jueves, 25 de junio de 2026

EL CUENTAHÍLOS DEL ORFEBRE

 


Una pieza clásica con diamantes en talla brillante

Ya tenía listo el vestido, los zapatos y el bolso que llevaría a la boda de su sobrina Ámbar. No le había costado mucho encontrar todo el atuendo, por Internet; esta vez se había decidido a no pisar ni una tienda del centro comercial ­– algo que le solía agobiar y estresar por no encontrar la talla más adecuada a las curvas de su cuerpo−. En cuanto abrió los tres paquetes −que el repartidor le dejó en el rellano de su puerta, sin esperar a que ella saliera a recibirle− se dio cuenta que le encantaba el color del vestido y que no podía quedar mejor combinado con los zapatos de tacón color crema y el bolso del mismo tono anacarado. Cuando se miró al espejo, se gustó mucho; dio un par de vueltas sobre sí misma, y volteando su cabeza y agarrando con los dedos su melena, se hizo una especie de moño, más o menos como se imaginaba que llevaría el pelo ese día; al verse le encantó como le quedaba por la espalda. El corte del vestido le sentaba bien, la hechura estaba diseñada a la perfección, como si la modista hubiera pensado en ella, haciendo que la forma y estructura final disimularan esos quilos de más que había puesto por todo su cuerpo, −gracias al proceso menopáusico que estaba experimentando−. Se encontraba en el momento álgido de ese estado y no sabía cómo dejar de comer, cómo hacerlo mejor o cómo reducir el ansia de ingerir azúcar a todas horas. Los sofocos la perturbaban, sentía inseguridades que antes no tenía y ese estado ansioso le hacía comer compulsivamente en exceso; su cerebro le jugaba malas pasadas y sólo le apetecía ingerir −principalmente− procesados y el resultado no se hizo esperar: se desdibujaron todas sus bonitas formas femeninas y un cúmulo de grasa se instaló en muchas partes de su cuerpo. Ese círculo vicioso desasosegante fue incontrolable y desde luego no le ayudó a mantenerse en forma.

Su hermana le había dicho que llegaría un momento que todo pasaría y volvería a recuperar su esbeltez, sin embargo, ella llevaba ya unos años con toda esa “transformación” que la había llevado a una talla 42 cuando la suya siempre había sido una 36. Mirándose de esa manera al espejo, dio una voz a su marido para que viniera a verla y le diera su opinión; él no pudo por menos que alabarla, le sacó varias fotografías y coincidió con ella en que su aspecto era estupendo con ese vestido y el color no le podía favorecer mejor; con sus palabras hizo que se sintiera muy bien consigo misma.

Es cierto que se anticipó al evento más de seis meses, pero se quedó con la tranquilidad de tener casi todo preparado y no con la preocupación de no encontrar nada hasta el último momento como le había ocurrido con la boda de su hijo, que mirando en tantas tiendas y teniendo tantas opciones, no llegó a decidirse hasta una semana antes de la fecha y al final, tuvo que comprar −por no gestionarlo bien− algo que no fue de su agrado: un vestido un tanto insulso, desabrido y aburrido de un satén gris perla, sin gracia ninguna y que en su opinión, no le quedaba muy bien.

Para decidir sobre qué prendedor o adorno llevaría en el pelo, tenía tiempo, y lo mismo pasaba con la bisutería. Ella no era de llevar joyas, era más de baratijas. En realidad, las pocas alhajas que tenía −se contaban con los dedos de una mano− habían sido de su madre, que un día, sin venir mucho a cuento, decidió repartirlas entre sus dos hijas, porque ya no quería tener en su casa cosas de valor por si se las robaban. El conjunto que le tocó a ella, fue muy escueto: unos bonitos pendientes de oro con perlas cultivadas, un anillo de platino −con diminutos brillantes− y una pulsera −sin contraste o señal alguna que le diera una pista sobre su valor− que a ella le encantaba por lo fina, delicada y elegante que le quedaba en su muñeca dándole igual si era buena o no. Cuando su marido quería regalarle alguna joya, ella le quitaba las intenciones porque no le hacía feliz tener ese tipo de objetos valiosos, y prefería tener piezas de poco valor – que él llamaba graciosamente, quincalla−; no era de apreciar las piedras preciosas engarzadas en minerales nobles, y si usaba alguno de ellos, elegía ponerse sortijas o pendientes de plata.

