domingo, 11 de enero de 2026

RITUAL SUBLIME


 A la memoria de P. R. C. y J.R.F.

Unos instantes privilegiados

Siento como eco frío y seco mis pisadas crujiendo por encima de la grava, que cubre como manto silencioso las raíces de los cipreses solitarios. Avanzo lentamente por el camino angosto. Al fondo tu sudario blanco, reposando encima del mármol de una nueva tumba, acompañado por las cenizas de tu padre. La emoción se transforma en lágrimas de excitación al saber que tú estás ahí. Un ahogo de vacío y a la vez de plenitud no me deja respirar bien y cuando consigo sujetar la ansiedad del momento, me doy cuenta que comienzan unos instantes privilegiados de estar contigo, de estar con vosotros; de despedirte como siempre quise, de ser consciente de un acto solemne, en comunión con tus restos, con parte de lo que ha quedado de ti y sentir que realmente estás a mi lado. Hago un ejercicio de recapitular todos estos años pasados; esa herida cicatrizada trágica que sigue doliendo con cada estado melancólico que rebrota, de vez en cuando, con el paso de las estaciones. Esa brisa fría de invierno emblanquece, aún más, el paño cándido que envuelve tus huesos y pido cogerte, sentir el peso de tu muerte, palpar cada forma de tus restos, imaginando el estado de la materia tal como te encuentras ahí mismo. Conecto con el tímido desprendimiento de tu energía, pasando mi mano por cada forma que sobresale del lino. Tu peso es ligero después de tantos años transformándote en estos vestigios, que ahora siento entre mis brazos. Bajo esa tela liviana que nos separa, te acaricio y cada arista o borde imperfecto de tu cuerpo, me lleva a un recuerdo contigo. Mis sentimientos parpadean a otro ritmo más lento, fijo la vista en el vacío de la tarde y cuando el gemido doloroso y punzante va a aparecer, quito la interjección AY de mi lamento, para seguir adelante, para seguirte en el recuerdo. Es el momento de dejaros reposar en el suelo gélido del interior de un insólito túmulo y yo misma ayudo a empujar el alabastro que os volverá a cubrir y tiro la tierra negra que no tiré, y cubro el mausoleo con pétalos de rosa roja, de margarita blanca y de magnolia púrpura. Vuestro nombre, está ya cincelado en un inédito reposo, y sobre él coloco varias piedras moldeadas por la corriente del agua de río, queriendo recuperar las ausencias.  Esa eternidad de vuestra alma se mezcla con todos mis recuerdos y es entonces cuando lo espiritual y lo terrenal se une, creando una singular forma; un original ente, entre lo etéreo y secular, que nos une para siempre. Os despido con un poema fúnebre, una lectura pausada con el verso que os describe; un ritual sublime para acompañar esta particular despedida y cuando acabo la lectura, me voy alejando de vuestra fosa, escuchando el sonido de los guijarros bajo mis pies. Es entonces cuando una sensación de emocionada felicidad me lleva al llanto y con esas lágrimas sello la ceremonia en honor a vuestra memoria.

lunes, 15 de diciembre de 2025

UN OVILLO DE IDA Y VUELTA

 


La teoría quebrada de Simón

Lo nuestro era algo diferente. Estábamos unidos por un empeño inusitado de querer estar juntos, aun siendo muy diferentes y costándonos encajar uno con el otro, manteníamos una relación aceptable. Nos conocimos en el Carpe Diem, una taberna de la zona universitaria de estilo irlandés que abría hasta la madrugada. Nuestras miradas coincidieron por casualidad; ambos sentimos esa potente atracción de enrollarnos ­−si hubiéramos podido− allí mismo. Acercándome a él, y sin dejar de perder el contacto ocular, rompí la barrera de su privacidad y le besé apasionadamente y él se dejó hacer abriendo su boca y encajando la mía como si no fuera la primera vez que lo hiciéramos. El sabor a Guinness de su lengua me resultó más que agradable –erótica y sensual− y despertó mi deseo de estar con él, de amarlo en ese instante, aunque no nos conociéramos de nada. Fue él quien rasgó el silencio de ese momento tan particular, no me acuerdo bien qué me dijo; habló muy rápido y la risa nerviosa le ayudó a procesar mi atrevimiento. Por esconder mi gallardía pedí la misma cerveza que estaba tomando él. Con exagerado amaneramiento siguió hablando atropelladamente mientras yo, callado, me quedaba anclado en sus preciosos ojos azules, pensando en la osadía de mi impulso. Avergonzado me preguntaba cómo había hecho eso. Yo era un tío reservado, demasiado receloso mostrando mis sentimientos. Estaba acostumbrado a disimular públicamente mis preferencias sexuales. Durante años oculté mi homosexualidad y aunque eso no fue fácil de conseguir, cuando decidí que ya era hora de anunciarlo, a más de uno le sorprendió. En el instituto llegué a tener una novia para engañarme y deseé con todas mis fuerzas que me gustara; que con ella se demostrara que yo estaba equivocado. Incluso, mi madre se ilusionó con la relación, a pesar que ambos éramos demasiado jóvenes para vislumbrar el futuro que ella quería para mí. Quise darme la oportunidad de saber exactamente cuáles eran mis inclinaciones sexuales y me di cuenta desde el primer momento, que, aunque era preciosa, no me atraía nada de su cuerpo. Cuando nos besábamos, lo hacía pésimamente, me ruborizaba lo poco que sentía yo en ese beso. No era capaz de acariciarla como debía, y cuando nos agarrábamos de la mano por la calle, me subía un ardor enfermizo hacia la garganta y la soltaba inmediatamente para aminorar los daños provocados por la ansiedad del engaño; mi comportamiento resultaba incómodo para ambos. No sabía darle la ternura que ella se merecía y por supuesto no había excitación por mi parte cuando ella me acariciaba. Fingía malamente todo el rato. Luchando contra todos mis síntomas funcionales por el estrés de estar con ella; una y otra vez intentaba amarla para convencerme que lo mío podía cambiar con el tiempo y mi vida se ordenara como la de la gran mayoría de mis amigos; pero sobre todo mi tenacidad en conseguirlo ­-en esos momentos- radicaba en hacer lo que mis padres consideraban valores buenos; el más importante de ellos: la familia, crear un núcleo familiar “normal” de hombre/mujer con hijos; una sucesión en toda regla, a su manera –perfecta−, y yo quería practicar por encima de todo sus enseñanzas.

Nunca se les pasó por la cabeza la idea de una familia diferente a la que ellos consideraban habitual o corriente. Tenían un concepto muy rígido de esa normalidad, que para mí era algo totalmente diferente a lo se imaginaban que yo pudiera alcanzar. Me consideraba un espécimen raro porque cuanto más quería estar con Amalia, más me alejaba de su lado. Me bloqueaba cuando nos tocábamos y no sabía cómo disimular las ganas de desaparecer. Trataba de abstraerme, pensando en otras cosas que me agradaran, pero no obtenía ninguna imagen que me hiciera atractivo el deseo de poseerla. No quería hacerle daño, tampoco sabía explicarle bien lo que me pasaba. Me preocupaba mucho cómo se lo iba a tomar. Tenía miedo al insulto, a la decepción de dejar la relación, al vacío que me hicieran por dejarla y a que me señalaran culpabilizándome por esa libido desbordante que mostraba en otra dirección a la convencional. Tenía que decirle que no sentía ninguna emoción cuando sus manos acariciaban mi espalda o cuando sentía sus labios rozándome la cara y menos aun cuando yo intentaba desnudar torpemente sus hombros o pasaba toscamente una mano por su pelo lacio, pero no me atreví.

Le dije a mi madre si podía ir a un psicólogo, incluso le propuse que podría pagármelo con las propinas ahorradas; sólo quería que me ayudara a buscar uno. Tenía necesidad de contar toda esa vorágine de sentimientos que me parecía anómalos sufrir. Estaba convencido que un terapeuta me ayudaría a aclararme y a tomar decisiones correctas.

−¿Qué te pasa?, ¿Lo has dejado con Amalia?

Según pronunció su nombre, negué con la cabeza varias veces y poniendo cara de incredulidad hice esfuerzos por disimular que eso era lo que realmente quería hacer; era lo que buscaba saber hacer bien.

­−Bueno entonces, ¿Qué es, abstenía primaveral? Por eso no te preocupes, todos estamos algo melancólicos en estas fechas. A mí me pasa lo mismo, pero para eso no necesitas ningún psicólogo. Mírame a mí, la de problemas que tengo y todo lo que he pasado y aquí estoy. La adolescencia es un periodo difícil hijo, todos hemos pasado por ello y mal que bien todos salimos de él. Ni te preocupes.

Siguió monologando para sí convenciéndose que ya me había curado ella con sus consejos, sin saber qué era lo que realmente me pasaba. Mi padre que era camionero, cuando venía cada dos fines de semana a casa, no quería que le molestáramos con nuestros problemas diarios, ya tenía bastantes con los suyos, nos decía con firmeza, y con lo nervioso que se ponía con mis hermanas pequeñas, que eran bastante revoltosas, preferí no comentarle nada, tampoco hubiera sabido cómo hacerlo y probablemente, según hubiera abierto la boca, me hubiera dicho que le dejara en paz ver la tele, que hacía tiempo no estaba tirado en el sofá.

Para no seguir fingiendo más con Ami, una tarde de viernes, quedé a las ocho en la pizzería de siempre y mientras sonreía con el primer mordisco de su napolitana -con voz temblorosa y entre lágrimas- le dije, como pude, que lo nuestro no funcionaba. Era todo por mi culpa y ella entendió −en ese momento− muchas de las cosas que yo hacía mal en nuestra relación. Fue la primera que me escuchó y, sorprendiéndome, comprendió de qué iba lo mío. Salí del restaurante menos tenso de como había entrado, pero más intranquilo por lo que me depararía el futuro; mi vida sentimental no iba a ser fácil.

