martes, 23 de septiembre de 2025

LLUVIA DE CENIZAS

 


         


Atlas, no Mapamundi o Planisferio

Era irrespirable el ambiente. Las pavesas caían como fina lluvia cubriéndolo todo. Una densa niebla de humo no dejaba ver más allá del metro de distancia. Sentí como el humo me rascaba la garganta. Tosí varias veces para despejar las cuerdas vocales y me froté fuertemente los ojos limpiando las arenillas de tizones que cubrían el paisaje desde hacía dos días. Estaban a punto de evacuarnos por lo tóxico que estaba siendo respirar la humareda. Veía el resplandor de las llamas muy a lo lejos por la noche. El fuego lo estaba arrasando todo y a su paso solo dejaba desolación y silencio. Sabía que ya había bastos terrenos quemados; las lenguas de fuego circundaban zonas no muy alejadas, superando cortafuegos o rebasando carreteras. La combustión incluso había llegado a quemar varias casas de un pueblo situado a unos 50 kilómetros de aquí y tuve miedo de perder los recuerdos, como le estaba ocurriendo a otros que se encontraban ya desvanecidos entre llamaradas de impotencia.

Cuando los forestales vinieron a alertarnos del peligro de respirar toda esa contaminación y aunque la niebla nos cegaba, mi familia, como la mayoría del pueblo, prefirió quedarse para ayudar en la limpieza de los campos que bordeaban el perímetro de las viviendas y salvarlas, en caso de que el fuego, alcanzara la cumbre de madera de los tejados.

Fue un alivio quedarnos, permanecer para salvar lo nuestro. Aun sintiendo miedo, tenía una sensación de consuelo y alegría que nada tenía que ver con la desgracia de las llamas avanzando por el bosque.

Días antes, en la verbena, él me miró y yo le mantuve la mirada, le sonreí y mostrándome cómplice de sus gestos, le seguí hasta la barra del bar. Estaba dispuesta a pedir una consumición, con seguridad y paso firme; colocarme a su lado como si el encuentro fuera casual o fortuito y a partir de ahí ponerme a hablar con él. Antes de llegar a su lado, me di de bruces con mis primos, que estaban insoportablemente eufóricos; ya se habían bebido varias copas y cogiéndome por los brazos, llevándome casi en volandas y besándome tontamente en las mejillas, me devolvieron de nuevo hasta la pista de baile, justo en el mismo lugar donde había ideado mi estrategia de ligar con él. Mirando a Thais hice un gesto negativo que ella entendió perfectamente; me puse a bailar, sin muchas ganas y sin perder de vista la entrada del bar, estuve controlando el momento en que saliera, para que, esa vez, no hubiera ningún impedimento de acercarme a él. No había pensado el pretexto de hablarle, pero seguro que cuando lo tuviera que hacer me iba a salir cualquier cosa, a sabiendas que podía hacer el ridículo y que la respuesta fuera un corte tajante por su parte. Quizá podría empezar preguntándole por su estancia en Los Ángeles; el máster que había hecho le daba la importancia de ser otra persona diferente, alguien de mundo que había visto otras cosas que nunca podrían ocurrir por aquí. Esa noche nos habíamos mirado de otra manera, lo vi más atractivo e interesante. Pensé que podíamos ser compatibles, coincidir en muchas cosas y por qué no, llegar a ser una pareja. Estaba tan ensimismada que descuidé mirar más detenidamente hacia la salida del bar. Por eso después de media hora de espera, me asomé disimuladamente por su puerta, haciendo como que buscaba a alguien; moví mi cabeza hacia ambos lados, recorriendo el tramo de la barra por si todavía estuviera allí; echando un vistazo rápido por toda la superficie, comprobé que no estaba. Esa manera tan extravagante de comportarme me hizo sentirme mal y con ese sentimiento de decepción e inseguridad, tomé la decisión tajante de marcharme a casa por no aguantar mi frustración.

Cuando salí del bar, la vi tan absorta y concentrada en sí misma, que me dio cosa acercarme y hablar con ella. Antes nos habíamos cruzado unas miradas y los dos sentimos eso que se siente cuando te fijas en alguien y deseas que algo ocurra para poder hablar. Hacía dos años que no la veía. Cuando me había ido a estudiar el máster, ella estaba Madrid, comenzando el último año de Derecho, y ese verano casi no nos vimos. Estuve demasiado entretenido preparando mi estancia americana y reconozco que en aquel momento ella no me llamaba la atención. Ahora la veía guapísima. Me quedé embobado mirando su melena lisa cayendo por la espalda desnuda, dejando entrever unas finas tiras negras que sujetaban una mínima camiseta de lycra que cubría su torso por encima del ombligo; debajo de éste, un ligero pantalón de lino blanco trasparentaba un tanga cada vez que los neones de la discoteca móvil la iluminaban, haciendo parábolas de haces de colores. Todo en ella irradiaba erotismo y sensualidad. Cuando le miré a los ojos y me mantuvo la mirada, supe que quería estar a su lado, pero no fui capaz de acercarme a ella. Sentí vergüenza y me fui al bar. Pedí una cerveza y agarrando el vaso me sentí algo más seguro en medio de todo el jaleo de los que estaban dentro. Había un grupo de tíos hablando muy alto, y haciéndose que se empujaban. Reconocí a un par de ellos, eran dos de sus primos y como estaban dando el cante y no quería hablar con ellos, les di la espalda y me puse mirando hacia los camareros para que no se fijaran en mí y les pasara desapercibido.  Solo quería que ella sintiera lo mismo que yo, y no deseaba otra cosa que entrara por la puerta del bar, se acercara a la barra y me preguntara cualquier cosa. Yo le hubiera contestado a lo que fuera, incluso me hubiera declarado así inconscientemente, aunque fuera absurdo lo que estaba haciendo. Creo que me había enamorado esa noche de ella; tenía un aura especial que nunca había visto. Cuando se fueron sus primos, me di la vuelta mirando hacia el fondo del bar por si ella hubiera entrado y yo no la hubiera visto. Allí no estaba. Me quedé como un autómata vigilando la puerta mientras daba sorbos a la consumición. Quería verla y rogaba mentalmente para que una fuerza superior me la trajera, y me la colocara allí delante y poderla invitar a tomar algo. Después de un rato, salí del bar. La vi a un lado de la pista de baile, pensativa, con la mirada perdida, como ausente; no me atreví a ir a su lado y romper ese estado de espiritualidad; tontamente me escabullí entre la gente con intención de irme, pero pensándolo mejor, regresé sobre mis pasos para ir hacia ella y de repente mi inseguridad me hizo darme la vuelta y marcharme, cogí la moto y me fui a casa.

No es que me alegrara por la tragedia que estaba ocurriendo en los pueblos más arriba del Valle con el fuego. Al contrario, estaba asustada por si toda esa angustia nos llegaba a nosotros; los primeros daños colaterales ya los teníamos en forma de humo agobiante. Sin embargo, lo que me mantenía risueña interiormente, era una especie de inquietud nerviosa y esperanzadora al saber que entre los pueblos cercanos nos íbamos a ayudar unos a otros y que era más que probable que él colaborara también. Se creó un grupo de WhatsApp de más de trescientas personas para organizar un *hacendera. Mi sorpresa fue cuando él escribió que cargaba la furgoneta con herramientas y pedía que se le enviara una ubicación para poder llegar rápidamente donde fuera necesario comenzar a limpiar. Cuando vi la ubicación, le dije a mi abuela que le cogía de su colección de aperos un par de rastrillos, unas guadañas y tres forcas. Antes de salir por la puerta carretal la vi ponerse un mono de trabajo, se calzó unas botas, se ató un pañuelo a la cabeza y cubrió su cara con una mascarilla. Me alcanzó, con su paso ligero antes de llegar a las peñas, estaba más en forma que yo. Allí ya había mucha gente limpiando el campo. Vi a mi padre manejando un volquete que no era suyo y a mi madre con un bildo cargando los restos de paja segada. Había un bullicio de gente bastante organizado; tímidamente empecé a rastrillar el rastrojo en silencio, haciendo lo que veía hacer.

Me llegó una notificación de inclusión a un grupo llamado: Fuego; lo primero que hice fue mirar que ella estuviera incluida. No tenía su número registrado, pero seguro iba a reconocer su foto de perfil. Ahí estaba, casi de espaldas, mostrando la mitad de su cara y enseñando orgullosa su preciosa melena castaña. Le pedí a mi madre su furgoneta; la tenía cargada con las plantas que había comprado el día anterior en el mercado, para ajardinar un pedazo grande de terreno, en torno a la piscina. Había preferido dejarlas dentro del vehículo para que el humo no las malograra y descargarlas cuando todo hubiera pasado. Entre los dos vaciamos la carga y metí las tres desbrozadoras que había en casa. Ella echó a mayores un par de rastrillos y se sentó en el asiento del copiloto. Antes de arrancar el vehículo, escribí en el grupo si me podían mandar la ubicación; alguien contestó casi de inmediato y arranqué hacía las Peñas del barrio de arriba.

