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La teoría quebrada de Simón
Lo nuestro era algo diferente.
Estábamos unidos por un empeño inusitado de querer estar juntos, aun siendo muy
diferentes y costándonos encajar uno con el otro, manteníamos una relación
aceptable. Nos conocimos en el Carpe Diem,
una taberna de la zona universitaria de estilo irlandés que abría hasta la
madrugada. Nuestras miradas coincidieron por casualidad; ambos sentimos esa
potente atracción de enrollarnos −si hubiéramos podido− allí mismo.
Acercándome a él, y sin dejar de perder el contacto ocular, rompí la barrera de
su privacidad y le besé apasionadamente y él se dejó hacer abriendo su boca y
encajando la mía como si no fuera la primera vez que lo hiciéramos. El sabor a
Guinness de su lengua me resultó más que agradable –erótica y sensual− y
despertó mi deseo de estar con él, de amarlo en ese instante, aunque no nos
conociéramos de nada. Fue él quien rasgó el silencio de ese momento tan
particular, no me acuerdo bien qué me dijo; habló muy rápido y la risa nerviosa
le ayudó a procesar mi atrevimiento. Por esconder mi gallardía pedí la misma
cerveza que estaba tomando él. Con exagerado amaneramiento siguió hablando
atropelladamente mientras yo, callado, me quedaba anclado en sus preciosos ojos
azules, pensando en la osadía de mi impulso. Avergonzado me preguntaba cómo
había hecho eso. Yo era un tío reservado, demasiado receloso mostrando mis
sentimientos. Estaba acostumbrado a disimular públicamente mis preferencias
sexuales. Durante años oculté mi homosexualidad y aunque eso no fue fácil de
conseguir, cuando decidí que ya era hora de anunciarlo, a más de uno le
sorprendió. En el instituto llegué a tener una novia para engañarme y deseé con
todas mis fuerzas que me gustara; que con ella se demostrara que yo estaba
equivocado. Incluso, mi madre se ilusionó con la relación, a pesar que ambos
éramos demasiado jóvenes para vislumbrar el futuro que ella quería para mí.
Quise darme la oportunidad de saber exactamente cuáles eran mis inclinaciones
sexuales y me di cuenta desde el primer momento, que, aunque era preciosa, no
me atraía nada de su cuerpo. Cuando nos besábamos, lo hacía pésimamente, me
ruborizaba lo poco que sentía yo en ese beso. No era capaz de acariciarla como
debía, y cuando nos agarrábamos de la mano por la calle, me subía un ardor
enfermizo hacia la garganta y la soltaba inmediatamente para aminorar los daños
provocados por la ansiedad del engaño; mi comportamiento resultaba incómodo
para ambos. No sabía darle la ternura que ella se merecía y por supuesto no
había excitación por mi parte cuando ella me acariciaba. Fingía malamente todo
el rato. Luchando contra todos mis síntomas funcionales por el estrés de estar
con ella; una y otra vez intentaba amarla para convencerme que lo mío podía
cambiar con el tiempo y mi vida se ordenara como la de la gran mayoría de mis
amigos; pero sobre todo mi tenacidad en conseguirlo -en esos momentos-
radicaba en hacer lo que mis padres consideraban valores buenos; el más importante de ellos: la familia, crear un núcleo familiar “normal” de hombre/mujer con hijos; una sucesión en toda regla, a
su manera –perfecta−, y yo quería practicar por encima de todo sus enseñanzas.
Nunca se les pasó por la
cabeza la idea de una familia diferente a la que ellos consideraban habitual o
corriente. Tenían un concepto muy rígido de esa normalidad, que para mí era
algo totalmente diferente a lo se imaginaban que yo pudiera alcanzar. Me
consideraba un espécimen raro porque cuanto más quería estar con Amalia, más me
alejaba de su lado. Me bloqueaba cuando nos tocábamos y no sabía cómo disimular
las ganas de desaparecer. Trataba de abstraerme, pensando en otras cosas que me
agradaran, pero no obtenía ninguna imagen que me hiciera atractivo el deseo de
poseerla. No quería hacerle daño, tampoco sabía explicarle bien lo que me
pasaba. Me preocupaba mucho cómo se lo iba a tomar. Tenía miedo al insulto, a
la decepción de dejar la relación, al vacío que me hicieran por dejarla y a que
me señalaran culpabilizándome por esa libido desbordante que mostraba en otra dirección
a la convencional. Tenía que decirle que no sentía ninguna emoción cuando sus
manos acariciaban mi espalda o cuando sentía sus labios rozándome la cara y
menos aun cuando yo intentaba desnudar torpemente sus hombros o pasaba
toscamente una mano por su pelo lacio, pero no me atreví.
Le dije a mi madre si podía ir
a un psicólogo, incluso le propuse que podría pagármelo con las propinas
ahorradas; sólo quería que me ayudara a buscar uno. Tenía necesidad de contar
toda esa vorágine de sentimientos que me parecía anómalos sufrir. Estaba
convencido que un terapeuta me ayudaría a aclararme y a tomar decisiones
correctas.
−¿Qué te pasa?, ¿Lo has dejado
con Amalia?