Él era todo lo contrario de lo que yo era, por eso esta historia no va sólo de mí, o mis dificultades hasta que lo conocí, sino que va de nosotros dos y cómo llegamos a mantener una relación estable en el tiempo y cómo la perdimos en cuestión de un abrir y cerrar de ojos.

Volviendo al principio, yo era tan reservado y estaba tan atento a falsear mi forma de comportarme ante los demás que conseguía proyectar una imagen de lo más varonil, con la que era poco probable que se sospechara de mi homosexualidad. Era agotador disimular todo el día para que nadie pudiera decirme que era afeminado o un tipo excesivamente afectado y señalarme despectivamente como gay o lo que era peor describirme como un “maricón”. Aprendí a controlar mis impulsos y mis ganas de expresar, que había otras maneras diferentes a las habituales de querer. Me encerré en mí mismo, y enfermé del mal del disimulo, el fingimiento y la mentira. Yo no sufrí humillaciones o vejaciones por ser de otra manera. No había daño o trauma por ello. Por todo esto él era mi antítesis; disfrutaba con su amaneramiento, y su exagerada manera de expresarse con el cuerpo; era tan histriónico que su puesta en escena lo ayudaba a ser el líder de cualquier fiesta, −se sentía bien y era feliz por como era−. Su familia lo sabía, sus amigos lo sabían y esa transparencia, esa manera tan sincera de entenderse, también lo expuso demasiado y fue el desahogo de muchos canallas. En una ocasión la paliza fue tan grande que estuvo varios días en la UCI. La lesión psicológica fue fuerte y la conmoción le produjo daño y tristeza. Se volvió algo más cauto y siguió combatiendo todas las malas zancadillas con las que diariamente se encontraba por su sexualidad. Nadie le pudo arrebatar ese modo tan particular de expresarse. Por lo que siguió siendo él mismo y así lo conocí yo.

El ir a la universidad me liberó de ataduras, salí de mi encierro y me fue fácil enrollarme con tíos como yo. Cuando lo vi en el pub entendí lo que Amalia, sentía por mí, cuando me besaba y acariciaba; pensando en ella, corrí hacia él y le besé apasionadamente. Me enamoré ese día de él, salimos de allí abrazados. Nuestra relación no fue fácil; chocábamos en la forma de entender nuestro entorno: él tan extrovertido y abierto; tan comunicativo, y desmesurado en sus impulsos de amor y cariño que yo, a su lado, parecía mucho más reservado, huidizo y retraído de lo que realmente era. Ese celo y excesiva timidez me hacían parecer demasiado rígido cuando intentaba mostrar el afecto tan grande que sentía por él. Con el tiempo cada uno fue nivelando su carácter, y conseguimos que nuestra relación fuera más madura y estable.

Una tarde me insistió que teníamos que ir al centro a ver a una amiga de su infancia que estaba unos días en Madrid por trabajo. Me sentía perezoso y reacio a ir con él, no me apetecía salir en absoluto de casa, coger el coche y sufrir el atasco de entrada a la ciudad, era viernes y si lo podía evitar mucho mejor, pero su insistencia, tan pesadamente convincente, me hizo cambiar de opinión. El atasco lo puso felizmente nervioso, y a mí excesivamente impaciente y malhumorado; la cola avanzaba muy lentamente y cuanto más me impacientaba yo, más expectante y contento se ponía él. En la recta, antes de pasar por debajo del puente peatonal, hizo un gesto de sorpresa y mirando, primero, hacia el puente y después hacia mí, consiguió que mi vista se centrara en el cartel de más de dos metros, que se suspendía de la barandilla, amarrado por unas cuerdas y que decía:

“¡TE QUIERO TANTO! ¡ERES MI VIDA! ¿TE QUIERES CASAR CONMIGO, MON?”

No había ninguna amiga a la que ver, no había necesidad de ir al centro, y mucho menos de pasar por tanto embotellamiento; sólo era necesario salir de casa para ver el cartel y esperar mi respuesta al mensaje. Nos casamos un sábado de verano. Su familia vino al completo a la ceremonia; de la mía, mis dos hermanas aparecieron tímidamente por la tarde en la fiesta.

Nuestra pareja fue sólida y firme, se basaba, en el respeto y en la fuerza de ver en el otro una delicada admiración y devoción de sorpresa diaria. Mentiría si dijera que todo fue bien, que no discutíamos o que en la relación no había nada irritante que nos hiciera enfadarnos por algo.

Montamos un centro de estilismo y creación textil. Él puso todo su talento en la elaboración de patronaje y diseños y yo di lo mejor de lo aprendido en la facultad para la administración de la empresa. Fue un éxito comercial. Empezamos a estar juntos todo el día, y aunque teníamos claro, que cada uno tenía su parcela de trabajo, había veces que las discusiones se metían excesivamente en nuestra cama, −en nuestra parcela hogareña−, o nuestros besos y las ganas de enrollarnos se colaban en el despacho.

Tomé la determinación de cortar con toda esa confusión; era demasiado frenética para que en cualquier momento saltara por los aires nuestra pasión y se rompiera por agotamiento la relación. Me inventé una teoría que nos ayudaría a mantener nuestro comportamiento más personal, emotivo, erótico y sensual en casa y más ejecutivo, neutro, frío y aséptico en el trabajo. Le expliqué la teoría del ovillo.

Le gustó mucho mi propuesta que pusimos en práctica inmediatamente. Así, cada vez que nos montábamos en el coche para ir a la oficina cogíamos un hilo de lana imaginario y lo íbamos enrollando poco a poco. Con cada vuelta íbamos sobrehilando y escondiendo el acto apasionado de amor de la noche anterior, después quedaba oculta la excitación de los cuerpos desnudos dando varias veces la vuelta a la madeja. Esa bola grande de fibra, iba enrollando nuestros susurros eróticos y con la siguiente vuelta se agazapaban las caricias, los abrazos, los tocamientos. Varias vueltas encubrían nuestros besos, el contacto de nuestra lengua y, los lametazos en el lóbulo de la oreja, se escoraban hacia el interior del ovillo. Esa ternura quedaba totalmente sellada y la lana se teñía de un blanco roto, despojado y carente de emoción. Nuestros sentimientos se camuflaban, convirtiéndonos en unos simples compañeros de trabajo.

Al finalizar el día, según nos íbamos alejando del estudio, recuperábamos lentamente el afecto; el cariño volvía a nuestra expresión; las ganas de estar juntos se hacían patentes y tirábamos con delicadeza de la hebra del ovillo y entonces aparecían los besos entre los poros de la piel; las caricias se amontonaban al tacto de nuestra tez, y con cada vuelta volvían las palabras de amor, nuestros cuerpos quedaban desnudos  y todo ese exceso de deseo nos volvía a excitar; cuando la madeja se hacía un simple hilo, éste se teñía de un intenso rojo  que dejaba al desnudo toda nuestra pasión. Llevábamos tiempo enrollando y desenrollando el ovillo y todo parecía funcionar bien.

Una mañana de otoño, Tony me dijo, que no quería hacer y deshacer más la madeja. Me dejó por un QA, que yo había contratado unos meses antes. El muchacho era más joven, más simpático, mucho más guapo, sin manías o rigideces y por supuesto, con menos arrugas de las que tenía yo. Me vendió sus acciones, dejó la empresa y me dejó a mí también. De la noche a la mañana, me quedé solo con su recuerdo, y ese golpe bajo me resquebrajó profundamente. Cuando años después se dio cuenta de su error y quiso retomar nuestra relación ya no encontramos la lana para volver a hacer y deshacer una nueva madeja; no había ovillo que amontonara todo el hilo enrollado que nos pudiera rescatar de su infidelidad. Ya no quedaba ni un puñado de amor en esa maraña de fibras que estuvieron unidas durante largo tiempo. Mi teoría del ovillo de ida y vuelta, hacía tiempo que se había quebrado, y le hice ver que era imposible volver a ponerla de nuevo en práctica.   

martes, 25 de noviembre de 2025

CORRIENTE ALTERNA

 


De la negación a la aquiescencia

Estaba allí, en el paraninfo, delante de una multitud de gente que le había venido a escuchar, era la última conferencia de la temporada. Había hecho una gira por distintas universidades, y ya necesitaba descansar, prepararse para hablar de otra manera, de algo que sabía definir bien. Aunque estaba cansado de sus positivas palabras, de su propia historia de superación, incluso de la teatralización humorística que hacía de sí mismo; hoy estaba especialmente emocionado, le daba hasta pena finalizar ese ciclo de charlas que le había entretenido más de nueve meses. No es que fuera venerado como un artista llenando estadios, pero tenía la suficiente fama como para que hubiera gente que se quedara sin poder entrar en el Salón de actos para escucharle. Le era fácil dar una opinión inmediata, en la radio o la televisión, sobre como vencer miedos o valorar la autoestima sin dramatismos depresivos, y eso le había hecho muy popular y querido por un amplio grupo de gente con diferente nivel cultural.

Siempre comenzaba la disertación definiendo la palabra “resiliencia”, le gustaba hacerlo con las palabras adecuadas, usando las acepciones del diccionario María Moliner y como si de una práctica se tratara, les hablaba en primera persona enseñando su propia experiencia. Era en ese momento cuando sentía el silencio del público que esperaba conocer a través de una actitud más amable, algo tan serio como hablar sobre la pérdida, la falta de algo o la explicación sin tabúes de carencias rutinarias valiosas como la normalidad de que nada ocurra.

Intensificando el clima para captar su atención, continuaba enlazando definiciones de otros conceptos que le iban a ayudar en la argumentación de lo que quería expresar −a ese público tan entregado− que esperaba que les aclarase, como él había llegado a ese momento de soportarse en una felicidad relativamente llevadera, con invalidez parcial y pérdida del sentido auditivo.

