El
trayecto
A la memoria de Gino. Siempre leal, noble
y fiel.
− ¡Hola
hijo! ¡Qué bien que me has venido a buscar! Dudé en llamarte, pero como el
servicio de autobuses es caótico aquí, y había quedado hoy con el veterinario
para que me diera el tratamiento de Leo, por lo de su parálisis, ya sabes, las
patas que no le funcionan bien y así aprovechaba también para ir a hacer algo
de compra. Imaginé que podrías parar un ratito de trabajar para llevarme. Me
dio mucha rabia ayer, cuando la pantalla del coche me señaló falta de líquido
refrigerante. Llegué a casa por los pelos cuando ya era de noche. Esta mañana, temprano,
llamé a la grúa para que me lo llevara al garaje a reparar. Fue la última cosa
que deseaba que me pasara ayer domingo. Ya te había dicho que iba a pasar el
día con Varda y se torció todo, casi desde el primer momento que llegué a su
pueblo, una vez que aparqué el coche no muy lejos del bar donde había quedado
con ella.
−No te
preocupes Ma, estaba haciendo un descanso entre reuniones y no es nada venir a
buscarte y llevarte a La Oliva son solo quince
minutos de tu casa hasta allí y me puedo permitir escaquearme un rato. ¿Qué tal
Leo? ¿Va mejor? Pero, ¿Por qué dices que se torció todo desde el primer
momento? ¿Qué pasó entonces? Para un día que hace sol, no me digas que no
disfrutaste del paseo del río o del camino del Secarral con ella. ¿No habréis
discutido de política?, ¡qué sois muy amigas! pero cuando os ponéis a arreglar
el país, sois totalmente contrarias y soléis montarla bien, ¡vaya dos!
−El
perro cada vez va a peor, me da pena verlo así e intento mentalizarme de su
final. El tratamiento le funciona a medias. ¡¿Qué más podemos pedir con casi
quince años que tiene?! Bueno con Varda hace tiempo que no hablo de política,
ya sé que de esos temas mejor no hablar con ella. Estoy hablando de algo mucho
peor. Hace una hora me he tomado un Sumial para que se me pasara el tembleque
en todo el cuerpo. Pasé un momento muy malo ayer yendo a su encuentro; fue ella
quien me acompañó al cuartel de la Guardia civil. Solo recordarlo me entran
nauseas de pensar que algo peor me pudo haber ocurrido. He temido por mi
integridad. No he podido dormir recordándolo. Sé que te tendría que haber
llamado ayer, pero te he visto tan estresado estos últimos días con los niños y
el proyecto que tienes que presentar, que preferí dejarte descansar por la
noche. La avería del coche y los cuidados de Leo me estresaron aún más al
llegar a casa, pero aún en ese estado en el que estaba sobrepasada, me di
cuenta que tenía que desdramatizar y separar cada cosa; así que traté de calmarme
por mí misma y darle la importancia justa a todo, para poder contarte las cosas
con tranquilidad.
−Me
estás asustando Ma ¿Qué ha pasado? ¿Por qué no me has llamado ayer? ¿Cuántas
cosas juntas? A ver lo de Leo es ley de vida, ya lo sabes; el coche se arregla,
pero dime ¿qué pasó? ¿te caíste o qué? ¿Has ido a la guardia civil, por…?
−No sé
cómo contártelo hijo, incluso me da hasta vergüenza; me es violento hablar de
ello contigo. Ahora que han pasado casi 24 horas, estoy casi peor, incluso, más
acobardada e irascible. Me parece irreal que me haya pasado a mí, con la edad
que tengo. Estuve todo el día alterada y la situación me abrumó mucho al principio,
aunque según fue pasando el día me sentí algo mejor. Creí que no podía regresar
a casa, pero me hice fuerte y pude con ello. A Varda le pareció que lo estaba
superando y me dejó marchar sola. Ya sabes qué soy una mujer convincente. No dejé
de llorar en todo el trayecto de regreso, no sólo por la agresión sufrida y el
mal rato y todas las explicaciones que tuve que dar en el atestado policial,
sino por una mezcla de rabia y pudor.
