viernes, 13 de marzo de 2026

LOS DOS SINÓNIMOS DE ESTUPRO




 El trayecto

A la memoria de Gino. Siempre leal, noble y fiel.

− ¡Hola hijo! ¡Qué bien que me has venido a buscar! Dudé en llamarte, pero como el servicio de autobuses es caótico aquí, y había quedado hoy con el veterinario para que me diera el tratamiento de Leo, por lo de su parálisis, ya sabes, las patas que no le funcionan bien y así aprovechaba también para ir a hacer algo de compra. Imaginé que podrías parar un ratito de trabajar para llevarme. Me dio mucha rabia ayer, cuando la pantalla del coche me señaló falta de líquido refrigerante. Llegué a casa por los pelos cuando ya era de noche. Esta mañana, temprano, llamé a la grúa para que me lo llevara al garaje a reparar. Fue la última cosa que deseaba que me pasara ayer domingo. Ya te había dicho que iba a pasar el día con Varda y se torció todo, casi desde el primer momento que llegué a su pueblo, una vez que aparqué el coche no muy lejos del bar donde había quedado con ella.

−No te preocupes Ma, estaba haciendo un descanso entre reuniones y no es nada venir a buscarte y llevarte a La Oliva son solo quince minutos de tu casa hasta allí y me puedo permitir escaquearme un rato. ¿Qué tal Leo? ¿Va mejor? Pero, ¿Por qué dices que se torció todo desde el primer momento? ¿Qué pasó entonces? Para un día que hace sol, no me digas que no disfrutaste del paseo del río o del camino del Secarral con ella. ¿No habréis discutido de política?, ¡qué sois muy amigas! pero cuando os ponéis a arreglar el país, sois totalmente contrarias y soléis montarla bien, ¡vaya dos!

−El perro cada vez va a peor, me da pena verlo así e intento mentalizarme de su final. El tratamiento le funciona a medias. ¡¿Qué más podemos pedir con casi quince años que tiene?! Bueno con Varda hace tiempo que no hablo de política, ya sé que de esos temas mejor no hablar con ella. Estoy hablando de algo mucho peor. Hace una hora me he tomado un Sumial para que se me pasara el tembleque en todo el cuerpo. Pasé un momento muy malo ayer yendo a su encuentro; fue ella quien me acompañó al cuartel de la Guardia civil. Solo recordarlo me entran nauseas de pensar que algo peor me pudo haber ocurrido. He temido por mi integridad. No he podido dormir recordándolo. Sé que te tendría que haber llamado ayer, pero te he visto tan estresado estos últimos días con los niños y el proyecto que tienes que presentar, que preferí dejarte descansar por la noche. La avería del coche y los cuidados de Leo me estresaron aún más al llegar a casa, pero aún en ese estado en el que estaba sobrepasada, me di cuenta que tenía que desdramatizar y separar cada cosa; así que traté de calmarme por mí misma y darle la importancia justa a todo, para poder contarte las cosas con tranquilidad.

−Me estás asustando Ma ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me has llamado ayer? ¿Cuántas cosas juntas? A ver lo de Leo es ley de vida, ya lo sabes; el coche se arregla, pero dime ¿qué pasó? ¿te caíste o qué? ¿Has ido a la guardia civil, por…?

−No sé cómo contártelo hijo, incluso me da hasta vergüenza; me es violento hablar de ello contigo. Ahora que han pasado casi 24 horas, estoy casi peor, incluso, más acobardada e irascible. Me parece irreal que me haya pasado a mí, con la edad que tengo. Estuve todo el día alterada y la situación me abrumó mucho al principio, aunque según fue pasando el día me sentí algo mejor. Creí que no podía regresar a casa, pero me hice fuerte y pude con ello. A Varda le pareció que lo estaba superando y me dejó marchar sola. Ya sabes qué soy una mujer convincente. No dejé de llorar en todo el trayecto de regreso, no sólo por la agresión sufrida y el mal rato y todas las explicaciones que tuve que dar en el atestado policial, sino por una mezcla de rabia y pudor.