Así que, conectando con el inicio de sus palabras, y para relajar la seriedad del discurso exponía lo que significaba su sordera, y se llevaba la mano izquierda, colocándola –como si fuera un amplificador− justo detrás de la oreja y ayudándose con expresiones no verbales, hacía que los que le habían venido a ver se rieran por los gestos de su cara; después les explicaba que se podía vivir −sin estar conectado al cien por cien− agudizando otros sentidos. Levantándose del asiento mostraba graciosamente su invalidez sin que le produjera trastorno o perturbación alguna. Esa manera de enseñar las taras físicas de su cuerpo sin ningún complejo era lo que realmente gustaba a los asistentes.

Lo suyo no eran charlas TED, aunque usaba mucho de ese formato; hablaba sobre la idea única de avanzar y continuar viviendo; como disfrutar de la vida con defectos inesperados, explicándolo de una manera concisa y fácil de seguir. No había victimismo ni elocuentes teorías sobre la autoestima. No usaba ni diapositivas, ni papeles. Le salía hablar sobre sí mismo de una manera espontánea usando un lenguaje cargado de humor inteligente; Su locuacidad era ser persuasivo, porque el objetivo, no era otro que crear de manera original, una conexión emocional utilizando la empatía y el ingenio. Buscaba establecer una alianza sensitiva entre los que le escuchaban y él.

Exponía abiertamente su veteranía, no había soluciones novedosas y no era el primero que hablaba de ello; la vida y la literatura estaban llenas de personajes con múltiples taras, que, haciendo cosas cotidianas, podían alcanzar una felicidad momentánea plena. Quizá era su manera de expresar esa cotidianeidad de la satisfacción como algo constructivo en un contexto positivo y de aceptación de las circunstancias, a las que cada individuo se enfrenta diariamente −que, en su caso, habían sido dramáticas y graves−. Los críticos decían de él que conectaba con el espectador haciéndose cercano, y ese tono tranquilo y sencillo en la expresión, había hecho que fuera un excelente comunicador, por lo que era de los más reclamados y aclamados del momento.

La facultad donde él había estudiado Historia, fue el lugar que eligió para dar esa última conferencia. Le había invitado un antiguo compañero, que ahora era el decano. Se sentía cómodo en ese salón tan regio al que él había asistido −como público− hacía muchos años. Comenzó su discurso algo más nervioso que otras ocasiones, las emociones que sentía eran diferentes; recordaba momentos de su juventud estudiando allí y ello le llevó a recordar otros episodios destacados de su vida como si fueran flases intermitentes y mientras pronunciaba su charla, que sabía bien cómo guiar, y que tan buenos resultado le daba con la audiencia, pensó con tristeza −por primera vez desde hacía tiempo− en el momento que desencadenó su imprudencia y todos los acontecimientos que después le llevaron a su situación actual −que él consideraba aceptable para seguir viviendo−. Nada le había sido fácil, sin embargo, se podría decir, que había tenido suerte por cómo encajar el golpe y su situación vital había cambiado para mejor−después de unos largos años perdido en un cúmulo de padecimientos−, convirtiéndose en una especie de gurú de la positividad física. Así que paralelamente a su disertación, y como reflexionando internamente −superponiendo todos esos retales de vivencias− tuvo recuerdos muy vívidos de lo mal que lo había pasado. Su mente y su discurso se alinearon y por primera vez describió con desgarró −en un tono muy diferente a lo que él acostumbraba−, el enfado de su imprudencia; luego les explicó cómo llegó el dolor cargado de ira y rabia. El miedo y la tristeza le hundieron en una depresión inmensa de la que salió él mismo propiciando un duelo sobre lo ocurrido y a partir de ahí surgió un nuevo comienzo, una actitud de evolución, una manera de seguir adelante, que no era otra cosa que el aprendizaje a vivir con ello.

Ésta vez su alegato fue algo más sobrio; se dirigió al público de manera solemne y recia, y de repente se oyó a sí mismo teorizando vagamente sobre algunas ideas inconexas:

−La experiencia de los años me ha demostrado que no hay un día igual a otro –No decía nada nuevo y prosiguió en un tono más grave−. Algunos parecen aburridos y no hay manera de que avancen, otros parecen trepidantes, aventureros, excitantes o simplemente divertidos y estos se pasan sin que te des cuenta. Los días de las malas noticias te dejan marcado y aquellos en los que las negligencias te asaltan, revertir la situación es bastante difícil.

Levantándose de nuevo de la silla, se dirigió −con sus muletas− hacia las primeras filas de la sala, y continuó:

−Con todo esto nada podía hacerme pensar que mi vida cambiaría en menos de un segundo y saltara la raya que está entre la normalidad y el caos. El mayor problema es que cuando esto ocurre y así fue en mi caso –dijo con pesar y quebrándosele un poco la voz− te llevas por delante no solo tu manera de vivir si no que lo haces también con la de los que te rodean; quedas condicionado tú y lo peor de todo es que ellos también.

Hizo un silencio, para controlar sus ganas de llorar, no quería caer en dramatismos innecesarios, y que su público se emocionara con él. Tragando saliva, para hacer que sus palabras fluyeran mejor, continuó:

− ¿Por qué esa mañana de sábado decidí cortar el césped, cuando siempre lo hacía mi mujer?, es una incógnita a la que no encuentro una explicación clara. La hierba no estaba demasiado alta y tan sólo tres semanas antes, ella lo había rasurado como acostumbraba. Incluso antes de hacerlo había reconocido lo bello que estaba el jardín; el color verde lo hacía saldable sobre todo en las partes donde los rayos del sol incidían, mezclándose con el agua de rocío. Quizá hubo dos detonantes que precipitaron mi impulso de cortar la hierba –En ese momento aminoró el ritmo del discurso y haciendo otra parada, se dio unos segundos, sin decir nada, para llamar la atención del público y conectarlo con su historia−. El más potente fue que quise liberar a mi mujer del agobio que tenía por el cúmulo de ciertas tareas domésticas que le gustaba hacer, debido a la carga de trabajo extra que tenía en el juzgado y una de ésas era cortar el césped. Curiosamente le abstraía de su mundo laboral y le relajaba esas horas organizando el jardín; esta vez no veía el momento de hacerlo; estaba preocupada por la altura que podría tener la hierba con tanta lluvia, y el aspecto tan caótico que iban tomando las plantas sin sus cuidados. Sinceramente creo que le producía una especie de TOC, y no soportaba el libre albedrío de la naturaleza en ese pequeño espacio que bordeaba nuestra casa. El segundo motivo fue algo banal, había escuchado en la radio, la predicción del tiempo y las lluvias no darían tregua durante un par de semanas haciendo proliferar no solo el crecimiento de la simiente sino de los hierbajos que podrían salir también y como sabía que esto la incomodaba compulsivamente, pensé que haciéndolo yo, se alegraría por relevarle en esa tarea, y le quitaría un gran peso de encima por no poderlo hacer ella. Entré en el alpendre para colocarme las botas, me puse los guantes, cogí las tijeras de podar y por último saqué la máquina eléctrica cortacésped, además de la bobina de treinta metros de cable, que mi mujer sabía manejar perfectamente en línea recta, de arriba abajo y de un lado al otro. Ésta era la cuarta máquina que teníamos; se nos habían estropeado dos y una tercera dejó de funcionar a los dos años y medio de comprarla sin motivo alguno. Cuando la llevó a arreglar el profesional puso mala cara y le convenció de que comprara otra mejor. Ella nunca tuvo problema con el manejo del cable. Con respecto a mí, la cosa fue diferente y, con esa máquina y ese cable empezó un nuevo capítulo de mi vida que me ha llevado a estar hoy delante de ustedes –haciendo un nuevo silencio y dándose un tiempo para retomar la charla, regresó, con las muletas, hacia la mesa y cogiendo la botella de agua, bebió un buen trago, refrescando la garganta. El silencio en la sala era conmovedor; decidió quedarse en el estrado y continuo allí el discurso.

−Volvamos al momento mismo de empezar a cortar la hierba.

Puso al público en situación, describiendo como extendió el cable todo lo largo del jardín, lo enchufó primero a la prolongación situada en la parte lateral de la máquina y la parte opuesta, a la corriente eléctrica que le proporcionaba un enchufe. Marcó la altura de corte y apretó el botón de arranque; agarró la varilla de doble encendido y comprobó que las cuchillas cortaban la hierba según iba empujando la cortadora. Fue consciente de lo difícil de manejar tantos metros de manguera con corriente y decidió para acortar un poco la extensión del cable, agarrarlo en varias vueltas con una mano y pasar dos tramos más, como si fuera un collar por el cuello cayendo sobre su pecho. Después de tantos años del suceso sigue sin encontrar una explicación a por qué hizo eso tan absurdo de envolverse el cable y como justificación se consolaba convenciéndose que era una manera de controlarlo mejor. Les fue sincero, cuando les dijo que no se dio cuenta en qué momento el cable se metió en medio de las dos ruedas y se lo llevó por delante rasgándolo con las cuchillas. Sólo recordaba el fuerte chispazo y el gran latigazo de corriente, que le provocó el cable pelado, recorriendo su cuerpo y provocándole una sensación lacerante que le dejó temblando, sintiendo como los músculos de su pierna izquierda se contrajeron súbitamente y una sensación dolorosa le hizo perder el conocimiento, paralizando una parte de su cuerpo. Cómo a partir de esa imprudencia había perdido el sentido auditivo, fue una mala suerte de haber quedado tumbado en la tierra mojada con el cable en contacto bordeando su cuello y soportando una corriente, unos segundos más, hasta que el sistema neutralizó la carga, desconectando el automático general de la casa. Esas décimas de más soportando tensión, tirado ya en el suelo mojado, le bloquearon los nervios de la pierna izquierda y dañaron su sentido auditivo. Estuvo demasiado tiempo sin volver en sí, sin que nadie lo socorriera y esa soledad accidental le provocó una desconexión cerebral que desembocó en amputación parcial de una de sus extremidades y le privó de audición en uno de sus oídos.

