miércoles, 23 de agosto de 2023

DÍA DE FIESTA




El camino de la Culebra

Puse un pie en el polvo del camino y después el otro se tropezó con las piedras que apuntalaban la senda hasta la ermita donde el santo celebraba su día. Que mala suerte de herida en la rodilla. La quemazón en los nudillos y la piel rasgada de las palmas de las manos me escocían tanto que me hicieron llorar. Se oía el eco del tamboril y las castañuelas. Quería estar allí, bailando con todos y que Tito se fijara en mí. Era un día importante en el año, era la fiesta principal.

Mi aspecto era lamentable. Me quedé en el suelo maldiciendo mi suerte. El vestido de gasa se había rasgado, haciéndose un girón considerable en la parte izquierda, dejando así al descubierto la braga de encaje negro. Con rabia me recriminaba a mí misma por haber tardado tanto en prepararme, y por haber elegido ir por mi cuenta al encuentro de los “pendones” que acompañaban la procesión. El camino de la Culebra no era el más indicado para andarlo con cuñas y aparecer como “una reina” en medio del gentío. Decidí desandar lo andado y volverme a mi casa con cierta vergüenza y pudor. Escuchaba en mis oídos la reprimenda de mi madre y las carcajadas de mi hermano pequeño, burlándose de la tontería que acababa de hacer. Realmente si sabía lo complicado y tortuoso del camino, era difícil entender por qué ese día yo había decidido ir por ahí y no coger por la carretera rural como el resto.

Era un fastidio aparecer de esa manara en la fiesta y que todos murmuraran sobre lo que me había pasado, pero escuchar burlas y riñas de los míos no iba a ser más agradable. Así que pensé que era buen momento para perderse un par de horas entre encinas, robles y campos de trigo. Más tarde, buscaría una excusa a mi ausencia. No era muy cómodo estar tumbada encima de las espigas y los terrones de tierra. El tiempo pasaba muy lentamente. No sabía muy bien que hacer, no era divertido mirar todo el tiempo al cielo azul y esperar que algo ocurriera. Intenté agarrar las dos partes rasgadas del vestido, pero no había manera de cerrar la abertura que llegaba casi hasta la cintura. Cuando estaba con la espalda girada, intentando hacer un nudo para disimular la parte de mi cuerpo que quedaba al aire y no parecer tan pornográfica; sentí casi a unos palmos de mí, la presencia de un corzo. Di un suspiro de susto y él retrocedió de inmediato perdiéndose entre los arbustos y lo hizo tan rápido que no me dio tiempo a tener miedo. No pasaron más de dos minutos cuando oí unos disparos intermitentes. Eso me asustó mucho más porque no quería que me dispararan a mí. Me agaché involuntariamente y enseguida, sin pensar en las consecuencias, asomé la cabeza y después la mitad de mi cuerpo se levantó por encima del trigo. Supongo que lo hice para que me vieran y no me confundieran con ninguna presa. No estaban tan cerca como creía. Allí no había nadie. Se oía mucho jaleo de perros y crepitar de hojas. No conseguía ver bien en qué dirección se estaban moviendo. Volví a oír varios disparos e instintivamente volví a agacharme. Quería gritar socorro y levantar mis brazos para ser vista, pero quién sabe si eso hubiera sido mi perdición. Podría ser confundida con cualquier animal moviéndose entre las espigas y un disparo rápido y nervioso de uno de los cazadores me hubiera alcanzado, hiriéndome o lo que hubiera sido peor: matándome.

El miedo eligió por mí. Me quedé acurrucada como un ovillo tocando las raíces de las plantas, inmóvil y aterrada, sin decir nada. Cerré los ojos y pensé: −Lo que tenga que pasar, que pase.

En esa situación límite entendí que lo mejor era no escoger, aunque sin hacer nada estaba escogiendo y mi decisión era más que crucial. Dos disparos impactaron no lejos de donde estaba. Cruce los dedos para que no hubiera caído el corzo y sobre todo para que los siguientes no fueran contra mí. Si él hubiera sido el herido, no era difícil pensar que la próxima presa que podría caer sería yo.

En la posición que estaba el sol impactaba directamente en mi espalda, pero de repente dejó de hacerlo. Con la variación térmica, me incorporé despacio para ver que me hacía sombra. Lo primero que pensé era que sería el cuerpo del cazador apuntándome y sorprendiéndose de mi presencia en ese lugar. Estaba claro que yo no era ningún animal. Pero no, la sombra era producida por unos nubarrones de tormenta que amenazaban con descargar en pocos minutos. No volví a escuchar ninguna detonación y ya sólo a lo lejos oí la agitación de los perros que se replegaban con aullidos de miedo por la descarga repentina que estaba a punto de caer.  Siempre me había asustado el estruendo de los truenos y la luz tan inquietante de los rayos sobre todo de noche. Ese sonido tan fiero, esos destellos en el horizonte, esa manera de caer agua tan dañina. Levanté los brazos como dando las gracias a ese “pedazo” de nube, a esa manera tan espontánea y fácil de salvar mi pellejo. Bendita agua cayendo por mi cara y dejando mi cuerpo casi al desnudo por las trasparencias de la ropa mojada.

No encontraba palabras para tanto alivio. Ya no me dolía el cuerpo magullado y me puse a danzar dando vueltas sobre mi misma como si fuera un indio alrededor de una hoguera. Volví a coger el camino de la Culebra para llegar cuanto antes a mi casa. Ya tenía la disculpa perfecta para el regreso repentino. Entre las encinas unos ojos empataron con los míos. Supe que eran los del corzo. Estaba vivo, como yo. Me incliné ante él como si fuera mi salvador y al incorporarme de nuevo ya había desaparecido.

