martes, 23 de septiembre de 2025

LLUVIA DE CENIZAS

 


         


Atlas, no Mapamundi o Planisferio

Era irrespirable el ambiente. Las pavesas caían como fina lluvia cubriéndolo todo. Una densa niebla de humo no dejaba ver más allá del metro de distancia. Sentí como el humo me rascaba la garganta. Tosí varias veces para despejar las cuerdas vocales y me froté fuertemente los ojos limpiando las arenillas de tizones que cubrían el paisaje desde hacía dos días. Estaban a punto de evacuarnos por lo tóxico que estaba siendo respirar la humareda. Veía el resplandor de las llamas muy a lo lejos por la noche. El fuego lo estaba arrasando todo y a su paso solo dejaba desolación y silencio. Sabía que ya había bastos terrenos quemados; las lenguas de fuego circundaban zonas no muy alejadas, superando cortafuegos o rebasando carreteras. La combustión incluso había llegado a quemar varias casas de un pueblo situado a unos 50 kilómetros de aquí y tuve miedo de perder los recuerdos, como le estaba ocurriendo a otros que se encontraban ya desvanecidos entre llamaradas de impotencia.

Cuando los forestales vinieron a alertarnos del peligro de respirar toda esa contaminación y aunque la niebla nos cegaba, mi familia, como la mayoría del pueblo, prefirió quedarse para ayudar en la limpieza de los campos que bordeaban el perímetro de las viviendas y salvarlas, en caso de que el fuego, alcanzara la cumbre de madera de los tejados.

Fue un alivio quedarnos, permanecer para salvar lo nuestro. Aun sintiendo miedo, tenía una sensación de consuelo y alegría que nada tenía que ver con la desgracia de las llamas avanzando por el bosque.

Días antes, en la verbena, él me miró y yo le mantuve la mirada, le sonreí y mostrándome cómplice de sus gestos, le seguí hasta la barra del bar. Estaba dispuesta a pedir una consumición, con seguridad y paso firme; colocarme a su lado como si el encuentro fuera casual o fortuito y a partir de ahí ponerme a hablar con él. Antes de llegar a su lado, me di de bruces con mis primos, que estaban insoportablemente eufóricos; ya se habían bebido varias copas y cogiéndome por los brazos, llevándome casi en volandas y besándome tontamente en las mejillas, me devolvieron de nuevo hasta la pista de baile, justo en el mismo lugar donde había ideado mi estrategia de ligar con él. Mirando a Thais hice un gesto negativo que ella entendió perfectamente; me puse a bailar, sin muchas ganas y sin perder de vista la entrada del bar, estuve controlando el momento en que saliera, para que, esa vez, no hubiera ningún impedimento de acercarme a él. No había pensado el pretexto de hablarle, pero seguro que cuando lo tuviera que hacer me iba a salir cualquier cosa, a sabiendas que podía hacer el ridículo y que la respuesta fuera un corte tajante por su parte. Quizá podría empezar preguntándole por su estancia en Los Ángeles; el máster que había hecho le daba la importancia de ser otra persona diferente, alguien de mundo que había visto otras cosas que nunca podrían ocurrir por aquí. Esa noche nos habíamos mirado de otra manera, lo vi más atractivo e interesante. Pensé que podíamos ser compatibles, coincidir en muchas cosas y por qué no, llegar a ser una pareja. Estaba tan ensimismada que descuidé mirar más detenidamente hacia la salida del bar. Por eso después de media hora de espera, me asomé disimuladamente por su puerta, haciendo como que buscaba a alguien; moví mi cabeza hacia ambos lados, recorriendo el tramo de la barra por si todavía estuviera allí; echando un vistazo rápido por toda la superficie, comprobé que no estaba. Esa manera tan extravagante de comportarme me hizo sentirme mal y con ese sentimiento de decepción e inseguridad, tomé la decisión tajante de marcharme a casa por no aguantar mi frustración.