Le gustaba terminar sus charlas con la palabra que mejor le definía, la que marcaba su punto de inflexión, la que era su amuleto para seguir adelante, esa que le daba fuerzas para enseñar a sus seguidores cómo hacer cuando el desconcierto no permite ver con claridad y el caos lo inunda todo. Y sólo dijo:

−Superación.

Al mencionarla el auditorio se puso en pie aplaudiéndolo emocionadamente. Isaac se inclinó varias veces agradeciendo su atención, después puso una mano en el corazón y comenzó a enumerar ordenadamente los vocablos que describían lo que él había sentido hasta llegar a ese momento; se trataba de emociones que iban de la negación a la aquiescencia.

Ira. Rabia. Miedo. Tristeza. Duelo. Enfrentamiento. Aceptación –y las iba soltando con cada inclinación de torso, aunque con el ruido de los aplausos, nadie percibiera lo que le había costado vencer cada una de esas etapas, hasta llegar a esa última tan aclamada, que no era otra que –Superación−.


lunes, 27 de octubre de 2025

BLONDAS DE SEDA

 


                    


 

Una mantilla con peineta y una cinta de organza

Era difícil reconocer su estado de ánimo, podía ser bueno con un cierto toque melancólico o malo con una ligera sensación positiva. Sin embargo, su cara, en ese momento, expresaba un gesto más bien alegre, y lo mismo se podía ver en el brillo de sus ojos, ligeramente empapados por la emoción. Por otro lado, algunas arrugas de su cara empañaban “metafóricamente” la noticia que acababa de recibir, no porque fuera mala, que era todo lo contrario, sino porque no pudo obviar que sus pensamientos se extrapolasen a aquella época tan amarga de su vida, que en un principio fue radiante y que a los pocos días se convirtió en una pesadilla insoportable. Su mente la llevó a revivir pésimos momentos y un suspiro de lamento le hizo sentir la culpabilidad que llevaba marcada como tinta tatuada, durante demasiados años, a pesar de toda la ayuda psicológica que tuvo para eliminar esa idea tan errónea que se instaló en ella de no valer nada.

Estaba sentada en el sofá de la sala, mirando vagamente a través de la ventana, aún seguía con el teléfono en la mano recapacitando sobre un compendio de cosas inconexas. Hacía una media hora, su sobrino le había llamado para decirle que no hiciera planes a mediados de julio, porque por fin ya tenían la fecha. Un par de meses antes Elías le había comunicado que se casaba y en aquel momento, la sorpresa, le había hecho muy feliz, sin hacer ninguna comparación con lo que ella había vivido y con lo que significó la unión con el desgraciado de su marido. En esa ocasión, Elías y ella se abrazaron e inconscientemente, balanceando sus cuerpos, y moviéndose, como si se tratara de una danza tribal o de un ritual de iniciación, ella le susurró al oído todo su cariño y nerviosamente emocionada, maldijo con júbilo a su hermana y a su cuñado por el abandono de su hijo. Ella lo había criado con los suyos como uno más. En muchas ocasiones, se dio cuenta que lo protegía demasiado, quizá fuera por la pena que sentía por su soledad parental. Empatizaba con su dolor e indefensión, sobre todo cuando sentía los golpes psicológicos que muchos días le propinaba su marido −sin querer reconocerlo, ella era totalmente dependiente y sumisa de él−. Ambos, tía y sobrino, eran excesivamente vulnerables y sobre todo los dos eran el producto de un abandono.

Hoy, cuando Elías la llamó por teléfono le confirmó dos cosas importantes:

-TíaMá –que era como la llamaba cariñosamente. Ya tenemos fecha, bloquea en tu agenda el 19 de julio, −se lo dijo con ironía dando por hecho que ella no tenía ninguna cosa que hacer más importante, que esa, ese día. –Después añadió: Tú serás la madrina, no tengo más madre que tú. Te quiero.

Ella se emocionó y sin llegar a sollozar dijo con un hilo de voz contenido:

-Yo también te quiero Elías.

Unos segundos después se repuso y recuperando el tono de su voz, trató de mantener una conversación animada no sólo porque ya era real el acontecimiento al tener una fecha concreta, sino también porque ella se sentía inmensamente gratificada al darle él la categoría tan importante de considerarla una madre.

-Ahora ya puedes sacar la mantilla de tu boda. Siempre has dicho que cuando fueras madrina de alguno de tus hijos te vestirías con peineta y mantilla. Así que ya puedes desempolvarla –Le dijo graciosamente.

Volvió en sí, aún sentada con el móvil en la mano, giró su cabeza buscando en el aparador el portarretratos retro con la foto de ella misma, la tarde de su boda. Era una imagen que había seleccionado a conciencia porque era la única en la que aparecía casi sola. Su figura era nítida frente a la de su marido que estaba entrecortada y totalmente borrosa, incluso ella recortó la imagen de él un poco más, para que no se le viera mucho y así centrar el foco en su persona. El fotógrafo la descartó para el álbum nupcial y ella, en aquella ocasión, la guardó en un sobre con otras defectuosas porque le había gustado la expresión que tenía en su cara, y se veía muy favorecida con el vestido, el velo largo y la cola. Estaba de perfil, agarrada del brazo derecho de su marido, que se encontraba unos centímetros por delante de ella. La imagen la mostraba con un vestido blanco de encaje y una mantilla española, de un blanco impoluto, que hacía de velo cayendo sobre el vestido y la cola. Una peineta nacarada, adornada con siete perlas, estaba prendida en uno de los extremos de la mantilla y se enganchaba – ayudada con horquillas y un par de pasadores diminutos− al bonito moño que la peluquera, esa mañana, había peinado −engarzando diferentes mechones de pelo− un poco más arriba de la nuca y de ahí salía ese especial y original tocado de blonda de más de dos metros, haciendo una alfombra de flores de seda bordadas sobre el suelo.

Cogió el marco y se miró; le gustó verse con el vestido de satén bordado y el velo de fino encaje; le vinieron muchos recuerdos bonitos de aquel día y de repente se echó a llorar. No solo era por todas las discusiones, enfados, gritos y maltrato que había aguantado, o por las secuelas psicológicas de la indefensión ante la brutalidad de un hombre con el que había sellado su unión, sino porque ya no tenía ese vestido de tul y satén, ya no existía esa blonda de encaje −que había comprado en una tienda de la calle Sierpes de Sevilla− ni siquiera tenía ya el álbum de su boda. De aquel día le quedaban muy pocas cosas; una de ellas era esa fotografía y recordando las pérdidas, entró en un estado demasiado triste y angustioso. Ese malestar le provocó un brote alérgico; una especie de roncha de múltiples granos le subió por los brazos y se fue extendiendo por el cuello como si fueran fluorescencias de una pared que se desparrama sin control. Ese picor intenso pareció ahogarla; sintió como que se quedaba sin respiración; pero de una manera natural, comenzó a inspirar y a expirar acompasadamente −como le habían enseñado en las clases de relajación− y con ello consiguió tranquilizarse y bajar las pulsaciones cardíacas. Hacía unos años se había apuntado, −en el Centro de la Mujer−, a unas clases, que, nunca supo bien de qué se trataban exactamente; eran una mezcla de yoga, meditación y relajación con charla de autoayuda. A la quinta clase decidió abandonarlas porque no se veía conociéndose a sí misma a través del interior de su cuerpo mientras estaba en la posición de loto. Lo de relajarse respirando lo había aprendido rápidamente y le servía de mucho, sobre todo en la oscuridad de la noche cuando la angustia no le dejaba dormir, pero lo de meditar para saber más del comportamiento de sus órganos internos como algo curativo, le pareció absurdo, sintió vergüenza de sí misma y sin dar ninguna explicación dejó las clases.

Cuando estuvo más tranquila, sin miedo a desvanecerse, consiguió recordar con nitidez el día que su marido los abandonó. Esa mañana, estaba muy enfadado y nervioso, cogió una maleta y la llenó impulsivamente de cosas personales. Mientras la cerraba daba voces insultándola y humillándola; ella se mantenía condescendiente y equidistante, intentado quitar importancia a su desprecio que acababa siempre en un sentimiento de culpabilidad. Se quedó fuera de sí cuando le dijo que no le volvería a ver nunca más. Y efectivamente cuando él cerró la puerta con un estruendoso portazo, ella ya no lo volvió a ver más. Al llegar los niños del colegio, aún quedaban las huellas de dolor en su cara; titubeante y conmocionada todavía, les contó lo sucedido con su padre y su tío; para su sorpresa, ellos sintieron alivio por su marcha.