No hacía mucho que le había preguntado a su madre por esa pulsera “tan fina y preciosa” que le había dado, pero ésta sólo alcanzó a decirle que se la había regalado su padre, el día de la “pedida” y no tenía más referencias sobre ella. La demencia por su edad le hacía olvidar muchos recuerdos y aunque nunca había dejado de reconocer a sus seres más cercanos, ya no acertaba a saber si la pulsera la había estrenado ese día como regalo de su futuro marido o si por el contrario había pertenecido a una de las mujeres del entorno de él. Como en la boda de su hijo, también la llevaría en la boda de Ámbar. Esta vez se la pondría con más motivo por hacer presente a la abuela en la ceremonia de su tercera nieta, ya que le iba a resultar imposible acudir a la celebración. Desde que su madre se la regaló, se la había puesto en pocas ocasiones. La última vez que la usó, se la quitó casi de inmediato porque el cierre se le enganchó, varias veces, con el tejido del vestido y prefirió no correr riesgos de desgarro o rotura. Ahora estaba decidida a hacerle alguna reparación; en principio limarle ese cierre tan molesto, y quizá limpiarla o darle algo de luz al metal y a los cristales engarzados que el paso del tiempo había opacado.

Cuando entraron en la joyería, Nubia y su marido −y mientras esperaban su turno− fisgonearon los estantes repletos de pendientes, pulseras, gargantillas y anillos que lucían de una manera muy atrayente, quedándose absortos mirando desde los paneles acristalados con cierre de seguridad.

−Hola, ¿Qué tal?, quería saber si me podría limar el cierre de esta pulsera que se me engancha constantemente en los vestidos.

− ¡Qué tal? ...A ver. Sí, no hay problema. Es una pulsera preciosa.

−Sí, lo es. Era de mi madre. No sé de qué material es. A lo mejor no vale mucho. No sé si será de plata y las piedras, cristales; mi madre ya no se acuerda mucho de ella.

−Bueno, miramos ahora. A simple vista parece que tiene valor. Voy a buscar la lupa y vemos.

Mientras esperaban el regreso del joyero ambos continuaron mirando los objetos que había a la venta en las vitrinas opuestas al mostrador; a Nubia le encantaron unos pendientes de plata, por tener un diseño parecido al de la pulsera. La dependienta que estaba detrás del mostrador, salió de él y abriendo la cristalera, se los enseñó más de cerca.

− ¿Qué te parecen? Son bonitos ¿no? −dijo Nubia a su marido− y éste afirmando con la cabeza, le animó a que se los probara.

El orfebre puso la pulsera bajo el cuentahílos y les fue comentando lo que veía en ella; con cada calificativo, su euforia iba en aumento y sus palabras se transformaron en exaltación de lo que tenía bajo esa lupa tan especial y con entusiasmo y ardor exagerado hacía méritos para su reparación.

−Bueno, o sea que la pulsera no es de plata con cristales engarzados, sino que puede ser de oro bañada en platino con gemas como diamantes o brillantes ¿no? −se entusiasmó Nubia.

−Le faltan varias piedras, ¿no veis aquí los huecos? −afirmó de manera vehemente−. Las puedo buscar, y las inserto sin problema. El engaste es mi especialidad, me llevará tiempo, pero es un trabajo que me encanta y te la puedo dejar como nueva para que le puedas dar una nueva vida. Esta pulsera se lo merece puede tener más de 100 años, a lo mejor es de una generación anterior a la de tu madre. Además, te quedaría impecable con la limpieza ultrasónica. Pensarlo, de verdad, es una joya valiosa.

−No sé, será muy caro sustituir las piedras y costará mucho las horas que emplees en ello ¿no? −dijo ella mirando a su marido−. Ya sabes que, a mí las joyas, no me interesan mucho, lo único porque parece que es una pulsera muy antigua y tiene un gran peso hereditario. ¿A ver si en vez de mi madre, era de mi abuela?

