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A Sara y Florian
Magalí se miró las uñas −aún pintadas con el esmalte permanente en color marfil− que Celia, la de la manicura de su peluquería, le había pintado hacia casi tres semanas. Ahora el color inherente de sus uñas se asomaba unos cuatro milímetros, haciéndose hueco desde la cutícula, empujando el barniz, hacia el borde más superficial de las uñas, que empezaba a sobresalir por encima de las yemas de sus dedos. Hacía una semana que había pedido vez para limpiar definitivamente la laca, y estaba esperando pacientemente su turno para revertirlas a su estado natural. Era el único vestigio visible que le quedaba de la boda de su hermana.
Se puso sentimental pensando
en ese día y no encontró una explicación lógica a lo rápido que había sucedido
todo. Le hubiera gustado que el tiempo pasara más lentamente. Recordaba la
felicidad de muchos momentos y se veía en diferentes situaciones disfrutando de
la ceremonia. Sin embargo, los minutos se multiplicaron por dos y tal cómo
había empezado el día, se había acabado. Eso ahora le estaba generando una
sensación de ligero vacío emocional. No se trataba de tristeza, sino de cierta melancolía
y nostalgia por todo lo vivido. Por eso, absurdamente, Magalí se preguntaba por
qué, al igual que el lacado permanente de sus uñas permanecía semanas, no
podría extenderse en el tiempo cada uno de aquellos momentos tan intensos de la
boda de Yael y David.
Graciosamente, imaginó a la
maquilladora preparando a su hermana durante largas horas, primero pintando su
cara con las bases de sombras y colores, trazando una efigie bellísima de su
cara y después enrollando su pelo en innumerables bucles agarrados en un moño
de estilo griego y se preguntaba por qué no, expandir las horas disfrutando de
la puesta de largo del vestido, que, subiendo desde el suelo hacia los hombros
de la novia, se iba ajustado a su cuerpo al cerrar uno a uno los botones de la
espalda. Extender el tiempo, eso es lo que quería que hubiera ocurrido Magalí,
que todo aconteciera más lentamente, convirtiendo los minutos en horas y las
horas en días para alargar la ceremonia y vivirla aún más; disfrutarlo, sin
tanta prisa por finalizar el día.
Sin duda pensó que la arboleda
donde los invitados esperaban la solemne entrada, primero del novio y su madre,
y a continuación de la novia y su padre, mientras la música los acompañaba hacia
la mesa nupcial, era algo que había que experimentar más pausadamente;
detenerse y retener por más tiempo las imágenes de lo que estaba aconteciendo. Creía
que lo mejor hubiera sido recrearse en todos los gestos de los novios mientras
recorrían el camino hacia su unión y pararse más, viendo las caras de emoción
de los asistentes.
Obviamente no había sido así,
todo el protocolo había seguido su curso −sin ninguna parada− y había salido
tal como ellos lo habían diseñado. Se cuestionaba repetidamente por qué no
podía durar todo más tiempo; que no fuera todo algo efímero, algo captado en un
instante como lo hacía la cámara del fotógrafo, y poder recuperar cada lapso
temporal y que no se convirtiera en recuerdo tan rápidamente. Sentada en la
hamaca del jardín de la casa de sus padres −cansinamente− reflexionaba en cómo
poder prolongar todo el ritual marital, y no como lo había hecho, sin ninguna
pausa temporal, atropelladamente sin dar más espacio a los discursos, las
promesas, el enlace civil, la puesta de anillos, el que “se besen”, el
lanzarles los pétalos de rosa y posteriormente todas esas formas tradicionales
cuando los novios se van de fotos, los invitados toman un cóctel mientras
esperan su regreso; cuando aquellos llegan, y la novia tira el ramo, mientras
una banda de música ameniza el baile de tarde; después la cena en un ambiente festivo
y bullicioso intenso y por último llega la tarta y el baile de los recién
casados; y a partir de ahí la fiesta hasta el amanecer.
Cuando los novios iniciaron el
baile, ella se dio cuenta que el día estaba a punto de terminar; que esas
horas, que habían sido tan esperadas y maravillosas, se habían ido y que el
enlace de Yael y David ya casi era historia.
Si la boda de su hermana hubiera
sido como el lacado de sus uñas, Magalí todavía seguiría de celebración, se
reía interiormente al pensar que tal vez, si eso ocurriera de verdad, los
novios estarían vistiéndose todavía o sellando sus votos o haciéndose fotos por
los campos de girasoles o brindando con champán antes del baile nupcial o
bailando con todos los invitados y ella seguiría disfrutando de la boda. Como pensando
y hablando a la vez, Magalí bisbiseó:
− Se
ve la media luna blanquecina de mis uñas y aún sigue el pegote del esmalte
recordándome lo bien que me habían quedado, lo bonitas que resaltaban la
expresión de mis dedos; lo acompasado del marfil del lacado con mis zapatos y
el color del vestido. Mirándolas deseaba que Yael aún no se hubiera casado, que
fuera todavía ese momento previo, tan emocionante cuando le dije a Celia que me
las pintara. Quedarme ahí, en su establecimiento, disfrutando lo que iba a
venir. O mejor, permanecer en el momento de firmar como testigo en el
ayuntamiento −el día antes de la ceremonia− y que no pasara tan rápido. Parar
justo antes de ayudarla a ponerse el vestido, de preparar la cola para no
pisarla, de colocarle el bonito mantón de manila −que hacía más de un año le
había ayudado a elegir−. Por qué no demorar todo en el tiempo, hacerlo todo más
despacio, aunque no lentamente sino a tiempo real, pero perdurando en el
tiempo. Que el lapso se quedara a medio congelar y después se fuera licuando mientras
los novios avanzaban hasta consumar el acto nupcial. Ese momento de miradas
atentas, sorprendidas por la sorpresa de ver al novio y después contemplar como
deslumbraba la novia con su peinado y su vestido blanco, envuelta en el
precioso mantón. Fijar los ojos en ellos y no parar de observarlos. Ahí es
donde querría estar yo ahora; revivirlo de nuevo y pararme a disfrutar cada momento.