Cada poco paraba dejando el rastrillo y enderezando la columna para que la flexión constante y el esfuerzo de tirar por el palo recogiendo forraje no me lastimara más de la cuenta. El heno se enganchaba en mi pelo y aunque lo llevaba atado en una coleta, sentía como algunas espigas se colaban entre los mechones anudados. Saqué el móvil del bolsillo y tomé varias fotografías, para subirlas y compartirlas en Instagram. Me di cuenta que era un momento especial de estar todos defendiendo coordinadamente el pueblo y me gustó la idea de que mis amigos, lejos de allí, supieran lo que estábamos haciendo. A través de la pantalla del móvil enfoqué en diferentes direcciones; hice un par de vídeos y continué sacando algunas fotos en modo retrato. En realidad, lo que pretendía era buscarle a él entre tanto voluntario; mirar por el objetivo de la cámara del móvil era simplemente una sencilla maniobra de disimular lo que realmente estaba buscando. Cuando amplié la última foto, me di cuenta que uno de los cuatro que estaban cortando con desbrozadoras, era él; segaban en perfecta armonía y compás siguiendo una línea recta despejando la maleza árida en la que se había convertido la vegetación del invierno.  Me puse nerviosa, guardé el móvil en el bolsillo del pantalón y empecé a rastrillar moviéndome irracionalmente en la dirección contraria a donde él estaba. Se me resbaló la goma de la coleta por el esfuerzo tan exagerado que estaba haciendo y apoyando el mango del rastrillo contra mi hombro izquierdo, recompuse mi pelo, haciéndome un atado a manera de moño; aproveché para controlar su posición; estaba bajando por una ligera pendiente y concentrado en el movimiento derecha/izquierda de la máquina. Creo que no se había dado cuenta que yo estaba allí. Su pelo tenía el color del polvo, estaba encrespado, lleno de virutas de paja. Lo vi erguido y grácil, soportando el peso de la máquina; él que era tan delgado y alto, al contraluz se le veía estilizado y esbelto. Daba gusto mirarlo. Me moría de ganas que me viera.

Tiré de la palanca de arranque de la desbrozadora; estuvo a punto de ahogarse, al tercer intento se puso en marcha, me coloqué el arnés por la espalda y poniéndome en línea con los que ya estaban cortando la maleza, agarré las empuñaduras del manillar y apretando el acelerador, me concentré en el corte acompasado a ambos lados. Cada poco levantaba la vista del suelo para mirar si ella se encontraba en esa zona ayudando con la hierba. El humo no permitía ver bien a la gente, era una especie de niebla molesta y tórrida de verano. Avanzamos por una zona irregular con bastantes piedras, se hizo mucho polvo entorno a las desbrozadoras; por detrás de nosotros varias mujeres rastrillaban los restos cortados y el volquete iba a continuación, recogiendo los grandes haces de gavillas. Alguien me tocó por la espalda y me ofreció agua, eché un trago y cuando estaba devolviéndole la botella, la vi a unos diez metros de donde yo estaba. Tenía el palo del rastrillo apoyado en su hombro izquierdo y con las dos manos se estaba recogiendo el pelo en un moño, anudándolo con varios dobleces de una cinta elástica. Incluso con esa nube amarronada de humo y polvo me pareció tan delicada, sutil y sensual que perdí el ritmo del trabajo. Con esa luz tan extraña era como haber visto una aparición. Su silueta fue un imán de belleza sensorial que me atrajo en medio de toda esa polvareda. Volví al ruido de la desbrozadora pensando en lo bonita que era. Intenté agilizar el movimiento de la siega girando hacia donde ella estaba. Quería llamar su atención, que me viera y compartir con ella ese momento de fortuita unión vecinal.

Hacía un buen rato que me había ido de las peñas. Pasé a su lado, y no me atreví a decirle nada.  Le vi tan concentrado cortando maleza que no era momento ni para saludar. Me fastidió mi actitud tan retraída y pusilánime. Allí sólo quedaban, en la parte más escarpada los que trabajaban con alguna máquina, y él era uno de ellos. Estaban rematando la parte por donde podría entrar el fuego, si llegaba a quemar las encinas del valle. El resto ya nos habíamos movido hacia las eras limpiando los terrenos cercanos a las casas. Sólo faltaba por recoger las zarzas de las huertas de la parte baja. Eran casi las dos de la tarde y sentí que me pesaban los brazos y las piernas, no estaba acostumbrada a estos trabajos. Necesitaba descansar.

La vi marcharse hacia las eras, su tez estaba maquillada del polvo ocre de la tierra. Pasó justo donde la hélice hacía más ruido, y casi saltando con un pequeño brinco avanzó rápido sin decir nada, y continuó por la loma, hasta llegar al camino. Allí ya sólo podíamos trabajar nosotros. Me encontraba apesadumbrado por no haberle dicho algo. Cuando acabamos de limpiar la zona de las peñas, eran pasadas las dos de la tarde. Sentí un poco de debilidad y me di cuenta que necesitaba parar y descansar.

Mi madre se había empeñado en que mi nombre debía ser Atlas, discutió con mi padre por ello y también enfadó a su familia por lo mismo; al final se salió con la suya y yo me llamo así porque a ella, en aquel momento, hace veintitrés años, le encantaban los libros de mapas. Tengo que agradecerle que no se le ocurriera haberme llamado Mapamundi o Planisferio, que ya lo hacían los niños cuando se burlaban de mí en primaria. A veces me ha sido pesado tener que repetir la historia del capricho de ella con mi nombre, y estando en la universidad me inventé que me llamaba así por el gigante de la mitología grecolatina, ese gran titán que sostiene con sus hombros la bóveda celeste. Esta historia tan gráfica de la deidad y la relación con mi nombre, me había dado muy buenos resultados en las relaciones sociales.

 Medio somnolienta escuché a mi madre que me llamaba repetidamente:

−Atlas, Atlas, ¿es que no oyes la puerta? –Y volvió a repetir mi nombre. Atlas, Atlas, ¡qué están llamando! ¿Vas tú a abrir? Estoy entrando a la ducha y tu abuela y tu padre están en la siesta. Seguro que es para a ti.

Estaba tirada en el sofá, se me cerraban los ojos por momentos; había estado viendo las fotos que había hecho por la mañana; ya había elegido unas cuantas para compartirlas en Instagram y solo me faltaba subirlas. Volví a oír a mi madre gritando en un tono más alto:

−Atlas, Atlas, ¿no me oyes?, ¿¡quieres abrir¡? Estoy en el baño y el timbre ha sonado varias veces.

− ¡Ya voy mujer, no chilles! −Le contesté con desdén.

Estaba totalmente desganada y no me apetecía para nada levantarme, y menos aún que alguien viniera en ese momento a molestarnos. Cuando salí al patio, para abrir, fui diciendo:

− ¡Ya voy, ya voy! ¡Un momento!

Aún tenía recogido el pelo en un moño mal hecho, el polvo me lo había puesto de color bronce y notaba como se me habían quedado algunas pajas enganchadas. La piel de mi cara y mis brazos parecía pigmentada con chorretones terrosos. La ropa estaba como si la hubiera teñido de marrón con pegotes de barro y en las botas no se distinguía el negro original. Me había dado pereza ducharme antes de comer y al acabar preferí tumbarme y dejar pasar mi turno en la ducha. Con esas pintas salí al patio para abrir la puerta. Más alto volví a decir, para que quien fuera me oyera:

− ¡Ya voy, ya voy! ¡Un momento!

 Oí, como en un susurro, la voz del que estaba detrás de la puerta. No le entendí cuando dijo quién era. Al abrirla me quedé muda y cortada.

 −Hola At-Las −Pronunció mi nombre despacio, en dos tiempos como si marcara las sílabas. Te he traído estos rastrillos que te dejaste en las eras. Seguro son de la colección de tu abuela.

Estaba tan sorprendida que no supe que decir; sonreí un poco y noté como un ardor sofocante me subía por detrás de la nuca; sentí que todo el barro de mi piel se sonrojaba, ruborizándome. Era él. Estaba en frente de mí, en mi propia casa. Me puse nerviosa y una sensación de vergüenza por el asombro de verlo ahí delante, me hizo hablar con monosílabos, balbuceando respuestas sin mucho sentido.

En el cerro ya no había más rastrojo que limpiar. Se había hecho una buena poda de maleza. Guardé las desbrozadoras en la furgoneta y sólo deseaba llegar a casa para ducharme. Mi madre hacía un buen rato que se había ido y yo tenía también la necesidad de marcharme ya. Me metí por el camino empedrado para atajar y llegar cuanto antes. Todavía quedaba gente rastrillando y cargando volquetes de paja que luego llevaban a la escombrera. El dueño del bar me hizo una señal de que parara.

−Oye, tú que vas en esa dirección, puedes llevar estos rastrillos a casa de la señora Raquel, creo que se los ha olvidado aquí su nieta y por el aspecto que tienen, así tan barnizados, son los que tiene expuestos en las cuadras.

Abrí el portón de la furgoneta, los metí dentro y me fui hasta su casa. Delante de la puerta carretal, tomé aire para que no se notara mi inquietud por verla y antes de llamar al timbre deseé con todas mis fuerzas que me abriera ella la puerta. Cuando oí su voz por el patio, me puse inquieto de felicidad y dije mi nombre para que supiera quien era. Creo que no lo escuchó bien porque de mi garganta sólo salió un ligero sonido imperceptible y algo perturbado por la situación.

−Hola At-Las –Pronuncié despacio su nombre, en dos tiempos marcando las sílabas. No sé porque hice eso, quizá para darle tiempo a reaccionar. Te he traído estos rastrillos que te dejaste en las eras. Seguro son de la colección de tu abuela.

