caíste o qué? ¿Has ido a la guardia civil, por…?

−No sé cómo contártelo hijo, incluso me da hasta vergüenza; me es violento hablar de ello contigo. Ahora que han pasado casi 24 horas, estoy casi peor, incluso, más acobardada e irascible. Me parece irreal que me haya pasado a mí, con la edad que tengo. Estuve todo el día alterada y la situación me abrumó mucho al principio, aunque según fue pasando el día me sentí algo mejor. Creí que no podía regresar a casa, pero me hice fuerte y pude con ello. A Varda le pareció que lo estaba superando y me dejó marchar sola. Ya sabes qué soy una mujer convincente. No dejé de llorar en todo el trayecto de regreso, no sólo por la agresión sufrida y el mal rato y todas las explicaciones que tuve que dar en el atestado policial, sino por una mezcla de rabia y pudor.

−Bueno tranquila ¿quieres que regresemos a casa? y me lo cuentas despacio allí.

−No, no, sigue que tengo que hablar con el veterinario urgente que no veo bien a Leo.

−Ma, eso puede esperar, voy yo luego y ya me dice él a mí, lo que sea.

−No, de verdad, prefiero hacerlo yo y además quiero ir a la tienda. Me va a venir muy bien salir de casa; va a ser la única manera que tengo de normalizar mi vida ahora. Lo del coche ha sido un gran inconveniente. Esta mañana cuando se lo llevó la grúa, he pensado que podría ser una buena oportunidad para quedar contigo y contarte lo sucedido mientras me llevabas al veterinario. En realidad, te lo hubiera contado por teléfono, pero así, en persona creo va a ser mucho mejor.

−Vale, Vale. Jo Ma, siento que estés así, tan alterada; venga dime, me estás poniendo nervioso.

−Bueno, pero no reduzcas, sigue conduciendo. Mira, aparqué el coche en la entrada del pueblo; hacía un día precioso, eran sobre las diez de la mañana y el sol aún no calentaba mucho; había una claridad y una luz especialmente bonita y como había quedado con Varda a las once, decidí acercarme a la ermita porque desde allí se sacan unas fotos preciosas de la sierra que estaba “hasta los topes” de nieve. Así que subí por el camino del Secarral. Me pasaron un par de chicas corriendo y un grupo de ciclistas bajaba en la dirección contraria. Hice un par de fotos mezclando ramas de árboles, troncos, cielo azul y deportistas, de esas que me gustan a mí. Le saqué una a la ermita conmigo delante y después a los picos de la sierra que estaban imponentes incidiendo los rayos del sol en sus laderas y creando un efecto óptico muy atractivo para sacarle las fotos que quería. Estuve unos minutos viendo ese paisaje tan bello, me quedé inmóvil, mirando todo y pensando en lo privilegiada que era por todo lo que estaba viendo; incluso te diría que musité unas palabras como si estuviera rezando, dando gracias por ese día tan bonito.

−Perdona Ma. Me llama mi jefe, es que tenemos la entrega del proyecto para ya y estamos algo estresados ultimando todo.

−Sí, sí, no te preocupes, coge, no vaya a ser que tengas algún problema.

−Hola Manu, estoy llevando a mi madre que se le ha averiado el coche, pero tardo menos de veinte minutos en enviarte las últimas modificaciones. Vale, sí, vale. Como mucho en veinticinco minutos lo tienes todo en tu pantalla. Vale, vale. Chao.

− ¿Algún problema?

−No, nada, no te preocupes, estoy enseguida de nuevo delante del ordenador; faltan unas últimas modificaciones en uno de los planos, que ya las tengo preparadas, y sólo es enviárselas. Nada. Nada, sigue.

−Bueno, cuando continué el camino de bajada, dejando atrás la ermita y muy cerca de ella, había toda una mata de flores de manzanilla, me acerqué para fotografiarlas, llamaban la atención. Después de hacer la foto, escuché a un hombre hablar detrás de mí; estaba apoyado contra el muro de uno de los ábsides y dijo en voz alta unas palabras inteligibles. Supuse hablaba de las florecillas y girándome hacia él le dije que realmente eran preciosas. Fue ahí cuando me quedé paralizada al verlo. ¡Vaya me llama tu tía ahora!, será para lo de Pilates, había quedado que íbamos juntas con mi coche, pero no me apetece ir esta tarde en este estado y tampoco contarle, lo que me ha pasado, por ahora. Luego la llamo.

