Una pieza clásica con diamantes
en talla brillante
Ya tenía listo el vestido, los
zapatos y el bolso que llevaría a la boda de su sobrina Ámbar. No le había
costado mucho encontrar todo el atuendo, por Internet; esta vez se había
decidido a no pisar ni una tienda del centro comercial – algo que le solía
agobiar y estresar por no encontrar la talla más adecuada a las curvas de su
cuerpo−. En cuanto abrió los tres paquetes −que el repartidor le dejó en el
rellano de su puerta, sin esperar a que ella saliera a recibirle− se dio cuenta
que le encantaba el color del vestido y que no podía quedar mejor combinado con
los zapatos de tacón color crema y el bolso del mismo tono anacarado. Cuando se
miró al espejo, se gustó mucho; dio un par de vueltas sobre sí misma, y volteando
su cabeza y agarrando con los dedos su melena, se hizo una especie de moño, más
o menos como se imaginaba que llevaría el pelo ese día; al verse le encantó como
le quedaba por la espalda. El corte del vestido le sentaba bien, la hechura
estaba diseñada a la perfección, como si la modista hubiera pensado en ella,
haciendo que la forma y estructura final disimularan esos quilos de más que
había puesto por todo su cuerpo, −gracias al proceso menopáusico que estaba
experimentando−. Se encontraba en el momento álgido de ese estado y no sabía cómo
dejar de comer, cómo hacerlo mejor o cómo reducir el ansia de ingerir azúcar a
todas horas. Los sofocos la perturbaban, sentía inseguridades que antes no
tenía y ese estado ansioso le hacía comer compulsivamente en exceso; su cerebro
le jugaba malas pasadas y sólo le apetecía ingerir −principalmente− procesados
y el resultado no se hizo esperar: se desdibujaron todas sus bonitas formas
femeninas y un cúmulo de grasa se instaló en muchas partes de su cuerpo. Ese círculo
vicioso desasosegante fue incontrolable y desde luego no le ayudó a mantenerse
en forma.
Su hermana le había dicho que
llegaría un momento que todo pasaría y volvería a recuperar su esbeltez, sin
embargo, ella llevaba ya unos años con toda esa “transformación” que la
había llevado a una talla 42 cuando la suya siempre había sido una 36.
Mirándose de esa manera al espejo, dio una voz a su marido para que viniera a verla
y le diera su opinión; él no pudo por menos que alabarla, le sacó varias fotografías
y coincidió con ella en que su aspecto era estupendo con ese vestido y el color
no le podía favorecer mejor; con sus palabras hizo que se sintiera muy bien
consigo misma.
Es cierto que se anticipó al
evento más de seis meses, pero se quedó con la tranquilidad de tener casi todo
preparado y no con la preocupación de no encontrar nada hasta el último momento
como le había ocurrido con la boda de su hijo, que mirando en tantas tiendas y
teniendo tantas opciones, no llegó a decidirse hasta una semana antes de la
fecha y al final, tuvo que comprar −por no gestionarlo bien− algo que no fue de
su agrado: un vestido un tanto insulso, desabrido y aburrido de un satén gris
perla, sin gracia ninguna y que en su opinión, no le quedaba muy bien.
Para decidir sobre qué
prendedor o adorno llevaría en el pelo, tenía tiempo, y lo mismo pasaba con la
bisutería. Ella no era de llevar joyas, era más de baratijas. En realidad, las
pocas alhajas que tenía −se contaban con los dedos de una mano− habían sido de
su madre, que un día, sin venir mucho a cuento, decidió repartirlas entre sus
dos hijas, porque ya no quería tener en su casa cosas de valor por si se las
robaban. El conjunto que le tocó a ella, fue muy escueto: unos bonitos
pendientes de oro con perlas cultivadas, un anillo de platino −con diminutos brillantes−
y una pulsera −sin contraste o señal alguna que le diera una pista sobre su
valor− que a ella le encantaba por lo fina, delicada y elegante que le quedaba
en su muñeca dándole igual si era buena o no. Cuando su marido quería regalarle
alguna joya, ella le quitaba las intenciones porque no le hacía feliz tener ese
tipo de objetos valiosos, y prefería tener piezas de poco valor – que él
llamaba graciosamente, quincalla−; no era de apreciar las piedras preciosas
engarzadas en minerales nobles, y si usaba alguno de ellos, elegía ponerse
sortijas o pendientes de plata.