Se quedó muy cortada al verme y me puse a hablar rápido manteniendo un monólogo conmigo mismo para disimular el que ambos estábamos demasiado excitados por el encuentro. Ella respondía con monosílabos sonriendo ansiosamente. Nos quedamos unos segundos callados, manteniendo la mirada; sentí que la deseaba, me acerqué más a ella y la abracé colocando mis manos en su cintura; agachando un poco la cabeza, cerré los ojos y la besé.

Estaba tan cohibida, que, sonriendo inquietamente, solo me salía responderle con palabras sueltas, a la conversación atropellada que parecía tener consigo mismo. Me quedé en silencio; le miré a los ojos deseándole; él se aproximó más mí, me abrazó con delicadeza y yo extendí mis brazos para cerrarlos en círculo sobre su espalda; me puse de puntillas inclinando mi cabeza ligeramente hacia arriba, cerré los ojos y lo besé. 

*N.A: hacendera: trabajo colectivo con fines de utilidad para una comunidad de vecinos de un pueblo.


martes, 19 de agosto de 2025

42°20′48.84″ N, 6°23′31.99″ W. Altitud 2188

 





Onofre Palencia Leví

− ¿Estás seguro que quieres que mañana vaya a subir al monte?

−Sí, hija, por qué no habrías de ir. Como todos los años, este no va a ser distinto.

−Pero papá, sabes que estás delicado y justo el día de tu cumpleaños, no querría dejarte solo, además sería mejor no llegar exhausta y tarde a tu celebración.

−No seas tonta, lo celebraremos por la noche, no es un día que me guste especialmente y además nunca estoy solo. Tu hermana lo tiene todo preparado.

Esa noche no pudo dormir bien, cada poco giraba su cuerpo a ambos lados; primero probaba a dormirse del costado izquierdo y luego del derecho para colocarse, finalmente, boca arriba intentando concentrarse en la relajación, que tantas veces había practicado con su profesora de yoga. En esos momentos, tan oscuros de la noche, le venían miedos absurdos e imágenes negativas: el esfuerzo de la subida, el sol incidiendo sobre su piel provocando quemazón, el latido acelerado de su corazón, ahora que sabía tenía un soplo cardíaco. Incluso le preocupaban los tenis inadecuados que le molestarían en la punta de los dedos de los pies por el descenso pronunciado, o incluso el atuendo deportivo prestado de su sobrina; el suyo se había quedado preparado en el sofá de su casa a más de trescientos quilómetros de distancia. Esta vez el ascenso lo haría con unos parientes, con los que compartía tíos comunes, pero sin tener parentesco directo entre ellos. Su padre había dejado de subir al monte hacía tiempo, aunque no le faltaban ganas, −incluso ahora que estaba a punto de cumplir 93 años− y con su hermana nunca habían contado, no le iban esos esfuerzos y mucho menos en verano. Su sobrina esperaba un hijo y no era momento para acompañarles.

Se sobresaltó cuando sonó la alarma de su móvil, a las 5:45, calculó que había dormido, tan solo, un par de horas y en ese estado era difícil aguantar las 5 horas de subida y las otras tantas de bajada. Estuvo a punto de mandar al grupo un mensaje diciéndoles que se “rajaba”, que no iba. Tenía mucha pereza, en ese momento, como para calzarse unos deportivos y enfrentarse a la senda escarpada llena de piedras con raíces de urce secas −que ella llamaba tuérganos− y rocas grandes engarzadas por un brezo púrpura fresco, y llegar hasta el pico. Con ese poco espíritu de superación y esa actitud de no querer ir, era mejor quedarse.

Escribió un mensaje al grupo con una disculpa de ausencia:

−Tengo una jaqueca horrible, no me siento capaz de subir. Lo siento, lo dejo para otra ocasión. Disculpar, no tenéis problema, sabréis llegar sin mí.

Estaba claro que no era verdad, pero no sabía que cosa mejor decir que un dolor para continuar en la cama y reanudar el sueño. Antes de enviarlo, le llegaron unos cuantos mensajes estimulantes de excitación y alegría por el ascenso. Su mensaje se quedó sin enviar y acabó borrándolo, resignándose con cierta cara de circunstancia y aceptando el reto de trepar y encaramarse al monte de los 2188 metros. Aunque partieran de unos mil metros, en los inicios de la ladera, la pendiente se hacía dura, a pesar de que para ella era suficientemente conocida. La subida la llevaba haciendo intermitentemente desde su adolescencia, pero después de tantas ascensiones, cada vez le pesaba más los recuerdos de los que no podían subir con ella, y la fatiga de los años le hacía poner excusas para dejar de hacerlo. De repente se acordó que su padre −la noche anterior− le dio un papelito doblado en cuatro partes iguales, con el deseo que quería que dejará ella por él, en el pequeño cilindro de acero que estaba colocado en la cumbre del monte, al lado del monolito con la información de la latitud y la altitud, medidas en el punto más alto donde un conjunto de piedras formaba la cima. Eso la hizo levantarse de inmediato, no podía fallarle con su petición, no quería defraudarle y que se sintiera decepcionado o desilusionado por su decisión de no ir. Le llevó una media hora prepararse. Antes de irse, abrió la puerta del cuarto de su padre, le dio un beso en la frente y le susurró que ya se marchaba; cuando estaba a punto de cerrar la puerta, él le recordó:

−No te olvides de meter mi último deseo cuando estés en la cumbre.

−Claro papá, aquí lo llevo bien guardado en la mochila. Pero, por qué dices “tu último deseo”, si vas a vivir muchos años para seguir pidiendo lo que quieras –Dijo con sorna.

−Bueno tú no te olvides, ¡vale hija! Es importante para mí.

 Cuando aún la campana del reloj de la escuela no había dado las siete de la mañana, ella ya estaba fuera de las puertas carretales, con el maletero abierto de su furgoneta, esperando las mochilas y los palos o bastones del resto. Estaban a media hora de distancia por carretera, del sendero del ascenso. Se hicieron la foto de grupo justo antes de ponerse a andar. Este año se habían apuntado nueve a la expedición, lejos quedaban aquellos años en los que su padre juntaba a un grupo de más de veinte.  A veces deseaba que nadie quisiera subir y así no hacer ella de guía. Pero la Sierra era como un imán que atraía siempre a alguien a escalar hasta su pico más alto y sentir el esfuerzo como un reto de superación con una gran sensación de libertad.

A esas horas de la mañana todavía no hacía mucho color. Por eso el ascenso era llevadero. Cuando la pendiente comenzaba a ser escarpada y el andar por las piedras se hacía difícil, ella empezaba a sentir la fatiga en su pecho con la aceleración de los latidos del corazón. Se paraba de vez en cuando, respiraba profundamente, echaba un trago a la bebida isotónica que llevaba colgada a la espalda y chupaba por la fina tubería la cantidad suficiente para recobrarse. Después sacaba alguna fotografía al brezo, −que estaba espectacularmente verde y violeta, por la cantidad de agua caída en la primavera−, a las jaras, los arándanos, o a la bellísima línea del horizonte que, envuelta con la bruma, creaba una visión ilusoria mágica y después hacía instantáneas del grupo, muchas de ellas eran autorretratos con todos, donde ella salía −con su sombrero de paja− en primer plano.

No se le hicieron especialmente difíciles las horas de subida; los músculos le respondieron bien y aunque, puntualmente, le faltó un poco el aire en algún momento, se recobró sin problema, controlando la respiración. Una vez pasada la exagerada pendiente del cortafuegos, sintió la satisfacción de estar consiguiéndolo.

No llegó la primera a la cúspide. Cuando lo hizo, ya había quien, estaba acabando el almuerzo y preparado para comenzar el descenso. Ella, sin embargo, quería hacer sus rituales de siempre: disfrutar de la vista desde ese punto tan alto de la sierra. Le gustaba dar gracias a esa naturaleza tan salvaje por atraerla un año más hasta ese paraje. Después aún tenía tiempo para sacar más fotografías del grupo, que, con el fondo azul, casi celestial, parecían puntos en ese espacio situado entre el cielo y las rocas, que formaban la peña del monte. Tomándose su tiempo, abrió uno de los bolsillos interiores de la mochila y sacó una libreta pequeña con un lápiz diminuto; no sabía muy bien qué escribir, hacía tiempo que había dejado de desear cosas que nunca se cumplían, así que por inercia y acordándose de su padre escribió:

− ¡Qué tenga buena salud por muchos años!

No era una frase que la cubriera de gloria, ni tampoco un deseo rotundo vital; era algo genérico, parecía haberlo escrito más por no saber qué poner, que por una petición rogativa importante. Su padre tenía buena salud y era el candidato perfecto para superar la centena. Rasgó la hoja de la libreta, la dobló como lo había hecho él, en su casa, y volvió a hurgar en el interior de la mochila para encontrar el papelito que le había dado su padre. Abrió la tapa del cilindro de acero; allí había más peticiones. Metió primero la suya y cuando iba a meter la de él, una curiosidad extraña, le hizo deshacer los dobleces y ver lo que había escrito.

− ¡Qué hoy toque la cima como mi hija!

