domingo, 27 de septiembre de 2026

SIETE LUSTROS

 



A mi hija mayor que inspiró esta historia.

Emporio campestre

Después de tantos años, aún recuerdo, cómo algo extraordinario e irracional, la primera vez que estuve en este lugar, la primera vez que vi esta casa…

Aquella tarde yo no quería ir a ningún sitio, estaba pasándomelo bien en la piscina hinchable de los abuelos, y lo que menos me apetecía era que me metieran en un coche con tanto calor y sin aire acondicionado que calmara el sopor de una tarde típica de verano. Aunque lo peor del coche no era eso, sino la silla trasera a la que me amarraban con unos cinturones excesivamente incómodos, con los que mi cuerpo se quedaba estático y tan solo podía defenderme, contra esa inmovilidad tan severa −que mis padres justificaban por no sé qué norma nueva de seguridad vial− sublevándome con pataleos y protestas; sentada de esa manera, conseguían que me pusiera demasiado pesada, molestándoles con mis llantos, quejas y berridos durante todo el trayecto, a donde quisiera que fuéramos. Ahora, yo lo hago con mis hijos, y sé que mis padres no hacían otra cosa que protegerme de cualquier incidente que ocurriera con el recién estrenado Seat Ibiza.

Desde que salimos, no pasaron más de veinte minutos, cuando mi padre empezó a reducir la velocidad, para coger una desviación a la izquierda y continuando el camino, giró a la derecha para volver a torcer de nuevo a la izquierda y subiendo por una calle, llegó hasta el fondo donde había un grupo de casas. Al mismo ritmo que maniobraba para aparcar sin esfuerzo −no había ningún otro coche más−, mis lloros fueron modulando su tono, casi hasta convertirse en simples lamentos imperceptibles, mientras trataba de comprender dónde estábamos, o qué sitio era ese al que me habían traído. Por qué mis padres me habían sacado de la piscina, cuando me lo estaba pasando genial, para visitar unas ruinas −un pueblo, como decían ellos−. No tuve, en ese momento, ninguna respuesta convincente que me pudieran dar. Pensé que tal vez estaba equivocada y veníamos a ver antiguas edificaciones romanas o simples rocas y tejas envueltas en arcilla y desparramadas sobre lo que parecía una acera. Ellos −para mi sorpresa− admiraron toda esa amalgama de herrumbre, tierra seca, vegetación y piedras de diferentes tamaños, que en su tiempo habían formado parte de unas viviendas. Ante ese pasmo que mostraron, yo misma, me respondí a todas mis dudas acerca del porqué de haber llegado a ese lugar, que parecía devastado por el paso del tiempo. A mi alrededor no había nada en pie, no existía el concepto “casa”, tal como yo lo pintaba, recurrentemente, en mis dibujos, con tejado, chimenea y humo, al que no le faltaban ventanas o puerta. La explicación, más o menos lógica para mí, y que dio todo el sentido a la excursión rural, no era otra, que con los gustos de mi madre a cualquier “antigualla” −era una coleccionista genuina− hubiéramos venido a buscar −en lo que para mí era una escombrera o quizá peor un basurero− objetos con hierros furruñosos cortantes, maderas bastas mezcladas con otros materiales,  o cuerdas y sogas viejas −que yo no les veía sentido alguno, en que esas cosas tan feas, le pudieran gustar− y que luego le servían para poner en cualquier parte de nuestro piso o guardarlas en cajas de cartón, por si en un futuro encontraba la casa, de la que tanto hablaba, y no teníamos.

Los vi entusiasmados cuando bajaron del coche y me fue incomprensible, que antes de desatarme de esa silla ­–que yo odiaba tanto- y después de todo el jaleo que les había montado en el recorrido hasta llegar aquí, pudieran olvidarse de mí en el asiento trasero, aunque fuera por unos minutos. Me hice notar, avisándoles de que estaba viendo dos gatos tumbados tomando el sol en un terraplén. Y de inmediato estábamos los tres esperando a no sé quién, delante de una puerta inmensa, de color indefino, dominada por una vegetación incontrolable y demasiado envejecida para que en su interior hubiera algo interesante que indicara que el paso del tiempo no le hubiera afectado.

Vino un señor de pelo muy blanco y vestido con un mono azul, como el que se ponía el abuelo cuando trabajaba en el jardín o cuando tenía que arreglar algo.  Extendió su mano saludando a mi padre y mi madre le dio dos besos, después se inclinó un poco hacia mí diciéndome algo que no entendí bien y no supe que responderle. De uno de los bolsillos traseros de su mono sacó algo que parecía una ganzúa, aunque no era otra cosa que una llave. Yo nunca había visto una de esas dimensiones, con la que abrir una puerta. Las que yo conocía eran pequeñas, solían ser muchas y estaban todas juntas en un llavero. El señor dijo que ésa era la única, no había más y si se perdía había que hablar con el herrero para que replicara la perdida con una nueva que volvía a ser la única que abriría la cerradura. Mis padres sonrieron al verla, pero ni se inmutaron por su tamaño. Yo en ese momento ya tenía demasiadas preguntas que hacer y cuando empecé a interrogarles, mi padre me hizo callar, gesticulando con sus manos para que no preguntara más, y dejara hablar al señor; supongo que pensó que ya habría tiempo de responderme y explicarme tanta cosa extraña que había por allí.