−Bueno
tranquila ¿quieres que regresemos a casa? y me lo cuentas despacio allí.
−No,
no, sigue que tengo que hablar con el veterinario urgente que no veo bien a Leo.
−Ma,
eso puede esperar, voy yo luego y ya me dice él a mí, lo que sea.
−No,
de verdad, prefiero hacerlo yo y además quiero ir a la tienda. Me va a venir
muy bien salir de casa; va a ser la única manera que tengo de normalizar mi
vida ahora. Lo del coche ha sido un gran inconveniente. Esta mañana cuando se
lo llevó la grúa, he pensado que podría ser una buena oportunidad para quedar
contigo y contarte lo sucedido mientras me llevabas al veterinario. En realidad,
te lo hubiera contado por teléfono, pero así, en persona creo va a ser mucho
mejor.
−Vale,
Vale. Jo Ma, siento que estés así, tan alterada; venga dime, me estás poniendo
nervioso.
−Bueno,
pero no reduzcas, sigue conduciendo. Mira, aparqué el coche en la entrada del
pueblo; hacía un día precioso, eran sobre las diez de la mañana y el sol aún no
calentaba mucho; había una claridad y una luz especialmente bonita y como había
quedado con Varda a las once, decidí acercarme a la ermita porque desde allí se
sacan unas fotos preciosas de la sierra que estaba “hasta los topes” de nieve.
Así que subí por el camino del Secarral. Me pasaron un par de chicas corriendo
y un grupo de ciclistas bajaba en la dirección contraria. Hice un par de fotos
mezclando ramas de árboles, troncos, cielo azul y deportistas, de esas que me
gustan a mí. Le saqué una a la ermita conmigo delante y después a los picos de
la sierra que estaban imponentes incidiendo los rayos del sol en sus laderas y
creando un efecto óptico muy atractivo para sacarle las fotos que quería.
Estuve unos minutos viendo ese paisaje tan bello, me quedé inmóvil, mirando
todo y pensando en lo privilegiada que era por todo lo que estaba viendo;
incluso te diría que musité unas palabras como si estuviera rezando, dando
gracias por ese día tan bonito.
−Perdona
Ma. Me llama mi jefe, es que tenemos la entrega del proyecto para ya y estamos
algo estresados ultimando todo.
−Sí, sí,
no te preocupes, coge, no vaya a ser que tengas algún problema.
−Hola
Manu, estoy llevando a mi madre que se le ha averiado el coche, pero tardo
menos de veinte minutos en enviarte las últimas modificaciones. Vale, sí, vale.
Como mucho en veinticinco minutos lo tienes todo en tu pantalla. Vale, vale.
Chao.
− ¿Algún
problema?
−No,
nada, no te preocupes, estoy enseguida de nuevo delante del ordenador; faltan
unas últimas modificaciones en uno de los planos, que ya las tengo preparadas,
y sólo es enviárselas. Nada. Nada, sigue.
−Bueno,
cuando continué el camino de bajada, dejando atrás la ermita y muy cerca de
ella, había toda una mata de flores de manzanilla, me acerqué para
fotografiarlas, llamaban la atención. Después de hacer la foto, escuché a un
hombre hablar detrás de mí; estaba apoyado contra el muro de uno de los ábsides
y dijo en voz alta unas palabras inteligibles. Supuse hablaba de las
florecillas y girándome hacia él le dije que realmente eran preciosas. Fue ahí
cuando me quedé paralizada al verlo. ¡Vaya me llama tu tía ahora!, será para lo
de Pilates, había quedado que íbamos juntas con mi coche, pero no me apetece ir
esta tarde en este estado y tampoco contarle, lo que me ha pasado, por ahora.
Luego la llamo.
−Ma,
cógele que se va a preocupar, que tú nunca rechazas sus llamadas y te va a
volver a llamar en segundos. Dile cualquier cosa.
−Es
que ahora no puedo hablar, se me va a notar en la voz que algo me pasa.
−Pues
dile que la llamas más tarde y ya cuando puedas le cuentas.