Echó el papel en el bote y a partir de ahí no dejó de obsesionarse, intentando descifrar que quería decir con esa frase. Unos cumulonimbos cubrieron el sol y alguien dijo que se avecinaba una tormenta. Ella interpretó, por su experiencia, que esas nubes −que aún no eran negras− se irían hacia el norte, pronosticando que, una vez bajaran por el sendero, volverían a sentir el calor del sol. A los veinte minutos descargó una tormenta con gran aparato eléctrico y una granizada les sorprendió sin poder guarecerse en ningún sitio. Agachados entre las piedras soportaban el agua y el pedrisco, cada uno, como podía. Se sintió totalmente desacreditada con su teoría de que allí no caería ni una gota de lluvia. Escuchó como su móvil sonaba repetidamente; en ese estado tan crítico, no quiso abrir la cremallera de su sudadera y ver quién la llamaba. Pasados unos minutos volvió a sonar dos veces más y entendió que esas llamadas querían ser el aviso de algo urgente.

−Hola dime, ¿qué pasa? –Levantó la voz desafinando en la interjección. ¿Qué? No, no es verdad. ¡Repítemelo otra vez! No, no puede ser. Estaba bien por la mañana cuando entré en su habitación. ¡No, no me puedo calmar! –Le chilló a su hermana y un rayo interrumpió bruscamente la llamada.

La tormenta descargó durante media hora y uno de los rayos había impactado muy cerca de los sobrinos de su tía, uno de ellos había perdido el conocimiento y tenía abrasiones por la cara y el cuello; al otro se le veían quemaduras en ambas piernas y en las manos; estaba sangrando por una brecha profunda en mitad de la frente. El muchacho gritaba de dolor y ella lo hacía también por la noticia que acababa de recibir.

Cuando aminoró su desconsuelo y se dio cuenta de la tragedia de lo que estaba ocurriendo, abrió su aplicación de Alert Cops y pinchó en Rescate, compartió su ubicación y al instante un agente se puso en contacto con ella:

−Bu…nas …des .rel. ¿…al es e…gen..a?

Hacía tiempo se había registrado en ese servicio y aunque nunca le había hecho falta, lo tenía actualizado por lo que le pudiera pasar.

−No le en…ti..do  ..en, dice que …tá en el mon..  su pa… de 93 ..ños mu…to, ¿es así?

La conversación se entrecortaba y ella volvía a repetir el suceso:

−Es…mos en  el mo…te T…, her…gra… dos …cos y mi …dre ha ….erto.

−Dis…pe…me…no ….do. Su pa…que ….sa?

Se cortó la conexión y por ambas partes trataron de volverse a llamar. Se oían cerca los truenos y los relámpagos aún se veían con claridad; unos nubarrones amenazaban con seguir lloviendo y con cada sacudida el grupo se sobresaltaba. Todos se habían puesto en círculo protegiendo a los heridos, sin saber qué más hacer.

−Señora, ¿me oye mejor ahora?

−Sí, sí, mejor –respondió ella nerviosamente a pesar de que perdía por momentos la comunicación.

Escuchó las instrucciones de cómo manejar la situación, y qué hacer hasta llegar un equipo de rescate. Sin poder ponerse a cubierto soportaron una lluvia torrencial y la conversación se volvió a cortar, el móvil dejó de funcionar, justo cuando el agente le estaba preguntando por el estado de su padre. Sin embargo, ella continuó hablando, como si le escuchara y prosiguió explicándole que allí no estaba con ellos y no tenía idea qué es lo que había sucedido con él, a pesar de haber recibido la noticia de su fallecimiento. Volvió a sonar el teléfono y malamente oyó que le decían:

−Pongan a cubierto al anciano –la señal se perdía y se recuperaba mientras ambos se hablaban a la vez. Ella gritaba por el micrófono, como si al hacerlo, la entendieran mejor.

−No, aquí no está mi padre. Dos chicos están muy heridos −y lo decía bien alto, vocalizando cada palabra; lo hacía casi silabeando para que comprendieran bien de una vez; pero sólo oyó el eco de su voz sin obtener respuesta.

− ¿Me oyen? Uno de los heridos está inconsciente y el otro muy quemado. ¡Socorro, por favor! ¡Eh! ¿me oyen? –insistió desesperadamente.

Le parecía irreal estar en esa situación, tan solo hacía tres días que había disfrutado tanto en el concierto de John Németh en el Café Central, que le resultaba difícil entender ese estado tan lamentable en el que se encontraba ahora. Pensaba en su padre y a la vez consolaba −con gran impotencia− a los dos heridos, que uno de ellos lloraba de dolor. Le venían momentos de la audición del músico y las lágrimas inundaban sus ojos juntándose con los golpes que recibía del aguacero que, aún, les abatía sin tregua. Su móvil no daba señal de cobertura. Hizo varios intentos de llamar a su hermana por si la suerte hiciera que ésta lo cogiera y a través de ella organizar el rescate.

Oyeron el zumbido de unas hélices que se aproximaban; entre los cúmulos, que se estaban alejando, pudieron ver el helicóptero del 112, que, situándose en su vertical, soltaron la escalera y de inmediato bajó un rescatista, que fue recibido, como si de esas nubes surgiera una aparición y un milagro sobrenatural les viniera a salvar.

−Primero el anciano, −repitió varias veces−. El anciano, el anciano, es al primero que subiremos. – dijo el del rescate, sin haber hecho pie en la zona colapsada. Desde arriba otro compañero, descendía con una camilla.

Ella señaló a los heridos, que realmente eran la emergencia. Su padre no estaba allí. Ya no estaba en ninguna parte. Fue entonces cuando pensó en todo lo sucedido relacionando lo que él escribió, como deseo, en la nota que ella dejó en la cumbre y toda esa furia de una tormenta que había aparecido por sorpresa. Se trataba de toda una confabulación premonitoria natural entre la vida y la muerte; entre esa fina línea que te lleva de un estado al otro –del sólido al gaseoso− y la lucha por permanecer y a la vez dejarse ir.

−Eso es lo que ha hecho él. Claro, ahora entiendo que estuviera tan insistente con que no me olvidara de su nota. Él sabía que hoy se marcharía y de alguna manera compartiríamos ambos la misma cima, el mismo día y a la misma hora. Pero pensándolo bien ¡vaya día ha elegido! ¡¿quién se muere el mismo día de su cumpleaños?!

El helicóptero se alejó y el resto del grupo comenzó el descenso, caminando en silencio; estaban magullados por los rasguños de haberse rozado con las rocas; continuaron el sendero cabizbajos, con un estado anímico desolador y el esfuerzo del descenso fue mucho mayor. Cuando su móvil tuvo señal, comprobó que tenía más de 80 mensajes. Su hermana la había llamado más de veinte veces. Abrió la aplicación de mensajes y del grupo del pueblo se encontró una retahíla interminable de ellos con las iniciales: D. E. P. que no dejaban duda alguna del fallecimiento de su padre. Cuando su hermana pudo contactar, de nuevo, con ella, le explicó que se había ido sin sufrimiento.

−Pudo ser cualquier fallo orgánico, fue una desconexión sin explicación, un dejarse ir sin molestar −una marcha que describió como algo afable y feliz.

Esther miró a lo más alto del Monte y allí, en la cumbre, le pareció ver la silueta de su padre. Una nube desdibujó el pico, se hizo un remolino de cierzo seco y levantando su mano hacia la cima, la movió suavemente como queriendo despedirse; después tocó sus labios con varios dedos, y lanzó al aire unos besos, susurrando un simple:

 –Adiós.

Con voz temblorosa, y a manera de responso como si de un rezo conocido se tratara, pronunció solemnemente su nombre.

−Onofre − y más pausadamente repitió varias veces sus apellidos− Palencia, Leví, Palencia, Leví –y volvió a decir−, Onofre –y ella misma contestó a su propia oración− Palencia Leví.

Poniendo un acento más protocolario con la intención de despedirse definitivamente de él, vocalizó articulando, por última vez, su nombre completo:

 Onofre Palencia Leví.

Y ese fue su particular ritual de exequias, tratando de entender la marcha de su padre, casualmente, el mismo día de su cumpleaños.

 

 

domingo, 27 de julio de 2025

ESTÍO

 



Causas delictivas

A mi jefe no le gusta celebrar la comida de empresa previa a la Navidad, pero la que organiza extremadamente bien, es la que precede a las vacaciones de verano. Siempre las hace en el jardín de su casa, que es un espacio grande con piscina infinita, barbacoa de diseño y césped increíblemente cuidado, con parque infantil ­–pensado más para los hijos de sus empleados, que para los suyos que aún no tiene− A la comida no sólo vamos los que estamos diariamente con él, sino que se puede acudir acompañado de pareja, o grupo familiar. Con tan amplio número de invitados empezaba a organizar el festejo, a partir del tercer mes del segundo trimestre. El evento siempre ha sido, el último sábado de julio. No se trata de una simple comida antes del periodo vacacional, sino que lo que quiere resaltar y dejar claro, como motivo principal, es que fue a últimos de ese mes, cuando hace más de diez años, ideó el modelo de negocio, que puso en práctica, meses después, y que ha sido todo un éxito de mercado. Comenzó con seis empleados y al año y medio ya éramos unos 35. Ahora pasamos del centenar y no hay mes, que, desde recursos humanos, se busque a más profesionales para incrementar la plantilla.  