−Ma, cógele que se va a preocupar, que tú nunca rechazas sus llamadas y te va a volver a llamar en segundos. Dile cualquier cosa.

−Es que ahora no puedo hablar, se me va a notar en la voz que algo me pasa.

−Pues dile que la llamas más tarde y ya cuando puedas le cuentas.

−Hola Orel. Sí, se me cortó el teléfono. No me encuentro bien hoy para ir a Pilates, ¿quedamos el jueves? Sí, un poco de dolor de cabeza, ayer comí mucho con Varda y tampoco tengo el estómago bien. Sí, sí, lo pasé muy bien. Ah, por cierto, no tengo coche, que he tenido una avería y me está llevando David al veterinario. No, Leo no está muy bien. No. Sí, Vale. No te preocupes. Te llamo y si no lo tengo arreglado, me vienes a buscar. Vale, sí, quedamos. Un beso. Adiós.

−Sigue Ma, que con tanta interrupción me estoy poniendo aún peor y además esta carretera me pone enfermo con tanto bache. ¡Mira éste!, voy a esquivarlo no te asustes. Bueno ¿Qué pasó con el tío ese?

−Buff, me tiemblan las manos y se me está acelerando el corazón. Mira era un hombre alto, de edad más que madura, diría que unos 60 años, decía frases en alto como si estuviera bebido; llevaba un abrigo sin abrochar, una chaqueta de traje y un pantalón que los bajos no pasaban de los tobillos, se le veían los calcetines blancos y sus zapatos estaban manchados de barro. Lo peor es que su bragueta estaba abierta. En realidad, lo primero que vi fue su…

−Ma, no, no, no puede ser. Dime que no, porfa.

−Sí, sí. Lo que vi fue su pene, ¡era enorme!

−No llores Ma. Tranquila. Será hijo de puta ¡Cabrón! ¿Has ido a denunciarlo?

−No corras tanto, no te alteres que nos podemos salir de la carretera. Me quedé paralizada, con la mente en blanco y sin pestañear, creo que le dije algo como “¡guarro tápate!”, pero tampoco estoy segura de ello. Vino hacia mí y lo hizo tan rápido, que solo me dio tiempo a darme la vuelta y a andar rápido, pero sin darme tiempo a correr. Mi intención era llegar cuanto antes a las primeras casas y que alguien me ayudara. Grité pidiendo socorro. Nunca imaginé encontrarme a alguien así en el pueblo y menos aún en la ermita que siempre hay gente.

− ¡Hijo puta el cerdo ese!¡pedazo cabrón, hostia! ¡si lo cojo lo reviento!

−De repente sentí su aliento alcohólico a la altura de mi cuello; era corpulento y extendió sus brazos inmovilizando mis hombros y antebrazos. Traté de defenderme intentando moverme violentamente, pero era un tío con mucha fuerza. Lancé varias patadas de tacón hacia atrás contra sus piernas o contra lo que pillara, pero no conseguí darle en ningún sitio.

− ¡Hijo de puta! Cabrón, cabrón. Si te cojo, no lo cuentas tío. ¡Puto asco de tío!

−Cuidado hijo, que nos chocamos, por favor ten cuidado. Vete más despacio. No merece la pena alterarse y que nos matemos.

−Ma, aunque me he alterado, no te preocupes, es sólo que he esquivado un bache. ¿Cómo te ha podido pasar eso? ¡Cabronazo, hijo de la gran puta! Si te cojo yo, te la corto, te la retuerzo por el pescuezo ¡Cabrón!

