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Una pareja silenciosa
1
No se encontraba bien, sentía
que todo lo hacía mal, que cada decisión que tomaba para arreglar su
matrimonio, más lo estropeaba y empeoraba la relación con Séfora. Cuanto más
trabajaba para que todo fuera como antes, más se equivocaba agobiándola,
intentando convencerla de lo que él creía era una mala decisión. No sabía cómo
encajar esa determinación tan drástica que había tomado, por dejarlo, así tan
de repente. Era muy cansado cada noche convencerla de que siguiera a su lado,
pero ella no estaba bien con él y creía que ya no merecía la pena darse una
última oportunidad para continuar. Se habían arreglado en ocasiones y aunque
cada uno ponía de su parte, en cuanto pasaban unos meses, transitaban de la
ilusión al desencanto y de ahí a las ganas, sobre todo por parte de ella de “largarse de una vez”. Demasiados gritos
no calmaban su relación y por eso, ella tomó la determinación de hacerlo; no
tenía miedo a enfrentarse sola a lo que viniera, se sentía empoderada y
comprendió que era el momento de dejarlo. No había otra persona de la que
estuviera enamorada, y quiso dejarle claro que no le dejaba por otro.
Simplemente lo suyo ya no funcionaba. No sabía cómo había llegado a tanta
aversión, quizá la razón estaba en que no se sentía atraída por él. Todo
aquello que habían tenido, cuando hacía años se habían comprometido: la pasión,
o el cariño, se había desvanecido. En ese ambiente tan hostil no había besos,
ni afecto o estima y lo que era aún peor, habían dejado de amarse. Por todo
ello, Séfora fue perdiendo el hábito de acercarse a él y él se dio cuenta que
ya solo la quería para tenerla a su lado más como amiga que como esposa. Fue
así como entraron en conflicto y llegó un día que ella ya no pudo más; se le
enfrentó con gran discusión e incluso se atrevió a decirle que le había sido
infiel –que, aunque había sido verdad− no lo era en ese momento y se lo dijo
para que fuera más fácil la ruptura y que él dejara de negar lo evidente. Después
de un tiempo le envío los papeles del divorcio y aunque le costó reconocer que
la separación era ya un hecho, se convenció que lo mejor era firmarlos y dejar
esa etapa con ella para siempre.
2
A
Séfora no le fue fácil rehacer su vida. Le Fueron llegando problemas de esos
que no dejan dormir bien, esos que duelen por la escasez económica y los días
pasan lentos deseando que llegue un nuevo mes para tener un poco de respiro. Trabajó en diferentes bares, enlazando un
contrato con otro hasta llegar a la extenuación y al agotamiento. No le
agradaba lo que hacía, era infeliz y se odiaba por vivir de esa manera tan
precaria. Cuando vio el anuncio −pegado en la cristalera− de la confitería −por
la que todos los días pasaba− buscando a una persona para atender de cara al
público, no se lo pensó dos veces, entró en el establecimiento y se presentó a
la dueña para convencerla que ella tenía “la
dulzura” y el don de gentes para ese negocio, del que no sabía nada, pero
estaba dispuesta a aprenderlo todo. No se trataba de hacer repostería, se
trataba de vender y eso ella estaba convencida que lo podía hacer muy bien.
La
pastelería La Moderna era conocida por las Cilíndricas,
unas tartaletas rellenas de crema de avellana, que eran la marca que distinguía
su local del resto y sobre todo eran el orgullo de Doña Pepita, que era quién
las había inventado. El establecimiento se había quedado obsoleto y la
decoración junto con el mostrador era anticuado. Le quedaba medio año a la
propietaria para jubilarse y había decidido con su hijo −que ahora era el
repostero− que era el momento de contratar a alguien para ir reemplazándola. En
un futuro, cuando ella ya no estuviera en la tienda, su hijo, podría hacer los
cambios que quisiera para modernizar la confitería.
Enfrente
de ésta, había otra, más grande, más bonita, totalmente renovada y cuya
iluminación llamaba la atención; sabían cómo atraer al público vendiendo
pasteles, pastas y tartas. Los dos empleados no daban abasto a atender a los
clientes en días señalados.
Era sobradamente conocida la
rivalidad entre los dueños de los dos establecimientos; a veces los empleados de ambas se contaminaban de
esa mala relación. Ese malestar era provocado por la cercanía de los dos
negocios y sobre todo por vanas envidias con respecto a la clientela.