La tormenta había hecho correr por la Culebra a los que animaban la procesión con sus castañuelas. En la campa de la fiesta o junto a la ermita no había cobijo para semejante chaparrón. Así que tomar la misma senda que yo, era en ese momento, la opción más rápida para llegar cuanto antes al pueblo. Entre todo ese bullicio que bajaba despavorido también venía Tito. En cuanto me vio me susurró al oído: −te he echado de menos ahí arriba.

Me tapó con su chaqueta, echó su brazo por mis hombros y yo automáticamente extendí mi brazo a través de su cintura. En ese momento sentí una felicidad ansiosa recordando todo lo que me había pasado. Si no hubiera sido por mi empeño en subir sola a la ermita del Quero y el tropezón en el camino de la Culebra, posiblemente nada de lo que vino después me hubiera ocurrido…era una mujer afortunada.



 

miércoles, 5 de julio de 2023

DEFINIR LA AMISTAD

 



EL CÍRCULO

Cuando entré en la sala de terapia y vi a esa gente haciendo un círculo, sentí que aquello no iba conmigo, que no tenía nada que ver con ellos. Parecían tal cual “unos personajes” sacados de las series americanas. Al pasar el umbral de la puerta se hizo un silencio molesto con mi presencia.

Siéntese por favor, considérese bienvenida, le hemos dejado esa silla para usted al lado de Emmet y  Lena.

Me quedé inmóvil sin saber cómo avanzar. Me sentía ridícula y un tanto avergonzada. Se me pasó por la cabeza salir huyendo y olvidar mi impulso de nuevos experimentos terapéuticos. Realmente lo que me pasaba no era para tanto, sólo era una cierta molestia por algunas actitudes que me incomodaban y sentía el vacío de los que en otro tiempo no dejaban de contactar.

Por favor, Olivia, sin miedo. Pase, tome asiento, verá como entre todos sacamos algo en claro que la pueda ayudar a ver las cosas desde otra perspectiva.

Cuando contacté con el terapeuta por teléfono para pedir una cita, me sugirió la posibilidad de formar parte de un grupo de terapia en el que todos estaban dolidos por lo mismo que yo. O sea, “la puñetera” falta de amistad y su silencio. Me sugería, que poniendo en común, lo que nos pasaba, es decir, nuestras miserias, podría haber esperanza para todos y juntos podríamos llegar a definir qué era La Amistad. Aunque no me había quedado claro hacia dónde me llevarían las opiniones de unos cuantos “chalados” que se sentían solos. Cómo convertir sus palabras en válidas para paliar mi enfado, por ser la parte ignorada de los que creía mis amigos y no por falta de poner ganas por mi parte, sino por la “nada” de todos ellos. Yo no me sentía sola. No tenía las ganas de lamentar la soledad en ningún momento del día. Lo que me fastidiaba era no estar en los planes de nadie. Me sentía desamparada como cuando era niña y jugaba al escondite con mis amigas. Ellas se escondían tanto que al no encontrarlas me iba a casa desolada,  con la sensación de que habían desaparecido a propósito para no estar conmigo. Eso sí que era una puñalada de abandono, como la siento ahora también.

Por eso dudaba de que lo que me proponía el terapeuta, podría llevarme a un cambio de situación. Porque estaba convencida, que yo no era la que había dejado al resto. Nunca lo había hecho y sin embargo prescindían casi por completo de mí. Vamos que me decían a la cara: –pasamos de ti, tía. Era como jugar de nuevo al escondite con una panda de adultos.

Por eso, que lo más normal, era darle, al terapeuta, la lista de mis contactos y que él les llamara para que fueran ellos los que asistieran a la terapia grupal. Esto sería una excentricidad y raro “de cojones”, pero divertido. Como le dije a él: − Yo no tengo problemas y a la vez pensé dándome una palmada en la frente −y entonces ¿para qué le llamas?

El terapeuta se río con mis ocurrencias y casi me convenció para que asistiera sólo a una cita y probara por una vez. Con mis inseguridades de toma de decisiones, no me atreví a concertar la cita que me proponía. Al colgar me quedó una sensación de malestar. Ese tipo de rollos me dan “alergia”. No me van bien las terapias grupales. Aunque no haya ido a ninguna en mi vida. Seguro que ahí no iba a encajar. Además, ¿Por qué unos desconocidos me explicarían la razón de mi inestabilidad? si yo tenía unas pautas claras, un esquema diferenciado de lo que era “la Amistad”, con mayúscula, sobre otros valores. Era una forma de Vida, aunque en estos momentos sólo era mera teoría, “papel mojado”. Más bien me estaba convirtiendo en una experta del valor de la Enemistad.  Vamos que no me quedaba nada para comprender este sentimiento, que me había llevado directa a una gran decepción. Yo misma me repetía –¡No digas bobadas y pasa página!

Volví a marcar el número de la clínica terapéutica y unos segundos después ya tenía la fecha anotada en el calendario del frigorífico.

Qué podría decir al grupo, -qué me siento perdida, desconectada, aislada, abandonada. Los nuevos gurús que escriben en “los Semanales”, sobre cómo hacer que nuestra vida sea óptima y longeva, dicen que las relaciones sociales son el mejor pasaporte para conseguir pasar la franja de los 80. En mi caso estoy perdida. Me quedan pocos años de vida, cero relaciones amistosas. Por tanto, resto cero.

Por favor Olivia, siéntese, la esperábamos. Puede presentarse y decirnos que le ha llevado a venir hoy aquí.