Cuando salí del bar, la vi tan absorta y concentrada en sí misma, que me dio cosa acercarme y hablar con ella. Antes nos habíamos cruzado unas miradas y los dos sentimos eso que se siente cuando te fijas en alguien y deseas que algo ocurra para poder hablar. Hacía dos años que no la veía. Cuando me había ido a estudiar el máster, ella estaba Madrid, comenzando el último año de Derecho, y ese verano casi no nos vimos. Estuve demasiado entretenido preparando mi estancia americana y reconozco que en aquel momento ella no me llamaba la atención. Ahora la veía guapísima. Me quedé embobado mirando su melena lisa cayendo por la espalda desnuda, dejando entrever unas finas tiras negras que sujetaban una mínima camiseta de lycra que cubría su torso por encima del ombligo; debajo de éste, un ligero pantalón de lino blanco trasparentaba un tanga cada vez que los neones de la discoteca móvil la iluminaban, haciendo parábolas de haces de colores. Todo en ella irradiaba erotismo y sensualidad. Cuando le miré a los ojos y me mantuvo la mirada, supe que quería estar a su lado, pero no fui capaz de acercarme a ella. Sentí vergüenza y me fui al bar. Pedí una cerveza y agarrando el vaso me sentí algo más seguro en medio de todo el jaleo de los que estaban dentro. Había un grupo de tíos hablando muy alto, y haciéndose que se empujaban. Reconocí a un par de ellos, eran dos de sus primos y como estaban dando el cante y no quería hablar con ellos, les di la espalda y me puse mirando hacia los camareros para que no se fijaran en mí y les pasara desapercibido.  Solo quería que ella sintiera lo mismo que yo, y no deseaba otra cosa que entrara por la puerta del bar, se acercara a la barra y me preguntara cualquier cosa. Yo le hubiera contestado a lo que fuera, incluso me hubiera declarado así inconscientemente, aunque fuera absurdo lo que estaba haciendo. Creo que me había enamorado esa noche de ella; tenía un aura especial que nunca había visto. Cuando se fueron sus primos, me di la vuelta mirando hacia el fondo del bar por si ella hubiera entrado y yo no la hubiera visto. Allí no estaba. Me quedé como un autómata vigilando la puerta mientras daba sorbos a la consumición. Quería verla y rogaba mentalmente para que una fuerza superior me la trajera, y me la colocara allí delante y poderla invitar a tomar algo. Después de un rato, salí del bar. La vi a un lado de la pista de baile, pensativa, con la mirada perdida, como ausente; no me atreví a ir a su lado y romper ese estado de espiritualidad; tontamente me escabullí entre la gente con intención de irme, pero pensándolo mejor, regresé sobre mis pasos para ir hacia ella y de repente mi inseguridad me hizo darme la vuelta y marcharme, cogí la moto y me fui a casa.

No es que me alegrara por la tragedia que estaba ocurriendo en los pueblos más arriba del Valle con el fuego. Al contrario, estaba asustada por si toda esa angustia nos llegaba a nosotros; los primeros daños colaterales ya los teníamos en forma de humo agobiante. Sin embargo, lo que me mantenía risueña interiormente, era una especie de inquietud nerviosa y esperanzadora al saber que entre los pueblos cercanos nos íbamos a ayudar unos a otros y que era más que probable que él colaborara también. Se creó un grupo de WhatsApp de más de trescientas personas para organizar un *hacendera. Mi sorpresa fue cuando él escribió que cargaba la furgoneta con herramientas y pedía que se le enviara una ubicación para poder llegar rápidamente donde fuera necesario comenzar a limpiar. Cuando vi la ubicación, le dije a mi abuela que le cogía de su colección de aperos un par de rastrillos, unas guadañas y tres forcas. Antes de salir por la puerta carretal la vi ponerse un mono de trabajo, se calzó unas botas, se ató un pañuelo a la cabeza y cubrió su cara con una mascarilla. Me alcanzó, con su paso ligero antes de llegar a las peñas, estaba más en forma que yo. Allí ya había mucha gente limpiando el campo. Vi a mi padre manejando un volquete que no era suyo y a mi madre con un bildo cargando los restos de paja segada. Había un bullicio de gente bastante organizado; tímidamente empecé a rastrillar el rastrojo en silencio, haciendo lo que veía hacer.

