A la memoria de P. R. C. y J.R.F.
Unos
instantes privilegiados
Siento como eco frío y seco
mis pisadas crujiendo por encima de la grava, que cubre como manto silencioso
las raíces de los cipreses solitarios. Avanzo lentamente por el camino angosto.
Al fondo tu sudario blanco, reposando encima del mármol de una nueva tumba,
acompañado por las cenizas de tu padre. La emoción se transforma en lágrimas de
excitación al saber que tú estás ahí. Un ahogo de vacío y a la vez de plenitud
no me deja respirar bien y cuando consigo sujetar la ansiedad del momento, me
doy cuenta que comienzan unos instantes privilegiados de estar contigo, de
estar con vosotros; de despedirte como siempre quise, de ser consciente de un
acto solemne, en comunión con tus restos, con parte de lo que ha quedado de ti
y sentir que realmente estás a mi lado. Hago un ejercicio de recapitular todos
estos años pasados; esa herida cicatrizada trágica que sigue doliendo con cada
estado melancólico que rebrota, de vez en cuando, con el paso de las
estaciones. Esa brisa fría de invierno emblanquece, aún más, el paño cándido
que envuelve tus huesos y pido cogerte, sentir el peso de tu muerte, palpar
cada forma de tus restos, imaginando el estado de la materia tal como te
encuentras ahí mismo. Conecto con el tímido desprendimiento de tu energía,
pasando mi mano por cada forma que sobresale del lino. Tu peso es ligero
después de tantos años transformándote en estos vestigios, que ahora siento
entre mis brazos. Bajo esa tela liviana que nos separa, te acaricio y cada arista
o borde imperfecto de tu cuerpo, me lleva a un recuerdo contigo. Mis
sentimientos parpadean a otro ritmo más lento, fijo la vista en el vacío de la
tarde y cuando el gemido doloroso y punzante va a aparecer, quito la interjección
AY de mi lamento, para seguir
adelante, para seguirte en el recuerdo. Es el momento de dejaros reposar en el
suelo gélido del interior de un insólito túmulo y yo misma ayudo a empujar el
alabastro que os volverá a cubrir y tiro la tierra negra que no tiré, y cubro
el mausoleo con pétalos de rosa roja, de margarita blanca y de magnolia
púrpura. Vuestro nombre, está ya cincelado en un inédito reposo, y sobre él
coloco varias piedras moldeadas por la corriente del agua de río, queriendo
recuperar las ausencias. Esa eternidad
de vuestra alma se mezcla con todos mis recuerdos y es entonces cuando lo espiritual
y lo terrenal se une, creando una singular forma; un original ente, entre lo etéreo
y secular, que nos une para siempre. Os despido con un poema fúnebre, una
lectura pausada con el verso que os describe; un ritual sublime para acompañar
esta particular despedida y cuando acabo la lectura, me voy alejando de vuestra
fosa, escuchando el sonido de los guijarros bajo mis pies. Es entonces cuando
una sensación de emocionada felicidad me lleva al llanto y con esas lágrimas
sello la ceremonia en honor a vuestra memoria.

Doloroso y bello.
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