Según pronunció su nombre,
negué con la cabeza varias veces y poniendo cara de incredulidad hice esfuerzos
por disimular que eso era lo que realmente quería hacer; era lo que buscaba
saber hacer bien.
−Bueno entonces, ¿Qué es,
abstenía primaveral? Por eso no te preocupes, todos estamos algo melancólicos
en estas fechas. A mí me pasa lo mismo, pero para eso no necesitas ningún
psicólogo. Mírame a mí, la de problemas que tengo y todo lo que he pasado y
aquí estoy. La adolescencia es un periodo difícil hijo, todos hemos pasado por
ello y mal que bien todos salimos de él. Ni te preocupes.
Siguió monologando para sí
convenciéndose que ya me había curado ella con sus consejos, sin saber qué era
lo que realmente me pasaba. Mi padre que era camionero, cuando venía cada dos
fines de semana a casa, no quería que le molestáramos con nuestros problemas
diarios, ya tenía bastantes con los suyos, nos decía con firmeza, y con lo
nervioso que se ponía con mis hermanas pequeñas, que eran bastante revoltosas,
preferí no comentarle nada, tampoco hubiera sabido cómo hacerlo y
probablemente, según hubiera abierto la boca, me hubiera dicho que le dejara en
paz ver la tele, que hacía tiempo no estaba tirado en el sofá.
Para no seguir fingiendo más
con Ami, una tarde de viernes, quedé a las ocho en la pizzería de siempre y
mientras sonreía con el primer mordisco de su napolitana -con voz temblorosa y
entre lágrimas- le dije, como pude, que lo nuestro no funcionaba. Era todo por
mi culpa y ella entendió −en ese momento− muchas de las cosas que yo hacía mal
en nuestra relación. Fue la primera que me escuchó y, sorprendiéndome,
comprendió de qué iba lo mío. Salí del restaurante menos tenso de como había
entrado, pero más intranquilo por lo que me depararía el futuro; mi vida
sentimental no iba a ser fácil.
Él era todo lo contrario de lo
que yo era, por eso esta historia no va sólo de mí, o mis dificultades hasta
que lo conocí, sino que va de nosotros dos y cómo llegamos a mantener una
relación estable en el tiempo y cómo la perdimos en cuestión de un abrir y
cerrar de ojos.
Volviendo al principio, yo era
tan reservado y estaba tan atento a falsear mi forma de comportarme ante los
demás que conseguía proyectar una imagen de lo más varonil, con la que era poco
probable que se sospechara de mi homosexualidad. Era agotador disimular todo el
día para que nadie pudiera decirme que era afeminado o un tipo excesivamente
afectado y señalarme despectivamente como gay
o lo que era peor describirme como un “maricón”.
Aprendí a controlar mis impulsos y mis ganas de expresar, que había otras
maneras diferentes a las habituales de querer. Me encerré en mí mismo, y
enfermé del mal del disimulo, el fingimiento y la mentira. Yo no sufrí
humillaciones o vejaciones por ser de otra manera. No había daño o trauma por
ello. Por todo esto él era mi antítesis; disfrutaba con su amaneramiento, y su
exagerada manera de expresarse con el cuerpo; era tan histriónico que su puesta
en escena lo ayudaba a ser el líder de cualquier fiesta, −se sentía bien y era
feliz por como era−. Su familia lo sabía, sus amigos lo sabían y esa
transparencia, esa manera tan sincera de entenderse, también lo expuso
demasiado y fue el desahogo de muchos canallas. En una ocasión la paliza fue
tan grande que estuvo varios días en la UCI. La lesión psicológica fue fuerte y
la conmoción le produjo daño y tristeza. Se volvió algo más cauto y siguió
combatiendo todas las malas zancadillas con las que diariamente se encontraba
por su sexualidad. Nadie le pudo arrebatar ese modo tan particular de
expresarse. Por lo que siguió siendo él mismo y así lo conocí yo.
El ir a la universidad me
liberó de ataduras, salí de mi encierro y me fue fácil enrollarme con tíos como
yo. Cuando lo vi en el pub entendí lo que Amalia, sentía por mí, cuando me
besaba y acariciaba; pensando en ella, corrí hacia él y le besé
apasionadamente. Me enamoré ese día de él, salimos de allí abrazados. Nuestra
relación no fue fácil; chocábamos en la forma de entender nuestro entorno: él
tan extrovertido y abierto; tan comunicativo, y desmesurado en sus impulsos de
amor y cariño que yo, a su lado, parecía mucho más reservado, huidizo y
retraído de lo que realmente era. Ese celo y excesiva timidez me hacían parecer
demasiado rígido cuando intentaba mostrar el afecto tan grande que sentía por
él. Con el tiempo cada uno fue nivelando su carácter, y conseguimos que nuestra
relación fuera más madura y estable.