¡Qué pregunta tan directa! Tragué saliva, y balbuceé mi nombre, después tartamudeé un par de obviedades. Si hubiera podido meter la cabeza bajo tierra, lo hubiera hecho sin dudarlo y si hubiera tenido fuerzas para correr y “pirarme”, desde luego que hubiera puesto mis pies en las antípodas de ese lugar. Un calor sofocante me subió de la cintura hasta la frente y supe que mi timidez me iba a jugar una mala pasada. Al final de mi ridícula disertación llegué a decir: −“lo mío es un problema de no entender bien la Amistad. He llegado a la conclusión de ser una experta en enemistades”. Me sentía tan resabiada con lo que acaba de decir, que para rematar aún más mi cursilería añadí:      Pero nada serio. Lo puedo arreglar sin necesidad de estar aquí…esto les dejaba más que claro mi idiotez. Me levanté de la silla con intención de salir de aquel círculo.

El terapeuta superpuso su voz a mis últimas palabras: −la amistad es una palabra fácil de decir, compleja de entender. Es parte de la vida, las relaciones y sus dificultades. No se vaya Olivia, podemos ayudarle y entre todos explicarle en que consiste ese concepto tan usado y tan complicado de llevar a la práctica. Todos tenemos nuestra visión de lo qué es y la mayoría somos expertos buscadores de ella, no siempre la encontramos y muchas veces la perdemos. Denos la oportunidad de conectar con usted, de comprobar si alguno de nosotros puede hacerle entender de qué va y de explicarle lo complejo que es llegar a conservar un solo amigo a lo largo de toda una vida. Toda su disertación me sonó a una oración religiosa. Podría repetirla las veces que fuera y siempre me sonaría igual.

Alguien dijo: −Total ya has venido, no vas a perder nada por estar aquí una hora y contarnos tu historia. La mayoría nos sentimos desvalidos, tristes y solos. Si no estuviéramos tan angustiados ¿tú te crees que estaríamos aquí? Así que, ¿qué diablos te pasa a ti con la amistad?

Me abrumó tanta atención, y preferí sentarme de nuevo en la silla que me habían asignado. Tenían razón, si estaban allí, no era por gusto sino por la falta de algo.

Yo sólo quería respuestas, pero no a la soledad que no padecía de ella, sino a la decepción, al desprecio y al desinterés. A esa especie de acoso psicológico al que estaba sometida por los que habían estado a mi lado.

Una mujer levantó la mano, llamando la atención del resto.  Con voz estridente dijo: –La amistad está sobrevalorada.

 Hacía unos días que yo me había repetido esa misma frase casi cien veces, e incluso pensé en tatuármela en el antebrazo, para leerla siempre que mi ánimo decayera. Pero no era más que un autoengaño, un empoderamiento ilusorio. Una frase sin más, totalmente hueca y sin mucho sentido.

Casi con monosílabos y hablando más bajo de lo normal les dije: −Creo que para mis amigos ya no soy necesaria. Ese era el núcleo de mi pérdida: NO-SER-NECESARIA.

Alguien dijo: −¡vaya pues sí que das lastima, sí! Yo también me quedé sin nadie, claro que lo mío fue culpa del alcohol, que se llevó por delante lo poco que me quedaba.

Un murmullo de experiencias alentó al grupo a contar pedazos amargos de sus vidas, pero creo que ninguno se sentía tan “tirado” como yo en ese momento.

El terapeuta me ayudó a salir de mi parálisis mental. Ciertas preguntas me activaron y la rabia me hizo poco a poco soltar toda la angustia que me oprimía.

_Yo sólo quería tener una llamada de ánimo, un cómo estás.., un quedamos…, un no te preocupes, te ayudo en lo que necesites… Te invito a cenar…, o salimos por…, vamos de compras…, sabes la noticia de mi hija, pues que se ca… o mira lo que me ha pasado… te voy a visitar… A la vuelta de mis vacaciones te llamo… Y lo peor de todo es que nada de eso ocurrió.

_¿Tú qué has hecho para…esas cinco palabras del terapeuta fueron suficientes para que estallara. Es que no le dejé ni pronunciar la última palabra de la frase y salté como un muelle. _Que qué hecho…pues cansarme de intentar quedar una y “mil veces más”. Pasar horas mirando el móvil por si alguien se acordaba de mí o enviando mensajes que no han sido vistos y menos aún contestados. Todo esto no hace más que ahondar en un sentimiento de desprecio o mejor percibir el maltrato del que te ignora. Para mis adentros le decía: -¿Te parece poco trabajo invertir en todo eso y toda esta energía por no perder la amistad?

El terapeuta trató de reconducir el sin sentido de opiniones y consejos que se habían generado con la “frasecita”.

Con voz grave, por encima de todo ese ruido me preguntó:_¿En quién te apoyas ahora Olivia?

A mí sólo me salió decir pausadamente: _Yo, en nadie. Hubiera estado bien llorar y aflojar toda mi tensión.

Lo de llorar era otro tema, no era capaz de hacerlo, no me salía ni una gota, incluso me había propuesto escuchar música que me evocara un sentimiento de llanto y que por fin surgieran las ganas de hacerlo hasta hartarme y echar todo el dolor que llevaba dentro. Pero sólo había conseguido una ligera lágrima escuchado a Burke en “Don’t give up on me”. Su tristeza era tan contagiosa que me sentía como él, rogando que “no renunciaran a mí”, pero de ahí a llorar desconsoladamente había un gran camino que aún no había recorrido. Aunque por esta vez casi agradecí no hacerlo. Me hubiera dado mucha vergüenza ponerme en esa situación, tan vulnerable, delante de unos desconocidos. Estaba claro que necesitaba ayuda para arreglar algunas cosas de mi vida, pero llorar en la terapia, no estaba dentro de mis planes.

