sábado, 23 de mayo de 2026

LA POETISA DE HAIKUS

 




La Luna roja, poema 77

Estaba teniendo algunos problemas de visión borrosa, además de una gran fatiga visual causada por mi última afición a ver podcast en la pantalla del móvil. Era tanto contenido lo que salía de mi dispositivo, que a veces llegaba a agobiarme elegir entre tanto producto digital. Acababa con dolor de cabeza, las imágenes se transformaban en objetos confusos y no era difícil llegar a ver doble.

Me había vuelto un poco “cansina” viendo tanto vídeo, pero es que eran tan interesantes y había tanto que aprender, que pasar de uno a otro, llegó a ser una obsesión. Cuando quedaba con alguien no hacía otra cosa que hablar de algo nuevo que había visto y toda esa formación adquirida −algo superficial−, a golpe de vista, se había vuelto en mi contra. Empecé a notar que, a mis amigos, les parecía un “rollo” estar conmigo; me insinuaban que ya no era tan divertida y espontánea como solía y es que, con esa sabiduría a mi alcance, parecía una “sabelotodo”, lo que se traducía en que me había convertido en una mujer difícil de soportar, cuando estábamos todos juntos –y esto hacía que ya no cayera bien a nadie− muy a mi pesar, huían de mí en cuanto me veían; siempre encontraban una excusa u ocupación para no quedar. Me fui aislando yo misma, por ese rechazo tan singular, hasta convertirme en una persona casi “antisocial”; no me importó en absoluto el calificativo porque me estaba divirtiendo tanto con toda esa vorágine de podcast continuos y encadenados, que me llevó a la convicción que lo mío era aprender de toda esa gente que aparecía en los vídeos enseñando lo que fuera: electricidad, fontanería, bricolaje, funcionamiento de artilugios y dispositivos, automoción, opiniones sobre cualquier tema, idiomas, noticias de alcance nacional e internacional y luego todo el universo culinario y la moda eran un caso, inmensamente, aparte. Me fue fácil engancharme escuchando en bucle, cientos de lecciones sobre gramática inglesa o cómo hablar inglés en el corto plazo de un mes, cosa que era inverosímil. Di tantos “me gusta” y acepté tantas suscripciones que tuve que quitar el sonido de las notificaciones que llegaban al teléfono porque eran muy molestas. Muchos días me costaba conciliar el sueño ya que dejaba para la noche los resúmenes de prensa y las opiniones periodísticas sobre noticias políticas y luego no me podía dormir con todo lo que estaba ocurriendo en el mundo. 

Me llamó la atención el podcast de un escritor, llamado Tristán Maltés –era la primera vez que escuchaba su nombre−; hacía entrevistas escuetas a escritores, intelectuales y periodistas o simplemente habla sobre diferentes composiciones literarias. Se llamaba, 21minutoscon, −así escrito todo junto−. Me pareció muy original porque en ese tiempo era capaz de dar a conocer a su invitado y tener una charla amena y sugestiva. Siempre acababa sus vídeos con un consejo para los aficionados a la escritura; era su manera de animar “la creación literaria” entre su público y reclamaba borradores para compartirlos en su chat. Como compensación prometía leer lo que fuera bueno y breve. Después de varios episodios viéndolo, me hizo pensar que tal vez, podría enviarle algo de lo que yo escribía o quizás, debería escribir algo nuevo y retomar, más en serio, mi afición por la escritura. Pasión que había tenido hacía años, cuando estaba muy metida en el club de lectura de la biblioteca del barrio, y que acabé abandonándolo por no encajar con el grupo. Eso ocurrió en la época cuando cualquier cosa me inspiraba y no podía dejar de escribir relatos. Me gustaba hacerlo a mano, aunque no en folios blancos, sino en una libreta de anillas grande, − que aún la tengo guardada−. Por entonces me sentía con tanto talento, que incluso, me llegaba a comparar con los autores de los textos que preparábamos cada mes. Esto era excesivo porque yo solo era una simple aficionada.

Un día, casi al finalizar nuestras disertaciones literarias, “solté” en el grupo, que yo también escribía y me invitaron a leerles algo de lo escrito, en la siguiente reunión. Preparé el que consideraba mi mejor texto y se lo leí como si fuera una narración poética, haciendo más pausas de las necesarias, aportando un tono emocional que hacía que mi voz fuera un poco engolada y arrogante. Después de diez minutos de lectura, levanté la vista, como para que me dieran parabienes, pero se hizo un silencio incómodo, y no hubo aplausos ni beneplácitos. Entendí que la historia no les había gustado y que mi técnica empleada para atraer su atención tampoco. Alguien insinuó que debía mejorar mucho si quería destacar. Me molestó un poco su sinceridad, aunque me hizo más daño la frialdad de los demás y su disimulo, largándose cuanto antes sin dar ninguna opinión. Ese día, tomé dos decisiones cruciales: la primera salirme del club de lectura, −estaba avergonzada y me había sentido tremendamente ridícula con lo que les había leído− y la segunda, iba a ser mucho más tajante: dejar de escribir para siempre. Es cierto que esta última no la cumplí, porque a veces el deseo de hacerlo me sorprendía y tenía ganas de contar cosas, aunque fuera para mí misma. Las palabras fluían y aunque me creía que podía ser buena, al acabar la historia, me daba cuenta que lo escrito era una “porquería” y la mayoría de las veces acababa rasgando la hoja.