Me llegó una notificación de inclusión a un grupo llamado: Fuego; lo primero que hice fue mirar que ella estuviera incluida. No tenía su número registrado, pero seguro iba a reconocer su foto de perfil. Ahí estaba, casi de espaldas, mostrando la mitad de su cara y enseñando orgullosa su preciosa melena castaña. Le pedí a mi madre su furgoneta; la tenía cargada con las plantas que había comprado el día anterior en el mercado, para ajardinar un pedazo grande de terreno, en torno a la piscina. Había preferido dejarlas dentro del vehículo para que el humo no las malograra y descargarlas cuando todo hubiera pasado. Entre los dos vaciamos la carga y metí las tres desbrozadoras que había en casa. Ella echó a mayores un par de rastrillos y se sentó en el asiento del copiloto. Antes de arrancar el vehículo, escribí en el grupo si me podían mandar la ubicación; alguien contestó casi de inmediato y arranqué hacía las Peñas del barrio de arriba.

Cada poco paraba dejando el rastrillo y enderezando la columna para que la flexión constante y el esfuerzo de tirar por el palo recogiendo forraje no me lastimara más de la cuenta. El heno se enganchaba en mi pelo y aunque lo llevaba atado en una coleta, sentía como algunas espigas se colaban entre los mechones anudados. Saqué el móvil del bolsillo y tomé varias fotografías, para subirlas y compartirlas en Instagram. Me di cuenta que era un momento especial de estar todos defendiendo coordinadamente el pueblo y me gustó la idea de que mis amigos, lejos de allí, supieran lo que estábamos haciendo. A través de la pantalla del móvil enfoqué en diferentes direcciones; hice un par de vídeos y continué sacando algunas fotos en modo retrato. En realidad, lo que pretendía era buscarle a él entre tanto voluntario; mirar por el objetivo de la cámara del móvil era simplemente una sencilla maniobra de disimular lo que realmente estaba buscando. Cuando amplié la última foto, me di cuenta que uno de los cuatro que estaban cortando con desbrozadoras, era él; segaban en perfecta armonía y compás siguiendo una línea recta despejando la maleza árida en la que se había convertido la vegetación del invierno.  Me puse nerviosa, guardé el móvil en el bolsillo del pantalón y empecé a rastrillar moviéndome irracionalmente en la dirección contraria a donde él estaba. Se me resbaló la goma de la coleta por el esfuerzo tan exagerado que estaba haciendo y apoyando el mango del rastrillo contra mi hombro izquierdo, recompuse mi pelo, haciéndome un atado a manera de moño; aproveché para controlar su posición; estaba bajando por una ligera pendiente y concentrado en el movimiento derecha/izquierda de la máquina. Creo que no se había dado cuenta que yo estaba allí. Su pelo tenía el color del polvo, estaba encrespado, lleno de virutas de paja. Lo vi erguido y grácil, soportando el peso de la máquina; él que era tan delgado y alto, al contraluz se le veía estilizado y esbelto. Daba gusto mirarlo. Me moría de ganas que me viera.