−Hola
Orel. Sí, se me cortó el teléfono. No me encuentro bien hoy para ir a Pilates, ¿quedamos
el jueves? Sí, un poco de dolor de cabeza, ayer comí mucho con Varda y tampoco
tengo el estómago bien. Sí, sí, lo pasé muy bien. Ah, por cierto, no tengo
coche, que he tenido una avería y me está llevando David al veterinario. No, Leo
no está muy bien. No. Sí, Vale. No te preocupes. Te llamo y si no lo tengo
arreglado, me vienes a buscar. Vale, sí, quedamos. Un beso. Adiós.
−Sigue
Ma, que con tanta interrupción me estoy poniendo aún peor y además esta
carretera me pone enfermo con tanto bache. ¡Mira éste!, voy a esquivarlo no te
asustes. Bueno ¿Qué pasó con el tío ese?
−Buff,
me tiemblan las manos y se me está acelerando el corazón. Mira era un hombre
alto, de edad más que madura, diría que unos 60 años, decía frases en alto como
si estuviera bebido; llevaba un abrigo sin abrochar, una chaqueta de traje y un
pantalón que los bajos no pasaban de los tobillos, se le veían los calcetines
blancos y sus zapatos estaban manchados de barro. Lo peor es que su bragueta estaba
abierta. En realidad, lo primero que vi fue su…
−Ma,
no, no, no puede ser. Dime que no, porfa.
−Sí,
sí. Lo que vi fue su pene, ¡era enorme!
−No
llores Ma. Tranquila. Será hijo de puta ¡Cabrón! ¿Has ido a denunciarlo?
−No
corras tanto, no te alteres que nos podemos salir de la carretera. Me quedé
paralizada, con la mente en blanco y sin pestañear, creo que le dije algo como
“¡guarro tápate!”, pero tampoco estoy
segura de ello. Vino hacia mí y lo hizo tan rápido, que solo me dio tiempo a
darme la vuelta y a andar rápido, pero sin darme tiempo a correr. Mi intención
era llegar cuanto antes a las primeras casas y que alguien me ayudara. Grité
pidiendo socorro. Nunca imaginé encontrarme a alguien así en el pueblo y menos
aún en la ermita que siempre hay gente.
− ¡Hijo
puta el cerdo ese!¡pedazo cabrón, hostia! ¡si lo cojo lo reviento!
−De
repente sentí su aliento alcohólico a la altura de mi cuello; era corpulento y extendió
sus brazos inmovilizando mis hombros y antebrazos. Traté de defenderme
intentando moverme violentamente, pero era un tío con mucha fuerza. Lancé
varias patadas de tacón hacia atrás contra sus piernas o contra lo que pillara,
pero no conseguí darle en ningún sitio.
− ¡Hijo
de puta! Cabrón, cabrón. Si te cojo, no lo cuentas tío. ¡Puto asco de tío!
−Cuidado
hijo, que nos chocamos, por favor ten cuidado. Vete más despacio. No merece la
pena alterarse y que nos matemos.
−Ma,
aunque me he alterado, no te preocupes, es sólo que he esquivado un bache. ¿Cómo
te ha podido pasar eso? ¡Cabronazo, hijo de la gran puta! Si te cojo yo, te la
corto, te la retuerzo por el pescuezo ¡Cabrón!
−Tranquilo,
que estoy aquí y ya me ves que te lo estoy explicando lo más pausado posible.
Bueno a ver, es que me da vergüenza decirte lo que ocurrió después, hijo. No te
enfades que ya lo he denunciado. Ese tío asqueroso restregó su miembro, contra
mi abrigo, por la espalda. Chillé y cuando puso su mano sobre mi boca intenté
morderle los dedos, pero apretó tanto que no pude ni arañarle. Con todas mis
fuerzas traté de soltarme moviéndome bruscamente del cerco de sus brazos y lo
conseguí echándome a correr, pero me volvió a alcanzar; esta vez estaba
preparada para darle unos buenos manotazos y me defendí también, dándole
patadas en las piernas.
−Buff ¡Madre
mía! ¡Será hijo de puta ese cabrón!