−Bueno tranquila ¿quieres que regresemos a casa? y me lo cuentas despacio allí.

−No, no, sigue que tengo que hablar con el veterinario urgente que no veo bien a Leo.

−Ma, eso puede esperar, voy yo luego y ya me dice él a mí, lo que sea.

−No, de verdad, prefiero hacerlo yo y además quiero ir a la tienda. Me va a venir muy bien salir de casa; va a ser la única manera que tengo de normalizar mi vida ahora. Lo del coche ha sido un gran inconveniente. Esta mañana cuando se lo llevó la grúa, he pensado que podría ser una buena oportunidad para quedar contigo y contarte lo sucedido mientras me llevabas al veterinario. En realidad, te lo hubiera contado por teléfono, pero así, en persona creo va a ser mucho mejor.

−Vale, Vale. Jo Ma, siento que estés así, tan alterada; venga dime, me estás poniendo nervioso.

−Bueno, pero no reduzcas, sigue conduciendo. Mira, aparqué el coche en la entrada del pueblo; hacía un día precioso, eran sobre las diez de la mañana y el sol aún no calentaba mucho; había una claridad y una luz especialmente bonita y como había quedado con Varda a las once, decidí acercarme a la ermita porque desde allí se sacan unas fotos preciosas de la sierra que estaba “hasta los topes” de nieve. Así que subí por el camino del Secarral. Me pasaron un par de chicas corriendo y un grupo de ciclistas bajaba en la dirección contraria. Hice un par de fotos mezclando ramas de árboles, troncos, cielo azul y deportistas, de esas que me gustan a mí. Le saqué una a la ermita conmigo delante y después a los picos de la sierra que estaban imponentes incidiendo los rayos del sol en sus laderas y creando un efecto óptico muy atractivo para sacarle las fotos que quería. Estuve unos minutos viendo ese paisaje tan bello, me quedé inmóvil, mirando todo y pensando en lo privilegiada que era por todo lo que estaba viendo; incluso te diría que musité unas palabras como si estuviera rezando, dando gracias por ese día tan bonito.

−Perdona Ma. Me llama mi jefe, es que tenemos la entrega del proyecto para ya y estamos algo estresados ultimando todo.

−Sí, sí, no te preocupes, coge, no vaya a ser que tengas algún problema.

−Hola Manu, estoy llevando a mi madre que se le ha averiado el coche, pero tardo menos de veinte minutos en enviarte las últimas modificaciones. Vale, sí, vale. Como mucho en veinticinco minutos lo tienes todo en tu pantalla. Vale, vale. Chao.

− ¿Algún problema?

−No, nada, no te preocupes, estoy enseguida de nuevo delante del ordenador; faltan unas últimas modificaciones en uno de los planos, que ya las tengo preparadas, y sólo es enviárselas. Nada. Nada, sigue.

−Bueno, cuando continué el camino de bajada, dejando atrás la ermita y muy cerca de ella, había toda una mata de flores de manzanilla, me acerqué para fotografiarlas, llamaban la atención. Después de hacer la foto, escuché a un hombre hablar detrás de mí; estaba apoyado contra el muro de uno de los ábsides y dijo en voz alta unas palabras inteligibles. Supuse hablaba de las florecillas y girándome hacia él le dije que realmente eran preciosas. Fue ahí cuando me quedé paralizada al verlo. ¡Vaya me llama tu tía ahora!, será para lo de Pilates, había quedado que íbamos juntas con mi coche, pero no me apetece ir esta tarde en este estado y tampoco contarle, lo que me ha pasado, por ahora. Luego la llamo.

−Ma, cógele que se va a preocupar, que tú nunca rechazas sus llamadas y te va a volver a llamar en segundos. Dile cualquier cosa.

−Es que ahora no puedo hablar, se me va a notar en la voz que algo me pasa.

−Pues dile que la llamas más tarde y ya cuando puedas le cuentas.