Cuando entra por la mañana en la oficina, a eso de las ocho, lo hace con un espíritu muy positivo; mientras recorre el espacio entre el ascensor y su despacho, primero saluda con un gesto general moviendo su brazo derecho y a manera de reverencia inclina un poco su cabeza y luego junta las manos dándonos las gracias al estilo japonés por estar sacando adelante todo este entramado de ventas y transacciones.

Quiere ser un compañero más, y a veces consigue mucha cercanía, aunque no por ello sabe mantener la distancia con sus empleados. Es exigente, riguroso y estricto en la calidad de todos los acuerdos, intercambios y compromisos que se gestionan desde la oficina. La venta de maquinaria nueva, de ocasión o el alquiler −de tractores, trilladoras, cosechadoras de última generación, equipos de forraje, además de todo tipo de vehículos para el campo− a través de una red accesible vía web −fácil de manejar− ha hecho que su negocio, sea la gran tienda virtual a la que acceder, si se necesita cualquier maquinaria agrícola, a precios competitivos. Su truco: la confianza que da el vendedor y la calidad a buen precio del producto. La flexibilidad en la venta o alquiler es esencial. La gran tienda virtual ya es conocida en Europa y ha empezado a explorar otros mercados más alejados. Nos llegan pedidos desde Canadá, Argentina, Chile o Costa Rica. Las facilidades en las transacciones de la maquinaria por Internet, era algo impensable para este tipo de vehículos, sin embargo, su apuesta estrella era combinar la venta digital y el servicio personal con el cliente cara a cara. Con esos dos ingredientes el mercado se expande cada día, hasta donde él ponga el límite.

Éramos un grupo heterogéneo, con ideas y modos de vida totalmente diferentes: estaba el grupo de jóvenes informáticos –solteros−, el de los jóvenes −recién casados− expertos en ventas, los cuarentones −nóveles padres− técnicos en mecánica. Los que llegaban a la cincuentena −con hijos emancipados− que sabían del funcionamiento de cada motor. Había un ex-viudo sexagenario −especialista en análisis financieros− que había rehecho su vida con una cubana y luego estaba yo, la joven “Single” −dedicada a la planificación estratégica y de recursos, con rango de coordinadora− alcanzando la cincuentena con esperanzas de encontrar pareja.  En todo el grupo había los extrovertidos, habladores y graciosillos, y los introvertidos, silenciosos y algo más raritos. En general había buena relación, sin profundizar demasiado en la vida privada de nadie. Una vez que salíamos por la puerta no nos considerábamos amigos, por lo que rara vez quedábamos para tomar una cerveza. Por tanto, la comida de julio ­−en casa del jefe− era la única oportunidad de reunirnos un gran número de nosotros fuera de la oficina. Ese día era como ir de boda, −sin ceremonia religiosa−, aunque había rituales que lo parecían: la forma de vestir casi de gala le daba rango de boato y solemnidad: el traje con corbata y los vestidos largos con gasas y sandalias hacían los honores de un gran acontecimiento donde no faltaban los discursos de alabanzas y agradecimientos. Por eso mi jefe lo llamaba:

-El banquete del Estío.

Y no le faltaba razón, había tanto despliegue de bandejas; se comía y se bebía tanto ese día que siempre había alguno que se ponía malo o daba la nota discordante y hacía el ridículo por el exceso de alcohol. Como cada año la música de Jazz –la preferida del anfitrión− era la protagonista del ambiente. Esta vez se trataba de un trío de saxo, contrabajo y piano que tocaba piezas clásicas de Bebop. Era su mujer, la que se ponía en contacto con una escuela de música −a la que había ido algún tiempo, cuando le entró la curiosidad de aprender a tocar el violín; práctica que abandonó pronto al darse cuenta que no tenía talento para ello− y contrataba a un grupo de jóvenes de la orquesta de jazz.

Después había un festivo bullicio de corrillos tomando las tapas que los camareros iban ofreciendo. Había muchos niños corriendo por el jardín, o montados en los columpios o preparándose para probar el agua salada y cristalina de la piscina. Me daba mucha alegría ver a tanta gente feliz, y lo mejor de todo era pensar que en unos días estaríamos, la mayoría, de vacaciones; era una buena manera de celebrar todo un año de esfuerzo y trabajo.

Me acerqué a los veteranos, así llamaba yo a los que llevábamos más tiempo en la empresa. Estaban impecablemente trajeados ellos y especialmente elegantes ellas con sus atuendos. Noté a Paco un poco más nervioso de lo habitual, −llevaba un par de meses irascible y malhumorado− dialogaba a la defensiva, hablaba atropelladamente y se defendía monologando como queriéndose proteger de algo sin precisar que le molestaba de nuestra actitud. Le noté disgustado y muy contrariado, supuse había tenido “movida” con Evelyn, su nueva mujer.

Hacía unos años que había hecho un viaje a Camagüey y se había enamorado perdidamente de una mujer bellísima, algo más joven que él. No paró hasta traerla a Madrid y el mismo día que llegó con ella al aeropuerto, un amigo piloto, los casó en la sala Vip, teniéndonos a un puñado como testigos de su compromiso. La ceremonia fue breve, emotiva, sentimental y conmovedora. Me hizo llorar la fuerza de su impulso y el arrojo de volver a empezar y dejar su viudedad por el momento. Después lo celebramos con unos Huevos Estrellados en Casa Lucio. Él adoraba ese restaurante y no había mejor manjar –que un par de huevos fritos− para festejar su boda.

Tuve buen contacto con Evelyn, fuimos varias veces de tiendas −y nos entendimos muy bien−. Nos encontrábamos los domingos en el Rastro y muchos viernes íbamos al cine a ver algún estreno. A los dos años de estar juntos empecé a notar a Paco irritado con ella. Solía contradecirla por cualquier cosa. Parecía molestarle todo lo que viniera de ella y me resultaba violento estar en medio de disputas banales que nada tenían que ver conmigo. Le observé celoso y especialmente preocupado por cómo vestía su mujer y me inquieté por su actitud. Un día en el trabajo le pregunté qué le estaba pasando y me contestó con evasivas:

− ¡No es cosa tuya!, no te incumbe, ¡métete en tus asuntos!

Me dejó un poco descolocada su contestación y ese fue el motivo por el que me empecé a distanciar de ellos. Era injusto para Evelyn, que, por él y su mal pronto, yo dejara de tener contacto con ella, pero en aquel momento me pareció que sería lo mejor para todos. Hoy me arrepiento por ello.

Cuando vi a Paco no tenía buen aspecto; el traje le quedaba escaso de mangas y unos calcetines blancos asomaban por debajo del dobladillo del pantalón, por el contrario, la camisa blanca le sobraba por todo el torso y las mangas sobresalían demasiado fuera de la americana. Agarraba fuertemente una copa y enlazaba varios tragos ansiosamente sin disfrutar del momento. Como estaba un poco faltón Saúl le dijo:

−Tranquilo ¡eh!, que no te hemos hecho nada, ¡qué te pasa tío! ¡Cálmate! ¿Vale?

Maldijo por lo bajo y nos hicimos los locos, disimulando como que no le habíamos oído para no tensar más el momento. Le agarré del brazo separándolo del grupo, colgué mi brazo sobre el suyo intentando empatizar y clarificar qué le estaba pasando y le dije cariñosamente:

− ¿Qué te pasa? ¿Has venido solo? ¿Dónde está Evelyn? ¡Tío, te veo nervioso! Te estás pasando con el grupo.

− ¡A ti que te importa! –Levantó la voz, recriminándome las preguntas.

Después de un silencio incómodo dijo:

−No ha venido, está enferma, pero a ti ni te va ni te viene y ¡déjame en paz, tía histérica y menopáusica!

Estaba excesivamente desagradable y maleducado; no se lo tuve en cuenta, el alcohol le estaba haciendo efecto y consideré que tres copas seguidas eran la causa de tanto desorden.

Me alejé un poco de él por si yo le molestaba por algo en especial y se podía tranquilizar sin mi presencia. Los músicos tocaban Will needn´t de Thelonious Monk e intenté relajarme yo también, mezclándome con los que escuchaban la composición. De vez en cuando le echaba un vistazo para ver qué hacía −me preocupaba que “la montara” e hiciera algo de lo que se pudiera arrepentir− los veteranos se habían desplazado hacia las mesas con comida, disimuladamente, dejándolo solo.  Luego lo vi apoyado contra el tronco de un abedul, intentaba limpiarse impulsivamente la mancha rojiza del puño de la camisa. Yo me había fijado en ella cuando le cogí del brazo, pero no me atreví a decirle nada porque la mancha no era la prioridad y no parecía que sangrara por ningún lado. Rociaba la salpicadura con un sifón. Quería desesperadamente deshacerse de ella y frotaba el tejido contra la corteza del árbol. La escena era patética. Me dio lástima verlo así y me acerqué a él, para ayudarlo. Cuando me vio a su lado, me gritó tan fuerte y los insultos fueron tan exagerados que los músicos dejaron de tocar. Mi jefe, al ver que los que estaban a mi alrededor se alarmaron, me hizo un gesto en señal de auxilio y yo con otro, le contesté que no pasaba nada. Con mi mano derecha hice un remolino, queriendo decir que continuara la fiesta. Entonces el trío tocó So What de Miles Davis y pareció olvidarse el incidente. Me alejé de Paco y aunque me temblaba todo el cuerpo intenté evadirme de todo ese mal rollo; cogí un Martini de una bandeja y metí mis pies en la piscina para bajar el sofocón de semejante situación. Me concentré en el chapoteo de los niños y conversé con sus mamás como si fuera una más de ellas.