Tiré de la palanca de arranque de la desbrozadora; estuvo a punto de ahogarse, al tercer intento se puso en marcha, me coloqué el arnés por la espalda y poniéndome en línea con los que ya estaban cortando la maleza, agarré las empuñaduras del manillar y apretando el acelerador, me concentré en el corte acompasado a ambos lados. Cada poco levantaba la vista del suelo para mirar si ella se encontraba en esa zona ayudando con la hierba. El humo no permitía ver bien a la gente, era una especie de niebla molesta y tórrida de verano. Avanzamos por una zona irregular con bastantes piedras, se hizo mucho polvo entorno a las desbrozadoras; por detrás de nosotros varias mujeres rastrillaban los restos cortados y el volquete iba a continuación, recogiendo los grandes haces de gavillas. Alguien me tocó por la espalda y me ofreció agua, eché un trago y cuando estaba devolviéndole la botella, la vi a unos diez metros de donde yo estaba. Tenía el palo del rastrillo apoyado en su hombro izquierdo y con las dos manos se estaba recogiendo el pelo en un moño, anudándolo con varios dobleces de una cinta elástica. Incluso con esa nube amarronada de humo y polvo me pareció tan delicada, sutil y sensual que perdí el ritmo del trabajo. Con esa luz tan extraña era como haber visto una aparición. Su silueta fue un imán de belleza sensorial que me atrajo en medio de toda esa polvareda. Volví al ruido de la desbrozadora pensando en lo bonita que era. Intenté agilizar el movimiento de la siega girando hacia donde ella estaba. Quería llamar su atención, que me viera y compartir con ella ese momento de fortuita unión vecinal.

Hacía un buen rato que me había ido de las peñas. Pasé a su lado, y no me atreví a decirle nada.  Le vi tan concentrado cortando maleza que no era momento ni para saludar. Me fastidió mi actitud tan retraída y pusilánime. Allí sólo quedaban, en la parte más escarpada los que trabajaban con alguna máquina, y él era uno de ellos. Estaban rematando la parte por donde podría entrar el fuego, si llegaba a quemar las encinas del valle. El resto ya nos habíamos movido hacia las eras limpiando los terrenos cercanos a las casas. Sólo faltaba por recoger las zarzas de las huertas de la parte baja. Eran casi las dos de la tarde y sentí que me pesaban los brazos y las piernas, no estaba acostumbrada a estos trabajos. Necesitaba descansar.

La vi marcharse hacia las eras, su tez estaba maquillada del polvo ocre de la tierra. Pasó justo donde la hélice hacía más ruido, y casi saltando con un pequeño brinco avanzó rápido sin decir nada, y continuó por la loma, hasta llegar al camino. Allí ya sólo podíamos trabajar nosotros. Me encontraba apesadumbrado por no haberle dicho algo. Cuando acabamos de limpiar la zona de las peñas, eran pasadas las dos de la tarde. Sentí un poco de debilidad y me di cuenta que necesitaba parar y descansar.

Mi madre se había empeñado en que mi nombre debía ser Atlas, discutió con mi padre por ello y también enfadó a su familia por lo mismo; al final se salió con la suya y yo me llamo así porque a ella, en aquel momento, hace veintitrés años, le encantaban los libros de mapas. Tengo que agradecerle que no se le ocurriera haberme llamado Mapamundi o Planisferio, que ya lo hacían los niños cuando se burlaban de mí en primaria. A veces me ha sido pesado tener que repetir la historia del capricho de ella con mi nombre, y estando en la universidad me inventé que me llamaba así por el gigante de la mitología grecolatina, ese gran titán que sostiene con sus hombros la bóveda celeste. Esta historia tan gráfica de la deidad y la relación con mi nombre, me había dado muy buenos resultados en las relaciones sociales.

 Medio somnolienta escuché a mi madre que me llamaba repetidamente:

−Atlas, Atlas, ¿es que no oyes la puerta? –Y volvió a repetir mi nombre. Atlas, Atlas, ¡qué están llamando! ¿Vas tú a abrir? Estoy entrando a la ducha y tu abuela y tu padre están en la siesta. Seguro que es para a ti.

Estaba tirada en el sofá, se me cerraban los ojos por momentos; había estado viendo las fotos que había hecho por la mañana; ya había elegido unas cuantas para compartirlas en Instagram y solo me faltaba subirlas. Volví a oír a mi madre gritando en un tono más alto:

−Atlas, Atlas, ¿no me oyes?, ¿¡quieres abrir¡? Estoy en el baño y el timbre ha sonado varias veces.

− ¡Ya voy mujer, no chilles! −Le contesté con desdén.

Estaba totalmente desganada y no me apetecía para nada levantarme, y menos aún que alguien viniera en ese momento a molestarnos. Cuando salí al patio, para abrir, fui diciendo:

− ¡Ya voy, ya voy! ¡Un momento!