No hacía mucho que le había
preguntado a su madre por esa pulsera “tan fina y preciosa” que le había
dado, pero ésta sólo alcanzó a decirle que se la había regalado su padre, el
día de la “pedida” y no tenía más referencias sobre ella. La demencia
por su edad le hacía olvidar muchos recuerdos y aunque nunca había dejado de
reconocer a sus seres más cercanos, ya no acertaba a saber si la pulsera la
había estrenado ese día como regalo de su futuro marido o si por el contrario había
pertenecido a una de las mujeres del entorno de él. Como en la boda de su hijo,
también la llevaría en la boda de Ámbar. Esta vez se la pondría con más motivo por
hacer presente a la abuela en la ceremonia de su tercera nieta, ya que le iba a
resultar imposible acudir a la celebración. Desde que su madre se la regaló, se
la había puesto en pocas ocasiones. La última vez que la usó, se la quitó casi
de inmediato porque el cierre se le enganchó, varias veces, con el tejido del
vestido y prefirió no correr riesgos de desgarro o rotura. Ahora estaba
decidida a hacerle alguna reparación; en principio limarle ese cierre tan
molesto, y quizá limpiarla o darle algo de luz al metal y a los cristales
engarzados que el paso del tiempo había opacado.
Cuando entraron en la joyería,
Nubia y su marido −y mientras esperaban su turno− fisgonearon los estantes
repletos de pendientes, pulseras, gargantillas y anillos que lucían de una
manera muy atrayente, quedándose absortos mirando desde los paneles
acristalados con cierre de seguridad.
−Hola, ¿Qué tal?, quería saber
si me podría limar el cierre de esta pulsera que se me engancha constantemente en
los vestidos.
− ¡Qué tal? ...A ver. Sí, no
hay problema. Es una pulsera preciosa.
−Sí, lo es. Era de mi madre.
No sé de qué material es. A lo mejor no vale mucho. No sé si será de plata y
las piedras, cristales; mi madre ya no se acuerda mucho de ella.
−Bueno, miramos ahora. A
simple vista parece que tiene valor. Voy a buscar la lupa y vemos.
Mientras esperaban el regreso
del joyero ambos continuaron mirando los objetos que había a la venta en las
vitrinas opuestas al mostrador; a Nubia le encantaron unos pendientes de plata,
por tener un diseño parecido al de la pulsera. La dependienta que estaba detrás
del mostrador, salió de él y abriendo la cristalera, se los enseñó más de
cerca.
− ¿Qué te parecen? Son bonitos
¿no? −dijo Nubia a su marido− y éste afirmando con la cabeza, le animó a que se
los probara.
El orfebre puso la pulsera
bajo el cuentahílos y les fue comentando lo que veía en ella; con cada
calificativo, su euforia iba en aumento y sus palabras se transformaron en
exaltación de lo que tenía bajo esa lupa tan especial y con entusiasmo y ardor
exagerado hacía méritos para su reparación.
−Bueno, o sea que la pulsera
no es de plata con cristales engarzados, sino que puede ser de oro bañada en
platino con gemas como diamantes o brillantes ¿no? −se entusiasmó Nubia.
−Le faltan varias piedras, ¿no
veis aquí los huecos? −afirmó de manera vehemente−. Las puedo buscar, y las
inserto sin problema. El engaste es mi especialidad, me llevará tiempo, pero es
un trabajo que me encanta y te la puedo dejar como nueva para que le puedas dar
una nueva vida. Esta pulsera se lo merece puede tener más de 100 años, a lo
mejor es de una generación anterior a la de tu madre. Además, te quedaría impecable
con la limpieza ultrasónica. Pensarlo, de verdad, es una joya valiosa.
−No sé, será muy caro sustituir
las piedras y costará mucho las horas que emplees en ello ¿no? −dijo ella
mirando a su marido−. Ya sabes que, a mí las joyas, no me interesan mucho, lo
único porque parece que es una pulsera muy antigua y tiene un gran peso
hereditario. ¿A ver si en vez de mi madre, era de mi abuela?
−Bueno si tú quieres, hacemos el
esfuerzo, no hay problema −le dijo Emmanuel−, siempre tan complaciente con
ella.