Como nadie dijo nada, supuse que todos los del círculo estaban como yo, faltos de alguien, así que deduje que lo que me pasaba a mí, le pasaba en cierta manera a todos ellos.

–El terapeuta se empeñaba en preguntarnos: −¿Queda algo en sus relaciones sociales, que aún les una a alguien?, ¿algo a lo que puedan agarrarse?, aunque sólo sea un hilo. Pero un simple hilo del que poder tirar y empezar de nuevo.

Sentí como alguno se angustiaba con esa idea de no tener a nadie. Cabizbajos, sin decir ni una palabra más, le escuchamos decir: −Piensen en esto, puede ser interesante. Siempre hay algo de lo que poder tirar. Hablamos en 15 días. y con las mismas se levantó de su butaca y nos invitó a salir de la sala.

¡Cómo!, ¿ya ha terminado la terapia? ¿ya han pasado los 60 minutos? Ahora que empezaba a animarse la sesión se había acabado. ¡Qué fastidio!

Yo quería haber dicho que no tenía hilo al que sujetarme, no era la primera vez que había intentado empezar de nuevo con mis amistades. En mi caso la hebra a la que me agarraba se soltaba de su  bobina con facilidad y por eso estaba como estaba.

De esa sala salí con la idea que ninguno de los que estábamos allí, excepto el terapeuta, sabía definir la amistad, no porque no supiéramos qué era, sino porque no la habíamos sabido manejar.  Éramos especialistas en no conocerla y sobre todo parecíamos expertos en perderla. Quizá no era yo la única en sentir que el vacío de “los otros” no me era ajeno.

Me despedí con la sensación de no volver más, a pesar de que la terapia se había pasado sin darme cuenta.

Dos semanas después estaba llamando al timbre para quedar con ese puñado de desconsolados, deprimidos y afligidos.

 ¿Serían ellos, los de ese círculo, otro tipo de amistad?

martes, 28 de febrero de 2023

DIME QUIÉN TE AYUDÓ A TI

 


“Un "kamikaze" fue interceptado, por la guardia civil de tráfico, a las 21:45 del jueves 25 de febrero en la autopista AP203 dirección La Silva, después que una mujer extremadamente nerviosa llamara al 112 y, diera la voz de alarma. Sorprendentemente ella y su marido salieron ilesos del suceso, gracias a la calma y pericia de él, que era quién conducía en ese trayecto. El joven triplicaba la tasa de alcoholemia y aunque confesó que no buscaba el choque frontal, sí admitió sentir la excitación de hacer algo prohibido al entrar en dirección contraria por la autopista…” La Gazeta del Rontel

He puesto en riesgo mi vida tres veces. Más bien me han puesto en riesgo a mí y en las tres aquí sigo bien. Aunque de esta última vez, aún llevo el susto en el cuerpo, sigo con el vello erizado imaginando lo que podría haber pasado. En ese momento tan peligroso y tan perjudicial para nosotros, no me dio tiempo a pensar que podía morir. Que podíamos morir. Sólo vi que venía un coche de frente. Fijé mi vista en sus luces de cruce y no recuerdo mucho más. No me percaté de la marca del vehículo o del color de su carrocería y mucho menos memoricé su matrícula. Haciendo un gran esfuerzo de memoria podría decir que era un coche plateado, pero no lo podría certificar ante un juez. En los instantes posteriores, al minuto mismo de suceder, sentí que podríamos haber muerto y que todo ese “Mundo” organizado en torno a nosotros se hubiera desplomado y colapsado si hubiera habido un choque frontal. Ya sé, que tengo que desterrar esos pensamientos tan tremendistas, pero soy incapaz de ver la situación con cierta positividad y menos aun banalizando los daños que podríamos haber sufrido o el profundo dolor que hubiéramos causado a los nuestros, sin provocarlo. Esta vez, como las dos anteriores no he visto pasar mi vida por delante de mis ojos. Es curioso, porque hay gente que afirma ver en instantes, años y años de vida. Yo creo que eso es muy de las películas, que no pasa en realidad. El cerebro te ayuda sin más, a gestionar el trance y a reaccionar sin pensarlo mucho. En décimas de segundo, la suerte o la desgracia se mide en una balanza donde el equilibrio entre salvarse o perecer pende de un hilo. En mi caso tú conseguiste que lo contáramos como una anécdota más en nuestra historia familiar. Ya a “toro pasado” repasamos una y otra vez lo sucedido, invocando a los “cuatro vientos” la suerte de salir ilesos de esa autopista, que pudo convertirse en un suceso letal para nuestra integridad física.

Tienes razón cuando dices que ya no me gusta conducir como antes. Todo esto es porque veo muchas cosas raras por la carretera. Demasiadas imprudencias y lo peor de todo es que me surgen más percances de los que puedo soportar. Hemos estado en varias situaciones con mucho riesgo. Y no te digo las veces que los coches, que normalmente conduzco, me han dejado tirada. − ¡¿Tú me dirás?! me dejas tu coche y se me para, sin más ni más, en carretera. Unas veces por unas cosas del motor, otras por las ruedas o por no sé qué problema con el cigüeñal. O cojo el mío, que es nuevo, y le fallan varios sensores o lo que es peor, se para, porque la batería no quiere funcionar y una y otra vez me pongo a esperar a la grúa. Siento como si fuera un imán atrayendo al peligro. En serio, creo que yo solita subo las estadísticas de siniestralidad. Es demasiado.

