Los enlaces covalentes del Grand Teton
Salí de la tienda de campaña, ya no podía soportar más lo incómodo de las piedras clavándose contra mi espalda; era insoportable el dolor de cadera por la dureza del terreno. Dormir sin colchoneta, directamente pegada al suelo, tan solo separada por un saco de entretiempo, había sido un error. La noche se me hizo muy larga, casi no dormí nada y en cuanto la oscuridad dio paso a algo de luz, me levanté y me fui. Los otros cuatro parecían estar cómodos; dormían sin molestarles la incomodidad del lugar y más de uno se hacía oír con sus ronquidos. Abrí la doble cremallera y haciendo el menor ruido posible, para no despertar al resto, salí hacia el pantalán que conectaba directamente con el muelle flotante; se trataba de una gran superficie de madera vieja soportada por pilotes directamente amarrados al fondo del lago. Me senté primero colgando las piernas y dejando que el agua fría cubriera mis pies; después plegándolas en posición de loto, admiré lo que tenía delante. Esa enormidad terrenal, ese volumen natural, esa magnitud iluminada por el sol; cobraba un valor espiritual de irrealidad, belleza y tonelaje rocoso, difícil de apreciar, por otra lente que no fuera la natural de mi retina. Era un espectáculo que tenía a gran distancia métrica, pero, sin embargo, lo veía tan cerca, que casi podía sentir toda su fuerza y naturaleza irrumpir en ese paisaje mágico, cayendo sobre mí. Emocionalmente estaba abducida por la luminosidad, la silueta de su pico más alto, por las rocas nevadas de la ladera y el reflejo de sus irregularidades proyectadas en el lago, como si fuera otra estribación simétrica complementaria y adornada por una vegetación salvaje en colores verdes, amarillos y ocres. En ese estado de éxtasis profundo, veneré ese paisaje tan limpio y claro. Entonces musitando frases como si se tratara de un rezo inventado, me atreví primero a dar gracias y después mis deseos se convirtieron en suplicas y ruegos para alcanzar el fin último de todo mi esfuerzo. Una y varias veces repetí demandas como si pensara que la montaña no me hubiera oído lo suficiente e incluso llegué a escuchar mi eco con las dos palabras que cerraban el círculo de mi petición − ¡Por favor, por favor! − y sí, unas lágrimas cayeron por mis mejillas asimilando toda esa emoción espontánea de contemplar tanta belleza innata y yo sin saber que todo eso estaba ahí para mí sola, esa mañana al amanecer. Y volví a repetir mi letanía como una retahíla de deseos. Ese paisaje en su conjunto era mi Dios en ese momento y prometí honrar al Grand Teton, egoístamente para siempre, si se cumplía mi deseo de…
Cuando salieron de la clínica a él le fue difícil consolarla, una tercera vez sin resultados era demasiado para seguir adelante y ambos se sentían tristes y sobre todo decepcionados de tanto esfuerzo mantenido en el tiempo para no tener resultados. Raquel no dejaba de llorar, las lágrimas le salían solas, eran una mezcla de cansancio, frustración y desencanto de un tratamiento, que no había conseguido el objetivo de gestar a su primer hijo. Días después cuando el ánimo de ambos se estaba estabilizando e intentaban normalizar su vida diaria dentro de esa falta de algo que los estaba consumiendo; él le sugirió si podían considerar el consejo último que habían escuchado −antes de salir de la Unidad de fertilidad− tan desesperados y renegando de la manera como se habían desarrollado las cosas. Ella levantó su dedo índice y haciendo un movimiento de negación aseveró que ya no quería someterse a ninguna prueba más, por cuarta vez; le era suficiente con lo vivido. Llorando, reconoció que estaba cansada de la estimulación ovárica, la punción folicular, todas las revisiones ginecológicas, la ingesta de fármacos, o las hormonas inyectables. Le hizo ver su cansancio y el no querer volver a pasar por situaciones tan incómodas como el meterle constantemente líquidos, o preparados al ovario. Odiaba la silla de obstetricia con esos estribos tan incómodos sujetando sus piernas y que la tensaban tanto que tenía que hacer grandes esfuerzos de concentración para poderse relajar con tanta observación y tratamiento. Raquel le dijo un no tan rotundo a Isaías, que él se prometió no volver a sacar el tema por si la convencía y las probabilidades de fracaso se cumplieran de nuevo. Ella deseaba tanto un hijo como él, pero desde que se habían puesto en manos del equipo de reproducción asistida del Ivinson Memorial Hospital −hacía unos cuatro años− tuvieron momentos de sentimientos encontrados y éstos iban cambiando según avanzaba el ciclo ginecológico pautado; por eso a veces estaban ilusionados y esperanzados; en esos momentos se sentían felices pensando ya en ver a su hijo entre sus brazos, pero con cada mala noticia peligraba su estabilidad y caían en una bajada emocional insoportable; y les ocurría a los dos por igual; se entristecían y ese descenso anímico y mental era el que no quería experimentar de nuevo ella. Con el último fracaso en la implantación ovárica −aunque lo vivió como una derrota− empezó a aceptar su propia naturaleza de no poder engendrar ese hijo tan deseado y él aceptó su decisión de abandonar cualquier nuevo experimento o tratamiento que su ginecóloga le pusiera delante, por muy esperanzador que fuera. Ambos comprendieron que esa ausencia era algo con lo que debían convivir y cuanto antes lo admitieran, iba a ser mejor para su relación de pareja. Por eso cuando Raquel recibió la llamada de la Drª. Peret proponiéndole como candidata para formar parte de un estudio novedoso con nuevos fármacos y diferentes procedimientos, para los casos más resistentes a la gestación, ella, escuchó pacientemente su propuesta y aunque dijo que se lo pensaría, ambas supieron que no se sometería a ninguna prueba más. Por entonces, Raquel e Isaías formaban parte del equipo multidisciplinar que trabajaba sobre la “Síntesis y modificación de moléculas basadas en enlaces covalentes” en el ENZI Building, departamento de química de la UW en Laramie. Ella estaba con una beca Fulbright y él con otra no menos importante de la Fundación Curie. Cuando agotaron el periodo de subvención y finalizaron el proyecto que les había traído a esta universidad, el jefe de departamento de química nuclear les propuso a ambos, continuar, ofreciéndoles una nueva línea de investigación en la “Síntesis y diseño de materiales a escala atómica y molecular”. Fue así como la UW los contrató como jóvenes químicos investigadores para una nueva disciplina basada en procesos de nanotecnología que estaba comenzando a desarrollarse en ese momento. Fue también por esa época cuando descubrieron que por más que lo intentaban, ella no se quedaba embarazada y aprovechando las buenas condiciones de su seguro médico, se pusieron en manos de la Drª. Peret y su equipo multidisciplinar de reproducción asistida.
Había llegado desde Madrid, una profesora, al departamento, para colaborar, durante mes y medio con nosotros en el laboratorio; más bien se trataba de poner en común la manera de trabajar y la resolución de datos de nuestro equipo con el suyo y aprender lo novedoso que podía aportar cada investigación. Muchos viernes quedábamos en casa con el jefe de departamento y algunos becarios y cuando ella vino, acudió también; éramos buenos anfitriones, y se nos daba bien serlo. Hacer unas tortillas de patata, unas croquetas, picotear un poco de jamón ibérico, mezclado con carne seca del desierto americano y una buena ensalada era la manera más fácil de poder relacionarnos entorno a una mesa y hablar de otras cosas diferentes a lo habitual de cada día en el laboratorio. Un buen vino y unas cervezas convertían esos pequeños momentos en algo único y diferente. Fue una de esas noches cuando planificamos el viaje a Yellowstone, hacía dos años que un incendio había acabado casi con la reserva natural y ahora lo estaban promocionando de manera exagerada con el eslogan de “Un nuevo comienzo”; me gustaba ese reclamo publicitario, era casi hecho para mí, yo también estaba en ello; en afianzarme como una nueva persona , sin obsesionarme por no ser madre; por tanto, darme una nueva oportunidad y comenzar sin angustias o decepciones y por extensión estaba incluido Isaías que igual que yo, había renunciado a ser padre. Nuestro problema no estaba muy claro, nos lo habían explicado en varias ocasiones y cuanto más lo hacían, menos lo entendíamos. Llegamos a la conclusión que se trataba de un conjunto de circunstancias autoinmunes que, al parecer, yo desarrollaba en mi cuerpo cuando mis óvulos y sus espermatozoides se juntaban y esa unión era un cataclismo difícil de prosperar en un embrión, aunque nunca dijeron que fuera algo “imposible” sin tratamiento alguno, pero claro, lo mejor era someterse a todo lo que me sometí y que tampoco llegó a nada; bueno llevó a comprender que en nuestra pareja, no había nada que hacer para que las cosas salieran bien en ese tema.