Miré varias veces de reojo hacia el abedul, Paco dormitaba, sentado con la espalda apoyada en él. De su muñeca se deslizaba una gota de sangre, provocada por el frotamiento de la piel contra el árbol −supuse se había hecho una herida– y el tejido lejos de limpiarse se había emborronado aún más con su propia sangre. La mancha era feísima ahora. Hice otro intento por socorrerle de nuevo −en el fondo lo estaba pasando mal y aunque no entendía el por qué, sentí lástima por él− di varios pasos en su dirección, pero de inmediato me volví. Tuve miedo por si su reacción fuera peor al verme y la tomara conmigo de nuevo; no había necesidad de estropear el ambiente.

Las mesas estaban llenas de raciones y tapas más o menos sofisticadas, jarras de cerveza, copas de vino, refrescos y agua; era una selección de lo que le habíamos dicho a nuestro CEO, que nos gustaría comer y beber y él lo organizaba todo con una empresa de comida especializada, para que estuviéramos representados con nuestros gustos en su fiesta. Cuando vi los “huevos estrellados”, me acordé de la boda de Paco y Evelyn. Cogí la bandeja con los dos últimos que quedaban y lo busqué para recordar con él, lo bonito de aquel día. Estaba convencida que eso iba a sacarlo de todo su malhumor; y volví a pensar que lo que pasara entre ellos, tenía solución y los problemas podían ser algo pasajero. Lo encontré, apoyado en la barra improvisada del bar, al fondo del jardín, pidiendo un güisqui con la voz quebrada por haber ingerido demasiado alcohol. Estaba sangrando por la herida del antebrazo y el puño de su camisa empapaba la supuración. Cuando estaba a punto de tocarle el hombro, para llamar su atención y ofrecerle cariñosamente su plato preferido, los del Jazz empezaron a tocar Better git it in your Soul haciendo una bonita interpretación de Charles Mingus. Paco se giró haciendo como si tocara el contrabajo y chocó conmigo, pero ignorándome, prosiguió su mímica al ritmo de la música y se mimetizó con los que levantaban los brazos y contoneaban la cintura bailando al son de los instrumentos. Me quedé mirando la escena y con el plato en la mano, moví mis caderas para disimular el corte que me acababa de dar. Algunos parecían estar en trance con sus manos alzadas, y como si se tratara de un ritual, ese góspel, los envolvía con su compás y cadencia.  Según avanzaban los acordes, más gente se involucraba en la interpretación y cuando la mayoría había sucumbido al desarrollo de todos los instrumentos, hubo un despertar dramático con el sonido del saxofón final. Cinco policías irrumpieron, por la puerta trasera del jardín. Se desplegaron en semicírculo, avanzando rápido hacia el parterre donde estaba situada la barra libre. Cruzaron por el parque, dejaron atrás la piscina y se mezclaron con el público, sin perder su parábola en el camino. Venían directos hacia donde estaba yo. Me quedé perpleja mirándolos. Sus ojos estaban fijos en los míos. Los músicos dejaron de tocar y los que estaban cercanos a mí, siguieron con sus manos en alto, como esperando que la detención fuera con alguno de ellos. Se hizo un silencio de asombro y extrañeza por su llegada; cuando casi habían estrechado el círculo sobre mí; me sentí culpable sin saber la causa. Me temblaron las piernas y el pulso de las manos me jugó una mala pasada. Torpemente se me cayó la bandeja con los huevos rotos que se “estrellaron” salpicando los botas de uno de ellos. No fui capaz de emitir ningún sonido pidiendo disculpas. Estaba bloqueada. Paco, que estaba justo a mí lado, hacía como si tocara un saxo, finalizando la interpretación de los músicos. Estaba muy borracho y los sonidos que emitía eran obscenamente chabacanos. Uno de los policías dijo:

− ¿Francisco Gorane Lucena?

Paco levanto el dedo índice como si fuera un colegial, mientras que, con la otra mano cerrada, simulaba seguir tocando un instrumento; de su garganta salían sonidos burlones, queriendo disimular que la situación nada tenía que ver con él.

−Queda usted detenido por su presunta participación en un delito de asesinato. –Dijo el que dirigía la operación.

No vi en su cara asombro o negación. No había ni pasmo, ni extrañeza, tampoco sorpresa o estupor. Repetí su nombre varias veces como buscando una explicación a tanto desconcierto y buscando su mirada le dije:

− ¡¿Qué has hecho?! ¡¿asesinato?! ¿dónde está Evelyn? ¿por qué se quedó ella en casa? La has matado ¿verdad?

y con la voz desgarrada y llorando grité:

− ¡Desgraciado!¡Malnacido!¡Hijoputa!¡Cabrón!

No tuve respuesta de él. De ese jardín salió esposado, tarareando irreverentemente los últimos acordes de los músicos y de ahí fue directo a penitenciaría.

Evelyn recibió cuatro puñaladas en la mañana del 30 de julio, una de ellas fue en la femoral, causándole la muerte. Una vecina oyó los chillidos del forcejeo, pero no pensó que fuera para tanto, no era la primera vez que se enfrentaban de esa manera. Le pareció que la situación se calmaba y una hora después, oyó que la puerta del piso se cerraba con un fuerte portazo. Miró por la ventana y vio a un Paco muy alterado; primero cogió la calle hacia la derecha buscando su coche y unos metros después volvió sobre sus pasos y continuo hacia la izquierda hasta encontrarlo. Fue entonces cuando vio la mancha de sangre en el puño de su camisa, que le sobresalía exageradamente de la manga del traje. Le vio marcharse derrapando a toda velocidad con su Honda y fue entonces cuando ella, salió de su apartamento y llamó al timbre del piso de Evelyn; como no hubo respuesta, aporreó la puerta por si no lo hubiera oído bien. Allí nadie respondió; estaba convencida que Evelyn no había salido a la calle en todo ese tiempo transcurrido.

Desde su móvil llamó al 112 y diez minutos después la policía estaba derribando la puerta del 2ºC. Luego llegó una ambulancia y a los pocos minutos la Científica empezaba el proceso de investigación, una vez constatado su fallecimiento. Paco había consumado el asesinato de su mujer. Las causas delictivas para hacerlo solo las tiene él. No tengo ninguna explicación, no encuentro atenuante a semejante barbarie. Me siento mal por haberme alejado de ella y lloro por su pérdida. 


miércoles, 25 de junio de 2025

CONFUSIÓN TRANSITORIA

 




                                    


La inseguridad del miedo de Elsa

La ansiedad en ella era un síntoma de algo que no lograba entender. Tal vez se trataba de un daño acumulado, al que le había prestado poca atención y ahora que estaba llena de inseguridades se manifestaba en forma de miedo, susto o sobresalto. No llegaba al extremo de sentir pánico, pero pasaba por momentos en los que le faltaba la respiración y sentía que la vida se le iba por colapso cardíaco. Esa sensación de estrés causada por el terror a quedarse sola por la noche, en su casa, le estaba haciendo mucho daño y las consecuencias de su pavor deterioraron poco a poco su salud mental.

Cuando abrió los ojos, medio despertándose, no reconoció la habitación dónde estaba; parecía un habitáculo aséptico, sin decoración y con un orden que ella no había establecido. Los músculos no le respondían con la agilidad que esperaba y lo mismo su intelecto parecía adormecido por la ingesta de un ansiolítico. Le faltaron fuerzas para incorporarse de la cama; sus pupilas se movían lentamente de derecha a izquierda y volvían a repetir el movimiento hacia la dirección contraria, buscando los objetos que ella identificaba, pero no lograba distinguir ninguno conocido. No tenía el impulso de comprender qué le estaba sucediendo, se sentía tranquila y esa calma que le proporcionaba bienestar, la mantenía en posición horizontal sin alarmarse por no saber interpretar qué hacía en ese lugar. Se adormeció y despertó varias veces simultáneamente. Cuando los efectos del fármaco se disiparon trató de explicarse qué le habría llevado hasta allí, para llevar ese pijama, −más bien parecía una bata− que la hacía sentirse ridículamente desnuda por su espalda. De su dedo índice izquierdo le colgaba un sensor que enviaba la información de su pulso y oxígeno, a un monitor que emitía unas señales acústicas y describía unas parábolas repetitivas con valores cambiantes. Se puso muy nerviosa y gritando dijo:

−¡¿Qué demonios hago aquí?!

