sábado, 29 de agosto de 2026

TRES DALIAS PARA MAGALÍ

  A Sara y Florian

Cómo retardar el ritmo del tiempo

Magalí se miró las uñas −aún pintadas con el esmalte permanente en color marfil− que Celia, la de la manicura de su peluquería, le había pintado hacia casi tres semanas. Ahora el color inherente de sus uñas se asomaba unos cuatro milímetros, haciéndose hueco desde la cutícula, empujando el barniz, hacia el borde más superficial de las uñas, que empezaba a sobresalir por encima de las yemas de sus dedos. Hacía una semana que había pedido vez para limpiar definitivamente la laca, y estaba esperando pacientemente su turno para revertirlas a su estado natural. Era el único vestigio visible que le quedaba de la boda de su hermana.

Se puso sentimental pensando en ese día y no encontró una explicación lógica a lo rápido que había sucedido todo. Le hubiera gustado que el tiempo pasara más lentamente. Recordaba la felicidad de muchos momentos y se veía en diferentes situaciones disfrutando de la ceremonia. Sin embargo, los minutos se multiplicaron por dos y tal cómo había empezado el día, se había acabado. Eso ahora le estaba generando una sensación de ligero vacío emocional. No se trataba de tristeza, sino de cierta melancolía y nostalgia por todo lo vivido. Por eso, absurdamente, Magalí se preguntaba por qué, al igual que el lacado permanente de sus uñas permanecía semanas, no podría extenderse en el tiempo cada uno de aquellos momentos tan intensos de la boda de Yael y David.

Graciosamente, imaginó a la maquilladora preparando a su hermana durante largas horas, primero pintando su cara con las bases de sombras y colores, trazando una efigie bellísima de su cara y después enrollando su pelo en innumerables bucles agarrados en un moño de estilo griego y se preguntaba por qué no, expandir las horas disfrutando de la puesta de largo del vestido, que, subiendo desde el suelo hacia los hombros de la novia, se iba ajustado a su cuerpo al cerrar uno a uno los botones de la espalda. Extender el tiempo, eso es lo que quería que hubiera ocurrido Magalí, que todo aconteciera más lentamente, convirtiendo los minutos en horas y las horas en días para alargar la ceremonia y vivirla aún más; disfrutarlo, sin tanta prisa por finalizar el día.

Sin duda pensó que la arboleda donde los invitados esperaban la solemne entrada, primero del novio y su madre, y a continuación de la novia y su padre, mientras la música los acompañaba hacia la mesa nupcial, era algo que había que experimentar más pausadamente; detenerse y retener por más tiempo las imágenes de lo que estaba aconteciendo. Creía que lo mejor hubiera sido recrearse en todos los gestos de los novios mientras recorrían el camino hacia su unión y pararse más, viendo las caras de emoción de los asistentes.

Obviamente no había sido así, todo el protocolo había seguido su curso −sin ninguna parada− y había salido tal como ellos lo habían diseñado. Se cuestionaba repetidamente por qué no podía durar todo más tiempo; que no fuera todo algo efímero, algo captado en un instante como lo hacía la cámara del fotógrafo, y poder recuperar cada lapso temporal y que no se convirtiera en recuerdo tan rápidamente. Sentada en la hamaca del jardín de la casa de sus padres −cansinamente− reflexionaba en cómo poder prolongar todo el ritual marital, y no como lo había hecho, sin ninguna pausa temporal, atropelladamente sin dar más espacio a los discursos, las promesas, el enlace civil, la puesta de anillos, el que “se besen”, el lanzarles los pétalos de rosa y posteriormente todas esas formas tradicionales cuando los novios se van de fotos, los invitados toman un cóctel mientras esperan su regreso; cuando aquellos llegan, y la novia tira el ramo, mientras una banda de música ameniza el baile de tarde; después la cena en un ambiente festivo y bullicioso intenso y por último llega la tarta y el baile de los recién casados; y a partir de ahí la fiesta hasta el amanecer.

Cuando los novios iniciaron el baile, ella se dio cuenta que el día estaba a punto de terminar; que esas horas, que habían sido tan esperadas y maravillosas, se habían ido y que el enlace de Yael y David ya casi era historia.

Si la boda de su hermana hubiera sido como el lacado de sus uñas, Magalí todavía seguiría de celebración, se reía interiormente al pensar que tal vez, si eso ocurriera de verdad, los novios estarían vistiéndose todavía o sellando sus votos o haciéndose fotos por los campos de girasoles o brindando con champán antes del baile nupcial o bailando con todos los invitados y ella seguiría disfrutando de la boda. Como pensando y hablando a la vez, Magalí bisbiseó:

− Se ve la media luna blanquecina de mis uñas y aún sigue el pegote del esmalte recordándome lo bien que me habían quedado, lo bonitas que resaltaban la expresión de mis dedos; lo acompasado del marfil del lacado con mis zapatos y el color del vestido. Mirándolas deseaba que Yael aún no se hubiera casado, que fuera todavía ese momento previo, tan emocionante cuando le dije a Celia que me las pintara. Quedarme ahí, en su establecimiento, disfrutando lo que iba a venir. O mejor, permanecer en el momento de firmar como testigo en el ayuntamiento −el día antes de la ceremonia− y que no pasara tan rápido. Parar justo antes de ayudarla a ponerse el vestido, de preparar la cola para no pisarla, de colocarle el bonito mantón de manila −que hacía más de un año le había ayudado a elegir−. Por qué no demorar todo en el tiempo, hacerlo todo más despacio, aunque no lentamente sino a tiempo real, pero perdurando en el tiempo. Que el lapso se quedara a medio congelar y después se fuera licuando mientras los novios avanzaban hasta consumar el acto nupcial. Ese momento de miradas atentas, sorprendidas por la sorpresa de ver al novio y después contemplar como deslumbraba la novia con su peinado y su vestido blanco, envuelta en el precioso mantón. Fijar los ojos en ellos y no parar de observarlos. Ahí es donde querría estar yo ahora; revivirlo de nuevo y pararme a disfrutar cada momento. Quedarme lanzando las serpentinas y los pétalos de rosa a su paso mientras recorren ese corto espacio hacia un sinfín de fotografías que ahora ya fijan el recuerdo familiar.