Ese eslogan del “Nuevo comienzo” nos animó a visitar el parque nacional de Yellowstone; para mí lo mejor del viaje fue, sin dudarlo, el sentir la vibración del Grand Teton y como caí en un trance que me llevó a comunicar con lo más profundo de mi interior, a través de su magnitud y todos los soliloquios que le dediqué, sin obtener respuesta alguna. Lo mío fue una verborrea demasiado emocional en la que acabé gritándole:
− “¡Dime por qué yo no, por qué no puedo como otras!” −y le seguí suplicando − “¡Por favor haz que me quede embarazada!” “¡por favor, por favor!” Yo misma me sorprendí de mi actitud tan rogativa, quizá me emocionó su belleza; vi un ente superior enfrente de mí y me lancé a pedirle algo que creía haber superado. Así que teniéndole delante y estando en la soledad de ese inmenso paraje, repetí para mis adentros las dos palabras con las que sabía esa colosal estribación me iba a entender.
− ¡Por favor, por favor, por favor!
Me pitaron los oídos y lo interpreté como una señal positiva, una marca de esperanza y unas ganas eufóricas de conseguirlo e incluso me convencí que podía ser así, sin más, y sin ningún tratamiento. Ese momento tan espiritual se rompió cuando oí que me llamaban para regresar hacia la tienda de campaña y seguir el viaje hacia Yellowstone. Y cuando los vi a ellos ya montados en la furgoneta, pensé que me había conmovido demasiado, estando sola, viendo lo espectacular de los bordes de esa sierra, con el lago tan en calma, y los colores del bosque que se extendía como un valle, al final de las laderas del Grand Teton.
Fue un viaje excepcional; realmente disfrutaron de cuatro días por los dos parques Nacionales de los que el estado de Wyoming estaba orgulloso. Las anécdotas de ese viaje estuvieron presentes a lo largo de su vida y Raquel rememoraría en muchísimas ocasiones aquel momento tan místico, aunque no fuera capaz de describir bien a Isaías, lo que sintió en su particular santuario natural. Ambos continuaron su día a día en el laboratorio. Se compraron una casa no muy lejos de la UW; se acostumbraron a la manera de vivir de la ciudad y crearon un saludable grupo de amigos y conocidos. Pasaban horas en el laboratorio; Isaías investigando sobre las nuevas estructuras y dispositivos de control de la materia a nivel de átomos y Raquel apoyando sus logros con el diseño y modelado molecular computacional. Varios artículos en la revista Nature firmados con su jefe, el doctor Phillips Steynman, les había impulsado primero a él y meses después a ella, a ser los perfectos candidatos a impartir asignaturas del programa de Postgrado en Física y Nanotecnología.