−Él me
volvió a enganchar apretándome hacia su cuerpo; esta vez se arrimó tanto por
delante que tuve mucho miedo de sufrir una violación allí mismo. Alguien que
subía por el camino me debió oír gritar y acudió en mi ayuda.
−Y ese
mamón ¿qué hizo?, ¡hijo de puta! ¿qué hizo?
−Tanto
él como yo estábamos forcejeando fuertemente y ninguno nos dimos cuenta que
alguien venía hacia nosotros. En medio de esa lucha apareció un chico joven que
intentó separarlo de mí. Ya éramos dos contra él y me sentí más fuerte para
defenderme. El viejo le pegó un par de guantazos y el chico, le dio un empujón
que lo tiró al suelo, al fin y al cabo, estaba borracho y el muchacho estaba en
forma; era fornido y corpulento.
− ¿Y
no lo dejó inconsciente al puto cabrón?
−No,
que va, intentó levantarse para venir a por nosotros de nuevo. Pero llegaron
ya, varias personas y entre todos lo inmovilizaron agarrándolo fuertemente. Su
bragueta seguía abierta y un pene flácido daba cuenta del estado enajenado del
anciano.
− ¡Hay
que joderse con el cabrón! Supongo, fuiste a denunciarlo inmediatamente a la guardia
civil.
−Una
mujer extendió su brazo sobre mi hombro y me ayudó a recomponerme y
tranquilizarme. Oí a otra hablar por teléfono con un agente y diez minutos
después estaba conmigo una pareja de la guardia civil.
− ¿Y Varda?,
¿se enteró de algo? ¿Fue hasta allí?
−Con
todo ese jaleo, quedé bloqueada, alguien me preguntó si llamaban a algún
familiar. No quería que te llamaran a ti y que me escucharas en ese estado tan
lamentable. Y dije que no. A Varda la localizaron en seguida; alguien que
estaba allí sabía quién era yo.
−Hiciste
denuncia ¿no? ¡puto cabrón! Se lo llevarían a Juniel, al calabozo ¿no?
−Sí,
hice una denuncia, estuve varias horas en la comandancia prestando declaración.
Acabé muy cansada de todo el proceso y tendré que ir al juzgado en su momento
porque habrá juicio. Bueno era una persona que no estaba bien, posiblemente
estaba alcoholizado.
−Ma,
eso no le exime de tener un comportamiento civilizado, nadie anda con la
“chorra” al aire queriendo violentar o violar a una mujer. No le exculpes a ese
pedazo puto cabrón. Si lo cojo, lo destrozo.
−Bueno
quizá era un pobre hombre, mal de la cabeza, con problemas de alcoholismo y
abandono y yo fui algo circunstancial que apareció por allí.
−De
eso nada Ma. Voy a hablar con Jero, que ahora está en el despacho de abogados LexSensu para que te defienda.
−Bueno
no te preocupes, la denuncia seguirá su curso. Pero sí, habla con él que
necesitaré un abogado.
−Esto
hay que solucionarlo y que tenga su merecido ese puto hijo puta. Y claro
después lo del coche ¿no? Hay que joderse. ¡Puto cabrón!
−Con
todo ese jaleo, el día ya fue anómalo, Varda intentó distraerme y no hablamos
mucho más del asunto después de salir del cuartel, aunque yo no dejaba de
pensar en ello. Se prestó a venir conmigo de vuelta a casa y regresar al día
siguiente en autobús, pero la convencí que no había por qué dar más importancia
al suceso. En realidad, minimizando las cosas, se podría decir que un viejo
borracho se abalanzó contra mí, restregando su miembro, no había pasado más
allá de mi abrigo. Pensándolo bien, tengo que decirte que fue todo algo
violento y no dejo de pensar en lo que pudo haber sido el incidente, no sé,
violación o yo que sé, hasta un posible mal golpe y… asesinato. A lo mejor
estoy exagerando ahora que ya pasó todo ¿qué te parece a ti? Estoy llena de
contradicciones.