 

Siguió su soliloquio, acordándose de las dalias del ramo de su hermana:

− ¡Qué bonito el ramo de la novia! Que sencillo era y que elegante hecho con tres Dalias de diferentes colores. Lo cogí de casualidad, casi sin hacer esfuerzo y sorprendida de que la trayectoria del lanzamiento llegara a mis manos tan fácilmente. Estoy convencida que Yael calculó bien la distancia para que fuera mío.

Irracionalmente siguió deseando que todo volviera a empezar o que se quedara estancado en un punto concreto y que avanzara hacia adelante o hacia atrás, a su capricho.  

− ¡Qué bonito les salió el baile a media noche! y después qué divertida fue la fiesta. Por qué todo tuvo que acabar tan rápido. Casi estaba empezando emocionada a vivir ese día tan especial y hacia las seis de la madrugada ya se había acabado todo. −Continuó hablando para sí.

Magalí se agarraba la mano izquierda con la derecha; miraba sus uñas esmaltadas y se las acariciaba intermitentemente con el dedo pulgar; al hacerlo le venían momentos de aquel día. Había visto cientos de fotografías y en muchas de ellas se plasmaban situaciones que habían ocurrido de diferente manera a como las recordaba; esa noche no se había privado de beber alcohol y tomó algunas copas de más. Por esa razón, comenzó a pensar que, a lo mejor, no era tan buena idea estancarse en momentos de aquel magnífico día. Mordiéndose el labio inferior y con la vista perdida, consideró que tal vez, revivir todo de nuevo, podía comprometer su autoestima teniendo en cuenta algunas horas o intervalos de aquella tarde o más en concreto de la noche.

Magalí tuvo la sensación de contradecirse y efectivamente había habido algunos momentos que le hubiera gustado olvidar y si pudiera rectificar, lo habría hecho con gusto. Le vinieron escenas de cuando rompió uno de los tacones de sus sandalias, al engancharse en una rejilla de desagüe mientras se apresuraba −después de haber ayudado a su hermana con el vestido− a sentarse en la silla donde estaba escrito su nombre, al lado de su prometido, que la estaba esperando impacientemente. Fue un momento cómico para los que ya estaban allí; ella escuchó las carcajadas espontáneas y aunque disimuló su rabia y su vergüenza, haciendo como si nada hubiera pasado, no dejó de sentirse mal.Optó primero por sonreír, para que todos comprendieran que no había pasado nada y después por descalzarse; agarrando las sandalias con una mano, las elevó como si fueran un trofeo para recibir el beneplácito y el aplauso de todos. Para no quitarle el protagonismo a los novios que estaban a punto de hacer su presencia, trató de pasar inadvertida en su asiento; no hizo más aspavientos, ni muecas, al fin y al cabo, no había perdido el equilibrio y no tenía ningún rasguño. Cariñosamente cogió la mano de Edu, y girándose un poco sobre su torso vio como la comitiva nupcial fue entrando por la senda de las acacias.

Después pensó en la fiesta y ahora dudaba si se había extralimitado. Tenía recuerdos confusos de haber estado subida a una silla cantando −con un tono de voz demasiado elevado− el estribillo de una canción, agitando exageradamente con su mano una servilleta sin venir mucho a cuento. Le venían imágenes de ella bailando y levantando su vestido, casi hasta enseñar su ropa interior. Recordó que había perreado un reguetón sin tener ni idea de cómo hacerlo. Esos fragmentos inconexos −que ahora la hacían desconfiar de sí misma− los hubiera pasado a toda velocidad, sin detenerse lo más mínimo. El resto lo repetiría tantas veces como le fuera posible.

Cuando por fin la de la peluquería le quitó el esmalte permanente, fue consciente de que todo había terminado. Con cada uña se le fue difuminando un momento de aquel día. No había que demorar más lo intensamente vivido en la boda de Yael y David, y considero que era mejor dejarlo todo para la memoria, aceptando que aquel tiempo, que fue tan real y tan emotivo, hubiera terminado. Ese día −como todos− fue de veinticuatro horas sin posibilidad de disminuir o incrementar el tiempo, demorándolo o estirándolo. Era mejor aceptarlo así.

Las tres dalias de colores suaves, que formaban el ramo de la novia eran ya de Magalí. Cuando Yael se las lanzó, sabiendo que las iba a coger, ya sabían ambas lo que significaba. Sus uñas quedaron limpias −sin rastro de esmalte− y Celia, después de cobrarle por el arduo trabajo del borrado, anotó en la agenda su nombre y su teléfono, indicando la instrucción a repetir para el año siguiente. Al salir del establecimiento, Magalí llamó a su hermana por teléfono y sin saludarla, le dijo:

¿Me ayudas con todo lo que tengo que preparar?


Esta vez, iba a ser más consciente del paso del tiempo; cómo hacer que se parara en un punto concreto, era algo imposible. Por ahora las tres dalias de Yael, le recordarían que no tardaría en llegar su turno, que tan solo faltaban trescientos siete días para su boda.