Después de nuestro viaje, pensé que algo extraordinario ocurriría en mi cuerpo pasados unos 28 días, y deseaba con ganas que sucediera lo que por otro lado era difícil de suceder; después de varios días la regla tiño con decepción la ilusión que había puesto yo en mi peculiar plegaria al Grand Teton, y aunque tenía el temor de que pudiera venirme, me fastidió romper el hechizo de mi creencia. Con escepticismo esperé varios meses a que las señales de mi cuerpo experimentaran algún cambio, por ejemplo: un dolor pélvico, una hinchazón mamaría o unos vómitos matutinos. Pero eso no ocurrió. Ese estado de espera con el tiempo, dejó de ser un problema, convirtiéndose en algo cotidiano, aunque en ocasiones me obsesionaba con la idea de no ver la casa llena de niños, quizá había visto demasiadas películas idealizando las familias numerosas. Por esa razón nos planteamos adoptar, pero nunca dimos los pasos suficientes para ello. Hablábamos de la adopción, como una especie de consolación, era el último recurso, la última carta a jugar o el último tren que nos quedaba por coger. Lo malo era que sólo nos lo planteábamos cuando nos enterábamos que alguien de nuestro entorno estaba embarazada y una cierta envidia nos removía por dentro. Yo lo pasaba peor que Isaías, solía aislarme del grupo y hasta llegaba a ser una persona asocial y desagradable y esto empezó a interferir en nuestra relación.
Años después de aquel viaje tan sorprendente por los parques Nacionales de Wyoming, Isaías y Raquel se separaron. El “no embarazo” lo contaminó todo, casi hasta convertirse, no sólo en obsesión, sino en algo que rozaba la enfermedad mental −sobre todo de ella− por no tener ese hijo tan deseado y fue tal el daño que le hizo, que no sólo se llevó por delante su matrimonio, sino que peligró su carrera profesional en la UW; varias bajas laborales estuvieron a punto de rescindir su contrato como investigadora. Él hizo mucho esfuerzo por cuidarla, por buscar alternativas gratificantes en la pareja, pero no encontró la manera de seguir adelante con ella. Se podría decir que llegaron a aborrecerse; estaban tan cansados uno del otro que ya hacían por no verse y coincidir lo menos posible en el apartamento: él hacía horas extras en el laboratorio inmerso en computaciones infinitas y ella se ofreció, a dar más horas lectivas de las que le correspondía; fue así como cayó en un estado de depresión y tuvo que dejarlo todo. Con esa manera de estar, les era muy difícil convivir a diario; compartir, por la noche, la cama les causaba estímulos negativos y cada uno se acurrucaba hacia el lado contrario para no tocarse; hacía tiempo que no hacían el amor. Llegó un momento que les costaba hasta hablarse, y cuando se comunicaban lo hacían de manera relacional para reprocharse siempre algo. Fue así como la pareja agotó todos los lazos de unión y ya no vieron la manera de seguir adelante juntos. Después de firmar los papeles del divorcio, Isaías hizo una estancia en la universidad de Oslo, en principio era por seis meses, pero la investigación le llevó a permanecer allí casi dos años. En realidad, lo que quería era huir de Laramie por un tiempo, poner tierra de por medio y experimentar otra manera de entender las cosas, otra manera de vivir. A Raquel le costó recuperarse de su ausencia, aun sabiendo que su relación era insalvable, en el fondo se sentía culpable por cómo habían terminado y se odiaba por la forma tan drástica en la que se había precipitado toda su vida juntos. No dejaba de pensar que ella había sido la causante de tanto deseo y aunque no había formado una familia como ella había imaginado, un dolor punzante en su interior le recordaba, a menudo, que había forzado demasiado por conseguirlo y le llevó tiempo dejar de sentirse mal por haber destrozado su pareja. Raquel regresó a España, lo hizo por el tiempo suficiente, para recobrar un estado emocional más equilibrado y poder volver a sus clases totalmente recuperada. Cuando Isaías regresó a Laramie, no lo hizo solo, se había enamorado de una joven noruega que nada tenía que ver con el mundo académico. Se conocieron en una cafetería, era una amiga de uno de los compañeros de laboratorio y desde entonces no se habían separado. Tres meses antes de su vuelta, ella le dijo que estaba embarazada y en pleno vuelo por el ártico supo que tendría una niña. En el viaje de vuelta de Raquel −a su apartamento de Laramie− entró al avión con el estómago revuelto y una vez que éste se puso en marcha, su indigestión fue tan exagerada, que se sintió morir. Al llegar al aeropuerto la estaba esperando una ambulancia.