−Podemos hacer una cosa, −se
apresuró a decir el joyero−. Me la dejas ahora y mañana te digo en cuánto te
puede salir la reparación. Con más calma puedo corroborar con exactitud el material
con el que está hecha, que, aunque ya te puedo decir, que el reverso es de oro
blanco, por la cara visible puede tener un baño de platino, además te diría con
exactitud el tipo de piedras engastadas que lleva. Me atrevo a decirte, con lo
que estoy viendo, que se trata de “diamantes en talla brillante”. Te
diría el número de ellos que le faltan y que estaría bien reponer. Luego ya
decides.
−Vale, está bien ¡Madre mía
diamantes! ¿qué quiere decir eso que has dicho de “en talla brillante”?
−Eso es que los diamantes
están tallados con forma redondeada, diseñados matemáticamente para maximizar
su refracción y el reflejo de la luz. –Les dijo el artesano buscando las
palabras precisas para que lo entendieran.
En un sobre marrón de pequeño
tamaño el hombre escribió: pulsera para revisar y anotó con rotulador azul el
nombre y el número de teléfono de ella. Antes de guardarla, y despedirse de los
clientes, llevando la joya a su taller −situado en la parte trasera de la
tienda−, Nubia, aun sorprendida por el valor de la pulsera de su madre, se
dirigió a él preguntándole: −Antes he visto estos pendientes −señalando los que
estaban en la vitrina−, y no sé qué tal quedarían con la pulsera.
−Son perfectos. Como verás son
de un diseño moderno con reminiscencias retro. Sí, le van muy bien. ¿Por qué no
te los pruebas? −le animó el joyero.
La dependienta los volvió a
sacar del expositor y se los preparó quitando las tuercas; ella se los puso; el
joyero sacó la pulsera del sobre y dándosela a Nubia, ésta se la acercó a su
oreja izquierda, −mientras se miraba al espejo de mesa−, y pudo comprobar que
el estilo era parecido. Después la ayudante del “gemólogo” le propuso colocársela
en su muñeca derecha sin cerrarla del todo, y ella y su marido opinaron sobre
la sincronía de las dos piezas.
−Vale, me los llevo, −y mirando
a Emmanuel, le hizo ver que eran un poco caros; él remangó un poco el puño de
su camisa y acercando el reloj al terminal bancario, los pagó sin reparar el
gasto. Al salir de la tienda besó a su mujer en la frente y ella le agradeció
su felicidad por tenerlos.
Había sido una gran sorpresa
para ambos, saber que lo que parecían piedras de cristal engarzadas en plata,
podían ser gemas de considerable valor engastadas en una pieza de oro blanco
bañado en platino y no sólo eso, sino que podría ser más de su abuela que de su
madre. Es decir, más antigua de lo que creían.
Continuaron la calle e
hicieron varios giros hasta llegar a una cafetería; se sentaron en la terraza
porque la temperatura era muy agradable y aunque ya eran las 8 de la tarde, aún
quedaba algo más de una hora de luz. Se sentían muy a gusto y su estado de
ánimo se podría calificar como alegre y dichoso; y esa sensación había sido,
simplemente, por la conversación con el platero y la compra inesperada de unos
bonitos pendientes.
A primera hora de la mañana
del día siguiente, −que era sábado−, y estando desayunando tranquilamente el
matrimonio en el jardín de su casa; en el móvil de Nubia sonó la llamada de un
número desconocido, dudó en cogerlo, pero al quinto tono deslizó su dedo hacia
arriba tocando el icono verde de su terminal y contestó la llamada.
−Hola, sí, ¿Qué? No, no, yo no
tengo nada, no tengo la pulsera puesta. La dejé en la tienda, usted la cogió para
guardarla en el sobre marrón, donde escribió mi nombre y el teléfono.
−Ayer por la noche, cuando la
fui a sacar del sobre para hacerle el presupuesto y comprobar bien la calidad
de los materiales y cuántas piedras habría que engarzar, vi que el sobre estaba
vacío, así que pensé que la podría tener usted. −El joyero insistía
nerviosamente que en el establecimiento no estaba.
-No. No sé cómo lo ha podido
pensar, porque si fuera así, le hubiera llamado de inmediato. Yo no tengo nada.