3
La última novia que había tenido Yoel, era una joven francesa, que
haciendo el camino de Santiago, se paró delante del escaparate de la
pastelería, observando fascinada unas bonitas cajas de madera. Antes de entrar
a comprar una para su madre −que sabía le iba a encantar− se sintió atraía por
la mirada del joven pelirrojo, de considerable estatura y delgadez extrema, de
piel blanquecina cubierto por infinidad de pecas, que despachaba en el
interior. Una vez dentro, comprobó su gran empatía, amabilidad y predisposición
a hacerse entender y entenderla. Ella hablaba más con gestos que con palabras,
sabía poco español y lo que podía decir era con tanto acento francés que no se
le entendía bien. Había sido un amor a primera vista para ambos. Ella se quedó en su piso el tiempo suficiente
para conocerse, pero lo que pareció para toda la vida, no tardó más que cinco
meses en saber que no estaban hechos el uno para el otro. Chocaban en muchas
cosas, quizá la barrera más profunda fuera la cultural. Mientras ella
disfrutaba con él, a solas, saboreando un buen vino, él disimulaba el desagrado
del “caldo” haciéndose pasar por un
alérgico a los taninos. Yoel era más de cervezas, ir de bar en bar y compartir
esos momentos no sólo con ella, sino con su grupo de amigos. La mayoría de las
veces se iba sola para casa decepcionada por no entender bien esa manera de
relacionarse con tanto ruido y todos a la vez. No se adaptaba a las costumbres
que él tenía. Además, proyectaba –erróneamente− una imagen de mujer reservada
que guardaba exageradamente su intimidad; no le gustaba cotillear y las amigas
de él la veían como una “rara” que se
dirigía a ellas tratándolas de “usted”.
Los horarios de las comidas eran algo inasumible; para ella, comer a las tres
de la tarde o cenar más allá de las 10 de la noche, la enfermaba en el sentido
literal. Un día se cansó de lo que ella llamaba “jaleo existencial” y como no estaba dispuesta a esos cambios tan
drásticos, hizo la mochila y siguió su camino. A él le pesó no haber hecho algo
más por ella, haber apostado por su relación cambiando algo de lo que le había
resultado difícil, pero no salió corriendo impidiendo que se fuera, muy al
contrario, se quedó en el sofá e incluso echó una cabezada para despejar el
remordimiento. Cuando despertó se convenció que ella no era la mujer adecuada para
él.
4
Le era raro a Séfora añorar su antiguo trabajo de camarera. Se aburría en la confitería, sobre todo por las tardes, que estaba sola sin el repostero y su madre; apenas dos o tres personas durante cuatro horas, se acercaban a comprar alguna Cilíndrica o ensaimada –que también las hacían muy ricas− y solo los domingos por la mañana había algo más de movimiento. Los minutos se le hacían largos y costaba digerir la tarde con tan poco cliente. La mayoría de los días cogía de la trastienda una banqueta y colocándola detrás del mostrador se sentaba, aliviando la pesadez de sus piernas; no sabía muy bien qué hacer o a dónde mirar; desbloqueaba el móvil, pero después de un buen rato mirando TikTok o Instagram lo cerraba guardándolo en el bolsillo de su bata y tan solo miraba, de vez en cuando, los mensajes de WhatsApp que le quitaban un poco el aburrimiento. A veces apoyaba los codos en el cristal del mostrador y como si fuera a dormir, dejaba caer su barbilla apoyándola entre sus manos. Cerraba los ojos sin dormirse y era cuando los pensamientos más negativos del día le venían a la cabeza; sentía que perdía el tiempo estando ahí, sin hacer nada productivo, y aunque el sueldo no era malo, no estaba hecha para tanto reposo. Sólo deseaba que dieran las 8 de la tarde para poder echar la persiana e irse a su casa. En esa posición tan relajada tenía una buena vista de todo lo que ocurría en el otro establecimiento, que distaba del suyo, a escasos metros, separados por una estrecha calle peatonal. La envidia le corroía por dentro, por la actividad frenética que tenían allí dentro, que contrastaba con todo su hastío. La Moderna estaba muerta, −en su opinión− a punto de cerrar si no cambiaban mucho las cosas. Por eso le atraía mirar a “aquellos” trabajar tanto y ahí estaba él, el chico pelirrojo que tanto interaccionaba con los clientes. Efectivamente lo veía atractivo y “guapetón” e incluso fantaseaba, pensando que podía llegar a algo con él.
5
Polvorones, bizcochos de soletilla, hojaldres, tartas, pastelitos de crema, chocolatinas y pastas −muchas pastas− no paraban de empaquetarlas en La Dulcería Matok; lo hacían por la mañana y continuaban por la tarde. Era la quinta generación de reposteros askenazí, dedicados a la elaboración de dulces y su fama traspasaba los límites regionales vendiendo sus dulces en unas cajitas de madera, en las que sus bisabuelos comenzaron guardando los amarguillos de almendra sobre fina oblea y ahora no solo las utilizaban para los almendrados, sino que también lo hacían para meter una exquisita selección de finas pastas de mantequilla con sabor a canela. El envoltorio, junto con las deliciosas y refinadas “galletas”, que iban en su interior, era tan retro y añejo, que se convirtió en el reclamo no solo de residentes, sino que lo era también de foráneos y se vendía de una manera exagerada, siendo el producto que más ingresos proporcionaba a la familia confitera.