El Clic-Clac de la cerradura −una vez que la llave encajó en su sitio− provocó un sonido seco y agudo antes de abrir los dos portones de la gigantesca puerta; al empujarlos, los quicios la hicieron chirriar y la abrieron con cierta dificultad. Allí delante, sin pasar aún por debajo del cargadero, hecho con piedras en forma de arco, vimos un enorme patio, que parecía una gran extensión de bosque salvaje donde las zarzas, las ortigas, y otras hierbas rastreras eran mayoritariamente las variedades de ese jardín tan especialmente rural. Haciéndonos paso a través del follaje de una extensa plantación de té verde −que me llegaba por el cuello− seguimos al anfitrión entrando en un sitio oscuro que nombró como “las cuadras”. Escuché a mi madre vociferar con cierto miedo, enredada en múltiples telarañas, y extendiendo sus brazos trataba de liberarse de tanto hilo pegajoso por si alguna araña se le metía entre la ropa y le picaba en alguna parte del cuerpo. Me asusté al ver los movimientos que hacía y busqué a mi padre que me cobijó entre sus brazos mientras se reía de nuestra reacción que parecía un tanto grotesca, aunque realmente era de pánico.

¿Qué necesidad había de pasar por ese lugar, por ese túnel, por esa caverna o cueva, o lo que fueran esas cuadras? Ahí no había ningún animal, para llamarlo así. El señor se reía con mi padre y ambos nos animaban a seguir avanzando hacia el interior. Aquello iba a peor, aunque el casero nos dijera que lo bueno aún estaba por venir.

Miré un par de veces a mi madre que se tapaba la boca con las manos, a manera de mascarilla, no sé si lo hacía por la sorpresa de lo que estaba viendo o por protegerse de cualquier insecto que la pudiera atacar. Se pegó mucho a mi padre para protegerse de tanto bicho, como lo había hecho yo anteriormente, y los tres formamos un grupo compacto siguiendo a alguien que nos explicaba lo que había sido cada una de las estancias por las que íbamos pasando.

Me quería ir cuanto antes, eso no era una casa, era una serie de vestigios, con demasiadas tejas caídas por el suelo y con paredes de piedra en un estado lamentable. Ya no quería ver más. Tiré fuertemente de la camisa de mi padre para que me hiciera caso y me sacará cuanto antes de ese lugar tan horroroso y sucio; pero lejos de provocar una huida inmediata de los tres, allí nos quedamos, mirando –sobre todo ellos− un cuarto lúgubre donde había muerto un antepasado del dueño, y entonces yo me sentí muy angustiada y atemorizada imaginando que estábamos en un sitio de ultratumba como en algunos cuentos que yo tenía y que no quería que me leyeran nunca; tuve mucho miedo, por si aparecía el fantasma del muerto en ese momento. Si mis padres estaban pensando en comprar todo eso, la idea de quedarme compartiendo espacios con un espectro no era nada divertido, muy al contrario, era aterrador.

Para mi sorpresa sus caras no fueron de susto, sino de interés por el hecho de que alguien hubiera fallecido en ese cuarto; eso sí, el del mono azul, aclaró que había sido por muerte natural, sin agresividad o violencia y ellos quedaron más tranquilos y convencidos de que eso era mucho mejor para todos. Entonces fue cuando, oyéndoles hablar más concretamente, de la posibilidad de adquirir todas esas edificaciones a las que llamaban insistentemente “casa” −para mí no eran más que cascotes tirados, paredes derruidas, maderas y tejados destrozados; era un lugar asquerosamente lleno de insectos y roedores o peor aún a saber cuántas alimañas estarían escondidas por allí viviendo con el fantasma− pensé que se les había ido la cabeza, que habían recibido una pedrada que los había dejado atolondrados y que alocadamente iban a comprar ese lugar al que yo no consideraba hogar como el que tenían los abuelos.

Cuando el viejo explicó que lo que pasábamos a ver era la parte más restaurada y moderna de todo el conjunto, me alegré de que por fin viéramos algo que iba a merecer la pena, o sea, una vivienda arreglada con todo lo necesario, incluido cocina y baño. Lo que yo entendía por un sitio en el que vivir cómodamente bien.

Si a esas dos habitaciones de estilo italiano comunicadas por un dintel de doble hoja, le parecían modernas al señor, yo −con mis cinco años recién cumplidos− estaba totalmente equivocada con la idea de lo que él consideraba como algo moderno o actual. Me froté los ojos para ver más claro lo que había en esa sala –¡no me lo podía creer!−. Las dos estancias eran un enorme gallinero con muchas gallinas, que, al vernos, se lanzaron asustadas hacia los cristales de las ventanas como para escapar de los nuevos intrusos y extraños −que éramos nosotros− y que acabábamos de entrar en su morada. Más de diez aves vivían confortablemente en el interior de esa habitación que el señor llamaba “lo nuevo” y tampoco le sorprendía nada el que esas gallinas vivieran en ese sitio tan grande; incluso viéndolas estamparse contra los cristales, se reía de su reacción, llamándolas al orden para serenarlas y que volvieran en sí. Mi madre quedó inmóvil de la impresión de ver ese espectáculo y yo como ella, ante semejante susto por el tumulto que montaron al vernos, me escondí tras mi padre, viendo de reojo como todas ellas, batiendo sus pequeñas alas, querían traspasar los vanos para llegar al “jardín agreste” −que habíamos visto a la entrada− y encontrar allí, un espacio más seguro para su integridad.