−Bueno si tú quieres, hacemos el esfuerzo, no hay problema −le dijo Emmanuel−, siempre tan complaciente con ella.

−Podemos hacer una cosa, −se apresuró a decir el joyero−. Me la dejas ahora y mañana te digo en cuánto te puede salir la reparación. Con más calma puedo corroborar con exactitud el material con el que está hecha, que, aunque ya te puedo decir, que el reverso es de oro blanco, por la cara visible puede tener un baño de platino, además te diría con exactitud el tipo de piedras engastadas que lleva. Me atrevo a decirte, con lo que estoy viendo, que se trata de “diamantes en talla brillante”. Te diría el número de ellos que le faltan y que estaría bien reponer. Luego ya decides.

−Vale, está bien ¡Madre mía diamantes! ¿qué quiere decir eso que has dicho de “en talla brillante”?

−Eso es que los diamantes están tallados con forma redondeada, diseñados matemáticamente para maximizar su refracción y el reflejo de la luz. –Les dijo el artesano buscando las palabras precisas para que lo entendieran.

En un sobre marrón de pequeño tamaño el hombre escribió: pulsera para revisar y anotó con rotulador azul el nombre y el número de teléfono de ella. Antes de guardarla, y despedirse de los clientes, llevando la joya a su taller −situado en la parte trasera de la tienda−, Nubia, aun sorprendida por el valor de la pulsera de su madre, se dirigió a él preguntándole: −Antes he visto estos pendientes −señalando los que estaban en la vitrina−, y no sé qué tal quedarían con la pulsera.

−Son perfectos. Como verás son de un diseño moderno con reminiscencias retro. Sí, le van muy bien. ¿Por qué no te los pruebas? −le animó el joyero.

La dependienta los volvió a sacar del expositor y se los preparó quitando las tuercas; ella se los puso; el joyero sacó la pulsera del sobre y dándosela a Nubia, ésta se la acercó a su oreja izquierda, −mientras se miraba al espejo de mesa−, y pudo comprobar que el estilo era parecido. Después la ayudante del “gemólogo” le propuso colocársela en su muñeca derecha sin cerrarla del todo, y ella y su marido opinaron sobre la sincronía de las dos piezas.

−Vale, me los llevo, −y mirando a Emmanuel, le hizo ver que eran un poco caros; él remangó un poco el puño de su camisa y acercando el reloj al terminal bancario, los pagó sin reparar el gasto. Al salir de la tienda besó a su mujer en la frente y ella le agradeció su felicidad por tenerlos.

Había sido una gran sorpresa para ambos, saber que lo que parecían piedras de cristal engarzadas en plata, podían ser gemas de considerable valor engastadas en una pieza de oro blanco bañado en platino y no sólo eso, sino que podría ser más de su abuela que de su madre. Es decir, más antigua de lo que creían.

Continuaron la calle e hicieron varios giros hasta llegar a una cafetería; se sentaron en la terraza porque la temperatura era muy agradable y aunque ya eran las 8 de la tarde, aún quedaba algo más de una hora de luz. Se sentían muy a gusto y su estado de ánimo se podría calificar como alegre y dichoso; y esa sensación había sido, simplemente, por la conversación con el platero y la compra inesperada de unos bonitos pendientes.

A primera hora de la mañana del día siguiente, −que era sábado−, y estando desayunando tranquilamente el matrimonio en el jardín de su casa; en el móvil de Nubia sonó la llamada de un número desconocido, dudó en cogerlo, pero al quinto tono deslizó su dedo hacia arriba tocando el icono verde de su terminal y contestó la llamada.

−Hola, sí, ¿Qué? No, no, yo no tengo nada, no tengo la pulsera puesta.  La dejé en la tienda, usted la cogió para guardarla en el sobre marrón, donde escribió mi nombre y el teléfono.

−Ayer por la noche, cuando la fui a sacar del sobre para hacerle el presupuesto y comprobar bien la calidad de los materiales y cuántas piedras habría que engarzar, vi que el sobre estaba vacío, así que pensé que la podría tener usted. −El joyero insistía nerviosamente que en el establecimiento no estaba.