Unos meses después supo que se había ido con “una” a Alemania y ese día una especie de amargura y disgusto, aflicción y pesar, pena y complacencia, junto con un resquemor de ira furiosa, se amalgamaron en su cabeza como un torbellino de reacciones. Estando sola en casa, buscó en los estantes de la parte superior del armario, la caja de cartón blanca y dorada donde guardaba su vestido de novia, envuelto cuidadosamente con papel de seda blanco y lo mismo su mantilla de bonitas blondas. La puso sobre la cama, la abrió, y rasgando los envoltorios, cogió de malas maneras las dos prendas que aún tenían impregnado el olor del perfume qué él le había regalado la noche anterior a su boda. La pequeña peineta del tocado se cayó al suelo y ella soltando toda la rabia que llevaba dentro, la pisó; las perlas rodaron por el suelo y la peineta se partió en varios trozos. Buscó en la cocina una bolsa grande, arrebujó el vestido y la mantilla, y todo ese amasijo lo metió con desprecio en ella; recogió del suelo los pedazos de la peineta, algunas perlas y los introdujo dentro de la bolsa también; después se quitó la alianza y la escondió entre los pliegues de las telas. Buscó el álbum de fotos de su boda y aplastándolo contra los tejidos, cerró con un par de nudos las asas del plástico, y abriendo el cubo de basura la tiró con la exasperación del que se quiere desprender de un gran dolor. La bolsa era demasiado grande para entrar en el pequeño contenedor; quedó más de la mitad por fuera y ella empujó el plástico hasta comprimir el bulto quitando todo el aire. Parecía realizar una ceremonia de liberación y desunión de una manera poco elegante. Deseaba romper con lo que le había hecho daño, sin contemplaciones y de un modo radical. Ese enojo colérico de insatisfacción extrema le hizo regresar a la cocina, buscar unas tijeras, y coger la bolsa; desatando los nudos del plástico echó la ropa encima de la cama con enfado y empezó a hacer jirones las telas: comenzó por el vestido y después destrozó la mantilla. Dramáticamente fue cortando en línea recta el satén, el tul floral, el encaje de seda, y con una furia inusitada en ella, devastó las blondas de la mantilla. Se le atascaban los filos de las tijeras al abarcar las telas tan agitadamente; una hora después, las seguía usando violentamente como si lo hiciera con una cizalla y de tanto abrir y cerrar los dedos presionando el tejido sintió no sólo el dolor físico de su esfuerzo, sino que comprendió el daño emocional que había sufrido. Le llevo tiempo trasformar el vestido y la mantilla de blondas en harapos y cuando lo consiguió, todo ese furor, ira y enfado se transformó en una extraña calma, con una insoportable quietud y serenidad. Metió todos los trozos de tela junto con los pedazos de peineta y el álbum en la caja blanca y dorada; la cerró con cinta adhesiva grande y la llevó al contenedor de basura que estaba a unos 100 metros de su casa. Cuando regresó recogió los restos de fibras y un par de perlas que estaban tiradas por el suelo de la habitación; entre las hebras de los hilos que se habían desprendido al cortar las prendas, vio algo que brillaba, era su alianza. La cogió y envolviéndola en un trozo de papel de seda, la guardó en el fondo de uno de los cajones de la cómoda, para no olvidarse del día en que él se la había puesto y soñó que sería feliz por “siempre jamás”. Después, haciendo una bola con todo, la arrojó a la papelera y entrechocando sus manos, quiso escenificar la ruptura con el hombre que había amado.

El vestido que llevó a la boda de Elías, nada tenía que ver con aquel, que en su día había destrozado, y que sólo estaba ya en el recuerdo de una fotografía. Éste era de seda de damasco, de un precioso color magenta con mangas francesas anudado en la cintura por una elegante cinta de organza, en un tono más suave que caía ligeramente sobre el largo del vestido cubriendo sus zapatos. Llevaba puesta una mantilla color marfil −de bonitas blondas de seda− apoyada sobre una peineta de carey −de 17 centímetros− entremetida en el moño y sujetada por un broche de plata salpicado con pequeños rubíes. La mantilla española le cubría elegantemente la espalda llegándole los extremos hasta la parte trasera de sus rodillas. Cogida del brazo de Elías, entraron solemnemente por el pasillo que dejaban las sillas de invitados hasta llegar al arco de flores que hacía de altar. La mantilla se movía con ligereza como una melena ondeada por el viento. A su paso todos se levantaron mirándolos y ella se sintió contenta, eufórica y muy satisfecha de estar ahí con su sobrino.

−TíaMá, estás guapísima. –Le dijo él en voz baja ¡Qué bien te queda la mantilla de tu boda!

− ¡Sí, me queda tan bien como aquel día! Esta vez por lo menos no la arrastro, la siento más ligera −Le dijo ella en tono sarcástico. Posiblemente él no entendió de qué le estaba hablando y menos aún se dio cuenta de la diferencia entre una y otra.

Nunca quiso contarle a sus hijos y a su sobrino que había tirado a la basura toda su ropa de boda cuando su marido la abandonó y la dejó por otra. Era ya algo olvidado, no había porque dramatizar ese momento tan sobrecogedor, impulsivo y vehemente lleno de cólera y exasperación, porque muchos años después, sintió que todo el desgarro de aquellas telas tan bonitas le había servido como algo curativo, cicatrizante y renovador. 

martes, 23 de septiembre de 2025

LLUVIA DE CENIZAS

 


         


Atlas, no Mapamundi o Planisferio

Era irrespirable el ambiente. Las pavesas caían como fina lluvia cubriéndolo todo. Una densa niebla de humo no dejaba ver más allá del metro de distancia. Sentí como el humo me rascaba la garganta. Tosí varias veces para despejar las cuerdas vocales y me froté fuertemente los ojos limpiando las arenillas de tizones que cubrían el paisaje desde hacía dos días. Estaban a punto de evacuarnos por lo tóxico que estaba siendo respirar la humareda. Veía el resplandor de las llamas muy a lo lejos por la noche. El fuego lo estaba arrasando todo y a su paso solo dejaba desolación y silencio. Sabía que ya había bastos terrenos quemados; las lenguas de fuego circundaban zonas no muy alejadas, superando cortafuegos o rebasando carreteras. La combustión incluso había llegado a quemar varias casas de un pueblo situado a unos 50 kilómetros de aquí y tuve miedo de perder los recuerdos, como le estaba ocurriendo a otros que se encontraban ya desvanecidos entre llamaradas de impotencia.

Cuando los forestales vinieron a alertarnos del peligro de respirar toda esa contaminación y aunque la niebla nos cegaba, mi familia, como la mayoría del pueblo, prefirió quedarse para ayudar en la limpieza de los campos que bordeaban el perímetro de las viviendas y salvarlas, en caso de que el fuego, alcanzara la cumbre de madera de los tejados.

Fue un alivio quedarnos, permanecer para salvar lo nuestro. Aun sintiendo miedo, tenía una sensación de consuelo y alegría que nada tenía que ver con la desgracia de las llamas avanzando por el bosque.

Días antes, en la verbena, él me miró y yo le mantuve la mirada, le sonreí y mostrándome cómplice de sus gestos, le seguí hasta la barra del bar. Estaba dispuesta a pedir una consumición, con seguridad y paso firme; colocarme a su lado como si el encuentro fuera casual o fortuito y a partir de ahí ponerme a hablar con él. Antes de llegar a su lado, me di de bruces con mis primos, que estaban insoportablemente eufóricos; ya se habían bebido varias copas y cogiéndome por los brazos, llevándome casi en volandas y besándome tontamente en las mejillas, me devolvieron de nuevo hasta la pista de baile, justo en el mismo lugar donde había ideado mi estrategia de ligar con él. Mirando a Thais hice un gesto negativo que ella entendió perfectamente; me puse a bailar, sin muchas ganas y sin perder de vista la entrada del bar, estuve controlando el momento en que saliera, para que, esa vez, no hubiera ningún impedimento de acercarme a él. No había pensado el pretexto de hablarle, pero seguro que cuando lo tuviera que hacer me iba a salir cualquier cosa, a sabiendas que podía hacer el ridículo y que la respuesta fuera un corte tajante por su parte. Quizá podría empezar preguntándole por su estancia en Los Ángeles; el máster que había hecho le daba la importancia de ser otra persona diferente, alguien de mundo que había visto otras cosas que nunca podrían ocurrir por aquí. Esa noche nos habíamos mirado de otra manera, lo vi más atractivo e interesante. Pensé que podíamos ser compatibles, coincidir en muchas cosas y por qué no, llegar a ser una pareja. Estaba tan ensimismada que descuidé mirar más detenidamente hacia la salida del bar. Por eso después de media hora de espera, me asomé disimuladamente por su puerta, haciendo como que buscaba a alguien; moví mi cabeza hacia ambos lados, recorriendo el tramo de la barra por si todavía estuviera allí; echando un vistazo rápido por toda la superficie, comprobé que no estaba. Esa manera tan extravagante de comportarme me hizo sentirme mal y con ese sentimiento de decepción e inseguridad, tomé la decisión tajante de marcharme a casa por no aguantar mi frustración.

Cuando salí del bar, la vi tan absorta y concentrada en sí misma, que me dio cosa acercarme y hablar con ella. Antes nos habíamos cruzado unas miradas y los dos sentimos eso que se siente cuando te fijas en alguien y deseas que algo ocurra para poder hablar. Hacía dos años que no la veía. Cuando me había ido a estudiar el máster, ella estaba Madrid, comenzando el último año de Derecho, y ese verano casi no nos vimos. Estuve demasiado entretenido preparando mi estancia americana y reconozco que en aquel momento ella no me llamaba la atención. Ahora la veía guapísima. Me quedé embobado mirando su melena lisa cayendo por la espalda desnuda, dejando entrever unas finas tiras negras que sujetaban una mínima camiseta de lycra que cubría su torso por encima del ombligo; debajo de éste, un ligero pantalón de lino blanco trasparentaba un tanga cada vez que los neones de la discoteca móvil la iluminaban, haciendo parábolas de haces de colores. Todo en ella irradiaba erotismo y sensualidad. Cuando le miré a los ojos y me mantuvo la mirada, supe que quería estar a su lado, pero no fui capaz de acercarme a ella. Sentí vergüenza y me fui al bar. Pedí una cerveza y agarrando el vaso me sentí algo más seguro en medio de todo el jaleo de los que estaban dentro. Había un grupo de tíos hablando muy alto, y haciéndose que se empujaban. Reconocí a un par de ellos, eran dos de sus primos y como estaban dando el cante y no quería hablar con ellos, les di la espalda y me puse mirando hacia los camareros para que no se fijaran en mí y les pasara desapercibido.  Solo quería que ella sintiera lo mismo que yo, y no deseaba otra cosa que entrara por la puerta del bar, se acercara a la barra y me preguntara cualquier cosa. Yo le hubiera contestado a lo que fuera, incluso me hubiera declarado así inconscientemente, aunque fuera absurdo lo que estaba haciendo. Creo que me había enamorado esa noche de ella; tenía un aura especial que nunca había visto. Cuando se fueron sus primos, me di la vuelta mirando hacia el fondo del bar por si ella hubiera entrado y yo no la hubiera visto. Allí no estaba. Me quedé como un autómata vigilando la puerta mientras daba sorbos a la consumición. Quería verla y rogaba mentalmente para que una fuerza superior me la trajera, y me la colocara allí delante y poderla invitar a tomar algo. Después de un rato, salí del bar. La vi a un lado de la pista de baile, pensativa, con la mirada perdida, como ausente; no me atreví a ir a su lado y romper ese estado de espiritualidad; tontamente me escabullí entre la gente con intención de irme, pero pensándolo mejor, regresé sobre mis pasos para ir hacia ella y de repente mi inseguridad me hizo darme la vuelta y marcharme, cogí la moto y me fui a casa.

