lunes, 15 de diciembre de 2025

UN OVILLO DE IDA Y VUELTA

 


La teoría quebrada de Simón

Lo nuestro era algo diferente. Estábamos unidos por un empeño inusitado de querer estar juntos, aun siendo muy diferentes y costándonos encajar uno con el otro, manteníamos una relación aceptable. Nos conocimos en el Carpe Diem, una taberna de la zona universitaria de estilo irlandés que abría hasta la madrugada. Nuestras miradas coincidieron por casualidad; ambos sentimos esa potente atracción de enrollarnos ­−si hubiéramos podido− allí mismo. Acercándome a él, y sin dejar de perder el contacto ocular, rompí la barrera de su privacidad y le besé apasionadamente y él se dejó hacer abriendo su boca y encajando la mía como si no fuera la primera vez que lo hiciéramos. El sabor a Guinness de su lengua me resultó más que agradable –erótica y sensual− y despertó mi deseo de estar con él, de amarlo en ese instante, aunque no nos conociéramos de nada. Fue él quien rasgó el silencio de ese momento tan particular, no me acuerdo bien qué me dijo; habló muy rápido y la risa nerviosa le ayudó a procesar mi atrevimiento. Por esconder mi gallardía pedí la misma cerveza que estaba tomando él. Con exagerado amaneramiento siguió hablando atropelladamente mientras yo, callado, me quedaba anclado en sus preciosos ojos azules, pensando en la osadía de mi impulso. Avergonzado me preguntaba cómo había hecho eso. Yo era un tío reservado, demasiado receloso mostrando mis sentimientos. Estaba acostumbrado a disimular públicamente mis preferencias sexuales. Durante años oculté mi homosexualidad y aunque eso no fue fácil de conseguir, cuando decidí que ya era hora de anunciarlo, a más de uno le sorprendió. En el instituto llegué a tener una novia para engañarme y deseé con todas mis fuerzas que me gustara; que con ella se demostrara que yo estaba equivocado. Incluso, mi madre se ilusionó con la relación, a pesar que ambos éramos demasiado jóvenes para vislumbrar el futuro que ella quería para mí. Quise darme la oportunidad de saber exactamente cuáles eran mis inclinaciones sexuales y me di cuenta desde el primer momento, que, aunque era preciosa, no me atraía nada de su cuerpo. Cuando nos besábamos, lo hacía pésimamente, me ruborizaba lo poco que sentía yo en ese beso. No era capaz de acariciarla como debía, y cuando nos agarrábamos de la mano por la calle, me subía un ardor enfermizo hacia la garganta y la soltaba inmediatamente para aminorar los daños provocados por la ansiedad del engaño; mi comportamiento resultaba incómodo para ambos. No sabía darle la ternura que ella se merecía y por supuesto no había excitación por mi parte cuando ella me acariciaba. Fingía malamente todo el rato. Luchando contra todos mis síntomas funcionales por el estrés de estar con ella; una y otra vez intentaba amarla para convencerme que lo mío podía cambiar con el tiempo y mi vida se ordenara como la de la gran mayoría de mis amigos; pero sobre todo mi tenacidad en conseguirlo ­-en esos momentos- radicaba en hacer lo que mis padres consideraban valores buenos; el más importante de ellos: la familia, crear un núcleo familiar “normal” de hombre/mujer con hijos; una sucesión en toda regla, a su manera –perfecta−, y yo quería practicar por encima de todo sus enseñanzas.

Nunca se les pasó por la cabeza la idea de una familia diferente a la que ellos consideraban habitual o corriente. Tenían un concepto muy rígido de esa normalidad, que para mí era algo totalmente diferente a lo se imaginaban que yo pudiera alcanzar. Me consideraba un espécimen raro porque cuanto más quería estar con Amalia, más me alejaba de su lado. Me bloqueaba cuando nos tocábamos y no sabía cómo disimular las ganas de desaparecer. Trataba de abstraerme, pensando en otras cosas que me agradaran, pero no obtenía ninguna imagen que me hiciera atractivo el deseo de poseerla. No quería hacerle daño, tampoco sabía explicarle bien lo que me pasaba. Me preocupaba mucho cómo se lo iba a tomar. Tenía miedo al insulto, a la decepción de dejar la relación, al vacío que me hicieran por dejarla y a que me señalaran culpabilizándome por esa libido desbordante que mostraba en otra dirección a la convencional. Tenía que decirle que no sentía ninguna emoción cuando sus manos acariciaban mi espalda o cuando sentía sus labios rozándome la cara y menos aun cuando yo intentaba desnudar torpemente sus hombros o pasaba toscamente una mano por su pelo lacio, pero no me atreví.

Le dije a mi madre si podía ir a un psicólogo, incluso le propuse que podría pagármelo con las propinas ahorradas; sólo quería que me ayudara a buscar uno. Tenía necesidad de contar toda esa vorágine de sentimientos que me parecía anómalos sufrir. Estaba convencido que un terapeuta me ayudaría a aclararme y a tomar decisiones correctas.