Tú te ríes y me alegro de que te tomes así las cosas. A mí me cuesta más, ya sabes que hay situaciones que me angustian y el tema coches es ahora una marca mía de estrés e inseguridad que me hace vulnerable. ­-Pero, venga, te voy a hacer caso. ¡Fuera miedos! Tienes razón, ponme un Macallan como el tuyo y olvidemos lo sucedido.

Lo último que voy a decirte sobre esto, es que yo sé quién me ayudó a mí a estar hoy aquí a tu lado. ¡Fuiste Tú! 

Lo que no sé, es quién te ayudó a ti…

sábado, 31 de diciembre de 2022

YO SÍ HE PUESTO EL ÁRBOL DE NAVIDAD

 



UN ÁRBOL TARDÍO

Seguro que no te crees que he puesto el árbol de Navidad el día 30 de diciembre, un día por otro y así hasta llegar al día de hoy. Tengo que decirte que es un tema de suerte, porque si lo pienso bien, es una locura a estas alturas de las fiestas ponerme con las bolitas y los espumillones.  Sabía que tenía que ponerlo antes de que acabara la Navidad, sino mis deseos se iban a volver en mi contra o lo que es peor mi vida iba a seguir un camino rematadamente adverso. Pero ya sabes, la pereza era mayor que pensar en todo lo bueno que me iba a deparar el nuevo año.

No sé dónde escuché que sin árbol de Navidad todo iría de mal en peor y yo como todas esas cosas me las creo a “pie juntillas”, no quería correr ningún riesgo. No vaya a ser que por no montarlo arriesgue demasiado mi destino.

Las prisas me entraron después de recibir el whatsApp de Isra, no sé cómo tenía mi teléfono. Es cierto que aquí nos conocemos todos, pero hacía tiempo que no veía al chaval y por supuesto yo no tenía el suyo. Me fijé en él, el primer día que se puso detrás de la barra del restaurante, pero tengo que decirte, que como cuando aparece un nuevo camarero, o sea, la novedad hace que la rutina se convierta en un aliciente para seguir trabajando. Esta vez para serte sincera, pensé que era  ”guapísimo”. Alguien se encargó de decirme que conocía a su novia. No sé por qué después de crearte una fantasía en tu cabeza aparece un “aguafiestas” a desmontarte la película y tú te repites una y otra vez –Ah bueno paso, no es mi tipo− cuando no es verdad.

Para tener novia, los mensajitos eran bastante continuos, a lo mejor era un invento de quién lo había dicho. Las miradas decían más que las palabras y ambos nos poníamos “ojitos”. Ya no te digo cuando a media tarde me traía a la recepción un “latte Macchiato” o un “cappuccino” o un “espresso”, cada día era un café diferente, el caso era impresionarme, hacer que me fijara en él y que me sintiera a gusto con su presencia, en los pocos minutos de contacto mientras venía, dejaba el café y se volvía a la barra. Te diré que haciendo memoria lo había visto varias veces e incluso había coincidido en el gimnasio, aunque él daba clases de aerobic y yo soy más de aparatos. Por eso nunca me había llamado la atención.

Entiendes mi locura del árbol ¿no? Al principio lo quería poner por la suerte en general, −ya sabes−, las cosas de la vida sin contratiempos ni incidentes. Ahora era un tema vital, la suerte tenía que estar de mi lado y no dejar resquicio alguno al “mal fario”. Si tengo una posibilidad de tener un “rollo” con él, lo mejor es montarlo ya, dejar mi vagancia a un lado y no pasar un día más sin que las lucecitas de colores se pongan de mi lado. Ya sabes que yo mucha suerte con los tíos no tengo, pero no sé por qué me da, que esta vez va ser diferente.

Lo malo es que, cuando fui a conectar el enchufe para que mi Árbol de Navidad brillara con luz propia, se cayó una de las bolas doradas y se hizo añicos. Tú qué crees que quiere decir. No será lo mismo como cuando se rompe un espejo que hay siete años de mala suerte. Dime que no, que eso no me va a ocurrir a mí. No, claro que no, o sí…


miércoles, 7 de diciembre de 2022

RENACUAJO: UN CUENTO PARA NIÑOS

 


RENATA CÚA JO

Mi nombre es Renata Cúa Jo porque mi madre no era otra que Doña Sá Cúa y a mi padre todos lo conocían por Don Rano Jo, así que yo era Renata la hija de la Cúa y del Jo, pero todos me conocían por el nombre de RenaCuaJo.

Sí, la verdad, es que mi nombre decía lo que era yo, un renacuajo de las charcas del río Cúa.

Me pasaba las horas debajo del agua, me gustaba tocar el fondo y después subir hacia la superficie, para luego volver a caer en picado, nadando entre las raíces hundidas de los arroyos. No podía parar de mover mi larga cola, así que estaba siempre entre corrientes de arriba y de abajo del río. Exploraba entre las piedras de la charca enfangada, y sólo descansaba el tiempo justo para ir a merendar, cuando Doña Sá me preparaba el bocadillo de riquísimas larvas rojas marinadas. Los otros renacuajos me miraban raro y no querían saber mucho de mí. Les cansaba verme tan inquieta y huían de mi lado para quedarse flotando con leves movimientos entre los vaivenes de las espadañas acuáticas. − ¡Eran unos seres muy aburridos! −.

 Un día mi madre me dijo: −ya estás preparada para hacerte mayor− no entendí que me quiso decir con eso y antes de qué le preguntara algo, me habló de convertirme en otro anfibio que, por supuesto, no era yo.