El último vídeo de Tristán Maltés, lo inició con el vocablo Haiku; lo pronunció de manera lenta, como dando a sus seguidores tiempo a pensar en la acepción. Explicó de manera sencilla esta forma poética tradicional japonesa de instantes efímeros, dedicada a la naturaleza. Expuso la austeridad de los poemas en tres versos de 5-7-5 sílabas sin rima. Cuyo objetivo era expresar la belleza de lo cotidiano y sutil. Era una poesía tan sencilla, pero a la vez con tanta fuerza, que de repente entré en una especie de trance de inspiración, cuando leyó el poema del poeta de “Haikus” más conocido del S.XVII, Matsuo Bashō y como el “viejo estanque, la rana y el ruido del agua” de su composición, me hicieron comprender que yo podía dedicarme a ese tipo de literatura con tanta facilidad, que ya me veía convertida en la poetisa de Haikus más conocida de occidente. Sin haber acabado los veintiún minutos de programa, yo ya me había activado tanto, que mi cerebro era toda una explosión de emociones listas para ser plasmadas en una hoja digital. Empecé a transcribir mis sentimientos en esos tres sencillos versos, como si fueran pequeñas secuencias de musicalidad minimalista, surgidas de lo más profundo de mi interior de manera espontánea, genuina e innata.

El primer poema me salió de forma inminente, escrito casi con los ojos cerrados:

En un arbusto 

se sube mi gato y

cae la lluvia.

Lo hice sin esfuerzo, sin presionar mi inspiración y entendiendo a la perfección el espíritu Haiku y como éste, era capaz de hacer muchos más, porque yo tenía creatividad de sobra para plasmar en 3 versos lo que quisiera, según sus reglas de estilo. Así una vez escrito el primero, me puse cómoda en “mi estudio”, al que yo llamaba “mi santuario” –que no era más que un pequeño rincón de mi apartamento, donde tenía una mesa de metro y medio, con una silla de oficina, unas cuantas fotos de mi familia y lo necesario para tele-trabajar−. Escribí Haikus durante horas; perdí la noción del tiempo, recreándome en la vida cotidiana de mi entorno, introduciendo animales e insectos de sobra conocidos; a la vez me imaginaba escenas naturales con referencias a los cuatro elementos esenciales: Tierra, Agua, Aire y Fuego como se hacía en los haikus más famosos japoneses. Mi estado era de excitación absoluta, en grado superlativo. La IA me había mostrado todo lo que necesitaba saber sobre el origen, estilo y composición métrica con ejemplos de poemas escritos por poetas de los siglos VIII, XVI, XVII y XIX y sin profundizar mucho más, escribí de un tirón mis piezas:

Viento cálido,

vuela la libélula

al atardecer.

Un poema me llevaba a escribir otro, encadenando ideas súbitas e inagotables. Estaba convencida de haber encontrado la esencia Haiku muy dentro de mí y en ese impulso creativo tan fuerte que estaba experimentando, me hacía verme como si fuera la mejor de mi generación en la escritura de estas estrofas orientales:

En la fuente gris

beben las tres mantis y

se ven las nubes.

Me sentía como si me hubiera fumado un porro, y tuviera tanta energía como para hacer un libro entero de Haikus; tecleé sin parar durante muchas horas; las yemas de mis dedos chocaban contra la mesa contando las sílabas de cada estrofa y era tal la euforia y la adrenalina que me vi con el deseo de acabar esa misma noche toda mi composición poética, cuyo resultado sería un gran libro de poemas.

Jaras del campo

Esencia de tomillo

Brezo púrpura.

Cuando escribí el poema 77 −que es mi número favorito− supe que sería el que diera título a mi libro; me salió de un tirón. No me hizo falta contar las sílabas, apliqué los vocablos adecuados a lo que quería expresar y me emocioné al sentir que estaba dando forma a todo un conjunto de poemas creados por mí. Pude ver ya las galeradas de lo escrito con el título:  La luna roja, con el subtítulo de: Colección de 103 poemas Haiku, escritos por la única poetisa Haiku occidental conocida, que no era otra que yo misma: Esther Lentel de Arauso. El número de ediciones que se haría del libro, me convertirían en la escritora de “Haikus” más famosa contemporánea y quién sabe si la historia no me pondría a la altura de Safo de Lesbos.

La luna roja,

aclara el camino

con luciérnagas.

Vi cómo se apagaban las luces de la calle y una tenue claridad comenzó a iluminar “mi santuario”; fue en ese preciso momento cuando acabé de escribir el poema 103 y por lo especial del momento consideré sería el último de mi libro.