−Hola Orel. Sí, se me cortó el teléfono. No me encuentro bien hoy para ir a Pilates, ¿quedamos el jueves? Sí, un poco de dolor de cabeza, ayer comí mucho con Varda y tampoco tengo el estómago bien. Sí, sí, lo pasé muy bien. Ah, por cierto, no tengo coche, que he tenido una avería y me está llevando David al veterinario. No, Leo no está muy bien. No. Sí, Vale. No te preocupes. Te llamo y si no lo tengo arreglado, me vienes a buscar. Vale, sí, quedamos. Un beso. Adiós.

−Sigue Ma, que con tanta interrupción me estoy poniendo aún peor y además esta carretera me pone enfermo con tanto bache. ¡Mira éste!, voy a esquivarlo no te asustes. Bueno ¿Qué pasó con el tío ese?

−Buff, me tiemblan las manos y se me está acelerando el corazón. Mira era un hombre alto, de edad más que madura, diría que unos 60 años, decía frases en alto como si estuviera bebido; llevaba un abrigo sin abrochar, una chaqueta de traje y un pantalón que los bajos no pasaban de los tobillos, se le veían los calcetines blancos y sus zapatos estaban manchados de barro. Lo peor es que su bragueta estaba abierta. En realidad, lo primero que vi fue su…

−Ma, no, no, no puede ser. Dime que no, porfa.

−Sí, sí. Lo que vi fue su pene, ¡era enorme!

−No llores Ma. Tranquila. Será hijo de puta ¡Cabrón! ¿Has ido a denunciarlo?

−No corras tanto, no te alteres que nos podemos salir de la carretera. Me quedé paralizada, con la mente en blanco y sin pestañear, creo que le dije algo como “¡guarro tápate!”, pero tampoco estoy segura de ello. Vino hacia mí y lo hizo tan rápido, que solo me dio tiempo a darme la vuelta y a andar rápido, pero sin darme tiempo a correr. Mi intención era llegar cuanto antes a las primeras casas y que alguien me ayudara. Grité pidiendo socorro. Nunca imaginé encontrarme a alguien así en el pueblo y menos aún en la ermita que siempre hay gente.

− ¡Hijo puta el cerdo ese!¡pedazo cabrón, hostia! ¡si lo cojo lo reviento!

−De repente sentí su aliento alcohólico a la altura de mi cuello; era corpulento y extendió sus brazos inmovilizando mis hombros y antebrazos. Traté de defenderme intentando moverme violentamente, pero era un tío con mucha fuerza. Lancé varias patadas de tacón hacia atrás contra sus piernas o contra lo que pillara, pero no conseguí darle en ningún sitio.

− ¡Hijo de puta! Cabrón, cabrón. Si te cojo, no lo cuentas tío. ¡Puto asco de tío!

−Cuidado hijo, que nos chocamos, por favor ten cuidado. Vete más despacio. No merece la pena alterarse y que nos matemos.

−Ma, aunque me he alterado, no te preocupes, es sólo que he esquivado un bache. ¿Cómo te ha podido pasar eso? ¡Cabronazo, hijo de la gran puta! Si te cojo yo, te la corto, te la retuerzo por el pescuezo ¡Cabrón!

−Tranquilo, que estoy aquí y ya me ves que te lo estoy explicando lo más pausado posible. Bueno a ver, es que me da vergüenza decirte lo que ocurrió después, hijo. No te enfades que ya lo he denunciado. Ese tío asqueroso restregó su miembro, contra mi abrigo, por la espalda. Chillé y cuando puso su mano sobre mi boca intenté morderle los dedos, pero apretó tanto que no pude ni arañarle. Con todas mis fuerzas traté de soltarme moviéndome bruscamente del cerco de sus brazos y lo conseguí echándome a correr, pero me volvió a alcanzar; esta vez estaba preparada para darle unos buenos manotazos y me defendí también, dándole patadas en las piernas.