−¿Qué te pasa?, ¿Lo has dejado con Amalia?

Según pronunció su nombre, negué con la cabeza varias veces y poniendo cara de incredulidad hice esfuerzos por disimular que eso era lo que realmente quería hacer; era lo que buscaba saber hacer bien.

­−Bueno entonces, ¿Qué es, abstenía primaveral? Por eso no te preocupes, todos estamos algo melancólicos en estas fechas. A mí me pasa lo mismo, pero para eso no necesitas ningún psicólogo. Mírame a mí, la de problemas que tengo y todo lo que he pasado y aquí estoy. La adolescencia es un periodo difícil hijo, todos hemos pasado por ello y mal que bien todos salimos de él. Ni te preocupes.

Siguió monologando para sí convenciéndose que ya me había curado ella con sus consejos, sin saber qué era lo que realmente me pasaba. Mi padre que era camionero, cuando venía cada dos fines de semana a casa, no quería que le molestáramos con nuestros problemas diarios, ya tenía bastantes con los suyos, nos decía con firmeza, y con lo nervioso que se ponía con mis hermanas pequeñas, que eran bastante revoltosas, preferí no comentarle nada, tampoco hubiera sabido cómo hacerlo y probablemente, según hubiera abierto la boca, me hubiera dicho que le dejara en paz ver la tele, que hacía tiempo no estaba tirado en el sofá.

Para no seguir fingiendo más con Ami, una tarde de viernes, quedé a las ocho en la pizzería de siempre y mientras sonreía con el primer mordisco de su napolitana -con voz temblorosa y entre lágrimas- le dije, como pude, que lo nuestro no funcionaba. Era todo por mi culpa y ella entendió −en ese momento− muchas de las cosas que yo hacía mal en nuestra relación. Fue la primera que me escuchó y, sorprendiéndome, comprendió de qué iba lo mío. Salí del restaurante menos tenso de como había entrado, pero más intranquilo por lo que me depararía el futuro; mi vida sentimental no iba a ser fácil.

Él era todo lo contrario de lo que yo era, por eso esta historia no va sólo de mí, o mis dificultades hasta que lo conocí, sino que va de nosotros dos y cómo llegamos a mantener una relación estable en el tiempo y cómo la perdimos en cuestión de un abrir y cerrar de ojos.

Volviendo al principio, yo era tan reservado y estaba tan atento a falsear mi forma de comportarme ante los demás que conseguía proyectar una imagen de lo más varonil, con la que era poco probable que se sospechara de mi homosexualidad. Era agotador disimular todo el día para que nadie pudiera decirme que era afeminado o un tipo excesivamente afectado y señalarme despectivamente como gay o lo que era peor describirme como un “maricón”. Aprendí a controlar mis impulsos y mis ganas de expresar, que había otras maneras diferentes a las habituales de querer. Me encerré en mí mismo, y enfermé del mal del disimulo, el fingimiento y la mentira. Yo no sufrí humillaciones o vejaciones por ser de otra manera. No había daño o trauma por ello. Por todo esto él era mi antítesis; disfrutaba con su amaneramiento, y su exagerada manera de expresarse con el cuerpo; era tan histriónico que su puesta en escena lo ayudaba a ser el líder de cualquier fiesta, −se sentía bien y era feliz por como era−. Su familia lo sabía, sus amigos lo sabían y esa transparencia, esa manera tan sincera de entenderse, también lo expuso demasiado y fue el desahogo de muchos canallas. En una ocasión la paliza fue tan grande que estuvo varios días en la UCI. La lesión psicológica fue fuerte y la conmoción le produjo daño y tristeza. Se volvió algo más cauto y siguió combatiendo todas las malas zancadillas con las que diariamente se encontraba por su sexualidad. Nadie le pudo arrebatar ese modo tan particular de expresarse. Por lo que siguió siendo él mismo y así lo conocí yo.

El ir a la universidad me liberó de ataduras, salí de mi encierro y me fue fácil enrollarme con tíos como yo. Cuando lo vi en el pub entendí lo que Amalia, sentía por mí, cuando me besaba y acariciaba; pensando en ella, corrí hacia él y le besé apasionadamente. Me enamoré ese día de él, salimos de allí abrazados. Nuestra relación no fue fácil; chocábamos en la forma de entender nuestro entorno: él tan extrovertido y abierto; tan comunicativo, y desmesurado en sus impulsos de amor y cariño que yo, a su lado, parecía mucho más reservado, huidizo y retraído de lo que realmente era. Ese celo y excesiva timidez me hacían parecer demasiado rígido cuando intentaba mostrar el afecto tan grande que sentía por él. Con el tiempo cada uno fue nivelando su carácter, y conseguimos que nuestra relación fuera más madura y estable.