−Tranquilo, que estoy aquí y ya me ves que te lo estoy explicando lo más pausado posible. Bueno a ver, es que me da vergüenza decirte lo que ocurrió después, hijo. No te enfades que ya lo he denunciado. Ese tío asqueroso restregó su miembro, contra mi abrigo, por la espalda. Chillé y cuando puso su mano sobre mi boca intenté morderle los dedos, pero apretó tanto que no pude ni arañarle. Con todas mis fuerzas traté de soltarme moviéndome bruscamente del cerco de sus brazos y lo conseguí echándome a correr, pero me volvió a alcanzar; esta vez estaba preparada para darle unos buenos manotazos y me defendí también, dándole patadas en las piernas.

−Buff ¡Madre mía! ¡Será hijo de puta ese cabrón!

−Él me volvió a enganchar apretándome hacia su cuerpo; esta vez se arrimó tanto por delante que tuve mucho miedo de sufrir una violación allí mismo. Alguien que subía por el camino me debió oír gritar y acudió en mi ayuda.

−Y ese mamón ¿qué hizo?, ¡hijo de puta! ¿qué hizo?

−Tanto él como yo estábamos forcejeando fuertemente y ninguno nos dimos cuenta que alguien venía hacia nosotros. En medio de esa lucha apareció un chico joven que intentó separarlo de mí. Ya éramos dos contra él y me sentí más fuerte para defenderme. El viejo le pegó un par de guantazos y el chico, le dio un empujón que lo tiró al suelo, al fin y al cabo, estaba borracho y el muchacho estaba en forma; era fornido y corpulento.

− ¿Y no lo dejó inconsciente al puto cabrón?

−No, que va, intentó levantarse para venir a por nosotros de nuevo. Pero llegaron ya, varias personas y entre todos lo inmovilizaron agarrándolo fuertemente. Su bragueta seguía abierta y un pene flácido daba cuenta del estado enajenado del anciano.

− ¡Hay que joderse con el cabrón! Supongo, fuiste a denunciarlo inmediatamente a la guardia civil.

−Una mujer extendió su brazo sobre mi hombro y me ayudó a recomponerme y tranquilizarme. Oí a otra hablar por teléfono con un agente y diez minutos después estaba conmigo una pareja de la guardia civil.

− ¿Y Varda?, ¿se enteró de algo? ¿Fue hasta allí?

−Con todo ese jaleo, quedé bloqueada, alguien me preguntó si llamaban a algún familiar. No quería que te llamaran a ti y que me escucharas en ese estado tan lamentable. Y dije que no. A Varda la localizaron en seguida; alguien que estaba allí sabía quién era yo.

−Hiciste denuncia ¿no? ¡puto cabrón! Se lo llevarían a Juniel, al calabozo ¿no?

−Sí, hice una denuncia, estuve varias horas en la comandancia prestando declaración. Acabé muy cansada de todo el proceso y tendré que ir al juzgado en su momento porque habrá juicio. Bueno era una persona que no estaba bien, posiblemente estaba alcoholizado.

−Ma, eso no le exime de tener un comportamiento civilizado, nadie anda con la “chorra” al aire queriendo violentar o violar a una mujer. No le exculpes a ese pedazo puto cabrón. Si lo cojo, lo destrozo.

−Bueno quizá era un pobre hombre, mal de la cabeza, con problemas de alcoholismo y abandono y yo fui algo circunstancial que apareció por allí.

−De eso nada Ma. Voy a hablar con Jero, que ahora está en el despacho de abogados LexSensu para que te defienda.

−Bueno no te preocupes, la denuncia seguirá su curso. Pero sí, habla con él que necesitaré un abogado.

−Esto hay que solucionarlo y que tenga su merecido ese puto hijo puta. Y claro después lo del coche ¿no? Hay que joderse. ¡Puto cabrón!

−Con todo ese jaleo, el día ya fue anómalo, Varda intentó distraerme y no hablamos mucho más del asunto después de salir del cuartel, aunque yo no dejaba de pensar en ello. Se prestó a venir conmigo de vuelta a casa y regresar al día siguiente en autobús, pero la convencí que no había por qué dar más importancia al suceso. En realidad, minimizando las cosas, se podría decir que un viejo borracho se abalanzó contra mí, restregando su miembro, no había pasado más allá de mi abrigo. Pensándolo bien, tengo que decirte que fue todo algo violento y no dejo de pensar en lo que pudo haber sido el incidente, no sé, violación o yo que sé, hasta un posible mal golpe y… asesinato. A lo mejor estoy exagerando ahora que ya pasó todo ¿qué te parece a ti? Estoy llena de contradicciones.

