Una mantilla con peineta y una cinta de organza
Era difícil reconocer su estado de ánimo, podía ser bueno con un cierto toque melancólico o malo con una ligera sensación positiva. Sin embargo, su cara, en ese momento, expresaba un gesto más bien alegre, y lo mismo se podía ver en el brillo de sus ojos, ligeramente empapados por la emoción. Por otro lado, algunas arrugas de su cara empañaban “metafóricamente” la noticia que acababa de recibir, no porque fuera mala, que era todo lo contrario, sino porque no pudo obviar que sus pensamientos se extrapolasen a aquella época tan amarga de su vida, que en un principio fue radiante y que a los pocos días se convirtió en una pesadilla insoportable. Su mente la llevó a revivir pésimos momentos y un suspiro de lamento le hizo sentir la culpabilidad que llevaba marcada como tinta tatuada, durante demasiados años, a pesar de toda la ayuda psicológica que tuvo para eliminar esa idea tan errónea que se instaló en ella de no valer nada.
Estaba sentada en el sofá de la sala, mirando vagamente a través de la ventana, aún seguía con el teléfono en la mano recapacitando sobre un compendio de cosas inconexas. Hacía una media hora, su sobrino le había llamado para decirle que no hiciera planes a mediados de julio, porque por fin ya tenían la fecha. Un par de meses antes Elías le había comunicado que se casaba y en aquel momento, la sorpresa, le había hecho muy feliz, sin hacer ninguna comparación con lo que ella había vivido y con lo que significó la unión con el desgraciado de su marido. En esa ocasión, Elías y ella se abrazaron e inconscientemente, balanceando sus cuerpos, y moviéndose, como si se tratara de una danza tribal o de un ritual de iniciación, ella le susurró al oído todo su cariño y nerviosamente emocionada, maldijo con júbilo a su hermana y a su cuñado por el abandono de su hijo. Ella lo había criado con los suyos como uno más. En muchas ocasiones, se dio cuenta que lo protegía demasiado, quizá fuera por la pena que sentía por su soledad parental. Empatizaba con su dolor e indefensión, sobre todo cuando sentía los golpes psicológicos que muchos días le propinaba su marido −sin querer reconocerlo, ella era totalmente dependiente y sumisa de él−. Ambos, tía y sobrino, eran excesivamente vulnerables y sobre todo los dos eran el producto de un abandono.
Hoy, cuando Elías la llamó por teléfono le confirmó dos cosas importantes:
-TíaMá –que era como la llamaba cariñosamente. Ya tenemos fecha, bloquea en tu agenda el 19 de julio, −se lo dijo con ironía dando por hecho que ella no tenía ninguna cosa que hacer más importante, que esa, ese día. –Después añadió: Tú serás la madrina, no tengo más madre que tú. Te quiero.
Ella se emocionó y sin llegar a sollozar dijo con un hilo de voz contenido:
-Yo también te quiero Elías.
Unos segundos después se repuso y recuperando el tono de su voz, trató de mantener una conversación animada no sólo porque ya era real el acontecimiento al tener una fecha concreta, sino también porque ella se sentía inmensamente gratificada al darle él la categoría tan importante de considerarla una madre.
-Ahora ya puedes sacar la mantilla de tu boda. Siempre has dicho que cuando fueras madrina de alguno de tus hijos te vestirías con peineta y mantilla. Así que ya puedes desempolvarla –Le dijo graciosamente.
Volvió en sí, aún sentada con el móvil en la mano, giró su cabeza buscando en el aparador el portarretratos retro con la foto de ella misma, la tarde de su boda. Era una imagen que había seleccionado a conciencia porque era la única en la que aparecía casi sola. Su figura era nítida frente a la de su marido que estaba entrecortada y totalmente borrosa, incluso ella recortó la imagen de él un poco más, para que no se le viera mucho y así centrar el foco en su persona. El fotógrafo la descartó para el álbum nupcial y ella, en aquella ocasión, la guardó en un sobre con otras defectuosas porque le había gustado la expresión que tenía en su cara, y se veía muy favorecida con el vestido, el velo largo y la cola. Estaba de perfil, agarrada del brazo derecho de su marido, que se encontraba unos centímetros por delante de ella. La imagen la mostraba con un vestido blanco de encaje y una mantilla española, de un blanco impoluto, que hacía de velo cayendo sobre el vestido y la cola. Una peineta nacarada, adornada con siete perlas, estaba prendida en uno de los extremos de la mantilla y se enganchaba – ayudada con horquillas y un par de pasadores diminutos− al bonito moño que la peluquera, esa mañana, había peinado −engarzando diferentes mechones de pelo− un poco más arriba de la nuca y de ahí salía ese especial y original tocado de blonda de más de dos metros, haciendo una alfombra de flores de seda bordadas sobre el suelo.