Sabía que en algún momento me iba a encontrar con Isaías, a pesar que yo había cambiado de laboratorio y estaba en otro edificio de la UW, pero era fácil que sucediera en la cafetería del campus, así que tarde o temprano íbamos a coincidir. Alguien me había dicho que acababa de tener una niña y lejos de estar celosa, me sentía plenamente feliz. Tras mi accidentado vuelo de regreso, en el hospital me hicieron todo tipo de pruebas, una de ellas fue la más concluyente sobre el resto y no dejaba duda de cuál era mi estado físico en este preciso momento. Esa evidencia tan irrefutable me llevó de nuevo a la Drª. Peret; fue ella la que con las pruebas en la mano me confirmó que mi dolencia y malestar en el pasaje tenían una explicación muy evidente y la razón de tanto vómito no había sido otra que estar en los inicios de un embarazo.
Raquel intuyó cuando había ocurrido, y sobre todo supo bien con quien; había sido una tarde de tormenta después de muchas horas en la caseta de la feria. No recordaba quién se lo había presentado, llevaba un gran número de manzanilla con hierbabuena en el cuerpo y no tenía claro muchas cosas de las ocurridas allí. Unas miradas, unos pases por bulerías, unas sensuales sevillanas, unos acordes de guitarra y el deseo de amarse fue intenso por ambas partes. Con los primeros truenos, él la invitó a su casa. Escuchando la lluvia torrencial sintieron como sus cuerpos se deshacían en deseo, −puro placer, casi un acto salvaje− no hubo nada premeditado en su unión y esa espontaneidad convirtió el acto en algo muy especial. De madrugada, sigilosamente, ella salió de su casa sin despedirse. Nunca tuvo la intención de volver a contactar con él y el artista tampoco dio ninguna señal de querer tener nada con ella.
Allí estaba Isaías con un grupo de profesores, al fondo a la izquierda, en la última mesa de la cafetería del campus. Lo vi desde la barra, cuando el camarero me preguntó qué quería tomar; nerviosamente pedí varias consumiciones, quizá fue para hacerle creer que no estaba sola o tal vez fue para contrarrestar la noticia que acababa de recibir. Y lo normal hubiera sido saludarlo, no había por qué no hacerlo, hacía tiempo que no nos veíamos y nuestros problemas ya estaban superados, pero hice como que no lo veía, es posible que el hiciera lo mismo también. Unos veinte minutos antes, acababa de recibir un mensaje de la Drª. Peret con una frase escueta, un poco misteriosa e inquietante: − ¡llámame!!!!!!!− lo había escrito con muchas admiraciones y aunque me asusté al leerlo, no parecía un mensaje amenazador. La amniocentesis indicaba que todo estaba normal; la sorpresa, en los resultados finales, era otra cosa muy llamativa y totalmente inesperada. Por eso cuando escuché lo que me decía a través del teléfono, me quedé atónita. Fue entonces cuando pensé que no sólo lo había conseguido, sino que lo había hecho por partida doble. Fue Isaías el que vino a saludarme; en ese primer momento, sobreactuamos, sin saber muy bien qué hacer o qué decirnos; nos reímos nerviosamente y la comunicación fue un poco rara. Yo quería decirle lo qué me pasaba, quería que participara de mi alegría y supongo que él también quería decirme lo que ya le había pasado. Fue así, con frases escuetas, como nos enteramos de la vida del otro; Isaías me dijo:
−Sabes que he tenido una niña ¿no?, es preciosa se llama Anikka.
Y entonces yo, acordándome de aquel amanecer tan especial con todas mis súplicas al Gran Teton, le dije muy emocionada y entre susurros:
− ¡Me acabo de enterar que voy a ser madre de gemelos!
domingo, 19 de abril de 2026
SÍNTESIS MOLECULAR
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