Una tarde me insistió que
teníamos que ir al centro a ver a una amiga de su infancia que estaba unos días
en Madrid por trabajo. Me sentía perezoso y reacio a ir con él, no me apetecía
salir en absoluto de casa, coger el coche y sufrir el atasco de entrada a la
ciudad, era viernes y si lo podía evitar mucho mejor, pero su insistencia, tan
pesadamente convincente, me hizo cambiar de opinión. El atasco lo puso
felizmente nervioso, y a mí excesivamente impaciente y malhumorado; la cola
avanzaba muy lentamente y cuanto más me impacientaba yo, más expectante y
contento se ponía él. En la recta, antes de pasar por debajo del puente
peatonal, hizo un gesto de sorpresa y mirando, primero, hacia el puente y
después hacia mí, consiguió que mi vista se centrara en el cartel de más de dos
metros, que se suspendía de la barandilla, amarrado por unas cuerdas y que
decía:
“¡TE
QUIERO TANTO! ¡ERES MI VIDA! ¿TE QUIERES CASAR CONMIGO, MON?”
No había ninguna amiga a la
que ver, no había necesidad de ir al centro, y mucho menos de pasar por tanto
embotellamiento; sólo era necesario salir de casa para ver el cartel y esperar
mi respuesta al mensaje. Nos casamos un sábado de verano. Su familia vino al
completo a la ceremonia; de la mía, mis dos hermanas aparecieron tímidamente
por la tarde en la fiesta.
Nuestra pareja fue sólida y
firme, se basaba, en el respeto y en la fuerza de ver en el otro una delicada
admiración y devoción de sorpresa diaria. Mentiría si dijera que todo fue bien,
que no discutíamos o que en la relación no había nada irritante que nos hiciera
enfadarnos por algo.
Montamos un centro de
estilismo y creación textil. Él puso todo su talento en la elaboración de
patronaje y diseños y yo di lo mejor de lo aprendido en la facultad para la administración
de la empresa. Fue un éxito comercial. Empezamos a estar juntos todo el día, y
aunque teníamos claro, que cada uno tenía su parcela de trabajo, había veces
que las discusiones se metían excesivamente en nuestra cama, −en nuestra
parcela hogareña−, o nuestros besos y las ganas de enrollarnos se colaban en el
despacho.
Tomé la determinación de
cortar con toda esa confusión; era demasiado frenética para que en cualquier
momento saltara por los aires nuestra pasión y se rompiera por agotamiento la
relación. Me inventé una teoría que nos ayudaría a mantener nuestro
comportamiento más personal, emotivo, erótico y sensual en casa y más
ejecutivo, neutro, frío y aséptico en el trabajo. Le expliqué la teoría del ovillo.
Le gustó mucho mi propuesta
que pusimos en práctica inmediatamente. Así, cada vez que nos montábamos en el
coche para ir a la oficina cogíamos un hilo de lana imaginario y lo íbamos
enrollando poco a poco. Con cada vuelta íbamos sobrehilando y escondiendo el
acto apasionado de amor de la noche anterior, después quedaba oculta la
excitación de los cuerpos desnudos dando varias veces la vuelta a la madeja.
Esa bola grande de fibra, iba enrollando nuestros susurros eróticos y con la
siguiente vuelta se agazapaban las caricias, los abrazos, los tocamientos.
Varias vueltas encubrían nuestros besos, el contacto de nuestra lengua y, los
lametazos en el lóbulo de la oreja, se escoraban hacia el interior del ovillo.
Esa ternura quedaba totalmente sellada y la lana se teñía de un blanco roto,
despojado y carente de emoción. Nuestros sentimientos se camuflaban,
convirtiéndonos en unos simples compañeros de trabajo.
Al finalizar el día, según nos
íbamos alejando del estudio, recuperábamos lentamente el afecto; el cariño
volvía a nuestra expresión; las ganas de estar juntos se hacían patentes y
tirábamos con delicadeza de la hebra del ovillo y entonces aparecían los besos
entre los poros de la piel; las caricias se amontonaban al tacto de nuestra
tez, y con cada vuelta volvían las palabras de amor, nuestros cuerpos quedaban
desnudos y todo ese exceso de deseo nos
volvía a excitar; cuando la madeja se hacía un simple hilo, éste se teñía de un
intenso rojo que dejaba al desnudo toda
nuestra pasión. Llevábamos tiempo enrollando y desenrollando el ovillo y todo
parecía funcionar bien.
Una mañana de otoño, Tony me
dijo, que no quería hacer y deshacer más la madeja. Me dejó por un QA, que yo
había contratado unos meses antes. El muchacho era más joven, más simpático,
mucho más guapo, sin manías o rigideces y por supuesto, con menos arrugas de
las que tenía yo. Me vendió sus acciones, dejó la empresa y me dejó a mí
también. De la noche a la mañana, me quedé solo con su recuerdo, y ese golpe
bajo me resquebrajó profundamente. Cuando años después se dio cuenta de su
error y quiso retomar nuestra relación ya no encontramos la lana para volver a
hacer y deshacer una nueva madeja; no había ovillo que amontonara todo el hilo
enrollado que nos pudiera rescatar de su infidelidad. Ya no quedaba ni un
puñado de amor en esa maraña de fibras que estuvieron unidas durante largo
tiempo. Mi teoría del ovillo de ida y vuelta, hacía tiempo que se había
quebrado, y le hice ver que era imposible volver a ponerla de nuevo en práctica.