Quedarme lanzando las serpentinas y los pétalos de rosa a su paso mientras recorren
ese corto espacio hacia un sinfín de fotografías que ahora ya fijan el recuerdo
familiar.
Siguió
su soliloquio, acordándose de las dalias del ramo de su hermana:
− ¡Qué bonito el ramo de la
novia! Que sencillo era y que elegante hecho con tres Dalias de diferentes
colores. Lo cogí de casualidad, casi sin hacer esfuerzo y sorprendida de que la
trayectoria del lanzamiento llegara a mis manos tan fácilmente. Estoy
convencida que Yael calculó bien la distancia para que fuera mío.
Irracionalmente
siguió deseando que todo volviera a empezar o que se quedara estancado en un
punto concreto y que avanzara hacia adelante o hacia atrás, a su capricho.
− ¡Qué bonito les salió el
baile a media noche! y después qué divertida fue la fiesta. Por qué todo tuvo
que acabar tan rápido. Casi estaba empezando emocionada a vivir ese día tan
especial y hacia las seis de la madrugada ya se había acabado todo. −Continuó
hablando para sí.
Magalí se agarraba la mano
izquierda con la derecha; miraba sus uñas esmaltadas y se las acariciaba
intermitentemente con el dedo pulgar; al hacerlo le venían momentos de aquel
día. Había visto cientos de fotografías y en muchas de ellas se plasmaban
situaciones que habían ocurrido de diferente manera a como las recordaba; esa
noche no se había privado de beber alcohol y tomó algunas copas de más. Por esa
razón, comenzó a pensar que, a lo mejor, no era tan buena idea estancarse en
momentos de aquel magnífico día. Mordiéndose el labio inferior y con la vista
perdida, consideró que tal vez, revivir todo de nuevo, podía comprometer su
autoestima teniendo en cuenta algunas horas o intervalos de aquella tarde o más
en concreto de la noche.
Magalí tuvo la sensación de
contradecirse y efectivamente había habido algunos momentos que le hubiera
gustado olvidar y si pudiera rectificar, lo habría hecho con gusto. Le vinieron
escenas de cuando rompió uno de los tacones de sus sandalias, al engancharse en
una rejilla de desagüe mientras se apresuraba −después de haber ayudado a su
hermana con el vestido− a sentarse en la silla donde estaba escrito su nombre,
al lado de su prometido, que la estaba esperando impacientemente. Fue un
momento cómico para los que ya estaban allí; ella escuchó las carcajadas
espontáneas y aunque disimuló su rabia y su vergüenza, haciendo como si nada
hubiera pasado, no dejó de sentirse mal.Optó primero por sonreír, para que
todos comprendieran que no había pasado nada y después por descalzarse;
agarrando las sandalias con una mano, las elevó como si fueran un trofeo para
recibir el beneplácito y el aplauso de todos. Para no quitarle el protagonismo a
los novios que estaban a punto de hacer su presencia, trató de pasar
inadvertida en su asiento; no hizo más aspavientos, ni muecas, al fin y al cabo,
no había perdido el equilibrio y no tenía ningún rasguño. Cariñosamente cogió
la mano de Edu, y girándose un poco sobre su torso vio como la comitiva nupcial
fue entrando por la senda de las acacias.
Después pensó en la fiesta y
ahora dudaba si se había extralimitado. Tenía recuerdos confusos de haber
estado subida a una silla cantando −con un tono de voz demasiado elevado− el
estribillo de una canción, agitando exageradamente con su mano una servilleta
sin venir mucho a cuento. Le venían imágenes de ella bailando y levantando su
vestido, casi hasta enseñar su ropa interior. Recordó que había perreado un
reguetón sin tener ni idea de cómo hacerlo. Esos fragmentos inconexos −que ahora
la hacían desconfiar de sí misma− los hubiera pasado a toda velocidad, sin
detenerse lo más mínimo. El resto lo repetiría tantas veces como le fuera posible.
Cuando por fin la de la
peluquería le quitó el esmalte permanente, fue consciente de que todo había
terminado. Con cada uña se le fue difuminando un momento de aquel día. No había
que demorar más lo intensamente vivido en la boda de Yael y David, y considero
que era mejor dejarlo todo para la memoria, aceptando que aquel tiempo, que fue
tan real y tan emotivo, hubiera terminado. Ese día −como todos− fue de
veinticuatro horas sin posibilidad de disminuir o incrementar el tiempo, demorándolo
o estirándolo. Era mejor aceptarlo así.
Las tres dalias de colores
suaves, que formaban el ramo de la novia eran ya de Magalí. Cuando Yael se las
lanzó, sabiendo que las iba a coger, ya sabían ambas lo que significaba. Sus
uñas quedaron limpias −sin rastro de esmalte− y Celia, después de cobrarle por
el arduo trabajo del borrado, anotó en la agenda su nombre y su teléfono,
indicando la instrucción a repetir para el año siguiente. Al salir del
establecimiento, Magalí llamó a su hermana por teléfono y sin saludarla, le
dijo:
− ¿Me ayudas con todo lo
que tengo que preparar?
Esta vez, iba a ser más
consciente del paso del tiempo; cómo hacer que se parara en un punto concreto,
era algo imposible. Por ahora las tres dalias de Yael, le recordarían que no
tardaría en llegar su turno, que tan solo faltaban trescientos siete días para
su boda.

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