−Ha sido fuertísimo Ma. No exageras para nada. No te ha violado, pero lo pudo hacer o yo qué sé que hubiera hecho ese pedazo Cabrón. Y quién sabe si un mal golpe en la cabeza, como dices, no te hubiera dejado allí en el sitio. ¡Hijo puta! Bueno voy a hablar con Jero inmediatamente cuando te deje.

−Recuerda que tienes que enviarle algo a tu jefe. Creo que lo más doloroso de encajar no es lo que ocurrió en sí, sino el imaginar lo que no fue y pudo pasar. Ya sabes pensar, pensar y seguir pensando en ello. Lo del coche fue ya para rematar el día. Y si pienso en Leo, todo lo veo negativo y triste. Pero mira, el testigo de aviso de falta de refrigerante en la pantalla del salpicadero, me hizo dejar de llorar y estar alerta en la carretera hasta llegar a casa. En vez de ponerme más nerviosa, me ayudó a tranquilizarme atendiendo a otra cosa totalmente diferente. Y cuando llegué Leo parecía estar esperándome y al acariciarle, movió su cola, lo que no hacía desde hacía unos meses por su demencia. Dormí muy mal, es cierto. Pero ahora una vez te lo he contado ya me siento mucho mejor hijo. Sé que me vas a ayudar.

−Ma. Lo siento que hayas pasado por eso. ¡Pedazo Cabrón!, ¡hijo de puta! ¡Puto cerdo! Claro que te voy a ayudar y llegaremos hasta el final, hasta encerrar a ese hijo de mala madre.

−Bueno ya está. Deja de maldecir, que ya sabes que no me gusta David. Mira, ahí hay un sitio bueno para que aparques en doble fila y me pueda bajar.

−Sí, te dejo aquí que luego doy la vuelta por esa rotonda y llego al estudio enseguida. ¿Cuánto tardas? Que te llevo de vuelta a casa.

−No, no te preocupes, no sé cuánto tardaré en el veterinario, luego quiero ir a comprar al súper, unas cosas que me hacen falta y les digo que me lo lleven a casa. Quiero regresar andando que tardo una hora y cuarto por el atajo y me viene bien moverme e ir superando lo ocurrido.

−No mujer, que no me cuesta nada y es mucho andando.

−Que no, que no, que prefiero ir andando por el atajo y el paseo marítimo, de verdad, ni te preocupes. Nada. Voy yo, que quiero ir andando.

−Es un momento en coche y prefiero llevarte. Me quedo más tranquilo.

− Qué no, cariño, ¡qué no! Voy a mi aire y así se me va pasando el susto.  Nos vemos el sábado en casa. Ya tengo ganas de ver a los niños. Te quiero.

-Y yo. Bueno Ma entonces te llamo en un rato.

−Vale. Adiós hijo.

−Adiós Ma.

En la mañana del lunes, de un inusual 29 de febrero, Carmela llamó por teléfono a su hijo David para que la llevara al veterinario, que estaba a siete quilómetros de su casa. Una avería en su coche, le impedía ir a la cita marcada con él, para ampliar el tratamiento de su perro Leo, que estaba casi en las últimas; se trataba de una cuestión de edad, difícil de resolver y cuyo desenlace se produciría tres días después por colapso multiorgánico. Carmela aún no estaba, lo suficientemente preparada, para afrontar esa ausencia. Ese episodio que iba a ser muy duro de encajar para ella, todavía no era su mayor problema o contratiempo. Esa mañana había pensado muchas maneras de contarle a su hijo David el intento de abuso o, mejor dicho, casi violación con agresividad, que había sufrido el día anterior, en el pueblo de su mejor amiga Varda. Después de pensar en varias alternativas, decidió que la mejor opción sería llamarlo por teléfono para que le viniera a buscar en coche, con el pretexto de que tenía que ir a por unos analgésicos para su perro y comprar algo que necesitaba, en la tienda. Sería un buen momento, en esos quince minutos de trayecto, para contárselo todo.