Estuve enfurruñada varios días. Yo no quería ser otra que RenaCúaJo − ¿por qué iba a querer ser otro animal? −. Una noche Don Rano, a la hora de dormir me leyó un cuento muy raro. Era sobre un niño que no quería crecer. Enseguida le interrumpí: − ¿qué es un niño? − y él con voz risueña me dijo que era un “gigante”, con unas raíces enormes y asquerosas en su cabeza, con dos patas, dos brazos, unos ojos peludos, una boca llena de bloques blancos y agujeros extraños en su cara. − Estos bichos daban mucho miedo. Se movían de manera rara caminando por el fango seco y parecían de otro mundo−.

Sólo tenía en común con ese “espécimen horrible” que no quería crecer, y me preguntaba: −por qué tenía que hacerme mayor−. Quería rebelarme cómo él. Yo también soñaba con tener aventuras fantásticas por ríos desconocidos.  Aunque pensándolo bien, realmente lo único que deseaba era que mi esbelto cuerpo se quedara como era ahora, así, sin cambiar. Lo de explorar otros lugares ya me daba más pereza, aunque parecía divertido.

Me fastidiaba ser como doña Sá y don Rano que ya no se zambullían en el río. Sólo saltaban de una hoja a otra, y cada cierto tiempo se les oía emitir un ruido extraño. Se pasaban horas pasmados subidos a una piedra mojada y de vez en cuando sacaban su enorme lengua para tragarse un insecto que pasaba a su lado. Era vomitivo, yo prefería estar en medio de la corriente, a mi aire, moviéndome sin parar, aspirando larvas de colores sin necesidad de sacar nada de la boca.

Pasaron una, dos, tres y otras cuatro semanas más, y entonces empecé a encontrarme mal. Tenía fiebre y un malestar que no me dejaba nadar como a mí me apetecía. Tumbada en el lodo del fondo del río, me fijé que de mi cola salían unas cosas extrañas. Cuando se lo dije a doña Sá me dijo que me estaban saliendo unas patas y que pronto dejaría las profundidades del arroyo para subir a la superficie, donde ellos siempre estaban. Me puse muy histérica e incluso le grité, poniendo en duda que eso no me pasaría a mí.

−Espera cinco semanas más y el aspecto que tienes ahora será historia − me dijo don Rano con voz seria. Casi llorando le dije que quería ser como el niño del cuento que me había leído, −no crecer nunca jamás−.

Me sumergí en el agua y no volví a salir hasta aquel día que creí morirme. Me ahogaba entre las raíces hundidas de los helechos y casi sin saber cómo, asomé mi cabeza fuera del charco. Ahora tenía unas patas enormes, mi cola había desaparecido, mi boca era más grande, tenía una piel verdosa con manchas oscuras, y de repente me encontré saltando hacia una piedra y después hacia una hoja. De mi garganta salió un ruido parecido al que solían hacer doña Sá y don Rano. Estaba fastidiosamente sorprendida, mirando mi nuevo cuerpo, aprendiendo a respirar el aire fresco de esa nueva zona seca. Cuando menos me lo esperaba mi boca se abrió y desenrolló una “cosa” larga, babosa y resbaladiza. Era la misma lengua que tenían mis padres. De repente, mis ojos se fijaron en un diminuto bichito que volaba a mi lado y sin saber cómo, la punta de esa lengua pegajosa lo atrapó en cuestión de segundos y como un muelle retrocedió de nuevo hacia mi paladar− tuve que reconocer que el sabor era más rico que el plancton que encontraba entre los tallos profundos del torrente.

En una orilla del Cúa, mis padres me observaban asintiendo con sus cabezas, croando y riéndose de todas mis reacciones. –¡Ya te lo dijimos, que te ibas a convertir en un anfibio, eres ahora una RANA! −.  

Tenían razón, había dejado de ser RenaCuaJo para convertirme en Rana-Cúa-Jo y por mucho que intenté que eso no sucediera… Sucedió.

                 −¡Croac, croac, croac, croac−




domingo, 14 de agosto de 2022

AUF WIEDERSEHEN, BYE BYE, ADIÓS!!

 

El augurio del Lagarto

Estaba cansado de haber “pateado” tantas horas por Madrid. Entré en la estación de Chamartín, tenía un par de horas de espera antes de coger el AVE de regreso a casa. Había demasiada gente allí, y me daba pereza estar metido en todo ese jaleo histérico del que corre a tomar un tren en busca de su destino. Por otro lado, tenía que reconocer que el frescor del aire acondicionado de la sala de espera, hacía de la estación un lugar agradable para descansar antes de comenzar el viaje.

Me alejé un poco del “mogollón bullicioso”. Me fui hacia las butacas del fondo, hacia la izquierda, enfrente, pero suficientemente alejado de una de las puertas de entrada. Vi dos sitios vacíos y uno más, ocupado por una cazadora negra con capucha de pelo del mismo color. Con el calor que hacía fuera, era raro ver esa prenda medio tirada en el asiento. Supuse que era de alguien que la había utilizado para pasar la noche a la intemperie, tenía manchas como de haber estado tirada por el suelo.

Yo sólo quería sentarme, estaba agotado. Descansar un rato y coger fuerzas antes de mi vuelta. Tan rápido como tomé asiento, observé que la capucha tomaba vida y que lo que parecía pelo era un cachorro peludo. Acababa de moverse asomando la cabeza fuera del cono de la caperuza. El perro se mimetizaba con la prenda, lo que le hacía pasar inadvertido.

En seguida se acercó “un tío” y nerviosamente le dije: −¡Qué susto me ha dado el cachorro”, ¡Qué bonito es!−.