6
Había días que Yoel llegaba agotado a su casa. No era común que en ese
tipo de negocio fueras atendido por un chico. Entró sustituyendo al que
repartía los encargos, que había cogido una baja por enfermedad y a él le
pareció que era una buena oportunidad sacarse un dinero mientras acaba sus
estudios. Su simpatía, le llevó pronto al mostrador del establecimiento. Los
Matok vieron que era un buen vendedor, amable, educado y su empatía, hacía de
él, un empleado muy apreciado y valioso en la relación con el cliente. Llevaba
trabajando con ellos, casi 10 años, era el único de su familia que no había
estudiado un grado universitario, pero había sido el primero de sus hermanos en
encontrar trabajo antes de acabar la FP de Hostelería. Solía cerrar él la
tienda diariamente. Desde hacía un mes coincidía, haciendo el mismo gesto con
la persiana −a las 8 de la tarde− con Séfora.
Los dos, espalda contra espalda, tan solo separados por una calle, alzaban su
brazo y agarrando la persiana metálica, la impulsaban hacia el suelo hasta
anclarla al candado estático que cerraba herméticamente la puerta. A veces Ella
solía vigilarle por el rabillo del ojo; le intrigaba hacia dónde iba y esperaba
unos segundos en la puerta, para verlo marchar. Varios días fue él quien esperó
en la verja a que ella se fuera y dándose la vuelta la miró por la misma razón
que ella lo solía hacer también. Hubo uno en el que se interpusieron,
cortándose el paso y no supieron qué hacer; él, bajando la mirada, le cedió su
lado derecho disculpándose y ella, se lo cedió también, excusándose con las mismas
palabras que había dicho él. Absurdamente se quedaron uno enfrente del otro y
una sonrisa por parte de ambos deshizo el fortuito encontronazo.
7
Fue así como Séfora y Yoel coincidieron, después de haber tenido ambos,
malas experiencias, de matrimonio ella y de pareja él. Un día quedaron para
tomar una cerveza y ese día les llevó a quedar otros muchos más. Parecían los Romeo y Julieta entre las familias
reposteras, escondiendo su relación; incluso se negaron uno al otro en varias
ocasiones por si eso les hacía perder el trabajo. Eran la moderación entendida
en el más amplio sentido de la palabra donde el cariño se sustentaba en el
respeto, la mesura y la sagacidad para mantener su amor escondido de la
rivalidad entre los de La Moderna y los de la Matok. Séfora, que tenía un
carácter más fuerte, estando cansada de fingir diariamente que no se conocían,
se plantó en la confitería de su novio y dando un pequeño manotazo en el
mostrador le dijo a Yoel delante de los que estaban allí:
−Acabo de dejar el trabajo. ¡A la mierda con todo!, estoy harta de seguir
fingiendo. Te quiero y no podemos seguir así ¡Qué lo sepan estos también y si
te echan, pues te echaron, ya veremos luego que hacemos!
A Yoel no le echaron; los confiteros no iban a encontrar a alguien tan
bueno como él que les llevara el negocio. Así que, siguió como todos los días
abriendo y cerrando la confitería. La gallardía de ella continuó proponiéndole matrimonio
y un año después estaban cortando la tarta que Los Matok habían hecho especialmente
para ellos.
8
En esta nueva alianza, Séfora, se prometió que no volvería a caer en una
relación difícil de soportar; lucharía por mantenerla y sería ella la que
llevaría las “riendas” de ambos. Por
el contrario, Yoel, se propuso quererla con todas sus fuerzas para que nunca se
fuera de su lado. Por eso se fue dejando hacer, estaba cómodo sin protestar,
aceptando todas las normas que ella iba creando entre ambos. Con los años más
que marido, parecía su asistente, una especie de complemento de ella, una
sombra de Séfora, yendo unos pasos siempre por detrás. Simplemente la admiraba.
Era raro verle tan sumiso, estar en un segundo plano y que ella hiciera o
deshiciera en todo momento. Curiosamente, a él no le importaba adoptar esa
posición en su relación; se encontraba bien, la quería y era querido, no
necesitaba nada más. Cuando su mejor amigo le dijo, despectivamente, que más
que marido, era como si fuera una pareja “silenciosa” de su mujer; se
sorprendió por el término que lo había calificado. Le gustó el adjetivo que lo
definía, no le pareció mal y lo hizo suyo. Comprendió que realmente era eso: no
quería ni imponer, ni mandar; con que le dejara estar queriéndola, como lo
hacía, a su lado, le bastaba. Quizá pesó mucho, esta vez, hacer todo lo posible
por no volver a cometer errores, como en relaciones pasadas. En cuanto a Séfora,
su comportamiento fue algo más exagerado; desde el primer momento que lo
conoció, estableció un vínculo de autoridad amable desde el apego, la estima y
el amor. Lo que pretendía era no volver a caer en una relación destructiva como
la que había tenido.
9
Un día a Séfora, Los Matok, le propusieron ser la encargada de la
confitería −por su arrojo, valor e intrepidez tomando decisiones− Yoel seguía
siendo ese vendedor excepcional, amable y atento.
Y ella no dijo que no.

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