Se incorporó a la vez que se quitó bruscamente la pinza del dedo, lanzándola hacia la puerta de entrada de la habitación −como si el artilugio le diera miedo o fuera algo dañino para su salud−; el sistema de control vital empezó a pitar, y antes que llegaran las dos enfermeras −que estaban de guardia en la planta−, ya había tirado fuertemente de la camisola y quedándose parcialmente desnuda, buscó su ropa en una taquilla metálica situada en un rincón de la habitación. Las dos jóvenes trataron de devolverla a la cama, utilizando estrategias que habían aprendido sobre “calma y eficacia” empleando una fuerza determinada, sin hacer daño a sabiendas que la paciente iba a resistirse. Era difícil que Elsa interpretara, −con tanta angustia y agitación−, la lógica de lo que estaba ocurriendo. No era el momento de explicarle el estado de enajenación con el que había llegado a la clínica, sino de convencerla que para su curación debía alcanzar unos niveles de tranquilidad y estado anímico con los que verse fuerte y afrontar el día a día sin ninguna señal que la descontrolara. Cuando escuchó que le hablaban de equilibrio emocional y estabilidad psicológica, su reacción fue aún más exagerada y se rebeló contra todo lo que le decían. Se puso más histérica, violenta y por tanto, más peligrosa para ella misma y para la integridad de las que estaban tratando de calmarla. El efecto de la inyección que le pusieron, no se hizo esperar y se desplomó encima del colchón como un saco inerte de patatas. El detonante de toda esta situación, −que desde fuera se veía como una sobreactuación enfermiza−, era difícil de concretar.

Que estuviera en ese estado tan lamentable, era por haber sufrido un ataque de espanto y aprensión a algo desconocido; tal vez se imaginó algo que no existió y el miedo le hizo comportarse anormalmente padeciendo una agresión de terror inusitada. Estaba asimilando, −ahora que se habían ido sus hijos de la casa familiar y que su marido seguía pasando varios días al mes fuera de casa por trabajo−, enfrentarse a la inseguridad que le producía sentirse sola en la oscuridad de la noche y eso la convertía en una persona vulnerable, la hacía frágil y emocionalmente débil e indefensa para soportar esas horas de falta de luz y silencio.

Su casa no es que estuviera aislada, pero tampoco estaba cercana o pegada a ninguna otra. Por la noche podía ver las luces de las casas colindantes de sus vecinos, aunque la distancia de 70 metros a la más cercana no le ayudaba a sentirse suficientemente protegida. Tenía la sensación de vivir sola en un hogar que había estado siempre lleno y cuando su marido tenía que irse, −como lo había hecho durante años−, ahora se contagiaba de miedos e incertidumbres irracionales que boicoteaban su estabilidad vital, y entonces era cuando sufría ligeros ataques de ansiedad, que inexplicablemente iban subiendo de tono, a medida que el miedo se apoderaba de su intelecto, hasta llegar al ahogo, las palpitaciones y al delirio de lo absurdo.

Se le metió en la cabeza que, si contrataba una alarma, sus temores se iban a atenuar, y un cerco de protección a lo largo del perímetro de la vivienda iba a funcionar como cortafuegos de toda su zozobra. Se obsesionó con estudiar lo que ofrecían las distintas compañías, que se anunciaban repetidamente en diferentes medios de comunicación. Después buscó una estrategia para convencer a Hilario, que no era partidario de contratar ningún tipo de instalación de ese tipo.

–¡¿Quién va a entrar aquí!?, además si entran yo te defiendo y te protejo, no te preocupes. –Le decía socarronamente, y le mostraba su fuerza con los brazos, empuñando sus manos, como si él fuera un hombre que intimidara al agresor con su presencia.

Estaba convencida que, si eso ocurría, sería ella la que plantara cara al agresor y posiblemente diera golpes más fuertes que su marido, para defender ella sola a ambos. Lo que la atemorizaba era ese momento de ruidos inciertos, de sorpresa sigilosa cuando no se espera a nadie y alguien aparece, por sorpresa, con voz amenazante y violenta intimidando con un arma. Esto nunca había ocurrido, pero en estos momentos de su vida, creía ciertamente que había muchas probabilidades que ocurriera. Quejosa insistió:

−Ya, pero pueden entrar a robar y si lo hacen conmigo dentro, cuando tú no estás, no sé cómo reaccionaría –Se paró a pensar en ese momento y soltó tan certeramente lo que creía que podía hacer, que Hilario se asustó.

−Y si me da por cometer un crimen –Teatralizó la escena y como se dio cuenta que él se había interesado por lo que estaba diciendo añadió:

−O incluso pueden llegar a matarme o violarme y ese momento, con tanto sufrimiento, realmente me está atemorizando. ¡No me deja vivir!

Llevaba tiempo que cuando se quedaba sola su cuerpo se tensaba exageradamente llegando a tener dolores musculares. Estaba en alerta incluso con sonidos que conocía bien. Cuando crujía la madera del pasillo, agarraba uno de sus zapatos de tacón por la punta y esperaba a que el pomo de la puerta girara; abría mucho los ojos como si al hacerlo escuchara mucho mejor y con su brazo derecho en alto, se preparaba para clavar a alguien, su improvisada navaja. Pasados esos segundos de terror sin que pasara nada, cuando ya la dilatación, de las juntas del tablado cesaba, ella volvía a recostarse en la cama intentando recobrar una respiración armoniosa. Con ese ajetreo tan exagerado no pegaba ojo y su sufrimiento se volvía extremo contra ella; su mandíbula estaba demasiado rígida, los dientes se mantenían tan apretados unos contra los otros que le costaba abrir la boca; las articulaciones no le flexionaban bien y a los músculos les costaba recuperar su estado debido a la gran amenaza que creía estar sufriendo. Todo ese momento era innecesario, ella misma creaba esa situación pavorosa sin existir amenaza alguna.

 Había quedado a las diez de la mañana con un comercial de alarmas; no había pasado ni un minuto, cuando sonó el timbre y en la puerta no sólo apareció, el que le había contactado telefónicamente, sino que eran dos. Días antes en el buzón habían dejado, un folleto explicativo de una de las compañías de alarmas que ella había estudiado minuciosamente. En un negro intenso e impreso por varias caras, aparecía un número 900. Cuando lo marcó, estuvo a punto de cortar la llamada, en ese momento le pareció una tontería contratar ese servicio. Sin darle tiempo al arrepentimiento alguien al otro lado de la línea estaba ya concertando con ella una entrevista informativa, dejándole claro que no tenía compromiso de contratación. No pasaron más de diez minutos cuando David –el vendedor asignado− la llamó para quedar y fue así como a los dos días de la primera llamada estaba sentada en la mesa del comedor, escuchando las explicaciones que le ofrecían los dos profesionales especializados. El primero y más hablador, −David− abrió un desplegable con toda la oferta del sistema de seguridad y fue explicando paso a paso en qué consistían todos los artilugios de la oferta. El otro introducía ciertas frases que corroboraban o aclaraban la explicación del comercial para que ella no tuviera ninguna duda en la contratación.

Eran unos tipos peculiares; el más callado medía casi dos metros, hacía a su compañero bajo cuando no lo era. Si Elsa hubiera tenido que describirlos, le habría salido el retrato de dos delincuentes de buen aspecto, perfectamente identificados, dejando fuera de duda su reputación. Al verlos le llamó la atención sus facciones que delataban un pasado incierto, quizá solo fuera una primera impresión que la mantuvo distraía maquinando sobre sus apariencias. Así que más que escuchar todo el rollo que David traía aprendido −y soltaba de carrerilla como un papagayo−, ella se imaginó que, quizás fueran malhechores, o drogadictos rehabilitados y qué mejor sitio que –una compañía de éstas− para darles una segunda oportunidad, insertándolos en la sociedad, trabajando en un ámbito que ellos conocían bien, pero del otro lado de la ilegalidad. Se perdió en las explicaciones, aun así, asentía como si todo lo explicado lo tuviera claro. Mantenía la mirada fija hacia las páginas del folleto y levantaba la vista para ratificar una y otra vez, haciendo como que estaba concentrada sin estarlo.

 En realidad, no le preocupaba que le robaran. No tenía joyas valiosas que perder, a ella le interesaba más los muebles y la decoración, en general; aunque sí tenía algunos objetos de oro de su madre, como unas sortijas, un par de cadenas y poco más, nada por lo que pudieran arriesgar entrar y desvalijarle. Sin embargo, su casa era ostentosa y de un buen gusto moderno, −había sido la primera construcción de la zona, hecha con dos cubos rectangulares a distinta altura en hormigón y madera− eso la convertía en foco de miradas y lo que era peor atractiva para ser agredida y romper su intimidad.

No le costó mucho convencer a Hilario, de contratar una alarma, después de la escenificación tan pasional que le había hecho sobre un posible suceso criminal en su propia casa; al fin y al cabo, el precio mensual de la instalación por todo el servicio de seguridad, era algo muy asequible, nada que resintiera su economía. Además, pensó que ella iba a sentirse segura y todos los temores y miedos irracionales se iban a disipar, eso le merecía más la pena que el coste del producto.

Llegaron los instaladores, y tuvo la misma sensación que con los dos agentes comerciales del día anterior; su aspecto era un tanto raro, su cara delataba cierto aire de trapicheros; no había hueco en su piel para un tatuaje más; uno de ellos tenía unas cicatrices muy feas en la cara y eso no le gustó nada y la desestabilizó emocionalmente poniéndola muy nerviosa. Mientras colocaban el panel general, los diferentes tipos de detectores y las cámaras inteligentes, ella se obsesionó con su físico y empezó a imaginar cosas que no eran ciertas.

−Y si son estos los que me van a entrar, al fin y al cabo, saben dónde está todo, como conectar y desconectar, saben cómo controlarme a través de las cámaras. Han visto por dentro nuestra casa y les será fácil expoliarnos.