Una tarde me insistió que teníamos que ir al centro a ver a una amiga de su infancia que estaba unos días en Madrid por trabajo. Me sentía perezoso y reacio a ir con él, no me apetecía salir en absoluto de casa, coger el coche y sufrir el atasco de entrada a la ciudad, era viernes y si lo podía evitar mucho mejor, pero su insistencia, tan pesadamente convincente, me hizo cambiar de opinión. El atasco lo puso felizmente nervioso, y a mí excesivamente impaciente y malhumorado; la cola avanzaba muy lentamente y cuanto más me impacientaba yo, más expectante y contento se ponía él. En la recta, antes de pasar por debajo del puente peatonal, hizo un gesto de sorpresa y mirando, primero, hacia el puente y después hacia mí, consiguió que mi vista se centrara en el cartel de más de dos metros, que se suspendía de la barandilla, amarrado por unas cuerdas y que decía:

“¡TE QUIERO TANTO! ¡ERES MI VIDA! ¿TE QUIERES CASAR CONMIGO, MON?”

No había ninguna amiga a la que ver, no había necesidad de ir al centro, y mucho menos de pasar por tanto embotellamiento; sólo era necesario salir de casa para ver el cartel y esperar mi respuesta al mensaje. Nos casamos un sábado de verano. Su familia vino al completo a la ceremonia; de la mía, mis dos hermanas aparecieron tímidamente por la tarde en la fiesta.

Nuestra pareja fue sólida y firme, se basaba, en el respeto y en la fuerza de ver en el otro una delicada admiración y devoción de sorpresa diaria. Mentiría si dijera que todo fue bien, que no discutíamos o que en la relación no había nada irritante que nos hiciera enfadarnos por algo.

Montamos un centro de estilismo y creación textil. Él puso todo su talento en la elaboración de patronaje y diseños y yo di lo mejor de lo aprendido en la facultad para la administración de la empresa. Fue un éxito comercial. Empezamos a estar juntos todo el día, y aunque teníamos claro, que cada uno tenía su parcela de trabajo, había veces que las discusiones se metían excesivamente en nuestra cama, −en nuestra parcela hogareña−, o nuestros besos y las ganas de enrollarnos se colaban en el despacho.

Tomé la determinación de cortar con toda esa confusión; era demasiado frenética para que en cualquier momento saltara por los aires nuestra pasión y se rompiera por agotamiento la relación. Me inventé una teoría que nos ayudaría a mantener nuestro comportamiento más personal, emotivo, erótico y sensual en casa y más ejecutivo, neutro, frío y aséptico en el trabajo. Le expliqué la teoría del ovillo.

Le gustó mucho mi propuesta que pusimos en práctica inmediatamente. Así, cada vez que nos montábamos en el coche para ir a la oficina cogíamos un hilo de lana imaginario y lo íbamos enrollando poco a poco. Con cada vuelta íbamos sobrehilando y escondiendo el acto apasionado de amor de la noche anterior, después quedaba oculta la excitación de los cuerpos desnudos dando varias veces la vuelta a la madeja. Esa bola grande de fibra, iba enrollando nuestros susurros eróticos y con la siguiente vuelta se agazapaban las caricias, los abrazos, los tocamientos. Varias vueltas encubrían nuestros besos, el contacto de nuestra lengua y, los lametazos en el lóbulo de la oreja, se escoraban hacia el interior del ovillo. Esa ternura quedaba totalmente sellada y la lana se teñía de un blanco roto, despojado y carente de emoción. Nuestros sentimientos se camuflaban, convirtiéndonos en unos simples compañeros de trabajo.

Al finalizar el día, según nos íbamos alejando del estudio, recuperábamos lentamente el afecto; el cariño volvía a nuestra expresión; las ganas de estar juntos se hacían patentes y tirábamos con delicadeza de la hebra del ovillo y entonces aparecían los besos entre los poros de la piel; las caricias se amontonaban al tacto de nuestra tez, y con cada vuelta volvían las palabras de amor, nuestros cuerpos quedaban desnudos  y todo ese exceso de deseo nos volvía a excitar; cuando la madeja se hacía un simple hilo, éste se teñía de un intenso rojo  que dejaba al desnudo toda nuestra pasión. Llevábamos tiempo enrollando y desenrollando el ovillo y todo parecía funcionar bien.

Una mañana de otoño, Tony me dijo, que no quería hacer y deshacer más la madeja. Me dejó por un QA, que yo había contratado unos meses antes. El muchacho era más joven, más simpático, mucho más guapo, sin manías o rigideces y por supuesto, con menos arrugas de las que tenía yo. Me vendió sus acciones, dejó la empresa y me dejó a mí también. De la noche a la mañana, me quedé solo con su recuerdo, y ese golpe bajo me resquebrajó profundamente. Cuando años después se dio cuenta de su error y quiso retomar nuestra relación ya no encontramos la lana para volver a hacer y deshacer una nueva madeja; no había ovillo que amontonara todo el hilo enrollado que nos pudiera rescatar de su infidelidad. Ya no quedaba ni un puñado de amor en esa maraña de fibras que estuvieron unidas durante largo tiempo. Mi teoría del ovillo de ida y vuelta, hacía tiempo que se había quebrado, y le hice ver que era imposible volver a ponerla de nuevo en práctica.   

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