Cogió el marco y se miró; le gustó verse con el vestido de satén bordado y el velo de fino encaje; le vinieron muchos recuerdos bonitos de aquel día y de repente se echó a llorar. No solo era por todas las discusiones, enfados, gritos y maltrato que había aguantado, o por las secuelas psicológicas de la indefensión ante la brutalidad de un hombre con el que había sellado su unión, sino porque ya no tenía ese vestido de tul y satén, ya no existía esa blonda de encaje −que había comprado en una tienda de la calle Sierpes de Sevilla− ni siquiera tenía ya el álbum de su boda. De aquel día le quedaban muy pocas cosas; una de ellas era esa fotografía y recordando las pérdidas, entró en un estado demasiado triste y angustioso. Ese malestar le provocó un brote alérgico; una especie de roncha de múltiples granos le subió por los brazos y se fue extendiendo por el cuello como si fueran fluorescencias de una pared que se desparrama sin control. Ese picor intenso pareció ahogarla; sintió como que se quedaba sin respiración; pero de una manera natural, comenzó a inspirar y a expirar acompasadamente −como le habían enseñado en las clases de relajación− y con ello consiguió tranquilizarse y bajar las pulsaciones cardíacas. Hacía unos años se había apuntado, −en el Centro de la Mujer−, a unas clases, que, nunca supo bien de qué se trataban exactamente; eran una mezcla de yoga, meditación y relajación con charla de autoayuda. A la quinta clase decidió abandonarlas porque no se veía conociéndose a sí misma a través del interior de su cuerpo mientras estaba en la posición de loto. Lo de relajarse respirando lo había aprendido rápidamente y le servía de mucho, sobre todo en la oscuridad de la noche cuando la angustia no le dejaba dormir, pero lo de meditar para saber más del comportamiento de sus órganos internos como algo curativo, le pareció absurdo, sintió vergüenza de sí misma y sin dar ninguna explicación dejó las clases.
Cuando estuvo más tranquila, sin miedo a desvanecerse, consiguió recordar con nitidez el día que su marido los abandonó. Esa mañana, estaba muy enfadado y nervioso, cogió una maleta y la llenó impulsivamente de cosas personales. Mientras la cerraba daba voces insultándola y humillándola; ella se mantenía condescendiente y equidistante, intentado quitar importancia a su desprecio que acababa siempre en un sentimiento de culpabilidad. Se quedó fuera de sí cuando le dijo que no le volvería a ver nunca más. Y efectivamente cuando él cerró la puerta con un estruendoso portazo, ella ya no lo volvió a ver más. Al llegar los niños del colegio, aún quedaban las huellas de dolor en su cara; titubeante y conmocionada todavía, les contó lo sucedido con su padre y su tío; para su sorpresa, ellos sintieron alivio por su marcha.