-No. No sé cómo lo ha podido pensar, porque si fuera así, le hubiera llamado de inmediato. Yo no tengo nada. Me fui de allí sin ella; se lo digo, así de claro. ¡Qué no, qué no! La chica me la puso para ver cómo quedaba con los pendientes y después la apartó hacia un tapete de fieltro negro donde estaba el sobre marrón y usted, supongo, la guardó.

−No, ella dice que no, que no hizo eso; cree que quedó en su muñeca.

−Ya ¿y dónde está? No, ya le digo que no, porque ni llegó a enganchármela, así que, si me la hubiera llevado, se habría caído en la propia tienda antes de salir.

Emmanuel miraba a su mujer incrédulo, entendiendo lo que estaba ocurriendo, e instintivamente miró hacia el suelo, por si estuviera por allí. Al colgar Nubia −casi llorando− se levantó de la silla pensando que era imposible que pudiera estar la pulsera caída por algún rincón de su casa. Se vistieron de inmediato −aún estaban en pijama y sin ducharse− y salieron hacia la joyería haciendo el camino inverso del día anterior. Se pararon en la cafetería; allí nadie había encontrado ninguna pulsera. Continuaron con la cabeza gacha mirando hacia el suelo peinando una amplia zona en línea recta por si algo brillaba tanto que fuera el objeto perdido. A Nubia le entraron dudas sobre el joyero por su entusiasmo con la pulsera el día anterior, y pensó que a lo mejor era capaz de querérsela y decir que allí no estaba, pero Emmanuel le quitó esa idea de la cabeza.

− ¡A ver mujer! al fin y al cabo tampoco es una pieza con la que puedas hacerte rica.

− ¿Tú qué sabes? Habló de platino y diamantes y de talla de orfebrería antigua y clásica. No sé. No sé yo, hay mucho amigo de lo ajeno.

−No seas desconfiada. ¿Y si te quedó puesta y sin darte cuenta se cayó mientras íbamos hacia la terraza del Áureo?

−No, no lo creo, estoy convencida que la chica solo me la puso por encima, vimos cómo quedaba con los pendientes, y allí quedó la pulsera.

− ¿Segura?

− ¡Hombre, yo creo que sí! Me haces dudar. Pero, de verdad, que no, que yo no salí de allí con ella en mi muñeca.

En la joyería hubo mucha tensión y tanto ella como el artesano elevaron el tono de sus palabras. Él había pasado muchas horas revisando las imágenes de las cámaras seguridad −antes de llamarla por teléfono−. En ellas se veían desde el momento en que Nubia y Emmanuel habían entrado a la joyería hasta que salían. El momento crítico estaba cuando la dependienta acercaba la pulsera a su muñeca; en ese momento se metía en medio su marido para comprobar lo bien que le quedaban a su mujer las dos piezas de orfebrería. En la grabación el joyero se llevaba el sobre marrón, pero no quedaba claro si había metido en él la pulsera o si por el contrario se lo llevaba vacío. Después la vendedora empaquetaba los pendientes −que Nubia se había quitado cuidadosamente de sus orejas− y cobraba con el datáfono −el importe de los mismos− a Emmanuel, que con un movimiento seco alargaba su brazo, acercando su reloj al terminal. En la última secuencia del vídeo la joven despedía al matrimonio sin que se viera si en la muñeca de Nubia estaba o no la esclava porque las mangas del chaquetón, le cubría la totalidad de sus brazos.

Al joyero le pesaba no haber invertido un poco más en un buen sistema de vigilancia. Como excusa se autoconvenció del poco tiempo que le quedaba para jubilarse. Sus cámaras estaban obsoletas y no hacían un buen visionado de todos los ángulos del establecimiento. Nubia era incapaz de hacer un ejercicio de reflexión parándose a pensar en si realmente había salido, el día anterior, con la pulsera del local. En el fragor de ese nerviosismo sin querer incriminarse ninguno de los dos, Emmanuel −acertadamente− los convenció para denunciar la pérdida de la “extraordinaria pulsera” −objeto de discusión− en la comisaría de policía. En el camino hacia ella, los tres fueron callados; los tres no dejaron de mirar al suelo, por si la luz y el reflejo de los diamantes llamara su atención y encontraran la joya tirada; pero no fue así.