A mi padre le hizo tanta gracia verlas correr despavoridas, que, soltando varios tacos ocurrentes, provocaron la risa del señor y luego hicieron como si fuera lo normal que esos animales cacarearan estridentemente, mientras se lanzaban buscando una salida para liberarse de nosotros; y, muy al contrario, se pusieron a hablar arbitrariamente de la buena disposición de la casa para ser restaurada y las grandes posibilidades de negocio que podía ser, en ese momento, adquirirla. Cuando mi madre se repuso de su asombro, creí que se iba a unir a mí, para coger la puerta y evacuar con rapidez −a todo correr− desapareciendo de ese lugar para siempre −aunque mi padre no nos siguiera−. Pero no, eso no ocurrió; se pusieron a charlar los tres y luego ellos dos, cuchicheando, volvieron a ver algunos de los rincones que ya habíamos visto, supongo que para imaginar cómo quedaría la casa después de una hipotética rehabilitación.

Me cogí de la mano de mi madre, para que supiera que estaba allí, tiré varias veces de ella para indicarle que nos fuéramos y cuando me convencí ­−por tercera vez− que eso no iba a suceder tan fácilmente, me puse muy pesada hasta que me cogió en brazos, y pude decirle al oído que no quería vivir entre el muerto de la habitación, −que acabábamos de ver−, ni con todas aquellas arañas y por supuesto le dije que, no quería ni imaginarme lo que sería convivir con tanta gallina dentro del salón −porque esa habitación italiana tenía toda la pinta de ser el salón de nuestra nueva casa−, mientras veía en la tele mis dibujos animados preferidos.

Un mes después de esa visita tan disparatada, mis padres compraron la casa. Se trataba de un conjunto formado por varias cuadras, que eran el paraíso de arañas, moscas y quizá fueran el albergue de otras sabandijas peores −desde luego no era el lugar donde vivían animales tan nobles como las vacas, los caballos o los burros que tanto me gustaban a mí− dos pajares llenos de ratones y una vivienda de dos plantas habitada por un muerto y unas gallinas, al parecer muy especiales y simpáticas a los ojos de mi padre, a las que yo consideré que estaban totalmente “locas”. El notario escribió en la escritura de adquisición que se trataba de una “Ruina” y yo estaba de acuerdo con él; eso no era un espacio para vivir, por mucho que ellos se empeñaran. Además, le quise decir que, por no tener, no tenía cocina ni baño −¿cómo haría mi madre la comida? ¿Cómo íbamos a hacer cuando tuviéramos ganas de…? − y con lo escrupulosa que yo era, eso era un grave problema para mí. Quería que se diera cuenta que a mis padres se les había ido la pinza queriendo comprar todo eso y que, por favor, no lo permitiera; pero permanecí callada, no dije nada, y tan solo me quedé observando lo contentos que estaban todos. Mis padres firmaron en un papel, lo mismo que el señor y el notario certificó la compra.

Hace tiempo que las descendientes de aquellas gallinas, “dementes”, están en un gallinero controlado, ha dejado de haber ratones en los pajares, las arañas las tenemos a raya, la vegetación salvaje ha dado paso a un antiguo patio empedrado. Nunca vimos ninguna aparición vagando por la casa. En cuanto a la vivienda principal se ha convertido en Posada Real. El restaurante “La gallina loca” está en las cuadras; en uno de los pajares se encuentra la tienda con productos de elaboración propia, El colmado y en el otro, la vivienda familiar. Treinta y cinco años dan para muchos cambios. Mis padres lo tuvieron claro desde el primer momento que vieron aquellas edificaciones y todos sus restos; yo tardé mucho en convencerme de lo contrario. En un principio me rebelé contra todas las criaturas y su hábitat. No quise saber nada de fantasmas, ánimas o apariciones rondando por la casa, y me daba igual lo extraordinario de su arquitectura, rehabilitación, reforma o transformación.

Con el paso de los años, se me fue la cabeza −lo mismo que a mis padres− y me quedé pillada por la misma razón que lo estuvieron ellos. Ahora ese lugar no sólo es nuestro hogar, sino que es también la finca El finado.

Yo fui la que elegí los nombres del emporio campestre, acordándome de la impresión de ver a aquellas gallinas totalmente enajenadas empotrándose contra los cristales de las ventanas y de la conmoción que tuve al saber que un antepasado del propietario había fallecido en la única habitación de todo el conjunto arquitectónico, que como bien había escrito el notario en las escrituras −siete lustros antes−, no se trataba más que de unas “ruinas” fechadas en 1750.