Tapan sus alas,

las exóticas aves

con polen floral.

Según dejé de escribir, decidí que podía subir al chat de Tristán Maltés alguno de los poemas; él siempre animaba a su público a remitirle escritos, prometiendo respuesta. Seguro le iban a encantar y me propondría alguna editorial para publicar mi primer libro de “Haikus”, hecho en una noche. No quise enviarle el 77 que era el que daba título a mi poemario, por si le parecía demasiado bueno y me quisiera arrebatar la idea de escribir él, este tipo de composiciones; así que escogí un reducidísimo grupo de tres poemas: el 25, con lo que me sentí inefable y divina sabiendo que no sólo él los leería, sino que sus seguidores también admirarían la belleza de cada uno de ellos. Elegí también el 43 por la delicadeza de los elementos naturales y el 99 por lo sensorial en la variedad de componentes dentro de una misma idea:

Haiku 25

Fuego sonoro

mariposas quemadas

aire insano.

Haiku 43

Agua clara y

tierra fertilizada

alma serena.

Haiku 99

Charco de agua

reflejo de sapos y

textura táctil.

Yo esperaba una contestación inminente, un sorprenderse con la nueva escritora anónima que había surgido en su chat o una asombrosa felicitación por la originalidad de mis estrofas, pero pasaron los días y en las conversaciones de ese chat sólo había comentarios descalificadores y faltones entorno a mi persona y mi “humilde” contribución a la literatura. A mí solo me importaba la opinión del escritor −que era el entendido− y por más que la esperé, no conseguí que se dirigiera a mí, ni en público ni en privado, para alabarme o criticarme. Mis poemas no habían generado ningún comentario por su parte. Días después volví a tener el impulso de enviarle otro grupo de tres poemas, para darle la oportunidad de valorarlos de nuevo; finalmente no me atreví a pulsar sobre la tecla de envío por si mi contribución era algo molesta, y por tanto sin interés para él. No quise desanimarme y decidí enviar una selección de unos 53 poemas a varias editoriales especializadas en poesía. Estaba convencida que con todo el talento que había puesto al escribirlos y como yo era la única escritora de “Haikus” en esta parte del mundo, sería de gran valor para su publicación. Además, ya estaba escribiendo más poemas para un segundo libro, por si el éxito me llegaba con el primero y por lo menos la fama no me cogiera en blanco de inspiración para una segunda entrega. A mi correo electrónico no llegó nunca ninguna comunicación de editorial alguna.

En otoño, la misma biblioteca de mi antiguo club de lectura, organizó unas jornadas de cultura japonesa con un cartel de eventos muy interesante que no sólo abarcaba lo audiovisual con proyecciones de películas de Akira Kurosawa, Hirokazu Kore-eda y Hayao Miyazaki, sino también había un ciclo de conferencias con diferentes temas referidos a su cultura, y como epílogo del ciclo, el escritor Tristán Maltés daría una conferencia coloquio sobre la poesía japonesa centrada en la creación Haiku.

A la conferencia llevé su último libro publicado, El marco vacío, para que me lo firmara al acabar el acto; era la excusa perfecta para darle yo, el mío, La luna roja –versión auto-publicada−. En la primera página, le escribí una dedicatoria y no sé por qué al finalizar le puse mi teléfono, quizá tenía la esperanza que me llamara para hablar de ello.

Era un hombre que hacía las disertaciones muy amenas. Ésta había sido tan interesante como las de su podcast, y esa manera de comunicar era la clave del éxito, admirado por sus seguidores, de los que yo también formaba parte. En el coloquio fui de las pocas personas que me atreví a hablar sobre los escritores Haiku y le llamó la atención mi gran interés y conocimiento sobre esa manera de escribir tan sencilla, bella y representativa.

Cuando me devolvió su libro firmado y dedicado, yo aproveché para ponerle en su mano el mío. Leyó el título y mi nombre. La gestualidad de su cara fue mutando pasando de la sorpresa, al recibir mi poemario, al desconcierto −aceptando el regalo de mala gana− por comprender quién era yo. La tonalidad de sus mejillas mutó a un color rojizo y aprecié un sudor estresante en su frente. Nerviosamente me agradeció el libro y disimulando su malestar se mezcló con los organizadores del evento, “pasando” totalmente de mí. Obviamente no se esperaba la intromisión y su reacción fue un poco la esperada por mí –asombro, pasmo y cierto estupor−.

Días después me sonó el teléfono móvil, era un número desconocido y me pareció que podía ser cualquier vendedor, así que dejé que sonara todos los tonos hasta quedar en silencio. Quince minutos después volvió a llamar el mismo número y volví a dejar que sonara sin cogerlo. Una tercera vez sonando el mismo número, ya me pareció que podía ser algo importante y la llamada debía ser atendida.

−Hola ¿eres Esther Lentel?

− Sí, ¿Quién me llama?

−Soy Tristán, Tristán Maltés ¿Te vendría bien quedar un día y hablamos?...