No estaba atenta a las indicaciones del técnico cuando le pidió que se bajara la aplicación al móvil para manejar la alarma más fácilmente. Cuando tuvo que crear una clave de acceso se mostró torpe y la falta de previsión le hizo crea una combinación de siete números consecutivos fácilmente reconocibles. Asintió con la cabeza a toda la explicación de armar y desarmar la alarma a través de su teléfono o del panel general, pero en realidad, no se había enterado de mucho. Elsa estaba bloqueada imaginándose la escena cuando le aparecieran éstos personajes, por la noche, asustándola.

Cuando se fueron los operarios, habló por teléfono con Hilario −justo le quedaban dos días de trabajo antes de su regreso− le dio demasiadas explicaciones sobre la “súper seguridad” que habían contratado; estaba atropelladamente agitada. Él sintió que había algo que no la convencía del todo y conociéndola entendió que le iba a dar muchas vueltas al tema, posiblemente llegando a cancelar la contratación y volviéndola a contratar con otra compañía. Esa inseguridad que mostraba le era malsana y perjudicial; dijera lo que dijera él, nunca servía para ayudarla y atajar tanta indecisión.

Elsa estuvo viendo la televisión, casi hasta las dos de la madrugaba, iba demorando el tiempo de marcharse a dormir, le daba miedo todo, incluso hasta conectar la alarma, pero al mismo tiempo ya quería hacerlo para sentirse mejor. Apagó las luces de la primera planta, empezó a subir las escaleras, miró por el hueco entre plantas; se estremeció por lo oscuro que estaba y subió los peldaños rápido para encerrarse, cuanto antes, en el refugio de su cuarto. Una vez allí, abrió la aplicación y deslizó su dedo hacia la izquierda para conectar el sistema −había varias formas de protegerse, la total, que era la opción para cuando la casa estuviera vacía y la parcial para cuando se estuviera en casa y poder moverse libremente, sin que, por ello, sonaran los sensores−. Decidió que lo mejor sería una conexión total, −haciendo caso omiso e ignorando la mejor opción en cada caso− estar perfectamente segura, que era lo que necesitaba en ese momento. Observó que el sistema Wi-Fi no funcionaba todo lo rápido que ella quisiera, −llevaba un retardo y el dispositivo se puso en modo búsqueda de señal, por lo que lo seleccionado estaba esperando a ser configurado correctamente−. No escuchó los 3 pitidos iniciales de haberse armado el sistema y, por tanto, entendió que estaba desprotegida. Decidió salir de la habitación para comprobar qué estaba pasando. Entró primero en la cocina y después continuó por el salón; unos flases captaron sus pasos considerándola intrusa y potencialmente objetivo advenedizo en la vivienda. Su teléfono empezó a enviarle mensajes; en segundos vio que había recibido varias fotos en las que se veía la silueta de una persona −que era ella misma−; e inmediatamente –pasarían unos 30 segundos− una sirena en la zona de la entrada emitió un ruido tan alarmante y ensordecedor que la dejó paralizada y agarrotada. Le pareció ver al fondo del jardín a una persona y se dio cuenta que era David cortando los cables de la luz de los luminosos con unas tijeras de podar, le acompañaba el grandullón, que de repente corrió hacia ella, y se puso a aporrear la cristalera del salón con tanta fuerza que sintió como el impacto resquebrajaba el vidrio. Una voz al teléfono le indicó que le diera el código pactado para poder acudir al domicilio y protegerla. No salió ni una palabra de su boca, estaba tan sorprendida que había enmudecido.

−Por favor Elsa, díganos el código que pactamos con usted.

Sólo se le ocurrió decir su nombre, no sabía de qué código le estaba hablando y le pareció lo más lógico repetir su nombre, varias veces para que le entendiera bien.

-Elsa, Elsa; sí, Elsa ¿es eso lo que necesitas?

Empezó a dar vueltas sobre sí misma como si eso la ayudara a pensar dónde estaba el panel general y poder desconectar manualmente la alarma apagando el dispositivo sonoro y silenciar el estruendo. Fue entonces cuando se acordó que se lo habían colocado en la entrada. Bajó las escaleras aturdida por el ruido, y al llegar se sobresaltó al encontrarse al instalador, que, justo en ese momento, abría la puerta de entrada con un gancho enorme y poniendo su mano en el panel, lo bloqueó para que ella no pudiera silenciar semejante escándalo. El de las cicatrices apareció sin saber cómo y la empujó para que se callera al suelo; mientras caía, le asestó un zapatazo que lo dejó mareado, al clavarle el tacón de su zapato en el final de una de las costuras de su mejilla; eso le dio unos segundos para levantarse y huir. Subió despavorida por las escaleras, escapándose de los atracadores, con la intención de llegar a su habitación y encerrarse. Cuando llegó al primer distribuidor sintió que el portón del garaje se abría, miró por el hueco de la escalera y vio como accedían a la casa los dos que antes estaban en el jardín. Ahora los cuatro la perseguían amenazándola con varias herramientas en la mano. Se tropezó cuando ya casi estaba en la segunda planta, y se resbaló en uno de los peldaños. Se golpeó la frente con la balaustrada y perdió el conocimiento.

Por eso cuando despertó en el hospital, sobre reaccionó exageradamente enfrentándose a las enfermeras, como si fueran parte del equipo técnico de seguridad que la habían agredido la noche anterior; lo que provocó que se le inyectara un cóctel de barbitúricos para calmar su agresividad y controlar su enajenación transitoria.

Horas después cuando la habitación estaba llena de familiares, Elsa se sintió más sosegada; era evidente que se estaba reponiendo del susto que había pasado. Una de las enfermeras, que había estado en todo momento con ella desde su llegada, se hizo un hueco entre todos, para comprobar sus constantes vitales. Le tocó la mejilla a modo de caricia y deslizó su mano por la cabeza pasándola suavemente  por el pelo; la intención era darle comprensión, seguridad y apoyo −acababa de hacer un curso sobre “Cómo tratar con pacientes: una cuestión de humanidad” − y le estaba sacando partido a lo aprendido. Sonriendo la miró a los ojos a modo de complicidad. No esperaba que le dijera nada, tan sólo buscaba empatizar con ella. Con la mirada se lo dijo todo –realmente su paciente se sentía mucho mejor−. Esta Elsa, no tenía nada que ver con la mujer que había entrado de madrugada, a la sala de triaje, en un estado tan lamentable de turbación, desconcierto y desorientación que hubo que pedir refuerzos para poder sujetarla y aplacarla.

Cuando la enfermera estaba a punto de salir de la habitación, la escuchó decir:

-Gracias, muchas gracias por lo que has hecho por mí.

Hilario y sus hijos se agolparon en torno a su cama y ella les contó −con la voz aún tomada por el disgusto de lo vivido− lo que le había pasado.

Se dieron cuenta que su discurso era inconexo, incoherente y totalmente deshilvanado, estaba fuera de la realidad y nada tenía sentido; hablaba muy rápido, −luchando contra su afonía− y lo hacía con tanta pasión, que la energía que emitía se traducía en un estado de falsa felicidad. Ninguno se atrevió a llevarle la contraria

Tal vez estaba maquinando una estrategia de compasión familiar. Los estaba utilizando para que comprobaran que no estaba nada bien. Lo único que Elsa quería –desesperadamente− era no tener la sensación de aislamiento y soledad.

Nada de lo que les estaba contando había sucedido. Nadie entró en su casa a través del jardín o la puerta principal y mucho menos se abrió la puerta del garaje sola; nadie la agredió, golpeó o empujó. Ninguno de los que ella vio habían estado allí esa noche. La única certeza, era ella y las consecuencias de su aprensión a un sentimiento de separación y aislamiento.

La alarma había sonado porque Elsa, al ir a comprobar qué le pasaba al WI-FI, −que estaba en el salón−, entró en el campo de visión de las cámaras y al primer flash que emitió el detector ella se asustó y perdió la noción de la realidad por un temor infundado, imaginando y proyectando paralelamente todos sus miedos. Una ansiedad incontrolada la asfixió y colapsó perdiendo el conocimiento durante varios minutos. Desde la Central de incidencias, respondieron a la señal anómala y al comprobar que, −conectando con ella por teléfono−, no respondía adecuadamente, generaron el dispositivo de emergencia al verla, por una de las cámaras, tirada en las escaleras. Una ambulancia la trasladó de inmediato al hospital y después de una primera evaluación, el psiquiatra le prescribió la medicación adecuada. Elsa durmió más de doce horas sin ser consciente de lo ocurrido.

A pesar de lo violento, que había sido su despertar, de lo coactivo de experimentar un nuevo pinchazo sin obtener ninguna respuesta, quién más contribuyó a su curación habían sido las enfermeras de la planta de psiquiatría. Era cierto que la visita de los suyos había sido muy valiosa, aunque no entendieran bien su estado de confusión transitoria, y, por tanto, les era incomprensible su alteración de la percepción objetiva. Elsa fue alcanzando poco a poco estabilidad emocional y confianza en sí misma. Dejó atrás ese periodo de caos y desbarajuste, se hizo fuerte y quince días después de la hospitalización, salió de la clínica. Llegó a su casa, hacia el atardecer. Estaba otra vez sola; así que sin deshacer su pequeño equipaje, lo primero que hizo, fue leer bien el manual de seguridad; conectó la alarma parcialmente desde la aplicación del móvil y esta vez sí lo hizo bien.