No es que me alegrara por la tragedia que estaba ocurriendo en los pueblos más arriba del Valle con el fuego. Al contrario, estaba asustada por si toda esa angustia nos llegaba a nosotros; los primeros daños colaterales ya los teníamos en forma de humo agobiante. Sin embargo, lo que me mantenía risueña interiormente, era una especie de inquietud nerviosa y esperanzadora al saber que entre los pueblos cercanos nos íbamos a ayudar unos a otros y que era más que probable que él colaborara también. Se creó un grupo de WhatsApp de más de trescientas personas para organizar un *hacendera. Mi sorpresa fue cuando él escribió que cargaba la furgoneta con herramientas y pedía que se le enviara una ubicación para poder llegar rápidamente donde fuera necesario comenzar a limpiar. Cuando vi la ubicación, le dije a mi abuela que le cogía de su colección de aperos un par de rastrillos, unas guadañas y tres forcas. Antes de salir por la puerta carretal la vi ponerse un mono de trabajo, se calzó unas botas, se ató un pañuelo a la cabeza y cubrió su cara con una mascarilla. Me alcanzó, con su paso ligero antes de llegar a las peñas, estaba más en forma que yo. Allí ya había mucha gente limpiando el campo. Vi a mi padre manejando un volquete que no era suyo y a mi madre con un bildo cargando los restos de paja segada. Había un bullicio de gente bastante organizado; tímidamente empecé a rastrillar el rastrojo en silencio, haciendo lo que veía hacer.

Me llegó una notificación de inclusión a un grupo llamado: Fuego; lo primero que hice fue mirar que ella estuviera incluida. No tenía su número registrado, pero seguro iba a reconocer su foto de perfil. Ahí estaba, casi de espaldas, mostrando la mitad de su cara y enseñando orgullosa su preciosa melena castaña. Le pedí a mi madre su furgoneta; la tenía cargada con las plantas que había comprado el día anterior en el mercado, para ajardinar un pedazo grande de terreno, en torno a la piscina. Había preferido dejarlas dentro del vehículo para que el humo no las malograra y descargarlas cuando todo hubiera pasado. Entre los dos vaciamos la carga y metí las tres desbrozadoras que había en casa. Ella echó a mayores un par de rastrillos y se sentó en el asiento del copiloto. Antes de arrancar el vehículo, escribí en el grupo si me podían mandar la ubicación; alguien contestó casi de inmediato y arranqué hacía las Peñas del barrio de arriba.

Cada poco paraba dejando el rastrillo y enderezando la columna para que la flexión constante y el esfuerzo de tirar por el palo recogiendo forraje no me lastimara más de la cuenta. El heno se enganchaba en mi pelo y aunque lo llevaba atado en una coleta, sentía como algunas espigas se colaban entre los mechones anudados. Saqué el móvil del bolsillo y tomé varias fotografías, para subirlas y compartirlas en Instagram. Me di cuenta que era un momento especial de estar todos defendiendo coordinadamente el pueblo y me gustó la idea de que mis amigos, lejos de allí, supieran lo que estábamos haciendo. A través de la pantalla del móvil enfoqué en diferentes direcciones; hice un par de vídeos y continué sacando algunas fotos en modo retrato. En realidad, lo que pretendía era buscarle a él entre tanto voluntario; mirar por el objetivo de la cámara del móvil era simplemente una sencilla maniobra de disimular lo que realmente estaba buscando. Cuando amplié la última foto, me di cuenta que uno de los cuatro que estaban cortando con desbrozadoras, era él; segaban en perfecta armonía y compás siguiendo una línea recta despejando la maleza árida en la que se había convertido la vegetación del invierno.  Me puse nerviosa, guardé el móvil en el bolsillo del pantalón y empecé a rastrillar moviéndome irracionalmente en la dirección contraria a donde él estaba. Se me resbaló la goma de la coleta por el esfuerzo tan exagerado que estaba haciendo y apoyando el mango del rastrillo contra mi hombro izquierdo, recompuse mi pelo, haciéndome un atado a manera de moño; aproveché para controlar su posición; estaba bajando por una ligera pendiente y concentrado en el movimiento derecha/izquierda de la máquina. Creo que no se había dado cuenta que yo estaba allí. Su pelo tenía el color del polvo, estaba encrespado, lleno de virutas de paja. Lo vi erguido y grácil, soportando el peso de la máquina; él que era tan delgado y alto, al contraluz se le veía estilizado y esbelto. Daba gusto mirarlo. Me moría de ganas que me viera.

Tiré de la palanca de arranque de la desbrozadora; estuvo a punto de ahogarse, al tercer intento se puso en marcha, me coloqué el arnés por la espalda y poniéndome en línea con los que ya estaban cortando la maleza, agarré las empuñaduras del manillar y apretando el acelerador, me concentré en el corte acompasado a ambos lados. Cada poco levantaba la vista del suelo para mirar si ella se encontraba en esa zona ayudando con la hierba. El humo no permitía ver bien a la gente, era una especie de niebla molesta y tórrida de verano. Avanzamos por una zona irregular con bastantes piedras, se hizo mucho polvo entorno a las desbrozadoras; por detrás de nosotros varias mujeres rastrillaban los restos cortados y el volquete iba a continuación, recogiendo los grandes haces de gavillas. Alguien me tocó por la espalda y me ofreció agua, eché un trago y cuando estaba devolviéndole la botella, la vi a unos diez metros de donde yo estaba. Tenía el palo del rastrillo apoyado en su hombro izquierdo y con las dos manos se estaba recogiendo el pelo en un moño, anudándolo con varios dobleces de una cinta elástica. Incluso con esa nube amarronada de humo y polvo me pareció tan delicada, sutil y sensual que perdí el ritmo del trabajo. Con esa luz tan extraña era como haber visto una aparición. Su silueta fue un imán de belleza sensorial que me atrajo en medio de toda esa polvareda. Volví al ruido de la desbrozadora pensando en lo bonita que era. Intenté agilizar el movimiento de la siega girando hacia donde ella estaba. Quería llamar su atención, que me viera y compartir con ella ese momento de fortuita unión vecinal.

Hacía un buen rato que me había ido de las peñas. Pasé a su lado, y no me atreví a decirle nada.  Le vi tan concentrado cortando maleza que no era momento ni para saludar. Me fastidió mi actitud tan retraída y pusilánime. Allí sólo quedaban, en la parte más escarpada los que trabajaban con alguna máquina, y él era uno de ellos. Estaban rematando la parte por donde podría entrar el fuego, si llegaba a quemar las encinas del valle. El resto ya nos habíamos movido hacia las eras limpiando los terrenos cercanos a las casas. Sólo faltaba por recoger las zarzas de las huertas de la parte baja. Eran casi las dos de la tarde y sentí que me pesaban los brazos y las piernas, no estaba acostumbrada a estos trabajos. Necesitaba descansar.

La vi marcharse hacia las eras, su tez estaba maquillada del polvo ocre de la tierra. Pasó justo donde la hélice hacía más ruido, y casi saltando con un pequeño brinco avanzó rápido sin decir nada, y continuó por la loma, hasta llegar al camino. Allí ya sólo podíamos trabajar nosotros. Me encontraba apesadumbrado por no haberle dicho algo. Cuando acabamos de limpiar la zona de las peñas, eran pasadas las dos de la tarde. Sentí un poco de debilidad y me di cuenta que necesitaba parar y descansar.

Mi madre se había empeñado en que mi nombre debía ser Atlas, discutió con mi padre por ello y también enfadó a su familia por lo mismo; al final se salió con la suya y yo me llamo así porque a ella, en aquel momento, hace veintitrés años, le encantaban los libros de mapas. Tengo que agradecerle que no se le ocurriera haberme llamado Mapamundi o Planisferio, que ya lo hacían los niños cuando se burlaban de mí en primaria. A veces me ha sido pesado tener que repetir la historia del capricho de ella con mi nombre, y estando en la universidad me inventé que me llamaba así por el gigante de la mitología grecolatina, ese gran titán que sostiene con sus hombros la bóveda celeste. Esta historia tan gráfica de la deidad y la relación con mi nombre, me había dado muy buenos resultados en las relaciones sociales.

 Medio somnolienta escuché a mi madre que me llamaba repetidamente:

−Atlas, Atlas, ¿es que no oyes la puerta? –Y volvió a repetir mi nombre. Atlas, Atlas, ¡qué están llamando! ¿Vas tú a abrir? Estoy entrando a la ducha y tu abuela y tu padre están en la siesta. Seguro que es para a ti.

Estaba tirada en el sofá, se me cerraban los ojos por momentos; había estado viendo las fotos que había hecho por la mañana; ya había elegido unas cuantas para compartirlas en Instagram y solo me faltaba subirlas. Volví a oír a mi madre gritando en un tono más alto:

−Atlas, Atlas, ¿no me oyes?, ¿¡quieres abrir¡? Estoy en el baño y el timbre ha sonado varias veces.

− ¡Ya voy mujer, no chilles! −Le contesté con desdén.

Estaba totalmente desganada y no me apetecía para nada levantarme, y menos aún que alguien viniera en ese momento a molestarnos. Cuando salí al patio, para abrir, fui diciendo:

− ¡Ya voy, ya voy! ¡Un momento!