Aún tenía recogido el pelo en un moño mal hecho, el polvo me lo había puesto de color bronce y notaba como se me habían quedado algunas pajas enganchadas. La piel de mi cara y mis brazos parecía pigmentada con chorretones terrosos. La ropa estaba como si la hubiera teñido de marrón con pegotes de barro y en las botas no se distinguía el negro original. Me había dado pereza ducharme antes de comer y al acabar preferí tumbarme y dejar pasar mi turno en la ducha. Con esas pintas salí al patio para abrir la puerta. Más alto volví a decir, para que quien fuera me oyera:

− ¡Ya voy, ya voy! ¡Un momento!

 Oí, como en un susurro, la voz del que estaba detrás de la puerta. No le entendí cuando dijo quién era. Al abrirla me quedé muda y cortada.

 −Hola At-Las −Pronunció mi nombre despacio, en dos tiempos como si marcara las sílabas. Te he traído estos rastrillos que te dejaste en las eras. Seguro son de la colección de tu abuela.

Estaba tan sorprendida que no supe que decir; sonreí un poco y noté como un ardor sofocante me subía por detrás de la nuca; sentí que todo el barro de mi piel se sonrojaba, ruborizándome. Era él. Estaba en frente de mí, en mi propia casa. Me puse nerviosa y una sensación de vergüenza por el asombro de verlo ahí delante, me hizo hablar con monosílabos, balbuceando respuestas sin mucho sentido.

En el cerro ya no había más rastrojo que limpiar. Se había hecho una buena poda de maleza. Guardé las desbrozadoras en la furgoneta y sólo deseaba llegar a casa para ducharme. Mi madre hacía un buen rato que se había ido y yo tenía también la necesidad de marcharme ya. Me metí por el camino empedrado para atajar y llegar cuanto antes. Todavía quedaba gente rastrillando y cargando volquetes de paja que luego llevaban a la escombrera. El dueño del bar me hizo una señal de que parara.

−Oye, tú que vas en esa dirección, puedes llevar estos rastrillos a casa de la señora Raquel, creo que se los ha olvidado aquí su nieta y por el aspecto que tienen, así tan barnizados, son los que tiene expuestos en las cuadras.

Abrí el portón de la furgoneta, los metí dentro y me fui hasta su casa. Delante de la puerta carretal, tomé aire para que no se notara mi inquietud por verla y antes de llamar al timbre deseé con todas mis fuerzas que me abriera ella la puerta. Cuando oí su voz por el patio, me puse inquieto de felicidad y dije mi nombre para que supiera quien era. Creo que no lo escuchó bien porque de mi garganta sólo salió un ligero sonido imperceptible y algo perturbado por la situación.

−Hola At-Las –Pronuncié despacio su nombre, en dos tiempos marcando las sílabas. No sé porque hice eso, quizá para darle tiempo a reaccionar. Te he traído estos rastrillos que te dejaste en las eras. Seguro son de la colección de tu abuela.

Se quedó muy cortada al verme y me puse a hablar rápido manteniendo un monólogo conmigo mismo para disimular el que ambos estábamos demasiado excitados por el encuentro. Ella respondía con monosílabos sonriendo ansiosamente. Nos quedamos unos segundos callados, manteniendo la mirada; sentí que la deseaba, me acerqué más a ella y la abracé colocando mis manos en su cintura; agachando un poco la cabeza, cerré los ojos y la besé.

Estaba tan cohibida, que, sonriendo inquietamente, solo me salía responderle con palabras sueltas, a la conversación atropellada que parecía tener consigo mismo. Me quedé en silencio; le miré a los ojos deseándole; él se aproximó más mí, me abrazó con delicadeza y yo extendí mis brazos para cerrarlos en círculo sobre su espalda; me puse de puntillas inclinando mi cabeza ligeramente hacia arriba, cerré los ojos y lo besé. 

*N.A: hacendera: trabajo colectivo con fines de utilidad para una comunidad de vecinos de un pueblo.


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