−Buff ¡Madre mía! ¡Será hijo de puta ese cabrón!

−Él me volvió a enganchar apretándome hacia su cuerpo; esta vez se arrimó tanto por delante que tuve mucho miedo de sufrir una violación allí mismo. Alguien que subía por el camino me debió oír gritar y acudió en mi ayuda.

−Y ese mamón ¿qué hizo?, ¡hijo de puta! ¿qué hizo?

−Tanto él como yo estábamos forcejeando fuertemente y ninguno nos dimos cuenta que alguien venía hacia nosotros. En medio de esa lucha apareció un chico joven que intentó separarlo de mí. Ya éramos dos contra él y me sentí más fuerte para defenderme. El viejo le pegó un par de guantazos y el chico, le dio un empujón que lo tiró al suelo, al fin y al cabo, estaba borracho y el muchacho estaba en forma; era fornido y corpulento.

− ¿Y no lo dejó inconsciente al puto cabrón?

−No, que va, intentó levantarse para venir a por nosotros de nuevo. Pero llegaron ya, varias personas y entre todos lo inmovilizaron agarrándolo fuertemente. Su bragueta seguía abierta y un pene flácido daba cuenta del estado enajenado del anciano.

− ¡Hay que joderse con el cabrón! Supongo, fuiste a denunciarlo inmediatamente a la guardia civil.

−Una mujer extendió su brazo sobre mi hombro y me ayudó a recomponerme y tranquilizarme. Oí a otra hablar por teléfono con un agente y diez minutos después estaba conmigo una pareja de la guardia civil.

− ¿Y Varda?, ¿se enteró de algo? ¿Fue hasta allí?

−Con todo ese jaleo, quedé bloqueada, alguien me preguntó si llamaban a algún familiar. No quería que te llamaran a ti y que me escucharas en ese estado tan lamentable. Y dije que no. A Varda la localizaron en seguida; alguien que estaba allí sabía quién era yo.

−Hiciste denuncia ¿no? ¡puto cabrón! Se lo llevarían a Juniel, al calabozo ¿no?

−Sí, hice una denuncia, estuve varias horas en la comandancia prestando declaración. Acabé muy cansada de todo el proceso y tendré que ir al juzgado en su momento porque habrá juicio. Bueno era una persona que no estaba bien, posiblemente estaba alcoholizado.

−Ma, eso no le exime de tener un comportamiento civilizado, nadie anda con la “chorra” al aire queriendo violentar o violar a una mujer. No le exculpes a ese pedazo puto cabrón. Si lo cojo, lo destrozo.

−Bueno quizá era un pobre hombre, mal de la cabeza, con problemas de alcoholismo y abandono y yo fui algo circunstancial que apareció por allí.

−De eso nada Ma. Voy a hablar con Jero, que ahora está en el despacho de abogados LexSensu para que te defienda.

−Bueno no te preocupes, la denuncia seguirá su curso. Pero sí, habla con él que necesitaré un abogado.

−Esto hay que solucionarlo y que tenga su merecido ese puto hijo puta. Y claro después lo del coche ¿no? Hay que joderse. ¡Puto cabrón!

−Con todo ese jaleo, el día ya fue anómalo, Varda intentó distraerme y no hablamos mucho más del asunto después de salir del cuartel, aunque yo no dejaba de pensar en ello. Se prestó a venir conmigo de vuelta a casa y regresar al día siguiente en autobús, pero la convencí que no había por qué dar más importancia al suceso. En realidad, minimizando las cosas, se podría decir que un viejo borracho se abalanzó contra mí, restregando su miembro, no había pasado más allá de mi abrigo. Pensándolo bien, tengo que decirte que fue todo algo violento y no dejo de pensar en lo que pudo haber sido el incidente, no sé, violación o yo que sé, hasta un posible mal golpe y… asesinato. A lo mejor estoy exagerando ahora que ya pasó todo ¿qué te parece a ti? Estoy llena de contradicciones.