 –Sí, se llama Zor−. El hombre no tenía muy buen aspecto, no llevaba equipaje, ni bolsa alguna que hiciera pensar que iba a coger un tren. Tenía buen trato, estaba un poco nervioso, pero fuera de eso nada hacía sospechar algo raro en su manera de actuar. Miraba constantemente a una de las puertas de salida de la estación. Me explicó que venía del sur con el perro, había ido a buscarlo a un criadero cercano a Sevilla.  Después había tomado un autobús en dirección a Madrid y desde las 4 de la madrugada, que las puertas del recinto se habían abierto, estaba con el Terranova dentro de la estación; primero para no pasar frío y luego para no pasar calor.

Me estaba dando demasiadas explicaciones sin preguntarle yo nada. Me pareció raro que no quisiera coger ningún tren, a lo mejor no tenía suficiente dinero para un billete, pero tampoco me pidió ayuda para conseguirlo. Eso sí, empezó a aclarar demasiadas cosas sobre lo que había hecho con el perro desde que lo había recogido en el refugio. –Voy para Pontevedra, pero me dicen que no hay billetes para el tren que tengo que coger−. Se hizo un silencio y en seguida continuó su monólogo:−ya avisé a unos amigos y me vienen a recoger. Están a punto de llegar−.

Zor estaba tranquilo, me preguntaba qué sería de él. No veía a su dueño tener la responsabilidad necesaria para cuidar del perro, pero tal vez me equivocaba y estaba interpretando mal la manera de ser de su dueño. De vez en cuando, yo introducía mi mano en el interior del pelo del cachorro. Sentía que se tranquilizaba y yo apaciguaba mi desconfianza hacia su propietario, que no sé por qué, intuía que quería abandonarlo allí mismo.

−Voy a comprar un bocadillo−, me dijo con voz impaciente. Tardó unos 15 minutos en volver. A mí todo esto se me hacía muy extraño. Actuaba compulsivamente y de forma acelerada. No estaba quieto y según venía hacía donde estábamos sentados Zor y yo, se volvía a ir con la excusa del que tiene que hacerse ver para que le recojan en un punto determinado.

Con voz de circunstancias le dije: −Aquí sigue muy tranquilo. Sí−, me dijo y se fue hacia la puerta mascullando algo así como: −están a punto de llegar−. Le sonó el móvil y aceleró el paso de manera nerviosa, yo no entendía bien que me quería decir con tanto bailecito de ir y venir, pero sonaba a que Zor se iba a quedar sin dueño en breves momentos y yo podría ser el mejor candidato “acogedor” del animal, en la estación de Chamartín.

Por un momento fantaseé con la idea de que pudiera quedarme con el Terranova, pero era una locura. En mi casa ya teníamos dos perros y uno más, sería añadir estrés y tensión a mi familia. En el fondo sentía un cosquilleo de emoción como si realmente quisiera quedarme con él. De inmediato desterré la idea de la adopción, cuando el dueño apareció con una bolsa de golosinas. Nos ofreció a ambos un puñado de diminutos ladrillos de gelatina, como si fuéramos niños.  Estaba claro que no era normal la situación y traté de distraerme mirando a otros pasajeros que pasaban por delante de donde nos encontrábamos. Nadie se fijaba mucho en el asiento donde estaba adormilado Zor.

−Oye−, me dijo, después de unos minutos callados, −voy a ver, que parece están mis colegas cerca, échame un último ojo al can−

Asentí con cierta desconfianza y pensé: este tío está a punto de pirarse y no sabe cómo decirme: “colega has aparecido por aquí, te has fijado en el perro, he visto cómo le has acariciado y a Zor le ha gustado, así que te lo quedas, ahí lo tienes, todo para ti. Lo dejo en tus manos”.

Las puertas automáticas de doble hoja se abrieron para dar la bienvenida a un 205 rojo con abolladuras. Su combustión llamaba la atención por el ruido y el humo negro que había dejado al estacionar. Mirando hacia mí, el tío abrió la puerta derecha trasera. Guiñándome un ojo y llevándose el dedo índice y anular hacia la frente, le oí decir: Auf wiedersehen, bye bye, adiós…¡Buena suerte con Zor, es ya tuyo!−

En ese momento no sabía si era suerte o todo lo contrario tener a mi lado al cachorro. Estaba un poco confundido, a pesar de que había pensado en la posibilidad de quedármelo. Recordé que antes de viajar a Madrid, había tocado, casi sin querer, el Lagarto de bronce, situado encima de la mesita del descansillo de la escalera. Mi padre era un fanático de todo tipo de supersticiones y fetichismos para la buena suerte y siempre nos animaba a tocarlo antes de salir por la puerta de casa. Reconozco que para mí, era toda una obscenidad el pensar que tocando una pieza inerte decidiría mi futuro para bien. Yo estaba convencido que siempre era mejor invocar la ayuda de mis familiares fallecidos. Pero no sé por qué, ese día decidí que mi mano se deslizara por el réptil, quizá buscaba todo tipo de amuletos que me ayudaran a aprobar el examen MIR. Sin embargo, creo que más bien parecía como si el “saurio” hubiera puesto todas sus fuerzas en que yo me encontrara con Zor como señal de su buen augurio.

Las dudas y el miedo de la responsabilidad me hicieron entrar en una especie de pánico irracional. No tenía correa, no tenía una caja especial para portarlo, posiblemente no me obedeciera y no sabía si admitirían perros en el AVE. Lo mejor sería dejarlo acurrucado como estaba; pero de inmediato vi que yo era incapaz de hacer eso.