Unos meses después supo que se había ido con “una” a Alemania y ese día una especie de amargura y disgusto, aflicción y pesar, pena y complacencia, junto con un resquemor de ira furiosa, se amalgamaron en su cabeza como un torbellino de reacciones. Estando sola en casa, buscó en los estantes de la parte superior del armario, la caja de cartón blanca y dorada donde guardaba su vestido de novia, envuelto cuidadosamente con papel de seda blanco y lo mismo su mantilla de bonitas blondas. La puso sobre la cama, la abrió, y rasgando los envoltorios, cogió de malas maneras las dos prendas que aún tenían impregnado el olor del perfume qué él le había regalado la noche anterior a su boda. La pequeña peineta del tocado se cayó al suelo y ella soltando toda la rabia que llevaba dentro, la pisó; las perlas rodaron por el suelo y la peineta se partió en varios trozos. Buscó en la cocina una bolsa grande, arrebujó el vestido y la mantilla, y todo ese amasijo lo metió con desprecio en ella; recogió del suelo los pedazos de la peineta, algunas perlas y los introdujo dentro de la bolsa también; después se quitó la alianza y la escondió entre los pliegues de las telas. Buscó el álbum de fotos de su boda y aplastándolo contra los tejidos, cerró con un par de nudos las asas del plástico, y abriendo el cubo de basura la tiró con la exasperación del que se quiere desprender de un gran dolor. La bolsa era demasiado grande para entrar en el pequeño contenedor; quedó más de la mitad por fuera y ella empujó el plástico hasta comprimir el bulto quitando todo el aire. Parecía realizar una ceremonia de liberación y desunión de una manera poco elegante. Deseaba romper con lo que le había hecho daño, sin contemplaciones y de un modo radical. Ese enojo colérico de insatisfacción extrema le hizo regresar a la cocina, buscar unas tijeras, y coger la bolsa; desatando los nudos del plástico echó la ropa encima de la cama con enfado y empezó a hacer jirones las telas: comenzó por el vestido y después destrozó la mantilla. Dramáticamente fue cortando en línea recta el satén, el tul floral, el encaje de seda, y con una furia inusitada en ella, devastó las blondas de la mantilla. Se le atascaban los filos de las tijeras al abarcar las telas tan agitadamente; una hora después, las seguía usando violentamente como si lo hiciera con una cizalla y de tanto abrir y cerrar los dedos presionando el tejido sintió no sólo el dolor físico de su esfuerzo, sino que comprendió el daño emocional que había sufrido. Le llevo tiempo trasformar el vestido y la mantilla de blondas en harapos y cuando lo consiguió, todo ese furor, ira y enfado se transformó en una extraña calma, con una insoportable quietud y serenidad. Metió todos los trozos de tela junto con los pedazos de peineta y el álbum en la caja blanca y dorada; la cerró con cinta adhesiva grande y la llevó al contenedor de basura que estaba a unos 100 metros de su casa. Cuando regresó recogió los restos de fibras y un par de perlas que estaban tiradas por el suelo de la habitación; entre las hebras de los hilos que se habían desprendido al cortar las prendas, vio algo que brillaba, era su alianza. La cogió y envolviéndola en un trozo de papel de seda, la guardó en el fondo de uno de los cajones de la cómoda, para no olvidarse del día en que él se la había puesto y soñó que sería feliz por “siempre jamás”. Después, haciendo una bola con todo, la arrojó a la papelera y entrechocando sus manos, quiso escenificar la ruptura con el hombre que había amado.
El vestido que llevó a la boda de Elías, nada tenía que ver con aquel, que en su día había destrozado, y que sólo estaba ya en el recuerdo de una fotografía. Éste era de seda de damasco, de un precioso color magenta con mangas francesas anudado en la cintura por una elegante cinta de organza, en un tono más suave que caía ligeramente sobre el largo del vestido cubriendo sus zapatos. Llevaba puesta una mantilla color marfil −de bonitas blondas de seda− apoyada sobre una peineta de carey −de 17 centímetros− entremetida en el moño y sujetada por un broche de plata salpicado con pequeños rubíes. La mantilla española le cubría elegantemente la espalda llegándole los extremos hasta la parte trasera de sus rodillas. Cogida del brazo de Elías, entraron solemnemente por el pasillo que dejaban las sillas de invitados hasta llegar al arco de flores que hacía de altar. La mantilla se movía con ligereza como una melena ondeada por el viento. A su paso todos se levantaron mirándolos y ella se sintió contenta, eufórica y muy satisfecha de estar ahí con su sobrino.
−TíaMá, estás guapísima. –Le dijo él en voz baja ¡Qué bien te queda la mantilla de tu boda!
− ¡Sí, me queda tan bien como aquel día! Esta vez por lo menos no la arrastro, la siento más ligera −Le dijo ella en tono sarcástico. Posiblemente él no entendió de qué le estaba hablando y menos aún se dio cuenta de la diferencia entre una y otra.
Nunca quiso contarle a sus hijos y a su sobrino que había tirado a la basura toda su ropa de boda cuando su marido la abandonó y la dejó por otra. Era ya algo olvidado, no había porque dramatizar ese momento tan sobrecogedor, impulsivo y vehemente lleno de cólera y exasperación, porque muchos años después, sintió que todo el desgarro de aquellas telas tan bonitas le había servido como algo curativo, cicatrizante y renovador.

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