−Ha
sido fuertísimo Ma. No exageras para nada. No te ha violado, pero lo pudo hacer
o yo qué sé que hubiera hecho ese pedazo Cabrón. Y quién sabe si un mal golpe
en la cabeza, como dices, no te hubiera dejado allí en el sitio. ¡Hijo puta! Bueno
voy a hablar con Jero inmediatamente cuando te deje.
−Recuerda
que tienes que enviarle algo a tu jefe. Creo que lo más doloroso de encajar no
es lo que ocurrió en sí, sino el imaginar lo que no fue y pudo pasar. Ya sabes
pensar, pensar y seguir pensando en ello. Lo del coche fue ya para rematar el
día. Y si pienso en Leo, todo lo veo negativo y triste. Pero mira, el testigo
de aviso de falta de refrigerante en la pantalla del salpicadero, me hizo dejar
de llorar y estar alerta en la carretera hasta llegar a casa. En vez de ponerme
más nerviosa, me ayudó a tranquilizarme atendiendo a otra cosa totalmente
diferente. Y cuando llegué Leo parecía estar esperándome y al acariciarle,
movió su cola, lo que no hacía desde hacía unos meses por su demencia. Dormí
muy mal, es cierto. Pero ahora una vez te lo he contado ya me siento mucho
mejor hijo. Sé que me vas a ayudar.
−Ma.
Lo siento que hayas pasado por eso. ¡Pedazo Cabrón!, ¡hijo de puta! ¡Puto
cerdo! Claro que te voy a ayudar y llegaremos hasta el final, hasta encerrar a
ese hijo de mala madre.
−Bueno
ya está. Deja de maldecir, que ya sabes que no me gusta David. Mira, ahí hay un
sitio bueno para que aparques en doble fila y me pueda bajar.
−Sí,
te dejo aquí que luego doy la vuelta por esa rotonda y llego al estudio
enseguida. ¿Cuánto tardas? Que te llevo de vuelta a casa.
−No,
no te preocupes, no sé cuánto tardaré en el veterinario, luego quiero ir a
comprar al súper, unas cosas que me hacen falta y les digo que me lo lleven a
casa. Quiero regresar andando que tardo una hora y cuarto por el atajo y me
viene bien moverme e ir superando lo ocurrido.
−No
mujer, que no me cuesta nada y es mucho andando.
−Que
no, que no, que prefiero ir andando por el atajo y el paseo marítimo, de verdad,
ni te preocupes. Nada. Voy yo, que quiero ir andando.
−Es un
momento en coche y prefiero llevarte. Me quedo más tranquilo.
− Qué
no, cariño, ¡qué no! Voy a mi aire y así se me va pasando el susto. Nos vemos el sábado en casa. Ya tengo ganas
de ver a los niños. Te quiero.
-Y yo.
Bueno Ma entonces te llamo en un rato.
−Vale.
Adiós hijo.
−Adiós
Ma.
En la
mañana del lunes, de un inusual 29 de febrero, Carmela llamó por teléfono a su
hijo David para que la llevara al veterinario, que estaba a siete quilómetros
de su casa. Una avería en su coche, le impedía ir a la cita marcada con él,
para ampliar el tratamiento de su perro Leo, que estaba casi en las últimas; se
trataba de una cuestión de edad, difícil de resolver y cuyo desenlace se
produciría tres días después por colapso multiorgánico. Carmela aún no estaba,
lo suficientemente preparada, para afrontar esa ausencia. Ese episodio que iba
a ser muy duro de encajar para ella, todavía no era su mayor problema o
contratiempo. Esa mañana había pensado muchas maneras de contarle a su hijo David
el intento de abuso o, mejor dicho, casi violación con agresividad, que había
sufrido el día anterior, en el pueblo de su mejor amiga Varda. Después de
pensar en varias alternativas, decidió que la mejor opción sería llamarlo por
teléfono para que le viniera a buscar en coche, con el pretexto de que tenía
que ir a por unos analgésicos para su perro y comprar algo que necesitaba, en
la tienda. Sería un buen momento, en esos quince minutos de trayecto, para
contárselo todo.