Zor llevaba dormido desde hacía una hora. Cuando despertó, saltó de la butaca, rozó su cabeza entre mis piernas, y se sentó observándome como si quisiera decirme algo. Quizá fuera una señal de confianza, una especie de reclamo para que definitivamente lo adoptara.

Até a su cuello las mangas de la cazadora que había hecho de edredón y a modo de correa comencé a tirar por él.

Tuve que comprar un billete adicional y una bolsa de viaje para poderlo subir al tren. Montamos los últimos para que nadie se sintiera molesto con el perro. Al pasar el revisor, me hizo un gesto como si quisiera comprobar que el animal estaba dentro de la bolsa y cuando yo creía que me iba a recriminar algo, me dijo que lo mejor era que lo sacara de la bolsa para que se estirara un poco y descansara en el suelo, al lado de mis pies.

Después de 5 horas de viaje Zor se estableció definitivamente en mi vida, como si nada extraordinario hubiera cambiado su suerte.




lunes, 6 de junio de 2022

AHÍ OS DEJO ARREGLÁROSLAS SIN MÍ




 

Ahora sí me quiero ir, perder el sentido, dejar de respirar. Hasta la vista. Ahí os dejo, arreglároslas sin mí. Se acabó, adiós muy buenas, ahora continuar con vuestra vida, yo soy de otro mundo, me he ido…ya no estoy aquí, recordar que esto ya lo sabíamos, no tengáis miedo, adelante, seguir con lo vuestro…


Ya te dije que no quería venir para recordar momentos del pasado, no tengo nada que decirte, todavía sigo desolado, me siento herido y necesito curar esta ausencia tan profunda.  Aunque quizás tengas razón, recordar los buenos momentos aliviará su pérdida, pero ya está, nos hemos quedado solos, huérfanos y te veo sufrir demasiado, es innecesario. Tendremos que aprender a llenar su vacío. Si nos ponemos a hurgar en los recuerdos no vamos a dejar de llorar. Sabíamos lo que iba a ocurrir tarde o temprano y después de diagnosticarle ELA, era más que probable que no pasaría de los 5 años. Cuántas veces nos pidió que le ayudáramos a morir, y cuántas veces le convencimos que no podíamos cumplir su deseo, ni se nos pasó por la cabeza hacerlo. La culpa era mayor y más resistente que convencernos de su dignidad vital. El caso es que, cuando hablábamos de un futuro hipotético, no sólo lejano, sino lejanísimo, nos habíamos prometido que llegado el momento si alguno se veía en las circunstancias de irreversibilidad, le desconectaríamos de cualquier máquina que le mantuviera con vida artificialmente, sin miedo a sentir la carga del delito. Pero cuando le ocurrió a él no fuimos capaces y rompimos aquel pacto que habíamos sellado entre los tres hacía más de cuarenta años. Su final no fue largo pero pudo ser más corto y ahora nos viene el remordimiento por no reducirle el sufrimiento.

Sí, él me enseñó a conducir cuando sólo tenía 14 años recién cumplidos. Siempre lo recuerdas y yo se lo he agradecido toda mi vida, ese día me convirtió en un gran profesional. Tú tenías miedo, claro que, eras más joven y además parecías mucho más sensato que nosotros dos, nos dabas estabilidad y cordura, aunque a veces no te hacíamos ni caso. Hoy lo hubieran metido en la cárcel o le hubieran puesto una orden de alejamiento por semejante imprudencia o lo que es peor nos hubieran separado de él, le habrían quitado la patria potestad y hubiéramos ido a un centro de Menores y a saber qué hubiera sido de nuestras vidas. Lo sé, siempre me ha gustado dramatizar e imaginar cosas extremas que difícilmente hubieran ocurrido.

Por eso te dije por teléfono que no era el momento de emocionarnos más. No hace falta que me repitas que tuvimos un padre maravilloso, y que nos hemos convertido en unos dependientes emocionales de su vida. Él sustituyó a nuestra madre, que tú ni recuerdas y yo olvidé su cara real cuando aún era pequeño. Tuvimos dos personas en una, y fuimos afortunados. Somos lo que él nos enseñó.

El día que entablilló la pata del perro, después de la pelea con el gato, quedaste impresionado, fue a partir de ahí que te obsesionaste con el cuidado de los animales. Por eso cuando montaste el refugio fue el primero en ofrecerse como voluntario, no paraba de recoger animales por el barrio e intentar ayudarte a buscar familias de acogida.

Cuando nos dijo la enfermedad que tenía, como dos ignorantes, la buscamos en Google, no teníamos ni idea del sufrimiento que iba vivir, de lo mucho que iba a cambiar, pero aún sin entender lo que le estaba empezando a ocurrir, nos derrumbamos. Él nunca perdió el buen humor, incluso nos consolaba como si los enfermos fuéramos nosotros.

Ya sabes, no era de lamentos y tristezas. Me quedo con el último día que pasamos con él en el hospital cuando aún estaba consciente. Toda la tarde de risas con nuestras bobadas y tonterías. Recuerdas que al despedirnos nos mandó a “tomar por saco” y soltó los tacos que tanto nos hacían reír de niños. ¡Qué tío siempre de buen humor!

Su despedida fue bonita, vino mucha gente a su entierro, eso es porque era buena gente y yo por lo menos me sentí acompañado. Así que deja de llorar y recuerda lo que nos decía.

Ya es hora de marchar, llevo muchos años aquí, estoy un poco cansado, os dejo mi sitio. A ver chicos, tengo que marchar e irme, no va a ser para tanto. Os espero en el otro lado. Nos vemos, adiós.