Me fui de allí sin ella; se lo digo, así de claro. ¡Qué no, qué no! La chica me
la puso para ver cómo quedaba con los pendientes y después la apartó hacia un
tapete de fieltro negro donde estaba el sobre marrón y usted, supongo, la
guardó.
−No, ella dice que no, que no
hizo eso; cree que quedó en su muñeca.
−Ya ¿y dónde está? No, ya le
digo que no, porque ni llegó a enganchármela, así que, si me la hubiera
llevado, se habría caído en la propia tienda antes de salir.
Emmanuel miraba a su mujer
incrédulo, entendiendo lo que estaba ocurriendo, e instintivamente miró hacia
el suelo, por si estuviera por allí. Al colgar Nubia −casi llorando− se levantó
de la silla pensando que era imposible que pudiera estar la pulsera caída por
algún rincón de su casa. Se vistieron de inmediato −aún estaban en pijama y sin
ducharse− y salieron hacia la joyería haciendo el camino inverso del día
anterior. Se pararon en la cafetería; allí nadie había encontrado ninguna
pulsera. Continuaron con la cabeza gacha mirando hacia el suelo peinando una
amplia zona en línea recta por si algo brillaba tanto que fuera el objeto
perdido. A Nubia le entraron dudas sobre el joyero por su entusiasmo con la
pulsera el día anterior, y pensó que a lo mejor era capaz de querérsela y decir
que allí no estaba, pero Emmanuel le quitó esa idea de la cabeza.
− ¡A ver mujer! al fin y al
cabo tampoco es una pieza con la que puedas hacerte rica.
− ¿Tú qué sabes? Habló de
platino y diamantes y de talla de orfebrería antigua y clásica. No sé. No sé
yo, hay mucho amigo de lo ajeno.
−No seas desconfiada. ¿Y si te
quedó puesta y sin darte cuenta se cayó mientras íbamos hacia la terraza del
Áureo?
−No, no lo creo, estoy
convencida que la chica solo me la puso por encima, vimos cómo quedaba con los
pendientes, y allí quedó la pulsera.
− ¿Segura?
− ¡Hombre, yo creo que sí! Me
haces dudar. Pero, de verdad, que no, que yo no salí de allí con ella en mi
muñeca.
En la joyería hubo mucha
tensión y tanto ella como el artesano elevaron el tono de sus palabras. Él
había pasado muchas horas revisando las imágenes de las cámaras seguridad −antes
de llamarla por teléfono−. En ellas se veían desde el momento en que Nubia y Emmanuel
habían entrado a la joyería hasta que salían. El momento crítico estaba cuando la
dependienta acercaba la pulsera a su muñeca; en ese momento se metía en medio
su marido para comprobar lo bien que le quedaban a su mujer las dos piezas de
orfebrería. En la grabación el joyero se llevaba el sobre marrón, pero no
quedaba claro si había metido en él la pulsera o si por el contrario se lo
llevaba vacío. Después la vendedora empaquetaba los pendientes −que Nubia se
había quitado cuidadosamente de sus orejas− y cobraba con el datáfono −el
importe de los mismos− a Emmanuel, que con un movimiento seco alargaba su
brazo, acercando su reloj al terminal. En la última secuencia del vídeo la
joven despedía al matrimonio sin que se viera si en la muñeca de Nubia estaba o
no la esclava porque las mangas del chaquetón, le cubría la totalidad de sus
brazos.
Al joyero le pesaba no haber
invertido un poco más en un buen sistema de vigilancia. Como excusa se
autoconvenció del poco tiempo que le quedaba para jubilarse. Sus cámaras
estaban obsoletas y no hacían un buen visionado de todos los ángulos del
establecimiento. Nubia era incapaz de hacer un ejercicio de reflexión parándose
a pensar en si realmente había salido, el día anterior, con la pulsera del
local. En el fragor de ese nerviosismo sin querer incriminarse ninguno de los
dos, Emmanuel −acertadamente− los convenció para denunciar la pérdida de la “extraordinaria
pulsera” −objeto de discusión− en la comisaría de policía. En el camino
hacia ella, los tres fueron callados; los tres no dejaron de mirar al suelo,
por si la luz y el reflejo de los diamantes llamara su atención y encontraran
la joya tirada; pero no fue así.