−Ha sido fuertísimo Ma. No exageras para nada. No te ha violado, pero lo pudo hacer o yo qué sé que hubiera hecho ese pedazo Cabrón. Y quién sabe si un mal golpe en la cabeza, como dices, no te hubiera dejado allí en el sitio. ¡Hijo puta! Bueno voy a hablar con Jero inmediatamente cuando te deje.

−Recuerda que tienes que enviarle algo a tu jefe. Creo que lo más doloroso de encajar no es lo que ocurrió en sí, sino el imaginar lo que no fue y pudo pasar. Ya sabes pensar, pensar y seguir pensando en ello. Lo del coche fue ya para rematar el día. Y si pienso en Leo, todo lo veo negativo y triste. Pero mira, el testigo de aviso de falta de refrigerante en la pantalla del salpicadero, me hizo dejar de llorar y estar alerta en la carretera hasta llegar a casa. En vez de ponerme más nerviosa, me ayudó a tranquilizarme atendiendo a otra cosa totalmente diferente. Y cuando llegué Leo parecía estar esperándome y al acariciarle, movió su cola, lo que no hacía desde hacía unos meses por su demencia. Dormí muy mal, es cierto. Pero ahora una vez te lo he contado ya me siento mucho mejor hijo. Sé que me vas a ayudar.

−Ma. Lo siento que hayas pasado por eso. ¡Pedazo Cabrón!, ¡hijo de puta! ¡Puto cerdo! Claro que te voy a ayudar y llegaremos hasta el final, hasta encerrar a ese hijo de mala madre.

−Bueno ya está. Deja de maldecir, que ya sabes que no me gusta David. Mira, ahí hay un sitio bueno para que aparques en doble fila y me pueda bajar.

−Sí, te dejo aquí que luego doy la vuelta por esa rotonda y llego al estudio enseguida. ¿Cuánto tardas? Que te llevo de vuelta a casa.

−No, no te preocupes, no sé cuánto tardaré en el veterinario, luego quiero ir a comprar al súper, unas cosas que me hacen falta y les digo que me lo lleven a casa. Quiero regresar andando que tardo una hora y cuarto por el atajo y me viene bien moverme e ir superando lo ocurrido.

−No mujer, que no me cuesta nada y es mucho andando.

−Que no, que no, que prefiero ir andando por el atajo y el paseo marítimo, de verdad, ni te preocupes. Nada. Voy yo, que quiero ir andando.

−Es un momento en coche y prefiero llevarte. Me quedo más tranquilo.

− Qué no, cariño, ¡qué no! Voy a mi aire y así se me va pasando el susto.  Nos vemos el sábado en casa. Ya tengo ganas de ver a los niños. Te quiero.

-Y yo. Bueno Ma entonces te llamo en un rato.

−Vale. Adiós hijo.

−Adiós Ma.

En la mañana del lunes, de un inusual 29 de febrero, Carmela llamó por teléfono a su hijo David para que la llevara al veterinario, que estaba a siete quilómetros de su casa. Una avería en su coche, le impedía ir a la cita marcada con él, para ampliar el tratamiento de su perro Leo, que estaba casi en las últimas; se trataba de una cuestión de edad, difícil de resolver y cuyo desenlace se produciría tres días después por colapso multiorgánico. Carmela aún no estaba, lo suficientemente preparada, para afrontar esa ausencia. Ese episodio que iba a ser muy duro de encajar para ella, todavía no era su mayor problema o contratiempo. Esa mañana había pensado muchas maneras de contarle a su hijo David el intento de abuso o, mejor dicho, casi violación con agresividad, que había sufrido el día anterior, en el pueblo de su mejor amiga Varda. Después de pensar en varias alternativas, decidió que la mejor opción sería llamarlo por teléfono para que le viniera a buscar en coche, con el pretexto de que tenía que ir a por unos analgésicos para su perro y comprar algo que necesitaba, en la tienda. Sería un buen momento, en esos quince minutos de trayecto, para contárselo todo.

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