Aún tenía recogido el pelo en un moño mal hecho, el polvo me lo había puesto de color bronce y notaba como se me habían quedado algunas pajas enganchadas. La piel de mi cara y mis brazos parecía pigmentada con chorretones terrosos. La ropa estaba como si la hubiera teñido de marrón con pegotes de barro y en las botas no se distinguía el negro original. Me había dado pereza ducharme antes de comer y al acabar preferí tumbarme y dejar pasar mi turno en la ducha. Con esas pintas salí al patio para abrir la puerta. Más alto volví a decir, para que quien fuera me oyera:

− ¡Ya voy, ya voy! ¡Un momento!

 Oí, como en un susurro, la voz del que estaba detrás de la puerta. No le entendí cuando dijo quién era. Al abrirla me quedé muda y cortada.

 −Hola At-Las −Pronunció mi nombre despacio, en dos tiempos como si marcara las sílabas. Te he traído estos rastrillos que te dejaste en las eras. Seguro son de la colección de tu abuela.

Estaba tan sorprendida que no supe que decir; sonreí un poco y noté como un ardor sofocante me subía por detrás de la nuca; sentí que todo el barro de mi piel se sonrojaba, ruborizándome. Era él. Estaba en frente de mí, en mi propia casa. Me puse nerviosa y una sensación de vergüenza por el asombro de verlo ahí delante, me hizo hablar con monosílabos, balbuceando respuestas sin mucho sentido.

En el cerro ya no había más rastrojo que limpiar. Se había hecho una buena poda de maleza. Guardé las desbrozadoras en la furgoneta y sólo deseaba llegar a casa para ducharme. Mi madre hacía un buen rato que se había ido y yo tenía también la necesidad de marcharme ya. Me metí por el camino empedrado para atajar y llegar cuanto antes. Todavía quedaba gente rastrillando y cargando volquetes de paja que luego llevaban a la escombrera. El dueño del bar me hizo una señal de que parara.

−Oye, tú que vas en esa dirección, puedes llevar estos rastrillos a casa de la señora Raquel, creo que se los ha olvidado aquí su nieta y por el aspecto que tienen, así tan barnizados, son los que tiene expuestos en las cuadras.

Abrí el portón de la furgoneta, los metí dentro y me fui hasta su casa. Delante de la puerta carretal, tomé aire para que no se notara mi inquietud por verla y antes de llamar al timbre deseé con todas mis fuerzas que me abriera ella la puerta. Cuando oí su voz por el patio, me puse inquieto de felicidad y dije mi nombre para que supiera quien era. Creo que no lo escuchó bien porque de mi garganta sólo salió un ligero sonido imperceptible y algo perturbado por la situación.

−Hola At-Las –Pronuncié despacio su nombre, en dos tiempos marcando las sílabas. No sé porque hice eso, quizá para darle tiempo a reaccionar. Te he traído estos rastrillos que te dejaste en las eras. Seguro son de la colección de tu abuela.

Se quedó muy cortada al verme y me puse a hablar rápido manteniendo un monólogo conmigo mismo para disimular el que ambos estábamos demasiado excitados por el encuentro. Ella respondía con monosílabos sonriendo ansiosamente. Nos quedamos unos segundos callados, manteniendo la mirada; sentí que la deseaba, me acerqué más a ella y la abracé colocando mis manos en su cintura; agachando un poco la cabeza, cerré los ojos y la besé.

Estaba tan cohibida, que, sonriendo inquietamente, solo me salía responderle con palabras sueltas, a la conversación atropellada que parecía tener consigo mismo. Me quedé en silencio; le miré a los ojos deseándole; él se aproximó más mí, me abrazó con delicadeza y yo extendí mis brazos para cerrarlos en círculo sobre su espalda; me puse de puntillas inclinando mi cabeza ligeramente hacia arriba, cerré los ojos y lo besé. 

*N.A: hacendera: trabajo colectivo con fines de utilidad para una comunidad de vecinos de un pueblo.


martes, 19 de agosto de 2025

42°20′48.84″ N, 6°23′31.99″ W. Altitud 2188

 





Onofre Palencia Leví

− ¿Estás seguro que quieres que mañana vaya a subir al monte?

−Sí, hija, por qué no habrías de ir. Como todos los años, este no va a ser distinto.

−Pero papá, sabes que estás delicado y justo el día de tu cumpleaños, no querría dejarte solo, además sería mejor no llegar exhausta y tarde a tu celebración.

−No seas tonta, lo celebraremos por la noche, no es un día que me guste especialmente y además nunca estoy solo. Tu hermana lo tiene todo preparado.

Esa noche no pudo dormir bien, cada poco giraba su cuerpo a ambos lados; primero probaba a dormirse del costado izquierdo y luego del derecho para colocarse, finalmente, boca arriba intentando concentrarse en la relajación, que tantas veces había practicado con su profesora de yoga. En esos momentos, tan oscuros de la noche, le venían miedos absurdos e imágenes negativas: el esfuerzo de la subida, el sol incidiendo sobre su piel provocando quemazón, el latido acelerado de su corazón, ahora que sabía tenía un soplo cardíaco. Incluso le preocupaban los tenis inadecuados que le molestarían en la punta de los dedos de los pies por el descenso pronunciado, o incluso el atuendo deportivo prestado de su sobrina; el suyo se había quedado preparado en el sofá de su casa a más de trescientos quilómetros de distancia. Esta vez el ascenso lo haría con unos parientes, con los que compartía tíos comunes, pero sin tener parentesco directo entre ellos. Su padre había dejado de subir al monte hacía tiempo, aunque no le faltaban ganas, −incluso ahora que estaba a punto de cumplir 93 años− y con su hermana nunca habían contado, no le iban esos esfuerzos y mucho menos en verano. Su sobrina esperaba un hijo y no era momento para acompañarles.

Se sobresaltó cuando sonó la alarma de su móvil, a las 5:45, calculó que había dormido, tan solo, un par de horas y en ese estado era difícil aguantar las 5 horas de subida y las otras tantas de bajada. Estuvo a punto de mandar al grupo un mensaje diciéndoles que se “rajaba”, que no iba. Tenía mucha pereza, en ese momento, como para calzarse unos deportivos y enfrentarse a la senda escarpada llena de piedras con raíces de urce secas −que ella llamaba tuérganos− y rocas grandes engarzadas por un brezo púrpura fresco, y llegar hasta el pico. Con ese poco espíritu de superación y esa actitud de no querer ir, era mejor quedarse.

Escribió un mensaje al grupo con una disculpa de ausencia:

−Tengo una jaqueca horrible, no me siento capaz de subir. Lo siento, lo dejo para otra ocasión. Disculpar, no tenéis problema, sabréis llegar sin mí.

Estaba claro que no era verdad, pero no sabía que cosa mejor decir que un dolor para continuar en la cama y reanudar el sueño. Antes de enviarlo, le llegaron unos cuantos mensajes estimulantes de excitación y alegría por el ascenso. Su mensaje se quedó sin enviar y acabó borrándolo, resignándose con cierta cara de circunstancia y aceptando el reto de trepar y encaramarse al monte de los 2188 metros. Aunque partieran de unos mil metros, en los inicios de la ladera, la pendiente se hacía dura, a pesar de que para ella era suficientemente conocida. La subida la llevaba haciendo intermitentemente desde su adolescencia, pero después de tantas ascensiones, cada vez le pesaba más los recuerdos de los que no podían subir con ella, y la fatiga de los años le hacía poner excusas para dejar de hacerlo. De repente se acordó que su padre −la noche anterior− le dio un papelito doblado en cuatro partes iguales, con el deseo que quería que dejará ella por él, en el pequeño cilindro de acero que estaba colocado en la cumbre del monte, al lado del monolito con la información de la latitud y la altitud, medidas en el punto más alto donde un conjunto de piedras formaba la cima. Eso la hizo levantarse de inmediato, no podía fallarle con su petición, no quería defraudarle y que se sintiera decepcionado o desilusionado por su decisión de no ir. Le llevó una media hora prepararse. Antes de irse, abrió la puerta del cuarto de su padre, le dio un beso en la frente y le susurró que ya se marchaba; cuando estaba a punto de cerrar la puerta, él le recordó:

−No te olvides de meter mi último deseo cuando estés en la cumbre.

−Claro papá, aquí lo llevo bien guardado en la mochila. Pero, por qué dices “tu último deseo”, si vas a vivir muchos años para seguir pidiendo lo que quieras –Dijo con sorna.

−Bueno tú no te olvides, ¡vale hija! Es importante para mí.

 Cuando aún la campana del reloj de la escuela no había dado las siete de la mañana, ella ya estaba fuera de las puertas carretales, con el maletero abierto de su furgoneta, esperando las mochilas y los palos o bastones del resto. Estaban a media hora de distancia por carretera, del sendero del ascenso. Se hicieron la foto de grupo justo antes de ponerse a andar. Este año se habían apuntado nueve a la expedición, lejos quedaban aquellos años en los que su padre juntaba a un grupo de más de veinte.  A veces deseaba que nadie quisiera subir y así no hacer ella de guía. Pero la Sierra era como un imán que atraía siempre a alguien a escalar hasta su pico más alto y sentir el esfuerzo como un reto de superación con una gran sensación de libertad.

A esas horas de la mañana todavía no hacía mucho color. Por eso el ascenso era llevadero. Cuando la pendiente comenzaba a ser escarpada y el andar por las piedras se hacía difícil, ella empezaba a sentir la fatiga en su pecho con la aceleración de los latidos del corazón. Se paraba de vez en cuando, respiraba profundamente, echaba un trago a la bebida isotónica que llevaba colgada a la espalda y chupaba por la fina tubería la cantidad suficiente para recobrarse. Después sacaba alguna fotografía al brezo, −que estaba espectacularmente verde y violeta, por la cantidad de agua caída en la primavera−, a las jaras, los arándanos, o a la bellísima línea del horizonte que, envuelta con la bruma, creaba una visión ilusoria mágica y después hacía instantáneas del grupo, muchas de ellas eran autorretratos con todos, donde ella salía −con su sombrero de paja− en primer plano.

No se le hicieron especialmente difíciles las horas de subida; los músculos le respondieron bien y aunque, puntualmente, le faltó un poco el aire en algún momento, se recobró sin problema, controlando la respiración. Una vez pasada la exagerada pendiente del cortafuegos, sintió la satisfacción de estar consiguiéndolo.

No llegó la primera a la cúspide. Cuando lo hizo, ya había quien, estaba acabando el almuerzo y preparado para comenzar el descenso. Ella, sin embargo, quería hacer sus rituales de siempre: disfrutar de la vista desde ese punto tan alto de la sierra. Le gustaba dar gracias a esa naturaleza tan salvaje por atraerla un año más hasta ese paraje. Después aún tenía tiempo para sacar más fotografías del grupo, que, con el fondo azul, casi celestial, parecían puntos en ese espacio situado entre el cielo y las rocas, que formaban la peña del monte. Tomándose su tiempo, abrió uno de los bolsillos interiores de la mochila y sacó una libreta pequeña con un lápiz diminuto; no sabía muy bien qué escribir, hacía tiempo que había dejado de desear cosas que nunca se cumplían, así que por inercia y acordándose de su padre escribió:

− ¡Qué tenga buena salud por muchos años!

No era una frase que la cubriera de gloria, ni tampoco un deseo rotundo vital; era algo genérico, parecía haberlo escrito más por no saber qué poner, que por una petición rogativa importante. Su padre tenía buena salud y era el candidato perfecto para superar la centena. Rasgó la hoja de la libreta, la dobló como lo había hecho él, en su casa, y volvió a hurgar en el interior de la mochila para encontrar el papelito que le había dado su padre. Abrió la tapa del cilindro de acero; allí había más peticiones. Metió primero la suya y cuando iba a meter la de él, una curiosidad extraña, le hizo deshacer los dobleces y ver lo que había escrito.

− ¡Qué hoy toque la cima como mi hija!

Echó el papel en el bote y a partir de ahí no dejó de obsesionarse, intentando descifrar que quería decir con esa frase. Unos cumulonimbos cubrieron el sol y alguien dijo que se avecinaba una tormenta. Ella interpretó, por su experiencia, que esas nubes −que aún no eran negras− se irían hacia el norte, pronosticando que, una vez bajaran por el sendero, volverían a sentir el calor del sol. A los veinte minutos descargó una tormenta con gran aparato eléctrico y una granizada les sorprendió sin poder guarecerse en ningún sitio. Agachados entre las piedras soportaban el agua y el pedrisco, cada uno, como podía. Se sintió totalmente desacreditada con su teoría de que allí no caería ni una gota de lluvia. Escuchó como su móvil sonaba repetidamente; en ese estado tan crítico, no quiso abrir la cremallera de su sudadera y ver quién la llamaba. Pasados unos minutos volvió a sonar dos veces más y entendió que esas llamadas querían ser el aviso de algo urgente.

−Hola dime, ¿qué pasa? –Levantó la voz desafinando en la interjección. ¿Qué? No, no es verdad. ¡Repítemelo otra vez! No, no puede ser. Estaba bien por la mañana cuando entré en su habitación. ¡No, no me puedo calmar! –Le chilló a su hermana y un rayo interrumpió bruscamente la llamada.

La tormenta descargó durante media hora y uno de los rayos había impactado muy cerca de los sobrinos de su tía, uno de ellos había perdido el conocimiento y tenía abrasiones por la cara y el cuello; al otro se le veían quemaduras en ambas piernas y en las manos; estaba sangrando por una brecha profunda en mitad de la frente. El muchacho gritaba de dolor y ella lo hacía también por la noticia que acababa de recibir.

Cuando aminoró su desconsuelo y se dio cuenta de la tragedia de lo que estaba ocurriendo, abrió su aplicación de Alert Cops y pinchó en Rescate, compartió su ubicación y al instante un agente se puso en contacto con ella:

−Bu…nas …des .rel. ¿…al es e…gen..a?

Hacía tiempo se había registrado en ese servicio y aunque nunca le había hecho falta, lo tenía actualizado por lo que le pudiera pasar.

−No le en…ti..do  ..en, dice que …tá en el mon..  su pa… de 93 ..ños mu…to, ¿es así?

La conversación se entrecortaba y ella volvía a repetir el suceso:

−Es…mos en  el mo…te T…, her…gra… dos …cos y mi …dre ha ….erto.

−Dis…pe…me…no ….do. Su pa…que ….sa?

Se cortó la conexión y por ambas partes trataron de volverse a llamar. Se oían cerca los truenos y los relámpagos aún se veían con claridad; unos nubarrones amenazaban con seguir lloviendo y con cada sacudida el grupo se sobresaltaba. Todos se habían puesto en círculo protegiendo a los heridos, sin saber qué más hacer.

−Señora, ¿me oye mejor ahora?

−Sí, sí, mejor –respondió ella nerviosamente a pesar de que perdía por momentos la comunicación.

Escuchó las instrucciones de cómo manejar la situación, y qué hacer hasta llegar un equipo de rescate. Sin poder ponerse a cubierto soportaron una lluvia torrencial y la conversación se volvió a cortar, el móvil dejó de funcionar, justo cuando el agente le estaba preguntando por el estado de su padre. Sin embargo, ella continuó hablando, como si le escuchara y prosiguió explicándole que allí no estaba con ellos y no tenía idea qué es lo que había sucedido con él, a pesar de haber recibido la noticia de su fallecimiento. Volvió a sonar el teléfono y malamente oyó que le decían:

−Pongan a cubierto al anciano –la señal se perdía y se recuperaba mientras ambos se hablaban a la vez. Ella gritaba por el micrófono, como si al hacerlo, la entendieran mejor.

−No, aquí no está mi padre. Dos chicos están muy heridos −y lo decía bien alto, vocalizando cada palabra; lo hacía casi silabeando para que comprendieran bien de una vez; pero sólo oyó el eco de su voz sin obtener respuesta.

− ¿Me oyen? Uno de los heridos está inconsciente y el otro muy quemado. ¡Socorro, por favor! ¡Eh! ¿me oyen? –insistió desesperadamente.

Le parecía irreal estar en esa situación, tan solo hacía tres días que había disfrutado tanto en el concierto de John Németh en el Café Central, que le resultaba difícil entender ese estado tan lamentable en el que se encontraba ahora. Pensaba en su padre y a la vez consolaba −con gran impotencia− a los dos heridos, que uno de ellos lloraba de dolor. Le venían momentos de la audición del músico y las lágrimas inundaban sus ojos juntándose con los golpes que recibía del aguacero que, aún, les abatía sin tregua. Su móvil no daba señal de cobertura. Hizo varios intentos de llamar a su hermana por si la suerte hiciera que ésta lo cogiera y a través de ella organizar el rescate.

Oyeron el zumbido de unas hélices que se aproximaban; entre los cúmulos, que se estaban alejando, pudieron ver el helicóptero del 112, que, situándose en su vertical, soltaron la escalera y de inmediato bajó un rescatista, que fue recibido, como si de esas nubes surgiera una aparición y un milagro sobrenatural les viniera a salvar.

−Primero el anciano, −repitió varias veces−. El anciano, el anciano, es al primero que subiremos. – dijo el del rescate, sin haber hecho pie en la zona colapsada. Desde arriba otro compañero, descendía con una camilla.

Ella señaló a los heridos, que realmente eran la emergencia. Su padre no estaba allí. Ya no estaba en ninguna parte. Fue entonces cuando pensó en todo lo sucedido relacionando lo que él escribió, como deseo, en la nota que ella dejó en la cumbre y toda esa furia de una tormenta que había aparecido por sorpresa. Se trataba de toda una confabulación premonitoria natural entre la vida y la muerte; entre esa fina línea que te lleva de un estado al otro –del sólido al gaseoso− y la lucha por permanecer y a la vez dejarse ir.

−Eso es lo que ha hecho él. Claro, ahora entiendo que estuviera tan insistente con que no me olvidara de su nota. Él sabía que hoy se marcharía y de alguna manera compartiríamos ambos la misma cima, el mismo día y a la misma hora. Pero pensándolo bien ¡vaya día ha elegido! ¡¿quién se muere el mismo día de su cumpleaños?!

El helicóptero se alejó y el resto del grupo comenzó el descenso, caminando en silencio; estaban magullados por los rasguños de haberse rozado con las rocas; continuaron el sendero cabizbajos, con un estado anímico desolador y el esfuerzo del descenso fue mucho mayor. Cuando su móvil tuvo señal, comprobó que tenía más de 80 mensajes. Su hermana la había llamado más de veinte veces. Abrió la aplicación de mensajes y del grupo del pueblo se encontró una retahíla interminable de ellos con las iniciales: D. E. P. que no dejaban duda alguna del fallecimiento de su padre. Cuando su hermana pudo contactar, de nuevo, con ella, le explicó que se había ido sin sufrimiento.

−Pudo ser cualquier fallo orgánico, fue una desconexión sin explicación, un dejarse ir sin molestar −una marcha que describió como algo afable y feliz.

Esther miró a lo más alto del Monte y allí, en la cumbre, le pareció ver la silueta de su padre. Una nube desdibujó el pico, se hizo un remolino de cierzo seco y levantando su mano hacia la cima, la movió suavemente como queriendo despedirse; después tocó sus labios con varios dedos, y lanzó al aire unos besos, susurrando un simple:

 –Adiós.

Con voz temblorosa, y a manera de responso como si de un rezo conocido se tratara, pronunció solemnemente su nombre.

−Onofre − y más pausadamente repitió varias veces sus apellidos− Palencia, Leví, Palencia, Leví –y volvió a decir−, Onofre –y ella misma contestó a su propia oración− Palencia Leví.

Poniendo un acento más protocolario con la intención de despedirse definitivamente de él, vocalizó articulando, por última vez, su nombre completo:

 Onofre Palencia Leví.

Y ese fue su particular ritual de exequias, tratando de entender la marcha de su padre, casualmente, el mismo día de su cumpleaños.